Orígenes

Estimados lectores con placer y profundo aprecio a la literatura los invito a descubrir mi blog Café y escrituras con humo, un espacio donde la literatura respira con una libertad genuina, y donde cada cuento, relato o poema está tejido con esmero, ofreciendo mundos y personajes que buscan resonar en el alma. Es un rincón de lucidez y libertad de expresión, donde no existe censura ni rechazo, (ni de editoriales ni de fanzines) sino un llamado sincero a explorar juntos las profundidades de la imaginación y del pensamiento. Los textos son gratuitos y siempre bienvenidos a nuevos ojos, con la esperanza de que encuentren en ellos una chispa de inspiración o reflexión. ¡Los invito a tomar una pausa, servirse una buena taza de café, y sumergirse en la esencia de cada relato! , poema o artículos de mi autoría o de los escritores invitados. A continuación, dejo el índice del contenido:
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lunes, 16 de febrero de 2026


 Si Facebook censuró   (silenciando espacios) mi video sobre el amor y la guerra, quizá no sea un obstáculo, sino una señal de que estoy tocando fibras que vale la pena cuestionar. Y el video llegó a donde debía llegar...

domingo, 15 de febrero de 2026

Artículo: La Guerra y el Amor ------------ Por Enrico Diaz Bernuy

 

por Enrico Diaz Bernuy

LA GUERRA Y EL AMOR

 

En la sensibilidad moderna occidental, la guerra suele entenderse como el símbolo máximo de la barbarie humana: destrucción, odio, muerte y fracaso moral. Esta interpretación, nacida en gran parte de las experiencias traumáticas de los conflictos mundiales y de la ética humanista

contemporánea, considera la violencia como intrínsecamente negativa. Sin embargo, dentro de la tradición filosófica de la India, el campo de batalla puede adquirir un significado radicalmente distinto: no como exaltación de la violencia, sino como escenario simbólico de la conciencia, el deber y la liberación espiritual.

Liberación espiritual, es para que cuando abandones este cuerpo no te quedes pululando como fantasma por el apego o tu auto identificación con las cosas que has logrado , el ancla…

En el Bhagavad Gita, la guerra no es glorificada como violencia, sino reinterpretada como un acto de responsabilidad metafísica cuando se ejecuta desde el conocimiento y sin apego.

El diálogo entre Krishna y Arjuna ocurre en el instante previo a una batalla real. Arjuna, guerrero virtuoso, se paraliza al ver que deberá luchar contra sus propios familiares y maestros. Su crisis no es cobardía, sino compasión. “Al ver a mis propios parientes, mi cuerpo tiembla… mi arco se desliza de la mano” (1.28–30). Este momento es crucial: el Gita no presenta a un héroe sediento de sangre, sino a un hombre moralmente sensible que cuestiona el sentido de la guerra. La respuesta de Krishna no es una incitación al odio, sino una enseñanza ontológica.

Krishna le revela que su error no es sentir compasión, sino confundir el plano eterno con el temporal. “Nunca hubo un tiempo en que yo no existiera, ni tú, ni estos reyes; ni en el futuro dejaremos de existir” (2.12). Con esta afirmación introduce la doctrina del alma inmortal. La muerte, desde esta perspectiva, no destruye la esencia del ser; solo transforma su estado. Más adelante afirma: “Así como el alma pasa en este cuerpo de la infancia a la juventud y a la vejez, también pasa a otro cuerpo; el sabio no se confunde por esto” (2.13). La guerra, entonces, deja de ser vista únicamente como eliminación física y se sitúa en un marco metafísico donde la vida no se extingue con el cuerpo.

Esta idea conduce a una de las declaraciones más radicales del texto: “Quien piensa que mata y quien piensa que muere, ambos ignoran; el alma no mata ni muere” (2.19). Aquí el Gita rompe con la visión materialista del ser humano. El acto físico de matar no define la realidad última; lo que define el valor moral es la conciencia desde la cual se actúa. No se trata de justificar la violencia indiscriminada, sino de distinguir entre acción egoísta y acción conforme al deber universal. Krishna insiste: “Considera tu deber; no debes vacilar. Para un guerrero no hay bien más alto que una guerra justa” (2.31).

La clave está en la expresión “guerra justa”. No es una guerra motivada por ambición, odio o deseo personal, sino una acción alineada con el dharma, el orden cósmico. El problema no es la acción en sí, sino el apego al resultado. Por eso Krishna enseña el principio central del karma yoga: “Tienes derecho a la acción, pero no a sus frutos. No te motives por los resultados ni caigas en la inacción” (2.47). Este verso redefine completamente la ética. El bien no depende del éxito externo, sino de la pureza interior. Actuar correctamente, incluso en circunstancias violentas, puede ser un acto de conciencia si se hace sin egoísmo.

Desde esta perspectiva, el campo de batalla se convierte en símbolo del conflicto interior humano. Cada persona enfrenta luchas internas entre deseo y sabiduría, miedo y verdad, apego y libertad. Arjuna representa la mente confundida; Krishna, la conciencia divina que orienta. Así, la guerra externa refleja la guerra interna. El verdadero enemigo no son los otros, sino la ignorancia. Krishna afirma: “El conocimiento es el fuego que reduce a cenizas todas las acciones” (4.37). La iluminación disuelve el karma, del mismo modo que el fuego consume la leña.

Aquí aparece el tema del amor, pero no el amor sentimental ni posesivo. El Gita propone un amor desapegado, un amor que no depende de la reciprocidad ni del contacto físico. No es el amor que se expresa solo con abrazos o palabras dulces; es el amor que puede sacrificarse por la verdad. Krishna declara: “El que actúa para Mí, que me tiene como meta, libre de apego y sin odio hacia ningún ser, ese viene a Mí” (11.55). Este amor no es emoción pasajera; es orientación ontológica hacia lo absoluto.

Absoluto: aquello que existe por sí mismo, independiente de todo, eterno e incondicionado; la realidad última.

El amor ordinario suele basarse en el deseo de poseer. Se ama aquello que produce placer o seguridad. Se ama lo que se posee y se disfruta. El amor espiritual, en cambio, no busca poseer nada, ni siquiera la vida misma. Por eso el guerrero espiritual puede entregar su existencia sin temor si su acción está alineada con el dharma. En este sentido, morir por la verdad no es tragedia, sino culminación. Krishna afirma: “Quien abandona el cuerpo recordándome a Mí alcanza Mi estado; de esto no hay duda” (8.5). La muerte se transforma en tránsito consciente, no en derrota.

Este concepto redefine el sacrificio. En la visión común, sacrificar la vida es pérdida; en la visión del Gita, puede ser realización. El amor más alto no es el que retiene, sino el que libera. Por eso Krishna enseña el desapego como condición del amor verdadero: “Quien está libre de apego, de miedo y de ira, absorto en Mí, purificado por el conocimiento, muchos han llegado a Mi ser” (4.10). El desapego no significa indiferencia emocional; significa libertad interior. Es amar sin convertir al otro en objeto.

Esta forma de amor tiene implicaciones éticas profundas. Si el alma es inmortal, entonces el odio pierde sentido. Nadie puede destruir la esencia de otro. El verdadero daño es la ignorancia. Por eso Krishna describe al sabio como alguien que ve igualdad en todos: “El sabio ve con visión ecuánime a un brahmán erudito, a una vaca, a un elefante, a un perro y a quien come perros” (5.18).

La ecuanimidad es la expresión del amor universal. No depende de la apariencia externa ni de la condición social; surge del reconocimiento de la misma esencia divina en todos los seres.

La guerra del Gita, por tanto, no es apología de la violencia, sino pedagogía espiritual. Enseña que el conflicto es inevitable en la existencia manifestada. Incluso quien desea evitar toda confrontación lucha internamente contra sus propios impulsos. La verdadera cuestión no es cómo eliminar la guerra, sino cómo transformarla en camino de conciencia, camino de desapego y conciencia en que si algo se mata, solo eso es el cuerpo y el ser, no es el cuerpo.

Cuando la acción se realiza desde el ego, produce sufrimiento; cuando se realiza desde el conocimiento, conduce a la liberación.

Krishna resume esta enseñanza en uno de los versos más citados: “Entrégame todas tus acciones, con la mente centrada en el Ser, libre de deseo y egoísmo, y lucha sin agitación” (3.30). La instrucción no es “mata”, sino “actúa sin ego”. El énfasis está en la conciencia, no en la violencia. La batalla se vuelve metáfora del compromiso con la verdad, incluso cuando ese compromiso exige decisiones difíciles.

Desde esta óptica, el amor supremo no es romántico ni posesivo, sino trascendental. Es el amor por la unión con lo absoluto, por la liberación del ciclo de nacimiento y muerte. Krishna lo expresa claramente: “Quienes meditan en Mí con devoción exclusiva, yo les concedo lo que les falta y preservo lo que tienen” (9.22). La devoción no es dependencia emocional; es alineación ontológica con la realidad última.

 

Así, el mensaje del Gita desafía las categorías morales simplistas. No divide el mundo en acciones buenas o malas según su apariencia externa, sino según la conciencia que las motiva. Una acción aparentemente pacífica puede nacer del ego; una acción aparentemente violenta puede nacer del deber. La clave es la intención interior y el conocimiento de la naturaleza eterna del ser.

En última instancia, la enseñanza de Krishna invita a trascender el miedo a la muerte y el apego a los resultados. Cuando el individuo comprende que su esencia es inmortal, la angustia se disuelve. Entonces puede actuar con valentía, no por orgullo, sino por claridad. Ese estado es la verdadera libertad. Como declara el texto: “Quien abandona todos los deseos y actúa sin anhelo, sin sentido de posesión ni ego, alcanza la paz” (2.71).

La guerra del Bhagavad Gita, leída simbólicamente, es la batalla del alma por despertar. El campo de Kurukshetra es la mente humana; los ejércitos son las fuerzas internas; Krishna es la voz de la sabiduría. Vencer no significa destruir al otro, sino disolver la ignorancia. Y el amor más alto no es el que protege el cuerpo, sino el que libera el espíritu.

Desde esta visión, la aparente paradoja se resuelve: la guerra puede ser camino de paz, la renuncia puede ser plenitud, y la muerte puede ser tránsito luminoso. El amor verdadero no siempre abraza; a veces exige luchar. Pero cuando la lucha nace de la conciencia y no del odio, deja de ser violencia y se convierte en acto sagrado. Ese es el núcleo de la enseñanza: actuar, amar y vivir sin apego, con la mirada fija en la liberación.

 

La historia humana demuestra que el amor, lejos de ser siempre una fuerza luminosa, ha sido muchas veces motor de ruina. Imperios se han debilitado, coronas se han abandonado y vidas se han quitado en su nombre. El general romano Marco Antonio, cegado por su pasión por Cleopatra, descuidó su estrategia política y militar, contribuyendo al colapso de su poder y al ascenso definitivo de Octavio. Siglos después, el rey Eduardo VIII renunció al trono por amor a Wallis Simpson, sacrificando no solo una corona, sino la estabilidad simbólica de toda una monarquía. Incluso gestos aparentemente sublimes, como el mausoleo construido por Shah Jahan para su esposa —el Taj Mahal— revelan cómo el amor puede absorber recursos de un imperio entero para honrar una emoción personal.

La literatura también ha advertido sobre este amor posesivo. Otelo, creado por William Shakespeare, asesina a Desdémona convencido de que ama; y Romeo y Julieta convierten su pasión en un pacto con la muerte. En estos relatos el amor no libera: consume, exige, devora. No es trascendencia, sino posesión. No es claridad, sino fiebre.

Este tipo de amor —centrado en la complacencia emocional, en la necesidad del otro para sentirse completo— ha sido exaltado repetidamente en gran parte de la tradición cultural occidental. Se presenta como ideal supremo una emoción que, en realidad, suele estar teñida de apego, miedo a la pérdida y deseo de posesión. Se confunde intensidad con verdad, sacrificio impulsivo con virtud, dependencia con devoción. Sin embargo, desde la óptica espiritual de la tradición hindú, ese amor sería todavía una forma refinada de ignorancia, porque nace del ego y no del conocimiento del Ser.

El amor que enseña Krishna no destruye reinos ni voluntades: destruye el apego. No exige que el mundo se doblegue al deseo personal, sino que el individuo se alinee con la ley eterna. Por eso el amor supremo no se dirige primero a otro ser humano, sino a la realidad absoluta. Solo quien ama lo eterno puede amar lo temporal sin esclavizarlo. Allí donde el amor ordinario dice “te necesito”, el amor trascendental dice “te libero”.  Y no hay mayor liberación de aquel que te hace crecer, te hace desarrollar y eso es marte. El amor sin posesión te hace que te quieras mas en ese sentido, te hace sentirte mejor, saca tu mejor versión y te acerca a tu dharma.

Es actuar conforme a tu verdadera naturaleza; es el camino. Es similar a la vocación, así como muchas personas viven vidas automáticas haciendo cosas fuera de ella. El dharma sería vivir en el camino de la propia vocación, pero en términos espirituales.

Y en esa diferencia se separan dos visiones del mundo: una que ama para poseer, y otra que ama para despertar es la evolución y esa evolución a veces uno puede estar acompañado o solo.