Si Facebook censuró (silenciando espacios) mi video sobre el amor y la guerra, quizá no sea un obstáculo, sino una señal de que estoy tocando fibras que vale la pena cuestionar. Y el video llegó a donde debía llegar...
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lunes, 16 de febrero de 2026
domingo, 15 de febrero de 2026
Artículo: La Guerra y el Amor ------------ Por Enrico Diaz Bernuy
por Enrico Diaz Bernuy
LA GUERRA Y EL AMOR
En la sensibilidad moderna occidental, la guerra
suele entenderse como el símbolo máximo de la barbarie humana: destrucción,
odio, muerte y fracaso moral. Esta interpretación, nacida en gran parte de las
experiencias traumáticas de los conflictos mundiales y de la ética humanista
contemporánea, considera la violencia como
intrínsecamente negativa. Sin embargo, dentro de la tradición filosófica de la
India, el campo de batalla puede adquirir un significado radicalmente distinto:
no como exaltación de la violencia, sino como escenario simbólico de la
conciencia, el deber y la liberación espiritual.
Liberación espiritual, es para que cuando
abandones este cuerpo no te quedes pululando como fantasma por el apego o tu
auto identificación con las cosas que has logrado , el ancla…
En el Bhagavad Gita, la guerra no es glorificada
como violencia, sino reinterpretada como un acto de responsabilidad metafísica
cuando se ejecuta desde el conocimiento y sin apego.
El diálogo entre Krishna y Arjuna ocurre en el
instante previo a una batalla real. Arjuna, guerrero virtuoso, se paraliza al
ver que deberá luchar contra sus propios familiares y maestros. Su crisis no es
cobardía, sino compasión. “Al ver a mis propios parientes, mi cuerpo tiembla…
mi arco se desliza de la mano” (1.28–30). Este momento es crucial: el Gita no
presenta a un héroe sediento de sangre, sino a un hombre moralmente sensible
que cuestiona el sentido de la guerra. La respuesta de Krishna no es una
incitación al odio, sino una enseñanza ontológica.
Krishna le revela que su error no es sentir
compasión, sino confundir el plano eterno con el temporal. “Nunca hubo un
tiempo en que yo no existiera, ni tú, ni estos reyes; ni en el futuro dejaremos
de existir” (2.12). Con esta afirmación introduce la doctrina del alma
inmortal. La muerte, desde esta perspectiva, no destruye la esencia del ser;
solo transforma su estado. Más adelante afirma: “Así como el alma pasa en este cuerpo
de la infancia a la juventud y a la vejez, también pasa a otro cuerpo; el sabio
no se confunde por esto” (2.13). La guerra, entonces, deja de ser vista
únicamente como eliminación física y se sitúa en un marco metafísico donde la
vida no se extingue con el cuerpo.
Esta idea conduce a una de las declaraciones más
radicales del texto: “Quien piensa que mata y quien piensa que muere, ambos
ignoran; el alma no mata ni muere” (2.19). Aquí el Gita rompe con la visión
materialista del ser humano. El acto físico de matar no define la realidad
última; lo que define el valor moral es la conciencia desde la cual se actúa.
No se trata de justificar la violencia indiscriminada, sino de distinguir entre
acción egoísta y acción conforme al deber universal. Krishna insiste:
“Considera tu deber; no debes vacilar. Para un guerrero no hay bien más alto
que una guerra justa” (2.31).
La clave está en la expresión “guerra justa”. No
es una guerra motivada por ambición, odio o deseo personal, sino una acción
alineada con el dharma, el orden cósmico. El problema no es la acción en sí,
sino el apego al resultado. Por eso Krishna enseña el principio central del
karma yoga: “Tienes derecho a la acción, pero no a sus frutos. No te motives
por los resultados ni caigas en la inacción” (2.47). Este verso redefine
completamente la ética. El bien no depende del éxito externo, sino de la pureza
interior. Actuar correctamente, incluso en circunstancias violentas, puede ser
un acto de conciencia si se hace sin egoísmo.
Desde esta perspectiva, el campo de batalla se
convierte en símbolo del conflicto interior humano. Cada persona enfrenta
luchas internas entre deseo y sabiduría, miedo y verdad, apego y libertad.
Arjuna representa la mente confundida; Krishna, la conciencia divina que
orienta. Así, la guerra externa refleja la guerra interna. El verdadero enemigo
no son los otros, sino la ignorancia. Krishna afirma: “El conocimiento es el
fuego que reduce a cenizas todas las acciones” (4.37). La iluminación disuelve
el karma, del mismo modo que el fuego consume la leña.
Aquí aparece el tema del amor, pero no el amor
sentimental ni posesivo. El Gita propone un amor desapegado, un amor que no
depende de la reciprocidad ni del contacto físico. No es el amor que se expresa
solo con abrazos o palabras dulces; es el amor que puede sacrificarse por la
verdad. Krishna declara: “El que actúa para Mí, que me tiene como meta, libre
de apego y sin odio hacia ningún ser, ese viene a Mí” (11.55). Este amor no es
emoción pasajera; es orientación ontológica hacia lo absoluto.
Absoluto: aquello que existe por
sí mismo, independiente de todo, eterno e incondicionado; la realidad última.
El amor ordinario suele basarse en el deseo de
poseer. Se ama aquello que produce placer o seguridad. Se ama lo que se posee y
se disfruta. El amor espiritual, en cambio, no busca poseer nada, ni siquiera
la vida misma. Por eso el guerrero espiritual puede entregar su existencia sin
temor si su acción está alineada con el dharma. En este sentido, morir por la
verdad no es tragedia, sino culminación. Krishna afirma: “Quien abandona el
cuerpo recordándome a Mí alcanza Mi estado; de esto no hay duda” (8.5). La
muerte se transforma en tránsito consciente, no en derrota.
Este concepto redefine el sacrificio. En la
visión común, sacrificar la vida es pérdida; en la visión del Gita, puede ser
realización. El amor más alto no es el que retiene, sino el que libera. Por eso
Krishna enseña el desapego como condición del amor verdadero: “Quien está libre
de apego, de miedo y de ira, absorto en Mí, purificado por el conocimiento,
muchos han llegado a Mi ser” (4.10). El desapego no significa indiferencia
emocional; significa libertad interior. Es amar sin convertir al otro en
objeto.
Esta forma de amor tiene implicaciones éticas
profundas. Si el alma es inmortal, entonces el odio pierde sentido. Nadie puede
destruir la esencia de otro. El verdadero daño es la ignorancia. Por eso
Krishna describe al sabio como alguien que ve igualdad en todos: “El sabio ve
con visión ecuánime a un brahmán erudito, a una vaca, a un elefante, a un perro
y a quien come perros” (5.18).
La ecuanimidad es la expresión del amor
universal. No depende de la apariencia externa ni de la condición social; surge
del reconocimiento de la misma esencia divina en todos los seres.
La guerra del Gita, por tanto, no es apología de
la violencia, sino pedagogía espiritual. Enseña que el conflicto es inevitable
en la existencia manifestada. Incluso quien desea evitar toda confrontación
lucha internamente contra sus propios impulsos. La verdadera cuestión no es
cómo eliminar la guerra, sino cómo transformarla en camino de conciencia,
camino de desapego y conciencia en que si algo se mata, solo eso es el cuerpo y
el ser, no es el cuerpo.
Cuando la acción se realiza desde el ego, produce
sufrimiento; cuando se realiza desde el conocimiento, conduce a la liberación.
Krishna resume esta enseñanza en uno de los
versos más citados: “Entrégame todas tus acciones, con la mente centrada en el
Ser, libre de deseo y egoísmo, y lucha sin agitación” (3.30). La instrucción no
es “mata”, sino “actúa sin ego”. El énfasis está en la conciencia, no en la
violencia. La batalla se vuelve metáfora del compromiso con la verdad, incluso
cuando ese compromiso exige decisiones difíciles.
Desde esta óptica, el amor supremo no es
romántico ni posesivo, sino trascendental. Es el amor por la unión con lo
absoluto, por la liberación del ciclo de nacimiento y muerte. Krishna lo
expresa claramente: “Quienes meditan en Mí con devoción exclusiva, yo les
concedo lo que les falta y preservo lo que tienen” (9.22). La devoción no es
dependencia emocional; es alineación ontológica con la realidad última.
Así, el mensaje del Gita desafía las categorías
morales simplistas. No divide el mundo en acciones buenas o malas según su
apariencia externa, sino según la conciencia que las motiva. Una acción
aparentemente pacífica puede nacer del ego; una acción aparentemente violenta
puede nacer del deber. La clave es la intención interior y el conocimiento de
la naturaleza eterna del ser.
En última instancia, la enseñanza de Krishna
invita a trascender el miedo a la muerte y el apego a los resultados. Cuando el
individuo comprende que su esencia es inmortal, la angustia se disuelve.
Entonces puede actuar con valentía, no por orgullo, sino por claridad. Ese
estado es la verdadera libertad. Como declara el texto: “Quien abandona todos
los deseos y actúa sin anhelo, sin sentido de posesión ni ego, alcanza la paz”
(2.71).
La guerra del Bhagavad Gita, leída
simbólicamente, es la batalla del alma por despertar. El campo de Kurukshetra
es la mente humana; los ejércitos son las fuerzas internas; Krishna es la voz
de la sabiduría. Vencer no significa destruir al otro, sino disolver la
ignorancia. Y el amor más alto no es el que protege el cuerpo, sino el que
libera el espíritu.
Desde esta visión, la aparente paradoja se
resuelve: la guerra puede ser camino de paz, la renuncia puede ser plenitud, y
la muerte puede ser tránsito luminoso. El amor verdadero no siempre abraza; a
veces exige luchar. Pero cuando la lucha nace de la conciencia y no del odio,
deja de ser violencia y se convierte en acto sagrado. Ese es el núcleo de la
enseñanza: actuar, amar y vivir sin apego, con la mirada fija en la liberación.
La historia humana demuestra que el amor, lejos
de ser siempre una fuerza luminosa, ha sido muchas veces motor de ruina.
Imperios se han debilitado, coronas se han abandonado y vidas se han quitado en
su nombre. El general romano Marco Antonio,
cegado por su pasión por Cleopatra,
descuidó su estrategia política y militar, contribuyendo al colapso de su poder
y al ascenso definitivo de Octavio. Siglos después, el rey Eduardo VIII renunció al trono por amor a
Wallis Simpson, sacrificando no
solo una corona, sino la estabilidad simbólica de toda una monarquía. Incluso
gestos aparentemente sublimes, como el mausoleo construido por Shah Jahan para su esposa —el Taj Mahal— revelan cómo el amor puede
absorber recursos de un imperio entero para honrar una emoción personal.
La literatura también ha advertido sobre este
amor posesivo. Otelo, creado por William Shakespeare, asesina a Desdémona convencido de que ama; y Romeo y Julieta
convierten su pasión en un pacto con la muerte. En estos relatos el amor no
libera: consume, exige, devora. No es trascendencia, sino posesión. No es
claridad, sino fiebre.
Este tipo de amor —centrado en la complacencia
emocional, en la necesidad del otro para sentirse completo— ha sido exaltado
repetidamente en gran parte de la tradición cultural occidental. Se presenta
como ideal supremo una emoción que, en realidad, suele estar teñida de apego,
miedo a la pérdida y deseo de posesión. Se confunde intensidad con verdad,
sacrificio impulsivo con virtud, dependencia con devoción. Sin embargo, desde
la óptica espiritual de la tradición hindú, ese amor sería todavía una forma
refinada de ignorancia, porque nace del ego y no del conocimiento del Ser.
El amor que enseña Krishna no destruye reinos ni
voluntades: destruye el apego. No exige que el mundo se doblegue al deseo
personal, sino que el individuo se alinee con la ley eterna. Por eso el amor
supremo no se dirige primero a otro ser humano, sino a la realidad absoluta.
Solo quien ama lo eterno puede amar lo temporal sin esclavizarlo. Allí donde el
amor ordinario dice “te necesito”, el amor trascendental dice “te libero”. Y no hay mayor liberación de aquel que te hace
crecer, te hace desarrollar y eso es marte. El amor sin posesión te hace que te
quieras mas en ese sentido, te hace sentirte mejor, saca tu mejor versión y te
acerca a tu dharma.
Es actuar conforme a tu verdadera naturaleza; es
el camino. Es similar a la vocación, así como muchas personas viven vidas
automáticas haciendo cosas fuera de ella. El dharma sería vivir en el camino de
la propia vocación, pero en términos espirituales.
Y en esa diferencia se separan dos visiones del
mundo: una que ama para poseer, y otra que ama para despertar es la evolución y
esa evolución a veces uno puede estar acompañado o solo.
