Orígenes

Con placer y profundo aprecio por la literatura, los invito a descubrir mi blog Café y escrituras con humo, un espacio donde la literatura respira con una libertad genuina y donde cada cuento, relato o poema está tejido con esmero, ofreciendo mundos y personajes que buscan resonar en el alma. Es un rincón de lucidez y libertad de expresión, donde no existe censura ni rechazo —ni de editoriales ni de fanzines—, sino un llamado sincero a explorar juntos las profundidades de la imaginación y del pensamiento. Los textos son gratuitos y siempre bienvenidos a nuevos ojos, con la esperanza de que encuentren en ellos una chispa de inspiración o reflexión. Café y escrituras con humo tiene, además, una particularidad: este blog no constituye una recopilación de mis libros publicados ni pretende sustituirlos. Las obras que ya han sido editadas y publicadas permanecen como libros independientes, mientras que este espacio posee la exclusividad de exponer textos inéditos, obras aún no publicadas y creaciones de mi autoría que no forman parte de mis libros publicados, además de abrir sus páginas, ocasionalmente, a escritores invitados. De esta manera, el blog se convierte en una especie de archivo vivo de lo que todavía no ha encontrado las páginas de un libro, un territorio donde la palabra puede aparecer antes de convertirse en edición, mientras conserva su libertad de creación. Entre mis obras publicadas y libros escritos se encuentran: — 13 HERALDOS. Cuentos y relatos. CreateSpace, Amazon.com, 2011. ISBN-10: 1466463392. — LA REALIDAD DE AMAZON.COM. Ensayo. ISBN-10: 149288538X. — PELUQUERÍA DEL MAL. Novela. Ediciones EVAROZ, 2013. ISBN-13: 978-1482056006. — EL CRIMEN NEFANDO DE EVA. Novela. CreateSpace, Amazon.es, 2013. ASIN: B00BVLUSFY. — EL ESCULTOR Y LA VIRGEN. Cuentos. Formato e-book, Amazon. ASIN: B0099CPH2Q. — ESGRIMA LUMINOSA. Poesía. — POESÍA PUZLE O EVIDENCIA DE LA INCERTIDUMBRE. 2016. — CUENTOS Y RELATOS PARA LA NOCHE. — LA CELDA MENTAL. Novela breve, 2018. — A MIXTA OSCURIDAD. Narraciones y poéticas, 2018. Cada libro pertenece a su propio universo; Café y escrituras con humo pertenece a otro territorio: el de la obra que continúa naciendo. ¡Los invito a tomar una pausa, servirse una buena taza de café y sumergirse en la esencia de cada relato, poema o artículo de mi autoría, así como en las obras de los escritores invitados! Porque algunas historias ya fueron publicadas; otras todavía esperan ser descubiertas entre el humo del café.
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miércoles, 23 de septiembre de 2026

Artículo / Enrico Díaz Bernuy

 

Artículo 

Enrico Díaz Bernuy — septiembre de 2026

En psicología básica, desde el primer año entiendes algo muy esencial: los hijos son, en buena medida, un claro ejemplo de sus padres, y si hay ausentismo, peor aún. La disfuncionalidad de la familia toma un papel determinante en la mayoría de los casos, salvo muy pocas excepciones.

Ahora, sumemos a ello la falta de autoridad en un colegio, sin importar que se trate de una institución particular, nacional o incluso militar. Esto puede convertirse en un detonante para que ocurra cualquier tipo de abuso entre los alumnos.

Pero ¿qué ocurre cuando un colegio está a cargo de una fuerza armada, como la Marina de Guerra del Perú? Una institución encargada de dirigir un colegio donde la disciplina, el respeto y el orden deberían primar. Muchos dan por entendido que, precisamente por encontrarse bajo la conducción de una institución militar, ciertas cosas no podrían ocurrir. Pero es precisamente lo contrario.

Salvo las personas que hemos pasado por un colegio militar. Dicho esto, es donde quiero dejar mi descargo, mejor dicho, mi experiencia.

Muchas veces puede haber supervisión y autoridad, como es la que ocurre en una institución militar, donde ese es el pilar fundamental; pero las cosas no pueden ser así las veinticuatro horas. Siempre hay momentos en los que los alumnos “hacen de las suyas”, y es ahí donde el papel familiar se hace presente.

El problema es que el 90 % de los alumnos de un internado militar está allí debido a un método de castigo; o sea, en resumidas cuentas, estás ahí porque algo hiciste mal, te portaste mal o tienes problemas de conducta, como fue en mi caso. (Mi apreciación personal).

Yo anteriormente había sacado las peores calificaciones y había tenido varias peleas en el colegio en el que me encontraba. En esa época, todo se solucionaba a las manos, como me hicieron bullyng, tenía que solucionarlo así.  no había otra  opción. La incapacidad de expresar mis sentimientos frente a mis padres y la incomodidad que me generaba,   tejían así, emociones  que jamás había vivido en casa o en mi barrio, indecibles para un niño.

Llegar a casa con el ojo morado porque le había pegado a alguien o porque alguien me había pegado casi se estaba normalizando. Sumado a las malas calificaciones, era suficiente para que, de una vez, se les agotara la paciencia a mis padres y, motivados por mi hermana mayor, decidieran mandarme al internado militar.

Ahí fui más calmado, porque mis compañeros parecían peleadores de la UFC. Así que, de lejos nomás. En un par de ocasiones cometí el error de atentar contra la integridad de un compañero. Era de nuestra aula y, de alguna manera, se había ganado la rivalidad de alguno de nosotros, los del grupo.

Hablo del alumno que tenía las mejores calificaciones y había obtenido el liderazgo del aula. Eran doce secciones o aulas y en cada aula vivíamos juntos, y de lo que hablo se refiere únicamente a mi aula. En cada aula tenían a su líder y todos eran elegidos por las mejores calificaciones.

En mi aula, algunos lo conocían con un apelativo que por tema del caso “lo mantengo en reserva”, y las bromas que en un par de veces le hice consistían en que, cuando estaba durmiendo, le ponía desodorante en el cubrecama —debido a que era inflamable— y le prendía fuego. Era un fuego que duraba unos segundos. Después de encenderlo, dejaba el fuego al pie de él, es decir, sobre su cubrecama. Obviamente, lo despertábamos y, gritando, él respondía lleno de horror. En mi visión llena de inmadurez y sin contemplar el riesgo.

No sabes cómo me arrepentí. Ese muchacho era una eminencia, demasiado estudioso y con grandes habilidades para memorizar.

En mi poca experiencia de vida y siendo absolutamente primitivos, como son muchos jóvenes, lo único que nos inspiraba era “envidia o rivalidad” debido a su habilidad para sacar las mejores calificaciones. Sacaba solo 19 o 20 en todas las asignaturas.

Parecía un androide, un prodigio, pero con pocas habilidades sociales. No parecía de nuestra edad; hablamos de jóvenes de catorce o quince años de edad.

Lamentablemente, nunca pude disculparme con él. Le perdí el rastro. Nunca recordé su segundo apellido, ni siquiera su nombre; solo nos conocíamos por el primer apellido, salvo que alguien se volviera amigo de alguien, pero ese no fue mi caso.

Pasaron muchos años y me encontré con unos compañeros de aquellas épocas por las redes sociales.

Y, por supuesto, pregunté por él, diciendo que lo recordaba y que quería saber qué había sido de su vida. Lo único que recordaba de él era que quería ser marino, que quería ser de la Marina de Guerra. Ellos me respondieron:

—No pudo ingresar. Postuló tres veces.

—¡Qué raro! —respondí—. Ese pata era un cráneo —sostuve, absolutamente convencido.

—Lo que pasa es que el racismo es un tema imperante en ese lugar; sí, es que ahí son los más racistas que hay —me respondió un interlocutor.

—Pobre huancaíno —dijeron entre risas los demás del chat.

Yo no me reí.

Pues, si él leyera estas palabras, lo cual es casi imposible, quiero decirle que todos tenemos derecho a cambiar de opinión y que, a veces, hay personas que nos hacen ver lo que uno no pudo hacer en esos momentos. Soy consciente de que es casi imposible que él lea estas palabras, pero, como dicen, uno nunca sabe…

Lamento aquellas bromas. Quizás él ya ni se acuerde, pero, en fin, lo siento mucho. Y cuento esta experiencia con cierta vergüenza, todo con el ánimo de relatar esa realidad que se vive y que, si no hacemos autocrítica, no hay nada.

Yo no conozco a alguien que no haya sido testigo o haya experimentado, de alguna manera, el abuso escolar, hoy llamado bullying, término anglosajón que probablemente se ha impuesto con el avance tecnológico (gracias a la globalización).

Antes tenía otros nombres: “lo agarraron de punto”, “es el lorna”, “es el gil”. Y al agresor o a los agresores se les llamaba “los vivos”, “los pendejos”, “el criollo”, siempre con sus camaradas, chalequeados, en banda. 


Generalmente, el agresor suele poseer alguna ventaja que le permite imponerse sobre los demás: puede ser físicamente grande, alto o fornido, hábil para las confrontaciones o poseer suficientes habilidades de lenguaje para formar un pequeño grupo, una pandilla, un grupúsculo o unos seguidores o, como se diría hoy, un team.

Quizá porque solo no puede hacerlo. Quizá porque, detrás de esa aparente superioridad, exista también una forma de cobardía.

De lo cual considero que no hablar de aquello —hostigamiento social o bullying—, en guardar silencio, es de alguna manera volverlo permisible. No necesariamente porque uno lo normalice, sino porque el silencio puede contribuir a que el fenómeno permanezca oculto.

Y de eso se trata, precisamente, la tragedia: cuando al mal se lo minimiza, se lo vuelve tolerable. Es como si uno se encontrara frente al mismo demonio y este le dijera:

“Lo que ocurre es que no soy tan malo; simplemente tengo millones de años de mala reputación”.

Y uno terminara creyéndole.

O un sujeto que, con sonrisa en los labios, sostenga “es solo un juego de niños”, escupiendo a un camarógrafo, dejando en claro su inmunidad socioeconómica, en donde eso ya no es la doble moral, sino que estamos frente a una enfermedad social; mejor dicho, frente a una sociedad profundamente enferma.

Es allí donde la neurología comienza a adquirir un papel importante. Porque detrás de estas experiencias no existe únicamente una dimensión moral o social: también existe un cerebro que se encuentra en pleno desarrollo constante. según la neuroplasticidad, particularmente durante la infancia y la adolescencia. El miedo persistente, el estrés, la humillación, la exclusión y la violencia pueden afectar procesos relacionados con la regulación emocional, la atención, la memoria y el aprendizaje y, en el peor de los casos, pueden contribuir a situaciones de riesgo, incluido el suicidio.

Ese fracaso de uno mismo es como un caldo de cultivo para que se dé el desenlace en el momento o en el futuro; es decir, siendo ya adulto, pueden aparecer ciertas tendencias a mantener relaciones tóxicas y, en el peor de los casos, comportamientos relacionados con el suicidio.

Así que ese es un tema bastante complejo, y mucho menos “no es un juego de niños”, como algunos lo han querido minimizar. Hablar así es revelar, una vez más, que la estupidez del individuo es infinita, casi como su ignorancia, o simplemente una muestra infinita de maldad pura.

La degradación del entorno termina, de esta manera, convirtiéndose también en una cuestión de desarrollo humano.

Cuando una institución no consigue proteger adecuadamente a quien está formando, el problema deja de ser solamente disciplinario: comienza a comprometer la arquitectura psicológica y a afectar potencialmente el desarrollo neurológico de quienes viven esa experiencia.

Por eso, hablar del abuso escolar no debería reducirse a decir que “son cosas de niños” o “juegos”.

Detrás de esa frase aparentemente inocente, que no es inocente, se apela a solapar o minimizar la situación y así puede esconderse una de las formas más peligrosas del asunto: buscar normalizarlo o, mejor dicho, otorgarle impunidad al agresor; aquella que convierte el sufrimiento de alguien en una anécdota y al agresor en alguien simplemente conocido como el “vivo”, “el criollo”, etc.

Entonces, si conoces a alguien que haya sido víctima de estas situaciones, lo primero que tienes que hacer es aceptar una realidad: el control y la supervisión de las autoridades del centro educativo han fracasado, al menos en ese caso concreto, y continuar presentando quejas sin obtener una solución efectiva no necesariamente va a resolver el problema.

Frente a esa realidad, existen varias alternativas que los padres deberíamos considerar:

1. Sacar al menor de la situación de riesgo, (en el acto).

Si el centro educativo no consigue garantizar su seguridad, debe evaluarse un traslado inmediato a otro colegio, un cambio de horario escolar o, cuando sea posible, recurrir temporalmente a la educación remota hasta que termine el año académico, para posteriormente trasladarlo a otra institución.

La prioridad debe ser retirar al niño o adolescente de un entorno que pueda continuar afectándolo física o psicológicamente. No se trata de enseñarle a soportar el abuso —cero tolerancia—, sino de protegerlo mientras se encuentra una solución adecuada.

2. Enseñarle a no permanecer aislado ni incomunicado, especialmente en la comunicación con sus padres.

Por otro lado, los padres requerimos siempre asesoría profesional.

Es importante enseñar al niño o adolescente que, ante situaciones de hostigamiento, no debe buscar deliberadamente el aislamiento. Debe procurar mantenerse acompañado, desarrollar vínculos saludables y formar parte de un grupo de compañeros en el que exista respeto y solidaridad. (Andar siempre chalequeado). Repito: se le debe educar al niño para que en esos ambientes haga grupo. Preocúpate si tu hijo o hija no interactúa en un grupo, porque podrá ser presa de esos acosadores sociales.

Entre ellos puede establecerse una especie de pacto tácito de protección mutua: no abandonar al compañero que se encuentra en dificultades, no participar en burlas, no encubrir agresiones y pedir ayuda cuando sea necesario.

Esto no significa formar una pandilla para enfrentarse violentamente a otros, sino desarrollar una red de apoyo que disminuya la vulnerabilidad que puede producir el aislamiento.

3. Trabajar desde casa la autoestima y la seguridad personal.

La formación emocional no debería comenzar cuando aparece el problema. Debe construirse desde la infancia.

Los padres deberían trabajar progresivamente aspectos como la autoestima, la autonomía, la capacidad para establecer límites, la comunicación y la confianza para pedir ayuda. Si existen señales de inseguridad, aislamiento, ansiedad o cambios importantes en el comportamiento, es recomendable recurrir a un psicólogo infantil o adolescente.

A partir de los diez años puede ser especialmente útil realizar una evaluación psicológica preventiva, (en forma periódica anual), no porque el niño necesariamente tenga un problema, sino para conocer cómo está desarrollándose emocionalmente y detectar oportunamente posibles dificultades antes de que llegue a una adolescencia que puede resultar más compleja. Prepararlo para la adolescencia a él y como sus padres deberán conducirlo.

4. Iniciar una disciplina marcial.

A partir de los ocho años, iniciar una carrera profesional en una disciplina marcial, porque iniciarse en un deporte es una carrera profesional. Sé que para algunos es difícil entender que un deporte puede ser una carrera profesional y, más aún, que alguien pueda iniciar esa carrera desde los ocho años de edad.

Con eso también se logra enseñarle disciplina, autocontrol, coordinación, desfogue de energía corporal, enfoque, respeto, perseverancia y seguridad corporal. Las artes marciales pueden ofrecer una estructura particularmente útil para niños que necesitan aprender a controlar su impulsividad; del mismo modo, un niño excesivamente retraído puede encontrar en ellas una actividad que favorezca su confianza y participación.

Pero, siendo honesto, con las bases de una disciplina marcial, a la primera muestra de bullying, el niño debe derribar a su agresor. (En caso de que el verbo no funcione, y para esos casos casi nunca funciona).

Sé que a algunos no les gusta esa idea, pero la realidad es esa y el mundo funciona así.

Así comienzan las cosas, aunque a algunos no les agrade. Pero la realidad es que tienes que derribar al agresor; otra vez lo diré: “cero tolerancia”.

Si bien es cierto que la disciplina marcial no es exactamente para enseñarle a pelear, sí le servirá en el momento adecuado para dejar en el suelo al que intentó agredirlo verbal o físicamente.

En otras palabras, una buena disciplina marcial no debería convertir al niño en alguien agresivo, sino ayudarlo a comprender que la verdadera fuerza comienza por el dominio de uno mismo. En resumidas cuentas, si el niño anda en el bajón, “lo levanta”; si es muy alzado, “lo baja”; en resumen, la disciplina marcial “lo estabiliza”.

Lo cierto es que así aprenderá a defenderse, pero, en lo referente al agresor, al igual que los delincuentes, coinciden en cierta particularidad: la cobardía.

Muy pocos agresores querrán hostigar a alguien que responde.

No se trata de que ganes todas las peleas; simplemente se trata de que el mundo se dé cuenta de que eres una persona, un niño o una niña, que sabe enfrentar sus dificultades o alejarse para siempre. De lo contrario, desarrollarás cierta tolerancia hacia diversas situaciones de toxicidad…

La combinación de una familia atenta, una educación emocional adecuada, vínculos sociales saludables, actividad física y una institución educativa responsable puede constituir una protección mucho más sólida que simplemente decirle a un niño que “aprenda a defenderse”. Y como no vas a tener todos los factores a tu favor en la mayoría de los casos, lo fundamental es aprender a defenderse.

Porque el objetivo no debería ser criar niños preparados para sobrevivir al abuso, sino niños suficientemente seguros para reconocerlo, pero, sobre todo, responder de inmediato, rechazarlo y pedir ayuda en caso de que no puedan darle una solución.

Para finalizar, solo decir que no hay palabras para condenar lo ocurrido en el caso del colegio Liceo Naval, probablemente el inicio de su desprestigio, no lo sé, pero lo que sí queda claro es que ni en la peor de las pesadillas, en los muchachos de mi época, se nos hubiera ocurrido actuar de esa manera. Pero la tragedia no queda ahí, porque ahora esa aberrante idea ya queda en el consciente colectivo; o sea, eso ya lo tomarán en cuenta cualquier otro potencial agresor.

Esto no es un juego y el agresor, como el agredido, a mi modo de ver, requieren asistencia psiquiátrica, psicológica y neurológica.


 Enrico Díaz Bernuy

 

 

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lunes, 14 de septiembre de 2026

Para evolucionar la conciencia humana En conciencia cósmica.......


Curiosamente, he sido más amigo de mis ex  o  he sabido conservar buenas relaciones con ellas que con algunos amigos o colegas.  Con ciertas amistades me he desvinculado, no por falta de afecto, sino por aprender a reconocer la toxicidad o su marcado espíritu competitivo...,  he preferido mantener distancia a contacto cero o  a vías telefónicas únicamente. La lealtad no significa soportarlo todo. Podemos acompañar, comprender y tender la mano, pero hay algo que debemos aceptar: nadie puede cambiar a nadie. pero sin duda en el siguiente artículo por yogananda nos lleva la delantera a muchos,  y no me excluyo.. 





Para evolucionar la conciencia humana
En conciencia cósmica

Hay personas que no confían en nadie, y que dudan totalmente de la posibilidad de tener verdaderos amigos. Algunos, de hecho, en realidad se jactan de que se llevan bien sin amigos. Pero aquellos que no son amistosos ignoran la ley divina de la Autoexpansión, por la cual solo el alma evoluciona y vuelve al Espíritu.
Aquellos que no inspiran confianza en otros corazones, que son incapaces de extender el reino de su amor y amistad a otros territorios del alma, nunca pueden expandir su conciencia en conciencia cósmica. Si no puedes conquistar corazones humanos, no puedes conquistar el corazón cósmico de Dios.
La verdadera amistad es una manifestación del amor de Dios por ti, expresada a través de tus amigos. Cuando existe una amistad perfecta entre dos corazones o dentro de un grupo de corazones (como en una organización espiritual), dicha amistad perfecciona a cada individuo. El corazón purificado por la amistad proporciona una puerta abierta a la unidad. A través de él deberías invitar a otras almas a entrar en el templo de la hermandad - los que te aman, e incluso los que no te aman.
~ Yogananda Sri Paramahansa,
8,LA EXPRESIÓN ESPIRITUAL DE LA AMISTAD

miércoles, 9 de septiembre de 2026

artículo de Enrico Díaz Bernuy ////// LO QUE OCULTAMOS Gūḍha Svarūpam — Lo oculto del ser

 

LO QUE OCULTAMOS
Gūḍha Svarūpam — Lo oculto del ser

 

 

 

 

 

 

 

 

“Hay una conversación de 1975 donde le preguntan directamente

a Srila Prabhupada:

“¿Puede una persona ser en parte demonio y en parte devoto?”

Prabhupada hace una distinción muy fina. Dice que si es realmente

devoto no debe identificárselo como demonio, pero puede conservar

cualidades demoníacas, y añade que, si continúa sinceramente

 en el proceso devocional, esas cualidades irán desapareciendo.

 Para explicarlo usa la imagen de un ventilador:

desconectas la corriente pero las aspas continúan

girando durante un tiempo.

No preguntemos solamente qué es alguien ahora, observemos

hacia dónde está dirigiendo su conciencia.”…

 

 

 

 

Cuando hablamos de demonios, casi siempre imaginamos seres malignos, enemigos de Dios y del hombre. Pero ¿es realmente esa la única manera de comprenderlos? ¿Y si detrás de esa palabra existieran conceptos mucho más antiguos y complejos? Al estudiar distintas tradiciones, descubrimos que aquello que llamamos «demonio» no siempre representa el mal absoluto. A veces puede señalar una naturaleza, una conducta, una fuerza o incluso un estado de conciencia. Tal vez, antes de buscar al demonio fuera de nosotros, deberíamos preguntarnos si algunas de sus formas también pueden habitar en nuestro interior.

 

Cito:

"La lucidez es un don, y es un castigo. Está todo en la palabra. “Lúcido” viene de Lucifer: el arcángel rebelde, el demonio. Pero también se llama Lucifer al lucero del alba, la primera estrella, la más brillante, la última en apagarse.

Lúcido viene de Lucifer, y Lucifer viene de luz, y de Fergus, que quiere decir “el que tiene luz”, “el que genera luz”, “el que trae la luz que permite la visión interior”: el bien y el mal, todo junto, el placer y el dolor.

La lucidez es dolor, y el único placer que uno puede conocer. Lo único que se parecerá remotamente a la alegría será el placer de ser consciente de la propia lucidez.

El silencio de la comprensión. El silencio del mero estar.

En esto se van los años. En esto se fue la bella alegría animal..."

— Alejandra Pizarnik

 

La reflexión de Pizarnik sobre la lucidez resulta poéticamente poderosa y vendible, (sobre todo, vendible) pero,  etimológicamente presenta una visión limitada. Vincular directamente «lúcido» con «Lucifer» y, posteriormente, con «demonio», supone reducir la historia de las palabras a una interpretación simbólica propia de la tradición occidental cristiana. «Lúcido» proviene del latín lucidus, relacionado con lux, «luz», y no de Lucifer. Además, identificar a Lucifer exclusivamente con el demonio reproduce una lectura cultural particular, ignorando la complejidad histórica y teológica  del término. La poesía puede establecer estas asociaciones, pero convertirlas en genealogía lingüística confunde metáfora, etimología y tradición cultural. Y la confusión siempre da el mismo efecto, vacuidad i limitaciones de la existencia, de pensamiento.

Sin embargo, en caminos más profundos, o mejor dicho, mucho más antiguos el término:   “demonio” respecto a la tradición védica conocido como ashuras , daitya, danava y rakshasa simplemente como “demonio”, se puede cometer un error de concepto. rindieron servicio al Supremo, porque más o menos se   trata de eso, la bipolaridad que a muchos no les gusta, pero que si poseen ciertas habilidades para el disfrute…   

Demonio(a),  es una palabra que llega hasta nosotros cargada de una pesada herencia conceptual occidental: la imagen de una entidad esencialmente malvada, perteneciente a las fuerzas de Satanás y enfrentada, por naturaleza, a todo aquello que consideramos divino. Quizá sea precisamente esta concepción la que dificulta comprender afirmaciones provenientes de la tradición india, como aquella según la cual el dios del Sol  o planeta sol  mencionado en la pag, 212 texto 4 del capítulo 4, (bhagavad gita)    pudo transmitir el conocimiento de la astronomía a un asura como Maya.

En el texto 3 del capítulo 4 del baghagad gita  sostiene que solo existen devotos o demonios

Pero aquí comienza la diferencia fundamental. La palabra «demonio» no siempre puede utilizarse como una traducción exacta de las categorías que aparecen en los textos puránicos. En los Purāṇas encontramos una clasificación mucho más compleja.

Un Daitya es, fundamentalmente, un descendiente de Diti.

Un Dānava, como Maya, es descendiente de Danu.

Un Rakshasa pertenece a otra categoría de seres, caracterizados por determinadas facultades, comportamientos y tendencias.

Y Asura, dependiendo del texto, del período y del contexto, puede funcionar como una categoría genealógica, cosmológica o moral.

Por ello, traducir todas estas palabras simplemente como «demonio» puede ser cómodo, pero también puede resultar intelectualmente empobrecedor. Es como intentar encerrar en una sola palabra una constelación entera.

Bhagavad Gītā, especialmente en su capítulo XVI, introduce además otra dimensión. Krishna no se limita a hablar de especies sobrenaturales: describe dos grandes disposiciones de la conciencia humana. Por un lado, la naturaleza divina, daivī, asociada con la verdad, la compasión, el autocontrol, la humildad y el conocimiento. Por otro, la naturaleza demoníaca, āsurī, caracterizada por el orgullo, el egoísmo, la ira, la violencia, el engaño, la codicia y la ausencia de discernimiento.

Desde esta perspectiva, el «demonio» del Gītā no es necesariamente un monstruo que habita en algún territorio remoto del cosmos. Puede ser también una forma de conciencia dominada por el ego, el deseo y la ignorancia, (sobre todo ignorancia). Es aquello que termina esclavizando al individuo y alejándolo de su verdadero propósito.

Quizá aquí encontremos una de las ideas más profundas del texto: el verdadero demonio no siempre está frente a nosotros; a veces se encuentra dentro de nosotros. Es aquello que nos aparta de la verdad, que oscurece el conocimiento del Ātman y que nos hace olvidar quiénes somos. En este punto resulta interesante la interpretación que el teólogo y filósofo Mario Saban propone desde determinados estudios lingüísticos del hebreo, no como etimología hebrea demostrada, sino como su cosecha personal (su visión personal). Saban relaciona el término «Satan» con «sataque» y vincula esta expresión con la idea de desviación, de aquello que se aparta del camino o que desvía al ser humano de su rumbo. Tomada como interpretación simbólica, la imagen resulta sugerente: Satan sería aquello que se interpone en el camino, aquello que introduce una fuerza de oposición y termina apartando al individuo de su propósito.

Y, en ese sentido simbólico, la idea guarda una sorprendente resonancia con la enseñanza del Gītā: aquello que domina al ser humano mediante el ego, el deseo, la ira, y sobre todo la ignorancia o la codicia puede convertirse precisamente en aquello que lo aleja de su dharma y lo encadena a una existencia gobernada por sus propias pasiones.

Por supuesto, existen seres descritos como āsuricos, violentos y hostiles al dharma. Pero su nacimiento o procedencia no constituye necesariamente una condena espiritual eterna. Y aquí aparece, a mi juicio, uno de los principios más profundos de la espiritualidad devocional: la forma exterior no determina, en última instancia, la relación del alma —jīva— con Śrī Krishna.

Un deva puede ser orgulloso y olvidar a Vishnu.

Un brāhmaṇa puede carecer de bhakti.

Un asura puede ser un mahā-bhāgavata, un gran devoto.

Un rakshasa puede morir cumpliendo una misión vinculada al propósito de Krishna.

Un Dānava puede poner sus extraordinarias capacidades al servicio de una obra destinada a los devotos.

Y un enemigo monstruoso de Bhagavān puede, en circunstancias excepcionales como las de Jaya y Vijaya, ocultar detrás de esa apariencia terrible la identidad de uno de los servidores eternos del Señor.

La tradición está llena de paradojas de esta naturaleza. Y quizá precisamente por eso resulta tan peligrosa la costumbre humana de dividir el mundo entre «los buenos» y «los demonios».

Ghatotkacha: el rakshasa al servicio de una causa divina

Ghatotkacha es presentado como un rakshasa, hijo de Bhīma y Hiḍimbā. Sin embargo, su conducta hacia los Pāṇḍavas está marcada por la lealtad y el servicio. Durante el exilio aparece cuando se le necesita, protege a los Pāṇḍavas y utiliza sus extraordinarios poderes en beneficio de ellos.

Pero en Kurukṣetra ocurre algo todavía más significativo. Krishna sabe que Ghatotkacha puede desempeñar una función decisiva frente a Karṇa. Su participación no es un episodio marginal: forma parte de una cadena de acontecimientos cuyo desenlace será fundamental para la supervivencia de Arjuna.

Karṇa poseía un arma extraordinaria, concedida por Indra, que había reservado para utilizarla contra Arjuna. Sin embargo, Ghatotkacha obliga a Karṇa a emplearla contra él.

Ghatotkacha muere, pero su muerte no es inútil. Su sacrificio consigue que aquella arma desaparezca del campo de batalla y que Arjuna quede liberado de uno de los mayores peligros que pesaban sobre él.

El rakshasa muere, pero su muerte se convierte en servicio. Y aquí la paradoja vuelve a aparecer: aquello que exteriormente pertenece al mundo de los seres demoníacos puede convertirse, interiormente, en instrumento de un propósito superior.

Maya Dānava: el «demonio» que pone su talento al servicio deKrishna

Y llegamos a Maya Dānava, aquel mismo personaje cuya relación con la astronomía puede resultar desconcertante desde una perspectiva occidental.  Después de ser salvado por Arjuna durante el episodio del bosque de Khaṇḍava, Maya desea recompensarlo. Arjuna, sin embargo, no pide una recompensa para sí. Le indica que, si realmente desea corresponder, haga algo para Krishna. Entonces aparece una escena extraordinaria: Maya pone sus capacidades al servicio de una obra destinada a Yudhiṣṭhira y construye la célebre Māyā-sabhā, un salón de asambleas extraordinario, cuya arquitectura combina elementos humanos, divinos y propios de su condición de Dānava.

Aquí encontramos una enseñanza que me parece particularmente poderosa.

Krishna no necesita decirle a Maya: «Primero deja de ser quien eres y después podrás servirme». Su talento no es destruido para que pueda servir. Su conocimiento no es despreciado por su procedencia. Por el contrario: aquello en lo que Maya es excepcional —su arquitectura, ingeniería o arquitectura  casualmente en ese conocimiento mundano, es en cierta forma, su capacidad creadora, y puede así, incorporarse al servicio de una causa superior.

Por eso Maya representa, en este sentido, un magnífico ejemplo de servicio funcional y práctico: la transformación no consiste necesariamente en destruir nuestras capacidades, sino en descubrir hacia dónde deben ser dirigidas.

Vṛtrāsura: el devoto oculto detrás del asura. Y entonces encontramos un caso todavía más desconcertante: Vṛtrāsura. Exteriormente es un enorme asura, un enemigo de Indra, un poderoso adversario de los devas. Pero interiormente aparece como un devoto profundamente entregado al Señor.

En el Bhāgavata Purāṇa 6.11.24 expresa su deseo de volver a ser servidor de los servidores eternos del Señor. Su oración no está dirigida hacia los placeres celestiales, los poderes sobrenaturales ni siquiera hacia la liberación entendida como una existencia separada del servicio. Desea que su mente piense en el Señor, que su voz glorifique al Señor y que su cuerpo permanezca ocupado en Su servicio. Aquí se rompe completamente una equivalencia demasiado sencilla:

asura = materialista = demonio = espiritualmente perdido.


Vṛtrāsura demuestra que no necesariamente es así. Puede existir una identidad exterior y otra interior. Puede existir una genealogía y, al mismo tiempo, una conciencia que trascienda esa genealogía. Alguien puede ser, por nacimiento, un señor de los asuras y, por conciencia, un gran devoto.

Esto también resulta especialmente interesante cuando hablamos de Jyotiṣa. El hecho de que una persona posea planetas, Luna, Sol o Lagna situados en nakṣatras considerados deva no la convierte automáticamente en devota. Del mismo modo, una carta con abundancia de nakṣatras considerados rakshasa no convierte automáticamente a una persona en un demonio.

La astrología puede describir tendencias, disposiciones y determinadas configuraciones simbólicas; pero la identidad espiritual de una persona no puede reducirse mecánicamente a una etiqueta. Cada ser humano constituye un caso singular.

Y quizá, en la medida en que profundizamos en el autoconocimiento, descubrimos que comprender al otro exige primero haber comenzado a comprendernos a nosotros mismos.

Maya y el conocimiento del Sol. En el Sūrya Siddhānta encontramos otro episodio extraordinario.

El texto no intenta ocultar ni suavizar la condición de Maya. Al contrario, lo presenta como Mayāsuro mahān, el gran asura Maya. Pero observemos qué hace ese asura.


Desea jñāna, conocimiento.

Realiza tapas, austeridad.

Adora a Vivasvān, el Sol.

El Sol queda satisfecho con su práctica.

Y recibe conocimiento.

Maya continúa preguntando.

Y posteriormente ese conocimiento será transmitido a los sabios.

La imagen es extraordinaria: un ser presentado como asura busca conocimiento sagrado, realiza austeridades, reverencia al Sol, recibe una enseñanza y finalmente se convierte en transmisor de ese conocimiento.


El relato no presenta a Maya como un ser indigno del conocimiento. Más bien sucede exactamente lo contrario. Y existe un detalle todavía más hermoso. En la tradición textual se describe que Maya adora a su maestro con paramayā bhaktyā, con suprema devoción, y posteriormente formula nuevas preguntas acerca de los misterios cosmológicos.

Por supuesto, podemos discutir la interpretación teológica exacta del episodio y la manera precisa en que se produce la transmisión del conocimiento solar. Pero hay algo que permanece evidente: el texto no está construyendo una caricatura de un «demonio maligno» incapaz de acceder a la sabiduría.


Maya es un asura.

Y busca conocimiento.

Maya realiza austeridad.

Maya adora.

Maya pregunta.

Maya recibe.

Maya aprende.

Maya transmite.

Y ahí reside quizá la verdadera enseñanza.


Si alguien sostiene que «por ser demonio, Maya no merecía conocer la astronomía», tendría que enfrentarse con el propio relato que lo presenta precisamente como receptor y transmisor de conocimiento.


¿Y nosotros?


Aquí debemos evitar dos extremos igualmente peligrosos.


No sería correcto decir:


«Todos somos demonios».


Pero tampoco:


«Yo soy devoto; ellos son los demonios».


El capítulo XVI del Bhagavad Gītā es mucho más incómodo y, precisamente por eso, mucho más profundo. Krishna no nos entrega una etiqueta para colocar sobre la frente de los demás; nos ofrece un espejo.

Habla del orgullo, la arrogancia, el engreimiento, la ira, la aspereza y la ignorancia como características de la naturaleza āsurī.

Y si utilizamos esos criterios para examinarnos sinceramente, la cuestión cambia por completo.

Porque podemos practicar bhakti y, al mismo tiempo, descubrir orgullo en nuestro corazón.

Podemos estudiar las escrituras y encontrar orgullo intelectual.

Podemos servir y descubrir que nuestro servicio estaba mezclado con necesidad de reconocimiento.

Podemos predicar y descubrir competencia, vanidad o deseo de imponernos sobre otros. Por eso algunos nos vincularnos con casi nadie.

Podemos renunciar y descubrir que nuestra renuncia estaba contaminada por un sentimiento de superioridad.

Podemos adorar a Dios y, sin embargo, continuar siendo esclavos de nuestros deseos.

Esto no significa que nuestra identidad espiritual sea «demoníaca». Significa que somos almas condicionadas que todavía atraviesan un proceso de purificación.

Los guṇas y la complejidad de la conciencia

Los guṇas permiten comprender esta condición con mayor profundidad.

Nuestra śraddhā, nuestra fe, nuestra manera de creer y de relacionarnos con lo sagrado, también puede estar condicionada por sattva, rajas y tamas.

Por eso alguien puede ser religioso sin haber alcanzado todavía la pureza.

Puede existir bhakti mezclada con deseo de reconocimiento. Estudio de las escrituras mezclado con orgullo intelectual. Servicio mezclado con necesidad de control.

Predicación mezclada con competencia. Renunciación mezclada con superioridad.

Adoración mezclada con rajas y tamas. La espiritualidad no consiste simplemente en adoptar una identidad religiosa. Consiste en observar aquello que todavía necesita ser transformado. Porque existe una pregunta que, llevada hasta sus últimas consecuencias, resulta inevitable: Si solamente pudieran acercarse al conocimiento divino aquellos que ya fueran perfectamente puros, ¿cómo podría comenzar la purificación del impuro?

El conocimiento existe precisamente porque ignoramos. El sādhu-saṅga existe porque necesitamos compañía espiritual. El canto del santo nombre existe porque todavía estamos aprendiendo a recordar. Inclinación al maha mantra. (mantra supremo)

El servicio existe porque nuestro ego necesita transformarse. La austeridad existe porque todavía existen tendencias que deben ser disciplinadas. Y la gracia existe porque la transformación humana nunca depende únicamente de nuestra propia fuerza. Por eso, la procedencia inicial de una persona no determina necesariamente hasta dónde puede elevarse.


Maya se cualifica.

Hace tapas.

Busca sinceramente el conocimiento.

Adora a Sūrya.

Sūrya acepta su esfuerzo.

Y recibe la enseñanza.

Vṛtrāsura nace bajo la condición de asura, pero su conciencia se orienta hacia Krishna.

Ghatotkacha nace como rakshasa, pero ofrece su vida al servicio de una causa superior.

Y nosotros, que quizá no seamos asuras, daityas, dānavas ni rakshasas, podemos descubrir dentro de nosotros pequeñas formas de orgullo, ira, codicia, envidia o ignorancia.

Entonces la pregunta deja de ser:

«¿Quiénes son los demonios?»

Y comienza a ser mucho más incómoda:

«¿Qué parte de mí todavía se encuentra desviada del camino?»

Quizá ese sea uno de los grandes secretos del “mensaje” (la enseñanza).

El camino espiritual no consiste solamente en reconocer a los demonios que creemos encontrar afuera, sino en descubrir aquello que, dentro de nosotros, todavía nos aparta del dharma. Porque a veces el mayor obstáculo para llegar a Dios no tiene cuernos, ni colmillos, ni pertenece a un linaje demoníaco. Ni es el vecino que siempre te pone mala cara, o el colega que siembra indirectas… A veces tiene nuestro propio rostro. Y quizá la verdadera victoria espiritual no consista en destruirlo, sino en transformarlo.

“Hay una conversación de 1975 donde le preguntan directamente a Srila Prabhupada:

“¿Puede una persona ser en parte demonio y en parte devoto?” Prabhupada hace una distinción muy fina. Dice que si es realmente devoto no debe identificárselo como demonio, pero puede conservar cualidades demoníacas, y añade que, si continúa sinceramente en el proceso devocional, esas cualidades irán desapareciendo. Para explicarlo usa la imagen de un ventilador: desconectas la corriente pero las aspas continúan girando durante un tiempo.


No preguntemos solamente qué es alguien ahora, observemos hacia dónde está dirigiendo su conciencia.”…O aquella antigua historia muy conocida de Milarepa sufrió una profunda injusticia: tras la muerte de su padre, sus parientes usurparon la herencia familiar y redujeron a su madre y a sus hijos a la humillación. Antes de morir, su madre le pidió que vengara aquel agravio. Milarepa obedeció. Aprendió artes mágicas  (magia negra) y llegó a convertirse en un poderoso hechicero, capaz de provocar destrucción y muerte sobre quienes habían causado su desgracia. Pero después de consumar su venganza, comprendió que la sangre no reparaba el pasado. Entonces contempló las leyes del karma y vio que sus actos también tendrían consecuencias. El antiguo vengador quedó horrorizado ante sí mismo. Buscó entonces un maestro, emprendió un camino de penitencia y meditación, y aquel hombre que había sembrado muerte terminó convirtiéndose en uno de los grandes santos y yoguis del Tíbet.

Pasé varios años creyendo que el hombre era el peor enemigo del hombre. Como dicen; Es «el hombre es un lobo para el hombre», de la expresión latina homo homini lupus. quizás por leer algunas historias pero sobre todo aferrándome a las personas, el amor, el afecto mal direccionado me hacia sentir  que al final del sendero había una espada de amocles, (la amenaza constante que algo podía fallar) 

Sin embargo, con el estudio y la reflexión comprendí que no siempre es así. Existen enemigos mucho más peligrosos que otro ser humano. De esta manera,  comprendí algo más inquietante: el peor enemigo del hombre puede habitar dentro de uno mismo.   No siempre tiene rostro ajeno; a veces tiene nuestra propia voz, nuestros pensamientos y nuestras debilidades. Vencer al otro puede ser una victoria momentánea; vencerse a uno mismo es, quizá, lo no ilusorio… «la verdadera victoria».

«No preguntemos solamente qué es alguien ahora; observemos hacia dónde está dirigiendo su conciencia.»  Conciencia..


lunes, 31 de agosto de 2026

la visión...

 «En el mundo del arte y la cultura, para seguir creando debes ser sabio, erudito, iluminado, poseído o hasta demonio, o al menos creértelo, (de pronto ya lo eres) necesitas una fe casi ciega en aquello que haces, porque, de lo contrario, terminarás feneciendo en el infierno de la indiferencia. El ego es fundamental para crear, siempre que tu egoicidad  no necesite despreciar o aplanar a  la de tus colegas...»

Enrico Díaz Bernuy 

domingo, 30 de agosto de 2026

un cuento de Enrico Díaz Bernuy / La ciudad de los cables desnudos y el rata

 

LA CIUDAD DE LOS

CABLES DESNUDOS

Y El Rata



Un cuento inspirado

 en la esclerosis múltiple

 

En un lugar muy lejano existía una enorme ciudad llamada Ceretbria. Era una ciudad extraordinaria: tenía millones de calles, puentes, estaciones y edificios, pero nada funcionaba por casualidad, (como la vida misma)… En el centro de todo se encontraba una gran central eléctrica, desde donde partían miles de cables hacia cada rincón de la ciudad.

Aquellos cables eran especiales. No solamente transportaban electricidad; llevaban las órdenes necesarias para que todo funcionara.

Algunos controlaban las luces de las casas, otros abrían las puertas de los edificios, algunos regulaban el movimiento de los trenes y otros comunicaban las estaciones entre sí.

Cada cable estaba protegido por una gruesa cubierta aislante llamada mielina. Gracias a ella, las señales podían viajar rápidamente y con eficiencia, llevando las órdenes de un lugar a otro. Durante muchos años, la ciudad funcionó perfectamente. Pero un día comenzaron a aparecer pequeños daños en algunas cubiertas. En determinados lugares, la protección de los cables empezó a desgastarse y dejó partes del conductor expuestas. Como consecuencia, las señales comenzaron a viajar con dificultad, a hacerse más lentas o incluso a interrumpirse.

Al principio nadie comprendió lo que ocurría. Un tren se detuvo inesperadamente.

—Debe ser una falla pasajera —dijeron los ingenieros.

Después, algunas luces comenzaron a apagarse. En otra zona, una puerta automática dejó de responder. Más tarde, un grupo de semáforos empezó a funcionar de manera irregular.

Los ingenieros descubrieron entonces algo preocupante: los cables estaban perdiendo su aislamiento,  (como lo que ocurre a veces con las neuronas), pero había algo todavía más extraño.

No todos los problemas aparecían en el mismo lugar ni producían las mismas consecuencias.

Cuando se dañaba un cable que llegaba a la estación encargada de los movimientos, los trenes tenían dificultades para desplazarse. Si el daño estaba relacionado con la estación de la visión, las señales luminosas podían volverse confusas. O si afectaba a las líneas que comunicaban con las zonas encargadas del equilibrio, algunos vehículos podían perder estabilidad.

La gran central eléctrica seguía enviando órdenes, pero algunas de ellas ya no podían llegar correctamente a su destino. Entonces Ceretbria comprendió una importante verdad: una ciudad no depende solamente de su central, sino también de las conexiones que llevan sus mensajes hacia cada rincón.

Aquella ciudad era una representación del cuerpo humano. El cerebro envía continuamente instrucciones a través de las fibras nerviosas, pero cuando la mielina que las protege se deteriora, la comunicación puede hacerse más lenta, interrumpirse o alterarse. Y dependiendo de las fibras afectadas, distintas funciones del organismo pueden verse comprometidas.

Los habitantes de Ceretbria dejaron de llamar a aquello simplemente una avería.

Lo llamaron esclerosis múltiple. La esclerosis múltiple es una enfermedad en la que el sistema inmunitario ataca por error la mielina, sustancia que recubre y protege las fibras nerviosas.

Cuando esta protección se deteriora, la comunicación entre el cerebro y el resto del cuerpo puede verse afectada.

Pero Ceretbria también descubrió algo importante: aunque algunos cables estuvieran dañados, la ciudad no tenía por qué rendirse.

La enfermedad no tenía una cura definitiva, pero podía ser controlada y sus síntomas podían tratarse. La fisioterapia y la rehabilitación podían ayudar a conservar la movilidad, la fuerza, el equilibrio y la independencia, mientras los médicos utilizaban otros tratamientos para controlar la enfermedad. (controlarla no curarla).

Los ingenieros de Ceretbria aprendieron entonces a proteger los cables que todavía funcionaban, a reparar lo que fuera posible y, sobre todo, a buscar nuevas rutas para mantener la comunicación.

Porque una conexión dañada no significaba necesariamente que toda comunicación hubiera terminado.

Y así comprendieron otra verdad: Ceretbria intentaba mantener comunicados sus barrios aunque algunas conexiones fallaran. Mientras los ingenieros trabajaban día y noche en aquella enorme ciudad, muy lejos de la central eléctrica vivía un hombre que parecía pertenecer a otro mundo.

Se llamaba Juan Carlos. Pero todos lo conocían por un extraño apodo: El Rata. Era uno de esos personajes que parecían haber salido de una novela. A primera vista, daba la impresión de ser un hombre marginal, despreocupado y acostumbrado a moverse entre personajes de dudosa reputación. Sin embargo, aquella apariencia escondía una vida completamente diferente.

El Rata vivía a lo grande. Viajaba por Europa, recorría ciudades de Estados Unidos y había conocido distintos lugares de Asia. Podía aparecer un día en   Bogotá  o Lima y, semanas después, contar historias de algún país lejano como si viajar por el mundo fuera para él algo completamente cotidiano.

Lo extraño era que nadie conocía un trabajo que explicara aquella vida.

—¿Y este hombre de qué vive? —se preguntaban unos. —¿Cómo consigue tanto dinero? —comentaban otros.

Las conversaciones se multiplicaban, pero la respuesta nunca aparecía. Algunos pensaban que había recibido una herencia de su madre fallecida. Otros suponían que había heredado una pensión. Otros inventaban explicaciones todavía más extravagantes. Pero nadie parecía conocer la verdad. Y por ahí se tejían leyendas.

El Rata tampoco parecía preocupado por aclarar nada. Vivía despreocupadamente, viajaba, gastaba y disfrutaba de la vida sin mostrar preocupación alguna por aquello que tanto intrigaba a los demás.

Lo más curioso era la contradicción entre su apariencia y su realidad.

Se presentaba como un  marginal y frecuentaba personas de ambientes oscuros. Había sido amigo de asaltantes, de un extorsionador mexicano que había radicado en Lima, de personas vinculadas a las drogas e incluso de un hombre que había cometido asesinatos en Venezuela.

Sin embargo, el Rata poseía un código de amistad que, para él, era sagrado. Podía comprender muchos errores. Podía tolerar que sus amigos hubieran caído en los caminos más oscuros. Podía permanecer al lado de personas que la sociedad había condenado. Pero existía una frontera que jamás estaba dispuesto a cruzar: abandonar a los propios hijos.

Para Juan Carlos, aquello era una traición que ninguna amistad podía justificar.

—Uno puede equivocarse en la vida —decía—. Puede caer, puede perderse y hasta puede volver a empezar. Pero un hijo no tiene la culpa de los errores de su padre o de su madre. Aquella era su extraña filosofía. Y quizá por eso resultaba tan difícil comprenderlo.

¿Cómo podía alguien relacionarse con personas tan cuestionables y, al mismo tiempo, defender con tanta firmeza una idea de responsabilidad familiar?

El Rata no daba explicaciones. Simplemente seguía viviendo, sonreía, se burlaba y hacía muecas como si la juventud fuera a durar eternamente. Pero detrás de aquella manera despreocupada de vivir había algo que pocos comprendían. El Rata también sabía lo que significaba vivir entre conexiones rotas. Había personas que se habían alejado de él. Amistades que habían terminado. Relaciones que se habían perdido.

Caminos que ya no conducían al mismo lugar. Sin embargo, siempre intentaba conservar algún vínculo. Con algunos amigos mantenía una llamada. Con otros, una visita. Con otros, simplemente la memoria. Y con sus hijos existía una conexión que consideraba imposible de abandonar.

Porque, para él, una relación podía deteriorarse, una persona podía equivocarse y hasta una vida podía tomar caminos inesperados.

Pero eso no significaba que todas las conexiones debieran desaparecer.

Mientras tanto, en Ceretbria, los ingenieros continuaban observando los cables desnudos. Cada zona dañada producía un problema diferente. Y entonces comenzaron a comprender que la enfermedad no solamente afectaba a los cables. También podía cambiar la vida de quienes dependían de ellos.

Porque cuando una conexión entre el cerebro y el cuerpo se interrumpe, no solamente falla una señal.

Puede detenerse un movimiento o alterarse el equilibrio, o confundirse la visión.

Incluso  aparecer cansancio. Puede cambiar la manera en que una persona camina, siente o realiza actividades que antes hacía con absoluta naturalidad.

Los habitantes de Ceretbria comprendieron finalmente que su mayor desafío no consistía solamente en reparar los cables. Consistía en aprender a vivir cuando algunos cables ya no podían funcionar como antes. Entonces ocurrió algo curioso. Los ingenieros comenzaron a observar que la ciudad hacía algo parecido a lo que hacía El Rata.

Cuando un barrio quedaba incomunicado, buscaban otra ruta. Cuando una estación dejaba de responder, intentaban establecer una nueva conexión.

Cuando un cable fallaba, no abandonaban inmediatamente todo el sistema. Buscaban la manera de mantener la ciudad comunicada. Y el Rata hacía exactamente lo mismo con las personas. Ceretbria intentaba mantener unidos sus barrios aunque algunas conexiones fallaran. El Rata intentaba mantener unidos a sus amigos y a sus hijos aunque su propia vida estuviera llena de conexiones rotas.

Quizá aquella era la razón por la que ambos se parecían más de lo que nadie habría imaginado.

La ciudad tenía cables desnudos. El Rata tenía heridas invisibles.

Pero ninguno de los dos había decidido apagar las luces. Los habitantes de Ceretbria comprendieron entonces que convivir con una enfermedad no significaba simplemente esperar a que todo volviera a ser como antes.

A veces significaba aprender nuevos caminos. Aprender nuevos movimientos. Aceptar determinadas limitaciones. Buscar ayuda. Recibir tratamiento. Hacer fisioterapia. Rehabilitarse. Y, sobre todo, conservar aquellas conexiones que todavía podían mantener la vida en movimiento. Porque la esclerosis múltiple podía cambiar el camino, pero no necesariamente tenía que apagar el viaje.

El Rata parecía haber comprendido aquella verdad mucho antes que los ingenieros.

Él también había aprendido que no siempre se puede reparar una conexión rota. Algunas personas se marchan. Algunas amistades desaparecen.

Algunos caminos se cierran. Pero siempre queda la posibilidad de construir otro puente.

De tender otro cable. De llamar nuevamente. De acercarse. De permanecer.

Y quizá esa era la verdadera enseñanza de aquella ciudad: no siempre podemos elegir qué parte del camino se rompe. Pero podemos decidir cómo continuar el viaje cuando el camino cambia…

Mientras la gran central eléctrica seguía enviando sus señales hacia todos los rincones de Ceretbria, el Rata continuaba recorriendo el mundo, llevando consigo sus secretos, sus contradicciones y aquel extraño código de lealtad que nadie terminaba de comprender.


‹‹Una lealtad que a veces parecía confundirse entre ser amigo de todos y ser amigo de nadie.››

Pero quizá, en el fondo, el Rata solamente había aprendido una cosa: que incluso las personas más contradictorias necesitan alguna conexión que las mantenga unidas al mundo. Y Ceretbria también lo sabía.

Por eso, cuando una señal desaparecía, los ingenieros no apagaban la central. Buscaban otro camino. Cuando un barrio quedaba aislado, tendían nuevos cables.

Cuando una ruta se perdía, construían otra. Porque una ciudad no deja de ser una ciudad porque algunos de sus caminos estén dañados.

Y una persona tampoco deja de ser ella misma porque algunas de sus capacidades hayan cambiado. Así, entre cables desnudos, señales interrumpidas y vidas llenas de contradicciones, Ceretbria continuó funcionando. Sus luces no brillaban todas con la misma intensidad.

Algunas parpadeaban. Otras se apagaban durante un tiempo. Pero muchas seguían encendidas. Y mientras existiera una señal capaz de encontrar un camino, siempre habría comunicación. Porque incluso una ciudad herida puede seguir teniendo luces.

Y quizá eso también sea vivir: aprender a encontrar nuevos caminos cuando los antiguos ya no pueden llevarnos a casa.


Enrico Díaz Bernuy


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