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lunes, 10 de agosto de 2026
viernes, 7 de agosto de 2026
...
Es un lujo contar con tu presencia, más aún, ser testigo de tu evolución, de la senda que vienes labrando con paciencia y determinación.
He sido testigo de tus incursiones en distintas disciplinas; algunas veces desde la distancia, pero siempre vigilante de tus pasos, como un águila que jamás aparta la mirada. Otras veces hemos estado hombro con hombro, celebrando tus logros, acompañando tus caídas o curando las heridas que inevitablemente dejan los entrenamientos de la vida.
He procurado estar ahí, a tu
lado: unas veces como consejero; otras, como médico brujo que intenta aliviar
dolores invisibles; como asesor espiritual, como maestro de combate y, por
encima de todo, como papá.
A veces consigo robarte una
sonrisa; otras, termino por estresarte. Pero casi todos los días intento
estrecharte entre mis brazos para recordarte algo que nunca debes olvidar: sé
que te estás haciendo fuerte y también sabio. La paciencia, hijo mío, es otra
forma del coraje.
Beso tu frente, tu cabeza, y
te digo que te quiero. Te repito que todo llega cuando debe llegar, porque la
vida tiene un ritmo que ninguna impaciencia puede acelerar.
Recuerdo el día en que me hablaste de una disciplina más: el kendo. Casi por instinto la rechacé. Había varias razones. Una de ellas era que ya te había visto pasar por otras disciplinas y deseaba que profundizaras en alguna antes de abrir una puerta nueva. Pero luego recordé que cada uno tiene distintas evoluciones y distintas cosas que uno requiere experimentar. Sin embargo, hubo otra razón mucho más íntima. En ese instante recordé una parte de mí mismo.
"Kendo...", me dije
en silencio.
Cuánto me habría gustado recorrer ese camino cuando tenía su edad. Pero eran otras circunstancias; otros tiempos. La vida ofrece oportunidades distintas a cada generación. Durante una fracción de segundo me vi reflejado en ti. Tú sabes que la esgrima siempre ha sido para mí uno de esos artes casi inalcanzables que uno contempla con admiración, como quien mira una montaña sagrada y distante.
Hoy mis pasos van por otro
sendero. He elegido la arquería como disciplina deportiva, (como ya lo has
visto) siendo esto un espacio para respirar de otra manera, para aquietar el
espíritu y sobre todo desarrollar más el enfoque.
Mi vida social nunca ha sido
abundante, ni tampoco he esmerado por cambiar eso. Encontré en el arco una
antigua fascinación que llevaba dormida dentro de mí desde hacía muchos años.
Pero la vida tiene esas
coincidencias que, en realidad, rara vez son coincidencias. Son fuerzas
silenciosas que parecen conducirnos hacia el lugar donde debemos estar.
Un día apareció en una de mis redes sociales un anuncio sobre el kendo: el Camino de la Espada. Sonreí. Recordé inmediatamente que me habías mencionado ese tema, también recordé que escribí un libro de poemas titulado Esgrima Luminosa. ¿Comprendes ahora por qué esa disciplina tiene para mí un significado tan profundo? No es únicamente el combate; es el símbolo. Es la búsqueda de la precisión, del dominio de uno mismo, de la elegancia frente al caos.
Quizá algún día podamos
conversar largamente sobre ello. Conociéndome como me conoces, podrás descubrir
de dónde provienen muchas de mis ideas, de mis silencios y también de mis
obsesiones.
Y en ese camino no puedo dejar
de hablarte de la gran madre que tienes. Una mujer cuya entrega hacia ti ha
sido absoluta. Sin ella, muchas de las cosas que hoy disfrutas simplemente no
habrían sido posibles. Tus caminos apenas comienzan, pero ya llevas contigo la
fortuna de haber nacido junto a una madre que ama con una intensidad poco
común.
No necesito compararla; tú
posees la sensibilidad suficiente para reconocer la nobleza de su corazón, su
entrega absoluta por ti, y la profundidad de cada uno de sus actos.
Me emociona profundamente
pensar que ya tienes diecisiete años. El tiempo ha corrido con una velocidad
que a veces me asusta. Tal vez debí escribirte estas palabras el día de tu
cumpleaños, que fue hace muy poco. Pero conoces el tren de vida que llevo: mis
estudios, el trabajo, la restauración, las artes plásticas. Quizas para algunos vivo como
un hombre que persigue demasiados sueños al mismo tiempo. Pero esto, todo en global ya es un sueño para mi y tú estas presente.
Y, sin embargo, entre todo ese
vértigo, nunca dejo de sentir el privilegio de caminar a tu lado. Aquí estoy,
intentando ofrecerte siempre mi mejor versión, aunque sé que muchas veces mi manera de hablarte sea a veces áspera pero frontal. No aspires a parecerte completamente a mí, jamás. Toma solamente
aquello que encuentres bueno. Rescata siempre lo mejor de las personas; incluso
de aquellas que no volverás a ver más… Mi experiencia habla.
No permitas que el resentimiento, la mentira o la superficialidad gobiernen tu espíritu. Vivimos tiempos difíciles, una época de la que ambos conocemos como la era de Kali, donde el engaño parece haberse convertido en moneda corriente. Precisamente por eso necesitas cultivar la verdad, la disciplina (sobre todo) y el discernimiento.
El kendo, conocido como el Camino de la Espada, es mucho más que un deporte de combate. Es una escuela para el cuerpo, la mente y el espíritu. A través del entrenamiento constante comprenderás que el verdadero adversario no siempre está frente a ti, sino dentro de ti: en tus miedos, en tus impulsos, en tus dudas y en tus propias limitaciones.
También puede convertirse en una forma de terapia. Ayuda a disminuir el estrés, fortalece la concentración (el enfoque) y enseña a transformar la ira, la ansiedad y la frustración en energía consciente. La repetición paciente de cada movimiento, el control de la respiración y el respeto por el adversario terminan construyendo un ser humano más equilibrado.
Pero quizá su mayor enseñanza sea la forja del carácter. Se que muchas de estas cosas las sabes, pero es bueno que las recuerdes.
Cada entrenamiento exige perseverancia, humildad y dominio de uno mismo. Aprenderás que el progreso nunca depende únicamente del talento, sino de la constancia. Las derrotas dejarán de ser fracasos para convertirse en maestros silenciosos; las victorias dejarán de alimentar el orgullo y pasarán a recordarte la responsabilidad de seguir creciendo.
No conozco un solo logro verdaderamente grande que haya nacido sin disciplina (obsesión). El talento deslumbra durante un instante; la disciplina ilumina toda una vida. Recuerdalo.
Ojalá, cuando seas un hombre y vuelvas a leer estas líneas, descubras que más allá de cada consejo, de cada abrazo y de cada silencio mío, todo lo que hice nació del mismo lugar: del inmenso amor que siento por ti, besando tu frente o tu cabeza casi todos los días.
Enrico Diaz Bernuy
miércoles, 29 de julio de 2026
El jardín de las raíces… un cuento de Enrico Díaz Bernuy
El jardín de las raíces…
Aurelio cultivaba bonsáis desde hacía más de treinta años. En su pequeño jardín había aprendido que un árbol no se domina: se acompaña. Cada rama era una negociación paciente entre la voluntad del cultivador y la obstinación de la naturaleza. O la obstinación del cultivador y la paciencia de la naturaleza. Su favorito era un viejo buganvilia, pequeño, retorcido, cuya copa parecía contener un bosque entero con pequeñas flores blancas, recias.
Sus jardines estaban separados por una pared y,
curiosamente, también por sus temperamentos. Samuel no había heredado esas
artes por antecedentes familiares, ni mucho menos se creía en términos como el
honor, era en cierta forma más mundano, más superficial.
Aurelio prefería la paciencia silenciosa del
bonsái; la paciencia de usar el alambrado a los esquejes, el tratamiento
especial a la tierra y sobre todo el detalle con el uso de las tijeras.
Samuel, en cambio, admiraba la extravagancia de los
cactus. Sin embargo, algunas tardes se encontraban junto a la pared y hablaban
brevemente. Uno preguntaba por una flor; el otro comentaba la forma de una
rama. No necesitaban estar de acuerdo para reconocerse. Para Aurelio el uso del
elemento vital (el agua) era motivo fundamental para el desarrollo mientras que
el otro, el tratamiento solar se basaba todo como es lo que sucede en los
cactus.
Con el tiempo, Aurelio comprendió que aquella
amistad tenía algo de sus propios árboles. No era necesario acercar demasiado
las raíces para que dos formas de vida pudieran compartir el mismo suelo.
Samuel solía decir que la manera más eficaz de
embrutecerse era juntarse exclusivamente con quienes pensaban como uno. Aurelio
lo repetía a veces, aunque prefería expresarlo de otro modo: «Si todos los
árboles de un jardín crecen torcidos hacia la misma dirección, quizá nadie sepa
dónde está el viento».
En algún momento, ambos
discutieron. El principal argumento de Samuel era que sus plantas no lo
necesitaban realmente: si él muriera, los cactus continuarían viviendo sin su
presencia. En cambio, sostenía que, si Aurelio muriera, sus bonsáis
probablemente morirían poco después, pues dependían de sus cuidados constantes
(poda y abundantes riegos).
—Lo que sucede —respondió
Aurelio— es que yo tengo un instinto paternal. Mis plantas son como hijos para
mí. No puedo concebirlas sin asumir la responsabilidad de cuidarlas. En cambio,
para ti parecen no demandar ningún compromiso.
Samuel lo miró y
respondió:
—¿Estás seguro? Si mañana
comenzara a llover torrencialmente, tendría que atenderlas y alejarlas de los
aguaceros. Si no lo hiciera, podrían enfermar o morir. ¿Acaso eso no es también
un compromiso?
Aurelio guardó silencio
por un instante para sosiego, y no
alargar esa discusión, él ya no quería imponer sus ideas sobre nadie…
Tal vez la diferencia no
estaba en tener o no tener compromisos, sino en la forma en que cada uno los
entendía. Aurelio había convertido el cuidado en una especie de vínculo
paternal; Samuel, en cambio, asumía su responsabilidad sin necesidad de
transformarla en un lazo afectivo.
Al final, comprendieron
que cada persona establece sus compromisos de acuerdo con la manera en que ha
construido su propia vida. Lo que para uno puede parecer una obligación, para
otro puede ser una elección; lo que uno considera amor, otro puede entenderlo
simplemente como responsabilidad.
Y quizá ahí estaba otra de sus diferencias: no
todos cuidamos de la misma manera, porque tampoco todos necesitamos lo mismo
para sentirnos responsables de aquello que hemos decidido conservar.
Aurelio era precisamente esa clase de sujeto que
podía sentirse cómodo entre personas que no pensaban como él. No confundía la
discrepancia con una ofensa ni la coincidencia con una amistad. Escuchaba
incluso aquello que contrariaba sus convicciones, porque sabía que una idea que
jamás ha sido puesta en peligro termina convirtiéndose en una costumbre.
Consideraba
que la estética o la verdad sobre algo no podían sostenerse necesariamente en
una sola postura. Una verdad universal puede existir en determinados ámbitos,
pero cuando hablamos de cosas materiales, de experiencias humanas o de la
manera en que percibimos el mundo, difícilmente podemos hablar de verdades
absolutas. Existen distintos enfoques, así como distintas experiencias en cada
persona. Mi experiencia es distinta de la tuya, y la tuya es distinta de la
mía.
Si
intervienen el resentimiento, el dolor, la memoria o las circunstancias
personales, entonces tampoco podemos pretender que todos poseamos las mismas
percepciones, mucho menos los mismos complejos. Había comprendido que detrás de
un complejo o de un resentimiento puede existir un pasado, una experiencia que
desconocemos y que quizá explique, aunque no necesariamente justifique,
determinada manera de pensar o de actuar.
Al
final, debemos aprender a respetar aquello sin estar obligados a cambiar
nuestra propia opinión. Comprender al otro no significa darle la razón;
significa ser capaces de mirar por un instante desde el lugar que ocupa,
ponernos en sus zapatos y tratar de entender qué circunstancias lo llevaron
hasta allí.
Esa
capacidad de relacionarnos con quienes piensan distinto nos enriquece. Nos
obliga a cuestionarnos, a comparar, a observar desde otros ángulos y, sobre
todo, a mantener despierto el pensamiento. Porque quizá la manera más eficaz de
embrutecerse sea rodearse únicamente de quienes confirman lo que ya creemos, (embrutecerse
o envejecer)…
El pensamiento
necesita fricción, contraste y sobre todo auto cuestionamiento sobre la forma de pensar nuestra (autocrítica). Un cerebro que nunca encuentra una
idea que lo contradiga termina acomodándose en sus propias certezas, como si
estuviera sedado.
En cambio,
encontrarse con alguien que piensa de manera opuesta puede resultar incómodo,
pero precisamente en esa incomodidad existe una posibilidad de crecimiento. Neurológicamente
tu cerebro funciona diferente (trabaja, no está sedado) No se trata de
abandonar nuestras convicciones, sino de impedir que se conviertan en una
prisión.
Es como si escribieras un libro sobre sexología y quien se encargara de presentarlo fuera un erudito en matemáticas. Creo que esa persona, precisamente por venir de un campo completamente distinto, podría aportar una profundidad inesperada y valiosa a la obra.
O por ejemplo, que escribieras un libro sobre anarquía y quien lo presentara fuera un neurólogo. Considero que una mirada proveniente de otra disciplina podría enriquecer considerablemente la visión del libro, porque permitiría observar el mismo tema desde una perspectiva diferente, quizá incluso desde un ángulo que su propio autor no había contemplado.
Al fin y al cabo, un adulador rara vez pasa inadvertido; y resulta difícil que alguien pueda desempeñar semejante papel cuando procede de una disciplina ajena.
No necesitaba convencer a nadie. Podía conversar
con un creyente, un ateo, un rebelde o
un hombre completamente opuesto a sus ideas sin sentir que su identidad estaba
amenazada. Le interesaba comprender antes que vencer.
Una tarde, Samuel le regaló un pequeño cactus.
Aurelio lo colocó junto a su bonsái.
—Son especies incompatibles —dijo Samuel.
—Precisamente por eso los
he puesto juntos —respondió Aurelio.
Desde entonces, el bonsái y el cactus
permanecieron separados por apenas unos centímetros. No se parecían, no
necesitaban parecerse y, sin embargo, parecían comprender algo que muchos
hombres olvidan: La amistad no siempre
nace de pensar igual, sino de permitirle al otro ser distinto sin que nuestra
propia identidad se sienta amenazada.
Enrico Díaz Bernuy
martes, 28 de julio de 2026
lunes, 27 de julio de 2026
habló la bella
Muchas personas brillan en voz baja:
Y les dicen:
Pero Klein identificó lo que de verdad opera bajo esa "humildad".
No estás siendo modesto.
Le tienes miedo a la envidia. Y aprendiste a desactivarla achicándote.
Klein estudió la envidia como pocas personas y descubrió su otra cara: el miedo a SER envidiado. Si en tu historia lo bueno tuyo despertaba ataques —el comentario ácido de la familia, la amiga que se enfriaba con tus éxitos, el "ya te crees mucho"— aprendiste la lección temprano: brillar es peligroso; lo bueno atrae dardos. Y desarrollaste el seguro perfecto: esconder el logro, minimizarlo, hasta arruinarlo un poco tú primero ("sí gané, pero fue suerte, y además estoy cansadísimo") para que nadie sienta el piquete... y no te lo cobre. Funciona, sí. Cobrando una prima carísima: vives tus triunfos a media luz, pidiendo perdón por lo que deberías celebrar.
La idea incómoda es esta:
Pero aquí está lo importante:
No tienes que volverte presumido: tienes que dejar de esconderte. El punto medio existe y se entrena: comparte el logro completo con tu gente segura (esa que sí celebra: identifícala, es tu público VIP y ahí se cuenta TODO con emoción), y con el resto, compártelo sereno y sin disculpas —sin inflarlo, pero sin el "fue suerte" ni el descuento automático—. Si a alguien le pica, obsérvalo con compasión y distancia: su piquete habla de su carencia (tú lo sabes: también has sentido envidia), no de tu obligación de apagarte. Brillaste porque trabajaste. Celebrarlo no es agresión: es justicia. Y cada vez que cuentas un logro sin encogerte, le enseñas al mundo —y a la parte tuya que aprendió a esconderse— que lo bueno ya se puede vivir a plena luz.
jueves, 23 de julio de 2026
lunes, 20 de julio de 2026
No tiene título. Autor Enrico Diaz Bernuy / Relato breve ( ficciones 2026 ) / 20 de julio 2026
Se había recostado con un abatimiento que excedía el cansancio. Era una fatiga más antigua, más profunda, como si proviniera de un lugar donde el cuerpo ya no alcanzaba a nombrar el dolor. Al fin, el agotamiento logró cerrar aquellos párpados endurecidos que tanto esfuerzo le costaba mantener abiertos. Ardían como si hubieran permanecido demasiado tiempo contemplando una ausencia. Cuando por fin los cerró, no encontró la oscuridad que esperaba. Frente a él se desplegó un gris luminoso, una claridad velada, semejante a la antesala de otra dimensión. Una neblina suspendida parecía darle la bienvenida, flotando inmóvil detrás de sus ojos cerrados. Como dos puertas diseñadas para jamás abrirse, similar a su misma dificultad a hacer amigos, incluso hasta con sus propios colegas y quien tenga dificultad en hacer amigos hasta de sus propios colegas es porque sin duda está en un sendero diferente, no solo era la soledad del artista, era un peldaño difícil de clasificar...
Aun envuelto en aquella
sensación incierta comprendió que no dormía. Poco a poco comenzó a distinguir
un paisaje que emergía lentamente de aquella bruma, como una pintura que
alguien revelara con infinita paciencia.
En lo más íntimo de sí
recordaba a su princesa. La extrañaba. La amaba. Y aunque sabía que no debía
entregarse a semejante sentimiento, había momentos en que el miedo nacía
precisamente de extrañarla demasiado. Lo desconcertaba descubrir que una
persona conocida hacía tan poco tiempo pudiera despertar emociones propias de
toda una una vida vivida, una existencia compartida.
Era como si ambos hubieran
vivido una vida anterior, una memoria imposible cuya huella permanecía intacta
en el alma. Tal vez una existencia pasada. Tal vez una ilusión. Tal vez un
deseo inconsciente buscando un rostro donde habitar.
Pensaba incluso que esa clase
de confesiones, jamás debería decirle a ella, en realidad esas clase de teorías jamás
deberían decirse a ninguna mujer. No porque
fueran falsas, sino porque el exceso de idealización puede inflamar el ego
hasta convertir el encuentro en distancia, y la distancia, cuando no sabe
dialogar con el silencio, termina levantando fuerzas dinámicas sobre el aire
como entre dos personas destinadas
únicamente a desentenderse como dos partidos políticos opuestos sumidos en un vórtice,
remolino de egos.
Pero él seguía caminando
dentro de aquella neblina, y avanzaba con la elegancia de un vampiro y el silencio de un poeta. Sus
lentes azules de estilo victoriana reflejaban una luz que no pertenecía a
ningún sol conocido. En su andar había una distancia deliberada, elegante, casi
como un voto de renuncia. No era
abandono de sí mismo; ―era disciplina―. Se había impuesto una sola meta:
escribir un poema digno de sobrevivir a lo superfluo.
Las palabras comenzaban a
reunirse dentro de él como aves que regresan al mismo árbol al caer la tarde. A
veces sentía que estaba lleno de ellas. La meditación lo liberaba. El mantra
aquietaba el ruido del mundo. Pero ese árbol estaba lleno de durezas y esas
aves era como sonrisas de levedades en búsqueda de un puerto…
Pero entonces ella aparecía. Siempre
en el instante menos esperado. No caminaba: flotaba. Era lo más parecido a una
princesa que había conocido jamás. Sus ojos ardían con una intensidad imposible
y, cuando sonreía, su rostro parecía haber olvidado toda tristeza. Sin embargo,
detrás de aquella sonrisa también habitaba una duda silenciosa, una pregunta
que él jamás alcanzaría a escuchar:
—¿Me querrá?
Él ignoraba que esa pregunta
existía. Solo sabía suspirar. Un suspiro profundo, sin explicación ni origen,
que nacía de alguna región del alma donde las razones dejan de tener
importancia. Ese suspiro era suficiente para confundirla.
Los días se convertían en
semanas. Las semanas en meses. El sentimiento permanecía intacto y, en
ocasiones, crecía con una fuerza que empezaba a inquietarlo. No temía
confesarle aquello; jamás lo haría. Lo que verdaderamente le aterraba era no
comprenderse a sí mismo.
—Las musas hacen esto —se
repetía. Después dudaba.
—¿Será el amor?
Pero el amor, pensaba, no
podía ser únicamente desconcierto. El amor también era una lámpara encendida en
medio de la noche, una claridad que guía incluso cuando nadie la sostiene.
Sin embargo, sus propios ojos
ya no reflejaban esa luz. Permanecían secos, inmóviles, sin lágrimas, como si
la neblina del principio hubiese decidido instalarse para siempre dentro de
ellos. Entonces comprendió que el origen de todo había sido el dolor de
extrañarla. Finalmente creyó encontrar la salida de aquel laberinto gris. Intentó
levantar la mirada hacia el techo blanco de su dormitorio. Reunió fuerzas para
incorporarse, pero cuando consiguió ponerse de pie descubrió, con un
estremecimiento imposible de describir, que su cuerpo seguía tendido sobre la
cama, más pálido que nunca. No gritó.
Simplemente comenzó a
deslizarse lejos de aquella habitación, impulsado por una fuerza ajena a su
voluntad. Una corriente invisible lo arrastraba hacia una distancia sin nombre.
Y mientras se alejaba comprendió que aquella fuerza solo perseguía un
propósito: hacer que lo olvidara todo, ese era su verdadero sueño o su
verdadera liberación.
miércoles, 15 de julio de 2026
Obras de arte de Enrico Diaz Bernuy. Venta e informes al 993 904 284 Lima, Perú.
Esta obra el pintor Enrico Diaz Bernuy, constituye una exploración contemporánea de la figura humana mediante un lenguaje plástico que oscila entre la abstracción gestual y la figuración sugerida. Lejos de buscar una representación anatómica convencional, la imagen emerge desde la materia misma, permitiendo que el cuerpo se revele como una presencia construida a partir de texturas, accidentes pictóricos y estratos de color.
La composición se caracteriza por una intensa carga matérica. El artista emplea una técnica mixta que integra acrílicos, esmaltes sintéticos y óleos, materiales que aportan diferentes tiempos de secado, grados de brillo y comportamientos físicos. Esta convivencia de medios genera una superficie rica en contrastes, y la audacia de no trabajar con colores complementarios genera un dinamismo que converge con la fluidez del esmalte, y así, dialoga con la densidad del óleo y la rapidez expresiva del acrílico.
Uno de los aspectos más innovadores de la pieza reside en su soporte. La pintura no se desarrolla sobre el tradicional lienzo de algodón o lino, sino sobre un vinilo plástico, un material industrial y contemporáneo que modifica radicalmente la respuesta de la pintura. El vinilo ofrece una superficie menos absorbente, permitiendo que los pigmentos, esmaltes y veladuras permanezcan más vivos, produzcan escurrimientos naturales y creen efectos imposibles de obtener en soportes clásicos. Esta elección convierte al soporte en un elemento activo de la obra y no en un simple receptor de la imagen.
Desde el punto de vista técnico, destacan los empastes volumétricos, las transparencias, las veladuras, las superposiciones cromáticas y los goteos controlados, recursos que evidencian un dominio de los procesos físicos de la pintura. La materia adquiere un protagonismo equivalente al dibujo, mientras que la luz emerge de la oposición entre negros profundos, blancos luminosos y una gama cálida de ocres, sienas y naranjas que otorgan intensidad emocional a la composición.
La obra revela además un notable equilibrio entre control e improvisación. Aunque la ejecución transmite espontaneidad, cada gesto parece responder a una estructura compositiva cuidadosamente organizada. Las líneas de escurrimiento conducen la mirada del espectador y fortalecen la verticalidad de la figura, generando un ritmo visual dinámico.
En términos estéticos, la pieza posee la capacidad de sugerir múltiples lecturas. La figura parece surgir y desvanecerse simultáneamente dentro de la materia pictórica, invitando al observador a completar la imagen mediante su propia percepción. Esta ambigüedad visual constituye uno de sus mayores atributos, pues transforma la contemplación en una experiencia activa.
La utilización de materiales industriales junto con medios tradicionales sitúa la obra dentro de las prácticas de la pintura contemporánea, donde la experimentación con soportes y procedimientos amplía las posibilidades expresivas del lenguaje pictórico. El empleo del vinilo plástico rompe deliberadamente con la tradición del lienzo, evidenciando una búsqueda de nuevos comportamientos de la pintura y una reflexión sobre los límites del medio.
En conjunto, la obra manifiesta una sólida madurez técnica y una personalidad plástica definida. Su riqueza matérica, la calidad de sus texturas, la fuerza gestual y la innovación en el uso de materiales convierten esta pieza en un ejemplo significativo de pintura contemporánea, donde el soporte, la materia y la imagen participan con igual importancia en la construcción del discurso visual. El resultado es una obra de gran intensidad expresiva, que trasciende la representación para convertir la propia pintura en el verdadero protagonista del acto creativo.
Para finalizar y no menos importante de todo lo dicho: El pintor desarrolla una constante investigación sobre la figura femenina, explorando la complejidad de su anatomía y personalidad. Se aparta de la representación de la mujer como víctima o símbolo de sufrimiento, para revelar una presencia dinámica, emprendedora, apasionada y de intensa fuerza interior, capaz de transformar su entorno con determinación y vitalidad.
Aunque la figura femenina constituye un eje constante en su producción, ninguna obra se repite. Cada pintura posee una identidad irrepetible, con variaciones en la anatomía, el gesto, la composición y la atmósfera cromática. Tal vez sea la misma mujer que reaparece como un arquetipo personal del artista, pero renace siempre con un cuerpo distinto, nuevas tonalidades y una personalidad renovada, evitando cualquier fórmula repetitiva y reafirmando la originalidad de su lenguaje plástico.
2
En esta obra, Enrico Díaz reafirma una investigación pictórica sostenida sobre la figura femenina como territorio de exploración estética, psicológica y emocional. Lejos de la representación tradicional de la mujer vulnerable, sufriente o pasiva, el artista propone una presencia vibrante y contemporánea: una mujer cuya identidad se construye desde la fuerza, el movimiento, la determinación y la intensidad de sus emociones. No es un símbolo de derrota, sino de transformación constante.
La figura parece emerger de un espacio indeterminado, donde la materia pictórica adquiere autonomía y participa activamente en la construcción de la imagen. La anatomía no pretende responder a cánones académicos; por el contrario, se fragmenta y reconstruye mediante un lenguaje abstracto-expresionista, abstracto…, que convierte cada trazo en un vehículo de energía y cada mancha en una afirmación del gesto creador.
La obra ha sido realizada mediante una técnica mixta, integrando acrílicos, esmaltes sintéticos y óleos, materiales que conviven en una superficie rica en contrastes de textura, brillo y profundidad. La combinación de estos medios permite superponer veladuras, empastes, transparencias, goteos y líneas gestuales que enriquecen el discurso plástico y evidencian un sólido dominio técnico.
Un aspecto distintivo de la propuesta es la elección del vinilo plástico como soporte, alejándose deliberadamente del lienzo tradicional. Este material contemporáneo modifica el comportamiento de la pintura, favoreciendo desplazamientos espontáneos, tensiones superficiales y efectos matéricos que difícilmente podrían lograrse sobre soportes convencionales. El soporte deja de ser un elemento pasivo para convertirse en un componente esencial de la obra y de su lenguaje visual.
El cromatismo establece un diálogo entre negros profundos, blancos luminosos, verdes fríos, violetas y enérgicas líneas de naranja que recorren la composición como impulsos vitales. Estos recorridos lineales no solo estructuran visualmente la figura, sino que transmiten dinamismo, convirtiendo el color en un elemento narrativo y emocional.
Aunque la mujer constituye el tema recurrente dentro de la producción del artista, ninguna obra se repite. Cada pintura posee una identidad propia, una anatomía diferente, una estructura singular y una atmósfera cromática irrepetible. Quizá todas respondan a un mismo arquetipo femenino concebido por el autor; sin embargo, cada una renace con un cuerpo distinto, nuevos matices psicológicos y una personalidad visual única. Esta constante reinvención evita la repetición formal y confirma la autenticidad de su lenguaje pictórico.
La pintura encuentra así un equilibrio entre la improvisación y el rigor compositivo. El aparente caos de la materia está sostenido por una organización precisa que dirige la mirada del espectador y permite descubrir, progresivamente, la figura escondida entre capas de pintura y gestos espontáneos. La obra exige una contemplación activa, donde cada observador completa el relato desde su propia experiencia.
Enrico Díaz desarrolla una pintura donde el material, el soporte y la imagen poseen el mismo valor expresivo. Su trabajo demuestra que la innovación no depende únicamente del tema, sino también de la capacidad para replantear los procesos técnicos de la pintura contemporánea. El resultado es una obra de gran potencia visual y conceptual, en la que la figura femenina deja de ser un objeto de contemplación para convertirse en un símbolo de vitalidad, autonomía y permanente transformación.
viernes, 5 de junio de 2026
Relato de Enrico Diaz Bernuy. " La máquina de los olvidos". (Sin editar)
El Señor supremo se encuentra en el
corazón de todos, ¡oh arjuna! Y está
dirigiendo los movimientos de todas
las entidades vivientes, las cuales están
sentadas como si estuvieran en una
máquina
hecha de energía material.
Capítulo 18 versículo 61
Bhagavad Gita
La mente produce el cuerpo
por su fuerza
mental y durante toda su vida lo alimenta
y sostiene a fuerza de
dolor. Atormentado
por ese sufrimiento, el cuerpo quiere
destruir a la mente, que es
su propio padre.
En este mundo no hay amigos
ni enemigos:
lo que nos causa placer lo
consideramos
amigo y lo que nos produce
dolor, lo
tomamos por enemigo.
Puesto que el cuerpo y la
mente están
permanentemente ocupados en
su
mutua destrucción.
Yoga Vasishtha.
La máquina de los olvidos
Los planos oficiales no
registraban aquella cámara subterránea. Tampoco existían documentos que
explicaran la presencia de una gigantesca estructura de hierro, cobre y bronce
oculta bajo varias capas de ladrillo y polvo. Fue encontrada durante las obras
de restauración de un antiguo túnel ferroviario construido a mediados del siglo
XIX.
La máquina ocupaba casi toda la sala. Cientos de engranajes se entrelazaban como si formaran un organismo vivo, pero atrapados en una serie de códigos y funcionamientos ocultos. Poleas, cilindros perforados, cilindros como si fueran la caja torácica de un animal de la época paleozoica.
Ruedas dentadas y placas grabadas con símbolos desconocidos se extendían hasta perderse en laberintos y cavidades que terminaban en nudos truncos…
En una placa metálica corroída por el tiempo podía leerse una inscripción: Artifex Mythorum (el constructor de mitos). Nadie sabía quién la había construido. Algunos historiadores atribuyeron la obra a ingenieros victorianos. Otros sospecharon de sociedades secretas vinculadas al esoterismo europeo. El punto es que era aproximadamente la era donde los polimatas estaban en auge… Hoy el claro ejemplo de estar en otra era es que ciudadano común, estudia una cosa o “cree una cosa y muere con su único pensamiento, muere en su ley, lleno de seguridades y tristezas, y lo peor de todo que eso es elogiable, te aplauden… Pero volviendo al tema, ninguna explicación parecía suficiente, todo eran especulaciones. Lo más extraño fue descubrir que la máquina seguía funcionando.
Cuando los restauradores
activaron el mecanismo principal, cientos de piezas comenzaron a moverse
lentamente. El sonido recordaba al de un inmenso reloj despertando después de
un siglo de sueño. Entonces ocurrió algo extraordinario.
Por una ranura lateral
comenzó a salir papel. No eran informes técnicos.
No eran cálculos. Eran historias, relatos cortos pero completos, narraciones acerca de personas desconocidas, biografías, encuentros, despedidas, promesas, traiciones, abandonos, reconciliaciones. La máquina parecía escribir, pero no escribía ficción. Con el tiempo descubrieron algo aún más perturbador. Las historias guardaban relación con las vidas de quienes las leían. Como si el Constructor de Mitos conociera aspectos ocultos de cada persona.
La noticia nunca llegó al
público. Un pequeño grupo decidió mantener el hallazgo en secreto. La iniciativa
de ese hermetismo eran los integrantes que pertenecían al grupo de los
restauradores.
Convirtieron la cámara
subterránea en un lugar de reunión. Inicialmente la llamaron El Oráculo de
Papel. Allí comenzaron a reunirse hombres y mujeres de distintas profesiones. Ingenieros,
topógrafos, médicos, profesores, obreros, Artistas. Restauradores. Todos
llegaban sin conocerse, o al menos eso creían, la dinámica era sencilla. La
máquina producía un relato.
Luego los asistentes debían
interpretar su significado y relacionarlo con sus propias experiencias.
Fue durante una de aquellas reuniones cuando apareció una historia titulada: La sonrisa del alma. El texto narraba la vida de varias personas aparentemente desconocidas entre sí. Un hombre que había perdido a amada (decepcionado). Una mujer abandonada por su familia (pobreza extrema). Un anciano consumido por el resentimiento (traicionado). Una joven incapaz de encontrar sentido a su existencia (anestesia y consumo de drogas) Todos atravesaban diferentes formas de sufrimiento.
Sin embargo, la historia
afirmaba algo sorprendente. Las cuatro historias en el fondo decían lo mismo. La
desgracia no era el verdadero problema, el verdadero problema era la pérdida de
significado. Aquella noche la discusión se prolongó durante horas.
Uno de los asistentes
preguntó:
—¿Es posible que la
infelicidad sea una forma de olvido espiritual?
Nadie respondió de
inmediato.
Finalmente habló una
profesora de filosofía.
—Quizá la tristeza permanente
no sea causada por el dolor. Quizá sea causada por la incapacidad de percibir
un propósito detrás del dolor. Lo real es que en aquella reunión todos atravesaban
esa incertidumbre en su vida.
La frase quedó suspendida en
el aire. Era una idea antigua pero como algo que no se podía discutir. Presente
en numerosas tradiciones espirituales.
El cristianismo hablaba de “a prueba”. El hinduismo hablaba del “karma”. Los estoicos hablaban de la aceptación del “destino”. Todas parecían coincidir en un punto esencial. El sufrimiento forma parte de la existencia. La desesperación, en cambio, surge cuando creemos que el sufrimiento carece de sentido. La máquina continuó trabajando. Nuevas hojas emergieron de sus engranajes. Otro detalle interesante es que las historias terminaban en preguntas como si a los asistentes mas que involucrarlos exista un deseo en hacerlos cuestionar…
¿Por qué ciertas personas
regresan una y otra vez a nuestra vida? o en diversas vidas (apelando a la
reencarnación).
Aquello despertó un debate aún más profundo. Los asistentes comenzaron a compartir experiencias.
Uno recordó a una mujer que
había aparecido en distintos momentos decisivos de su existencia. Otro habló de
un amigo que parecía reaparecer siempre cuando atravesaba una crisis.
Una anciana relató la
extraña sensación de haber conocido a su esposo mucho antes de haberlo visto
por primera vez, las coincidencias resultaban inquietantes.
Poco a poco surgió una teoría colectiva. Tal vez los encuentros humanos no fueran completamente accidentales. Tal vez existieran asuntos pendientes que trascendían una sola vida. Promesas olvidadas.
Lecciones inconclusas; Actos
de amor, actos de reparación, deudas morales, alianzas invisibles.
La idea no podía demostrarse. Sin embargo, parecía explicar muchas experiencias que la razón ordinaria no alcanzaba a comprender. La máquina produjo entonces otra frase. Toda alma es una historia que busca completarse. Aquellas palabras transformaron la naturaleza de las reuniones.
Los participantes dejaron de
ver sus vidas como una sucesión caótica de acontecimientos.
Comenzaron a contemplarlas como capítulos de una narrativa mucho más amplia. Como el sentido de la vida. Será el sentido de la vida. ¿La pérdida de un empleo?,¿La muerte de un familiar?, ¿La pérdida de una musa? ¿La llegada inesperada de un amigo?, ¿El encuentro con un maestro?
Incluso los conflictos parecían adquirir una nueva dimensión. Quizá cada experiencia formaba parte de un proceso de aprendizaje.
Quizá cada persona actuaba
como un personaje necesario dentro del desarrollo espiritual de otra.
La máquina jamás explicaba sus conclusiones. Solo ofrecía símbolos, relatos, preguntas. Correspondía a los asistentes encontrar el significado. Con el paso de los años, muchos llegaron a una convicción común. La sonrisa auténtica no depende de las circunstancias. Depende de la interpretación. Hay individuos rodeados de comodidades que viven amargados. Y otros que soportan enormes dificultades conservando una serenidad admirable. La diferencia no parece estar en la cantidad de problemas.
Parece encontrarse en la capacidad de reconocer un sentido superior. Por eso comenzaron a llamar a aquella expresión interior "la sonrisa del alma". No era una carcajada. No era alegría superficial. Ni mucho menos un optimismo ingenuo. Era la tranquila confianza de quien percibe una inteligencia detrás de los acontecimientos. La conciencia superior que no todos podemos comprender…
La certeza de que ninguna
experiencia es inútil, o la convicción de que los encuentros tienen propósito.
Luego estaba Guanilo, él era un caso similar pero su lucidez estaba influenciada por provenir de un hogar profundamente cristiano, eso era buena señal y su actuar con la máquina le hizo reconsiderar también muchas cosas para encontrar su auténtica lucidez… Cada vez que encontraban a una persona permanentemente enfadada, amarga o desesperanzada, evitaban juzgarla. En lugar de ello practicaban la compasión.
Pensaban que tal vez aquella persona estaba atravesando una lección particularmente difícil. Tal vez había olvidado momentáneamente el significado profundo de su dharma. Tal vez necesitaba tiempo para recordar o reconoces el sentido de la vida, de lo cual, la mayor prueba de ello es no haberse hecho esa pregunta.
Porque si la máquina les
había enseñado algo era esto:
Toda alma atraviesa periodos de oscuridad, (ese factor estaba en varias historias), toda alma enfrenta pruebas, o toda alma carga consecuencias de acciones pasadas. Pero ninguna está destinada a permanecer para siempre lejos de la luz, los años pasaron. La ubicación exacta del Constructor de Mitos volvió a perderse. Algunos creen que la cámara subterránea fue sellada. Otros sostienen que continúa funcionando en algún lugar desconocido.
Sin embargo, quienes participaron en aquellas reuniones conservaron una enseñanza que consideraban más valiosa que cualquier descubrimiento científico.
La vida no consiste en
evitar el dolor. Consiste en una especie de desafío perpetuo y uno solo debía
lograr comprender esa carga vinculada con el karma. Pero la comprensión exige
humildad en el corazón, un reencuentro con el lado oculto de uno, (el ser) algo
como verse desnudo frente al espejo y nadie quiere estar desnudo, ni siquiera
ante uno mismo… No existe mayor acto que
te haga estar desnudo como hincarte a orar. Pero si
alcanzaras ese desarrollo espiritual, sin duda , eso no sería obstáculo ni
azar. Así como muchas personas no aparecen por simple azar a uno, probablemente
todo es deuda o aparecen para enseñarnos algo. La persona que te escucha o te
lee y solo sabe burlarse, porque así es su consciencia “su percepción”, (perciben lo que son)
O que la felicidad más
profunda no nace de la ausencia de problemas, sino de la confianza en que cada
encuentro, cada pérdida o cada decepción, forman parte de una historia
inmensamente mayor cuya última página todavía no hemos leído.
Quizá por eso, decían los antiguos miembros del Oráculo, (los restauradores) la sonrisa espiritual es tan reveladora, así como una mirada oscura, una mirada vacía, triste o amargada es tan reveladora… Son manifestaciones de el inocente, el ateo, el incrédulo, son extensiones de la misma penumbra (no creer en dios) el brillo espiritual reluce, así te encuentres en el medio de una tragedia familiar o en el abismo de la ruina económica.
Yo jamás olvidaré la foto de
un sujeto que habían metido a la cárcel injustamente y él sonreía con una paz
difícil de describir, no era una sonrisa exagerada, ni tímida, era una sonrisa
distinta, difícil de describir. Sus ojos brillaban con una claridad que jamás había presenciado.
Hay rostros que parecen haber olvidado la luz. Caminan por las calles como si transportaran una piedra invisible sobre los hombros. El ceño fruncido, la mirada apagada, la voz desgastada por una batalla que nadie ve. Vivimos en una época donde la infelicidad ha sido normalizada hasta tal punto que muchos la consideran una consecuencia inevitable de la inteligencia, de la madurez o de la experiencia.
Pareciera que sufrir es signo de profundidad y sonreír una forma de ingenuidad. Sin embargo, diversas tradiciones espirituales, filosóficas y teológicas sugieren exactamente todo lo contrario: la incapacidad de experimentar una alegría interior sería la manifestación de una ruptura con la dimensión divina de la existencia.
Esta afirmación puede parecer radical. Después de todo,
nadie está libre del dolor. La enfermedad visita incluso a los santos. La
muerte alcanza tanto al sabio como al ignorante.
La pérdida, el fracaso y la incertidumbre forman parte inseparable de la condición humana. Pero aquí conviene hacer una distinción fundamental: una cosa es el sufrimiento y otra muy distinta la infelicidad. El sufrimiento pertenece a la naturaleza misma de la existencia. La infelicidad, en cambio, surge cuando el alma pierde la capacidad de encontrar sentido en aquello que le ocurre.
Por otro lado, el signo visible de un alma que ha comenzado a recordar que el universo entero podría ser una inmensa narración en construcción, (una máquina psíquica y astroteologica) y que Dios, el karma y los encuentros que regresan son distintos nombres para una misma realidad: el misterio que guía silenciosamente todas las historias, sin duda requiere de un entendimiento que nuestro intelecto difícilmente puede asimilar.
Dante Alighieri comprendió algo semejante cuando construyó su monumental viaje por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. Aunque su obra atraviesa horrores indescriptibles, jamás pierde la convicción de que el cosmos posee una arquitectura moral. Nada ocurre fuera del orden universal. Incluso el sufrimiento tiene un lugar dentro del gran tejido de la existencia.
La ausencia de esa confianza genera amargura. Y la amargura termina reflejándose en el rostro. No es casualidad que tantas imágenes de santos, sabios y místicos presenten una expresión serena. No porque ignoraran el dolor, sino porque habían descubierto que detrás de los acontecimientos aparentemente caóticos existe una inteligencia superior, una resolución superior y por ende, absolutamente fuera de los mecanismos o articulaciones de nuestro razonamiento.
Sin embargo, las antiguas doctrinas del karma
profundizan aún más esta idea. Según estas enseñanzas, cada acción produce
consecuencias que pueden manifestarse inmediatamente o mucho tiempo después.
Algunas escuelas sostienen incluso que ciertas experiencias actuales son el
resultado de acciones realizadas en existencias anteriores.
Más allá de que se acepte literalmente la reencarnación
o se la interprete simbólicamente, el principio esencial permanece: nada llega
a nuestra vida completamente desconectado de nosotros mismos.
Las pruebas que enfrentamos podrían ser oportunidades
para equilibrar aspectos pendientes de nuestra evolución psíquica y espiritual. Desde esta óptica, las
cargas no son castigos. Son lecciones. El estudiante que reprueba un examen no
está siendo condenado por su maestro. Está siendo invitado a aprender aquello
que aún desconoce. Del mismo modo, las dificultades podrían representar
exámenes espirituales destinados a revelar fortalezas que todavía ignoramos
poseer.
Esto nos conduce a otra cuestión fascinante: las
personas que aparecen y desaparecen de nuestra vida.
Diversas tradiciones espirituales sostienen que los
encuentros humanos no son completamente accidentales. El hinduismo habla de
vínculos kármicos. Algunas corrientes esotéricas occidentales se refieren a
pactos del alma. Incluso ciertas interpretaciones astroteológicas consideran
que los encuentros significativos reflejan patrones cósmicos inscritos en el
momento del nacimiento.
La idea central es siempre semejante: determinadas
personas llegan para ayudarnos a resolver asuntos pendientes.
A veces aparecen como amigos. Los amigos que traicionan o buscan tajada, (y lo hacen pronto) otros; los que demoran en traicionar… y unos pocos, los que jamás te van a traicionar. O a veces como amadas, musas, o adversarios. Incluso quienes nos hieren pueden estar desempeñando un papel esencial en nuestro desarrollo interior. Quizá una promesa olvidada de otra existencia sea cumplida hoy mediante un gesto inesperado. Quizá un antiguo afecto regrese bajo un rostro diferente. Quizá una deuda emocional encuentre finalmente su resolución.
Por ello, cuando alguien abandona nuestra vida, la
reacción más sabia podría no ser la desesperación, sino la gratitud.
Tal vez su tarea ya ha concluido. Tal vez el capítulo que debía escribirse entre ambas almas ha llegado a su punto final.
La naturaleza misma parece enseñarnos esta verdad. Las
estaciones cambian. Las hojas caen. Los ríos avanzan sin aferrarse a las
piedras que dejan atrás. Todo fluye.
El sufrimiento surge cuando pretendemos inmovilizar
aquello que pertenece al movimiento.
La sabiduría consiste en comprender que algunas
personas llegan para quedarse y otras para enseñarnos a soltar.
Pero volvamos a la sonrisa espiritual.
¿Qué factores pueden devolverla al rostro?
En primer lugar, la contemplación. Vivimos sometidos a una avalancha constante de estímulos. La mente moderna rara vez permanece en silencio. Sin embargo, resulta difícil escuchar la voz de Dios en medio del ruido. La contemplación permite redescubrir una dimensión más profunda de la realidad.
En segundo lugar, la gratitud. No una gratitud
superficial, sino la capacidad de reconocer que incluso las experiencias
dolorosas contienen semillas invisibles de crecimiento.
En tercer lugar, el servicio. Numerosos místicos han
observado que la tristeza excesiva suele estar asociada a una conciencia
encerrada sobre sí misma, (el
ensimismamiento). Cuando ayudamos a otros, nuestra percepción se expande (expansión
= oración o mantra), y el sufrimiento pierde parte de su dominio. Por fin te
liberas y te expandes…



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