Orígenes

Estimados lectores con placer y profundo aprecio a la literatura los invito a descubrir mi blog Café y escrituras con humo, un espacio donde la literatura respira con una libertad genuina, y donde cada cuento, relato o poema está tejido con esmero, ofreciendo mundos y personajes que buscan resonar en el alma. Es un rincón de lucidez y libertad de expresión, donde no existe censura ni rechazo, (ni de editoriales ni de fanzines) sino un llamado sincero a explorar juntos las profundidades de la imaginación y del pensamiento. Los textos son gratuitos y siempre bienvenidos a nuevos ojos, con la esperanza de que encuentren en ellos una chispa de inspiración o reflexión. ¡Los invito a tomar una pausa, servirse una buena taza de café, y sumergirse en la esencia de cada relato! , poema o artículos de mi autoría o de los escritores invitados. A continuación, dejo el índice del contenido:
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miércoles, 9 de septiembre de 2026

artículo de Enrico Díaz Bernuy ////// LO QUE OCULTAMOS Gūḍha Svarūpam — Lo oculto del ser

 

LO QUE OCULTAMOS
Gūḍha Svarūpam — Lo oculto del ser

 

 

 

 

 

 

 

 

“Hay una conversación de 1975 donde le preguntan directamente

a Srila Prabhupada:

“¿Puede una persona ser en parte demonio y en parte devoto?”

Prabhupada hace una distinción muy fina. Dice que si es realmente

devoto no debe identificárselo como demonio, pero puede conservar

cualidades demoníacas, y añade que, si continúa sinceramente

 en el proceso devocional, esas cualidades irán desapareciendo.

 Para explicarlo usa la imagen de un ventilador:

desconectas la corriente pero las aspas continúan

girando durante un tiempo.

No preguntemos solamente qué es alguien ahora, observemos

hacia dónde está dirigiendo su conciencia.”…

 

 

 

 

Cuando hablamos de demonios, casi siempre imaginamos seres malignos, enemigos de Dios y del hombre. Pero ¿es realmente esa la única manera de comprenderlos? ¿Y si detrás de esa palabra existieran conceptos mucho más antiguos y complejos? Al estudiar distintas tradiciones, descubrimos que aquello que llamamos «demonio» no siempre representa el mal absoluto. A veces puede señalar una naturaleza, una conducta, una fuerza o incluso un estado de conciencia. Tal vez, antes de buscar al demonio fuera de nosotros, deberíamos preguntarnos si algunas de sus formas también pueden habitar en nuestro interior.

 

Cito:

"La lucidez es un don, y es un castigo. Está todo en la palabra. “Lúcido” viene de Lucifer: el arcángel rebelde, el demonio. Pero también se llama Lucifer al lucero del alba, la primera estrella, la más brillante, la última en apagarse.

Lúcido viene de Lucifer, y Lucifer viene de luz, y de Fergus, que quiere decir “el que tiene luz”, “el que genera luz”, “el que trae la luz que permite la visión interior”: el bien y el mal, todo junto, el placer y el dolor.

La lucidez es dolor, y el único placer que uno puede conocer. Lo único que se parecerá remotamente a la alegría será el placer de ser consciente de la propia lucidez.

El silencio de la comprensión. El silencio del mero estar.

En esto se van los años. En esto se fue la bella alegría animal..."

— Alejandra Pizarnik

 

La reflexión de Pizarnik sobre la lucidez resulta poéticamente poderosa y vendible, (sobre todo, vendible) pero,  etimológicamente presenta una visión limitada. Vincular directamente «lúcido» con «Lucifer» y, posteriormente, con «demonio», supone reducir la historia de las palabras a una interpretación simbólica propia de la tradición occidental cristiana. «Lúcido» proviene del latín lucidus, relacionado con lux, «luz», y no de Lucifer. Además, identificar a Lucifer exclusivamente con el demonio reproduce una lectura cultural particular, ignorando la complejidad histórica y teológica  del término. La poesía puede establecer estas asociaciones, pero convertirlas en genealogía lingüística confunde metáfora, etimología y tradición cultural. Y la confusión siempre da el mismo efecto, vacuidad i limitaciones de la existencia, de pensamiento.


Sin embargo en caminos más profundos, o mejor dicho, mucho más antiguos el término:   “demonio” respecto a la tradición védica conocido como ashuras , daitya, danava y rakshasa simplemente como “demonio”, se puede cometer un error de concepto. rindieron servicio al Supremo, porque más o menos se   trata de eso, la bipolaridad que a muchos no les gusta, pero que si poseen ciertas habilidades para el disfrute…   


Demonio(a),  es una palabra que llega hasta nosotros cargada de una pesada herencia conceptual occidental: la imagen de una entidad esencialmente malvada, perteneciente a las fuerzas de Satanás y enfrentada, por naturaleza, a todo aquello que consideramos divino. Quizá sea precisamente esta concepción la que dificulta comprender afirmaciones provenientes de la tradición india, como aquella según la cual el dios del Sol  o planeta sol  mencionado en la pag, 212 texto 4 del capítulo 4, (bhagavad gita)    pudo transmitir el conocimiento de la astronomía a un asura como Maya.


En el texto 3 del capítulo 4 del baghagad gita  sostiene que solo existen devotos o demonios

Pero aquí comienza la diferencia fundamental. La palabra «demonio» no siempre puede utilizarse como una traducción exacta de las categorías que aparecen en los textos puránicos. En los Purāṇas encontramos una clasificación mucho más compleja.


Un Daitya es, fundamentalmente, un descendiente de Diti.

Un Dānava, como Maya, es descendiente de Danu.

Un Rakshasa pertenece a otra categoría de seres, caracterizados por determinadas facultades, comportamientos y tendencias.

Y Asura, dependiendo del texto, del período y del contexto, puede funcionar como una categoría genealógica, cosmológica o moral.

Por ello, traducir todas estas palabras simplemente como «demonio» puede ser cómodo, pero también puede resultar intelectualmente empobrecedor. Es como intentar encerrar en una sola palabra una constelación entera.

Bhagavad Gītā, especialmente en su capítulo XVI, introduce además otra dimensión. Krishna no se limita a hablar de especies sobrenaturales: describe dos grandes disposiciones de la conciencia humana. Por un lado, la naturaleza divina, daivī, asociada con la verdad, la compasión, el autocontrol, la humildad y el conocimiento. Por otro, la naturaleza demoníaca, āsurī, caracterizada por el orgullo, el egoísmo, la ira, la violencia, el engaño, la codicia y la ausencia de discernimiento.

Desde esta perspectiva, el «demonio» del Gītā no es necesariamente un monstruo que habita en algún territorio remoto del cosmos. Puede ser también una forma de conciencia dominada por el ego, el deseo y la ignorancia, (sobre todo ignorancia). Es aquello que termina esclavizando al individuo y alejándolo de su verdadero propósito.

Quizá aquí encontremos una de las ideas más profundas del texto: el verdadero demonio no siempre está frente a nosotros; a veces se encuentra dentro de nosotros. Es aquello que nos aparta de la verdad, que oscurece el conocimiento del Ātman y que nos hace olvidar quiénes somos. En este punto resulta interesante la interpretación que el teólogo y filósofo Mario Saban propone desde determinados estudios lingüísticos del hebreo, no como etimología hebrea demostrada, sino como su cosecha personal (su visión personal). Saban relaciona el término «Satan» con «sataque» y vincula esta expresión con la idea de desviación, de aquello que se aparta del camino o que desvía al ser humano de su rumbo. Tomada como interpretación simbólica, la imagen resulta sugerente: Satan sería aquello que se interpone en el camino, aquello que introduce una fuerza de oposición y termina apartando al individuo de su propósito.

Y, en ese sentido simbólico, la idea guarda una sorprendente resonancia con la enseñanza del Gītā: aquello que domina al ser humano mediante el ego, el deseo, la ira, y sobre todo la ignorancia o la codicia puede convertirse precisamente en aquello que lo aleja de su dharma y lo encadena a una existencia gobernada por sus propias pasiones.

Por supuesto, existen seres descritos como āsuricos, violentos y hostiles al dharma. Pero su nacimiento o procedencia no constituye necesariamente una condena espiritual eterna. Y aquí aparece, a mi juicio, uno de los principios más profundos de la espiritualidad devocional: la forma exterior no determina, en última instancia, la relación del alma —jīva— con Śrī Krishna.

Un deva puede ser orgulloso y olvidar a Vishnu.

Un brāhmaṇa puede carecer de bhakti.

Un asura puede ser un mahā-bhāgavata, un gran devoto.

Un rakshasa puede morir cumpliendo una misión vinculada al propósito de Krishna.

Un Dānava puede poner sus extraordinarias capacidades al servicio de una obra destinada a los devotos.

Y un enemigo monstruoso de Bhagavān puede, en circunstancias excepcionales como las de Jaya y Vijaya, ocultar detrás de esa apariencia terrible la identidad de uno de los servidores eternos del Señor.

La tradición está llena de paradojas de esta naturaleza. Y quizá precisamente por eso resulta tan peligrosa la costumbre humana de dividir el mundo entre «los buenos» y «los demonios».

Ghatotkacha: el rakshasa al servicio de una causa divina

Ghatotkacha es presentado como un rakshasa, hijo de Bhīma y Hiḍimbā. Sin embargo, su conducta hacia los Pāṇḍavas está marcada por la lealtad y el servicio. Durante el exilio aparece cuando se le necesita, protege a los Pāṇḍavas y utiliza sus extraordinarios poderes en beneficio de ellos.

Pero en Kurukṣetra ocurre algo todavía más significativo. Krishna sabe que Ghatotkacha puede desempeñar una función decisiva frente a Karṇa. Su participación no es un episodio marginal: forma parte de una cadena de acontecimientos cuyo desenlace será fundamental para la supervivencia de Arjuna.

Karṇa poseía un arma extraordinaria, concedida por Indra, que había reservado para utilizarla contra Arjuna. Sin embargo, Ghatotkacha obliga a Karṇa a emplearla contra él.

Ghatotkacha muere, pero su muerte no es inútil. Su sacrificio consigue que aquella arma desaparezca del campo de batalla y que Arjuna quede liberado de uno de los mayores peligros que pesaban sobre él.

El rakshasa muere, pero su muerte se convierte en servicio. Y aquí la paradoja vuelve a aparecer: aquello que exteriormente pertenece al mundo de los seres demoníacos puede convertirse, interiormente, en instrumento de un propósito superior.

Maya Dānava: el «demonio» que pone su talento al servicio deKrishna

Y llegamos a Maya Dānava, aquel mismo personaje cuya relación con la astronomía puede resultar desconcertante desde una perspectiva occidental.  Después de ser salvado por Arjuna durante el episodio del bosque de Khaṇḍava, Maya desea recompensarlo. Arjuna, sin embargo, no pide una recompensa para sí. Le indica que, si realmente desea corresponder, haga algo para Krishna. Entonces aparece una escena extraordinaria: Maya pone sus capacidades al servicio de una obra destinada a Yudhiṣṭhira y construye la célebre Māyā-sabhā, un salón de asambleas extraordinario, cuya arquitectura combina elementos humanos, divinos y propios de su condición de Dānava.

Aquí encontramos una enseñanza que me parece particularmente poderosa.

Krishna no necesita decirle a Maya: «Primero deja de ser quien eres y después podrás servirme». Su talento no es destruido para que pueda servir. Su conocimiento no es despreciado por su procedencia. Por el contrario: aquello en lo que Maya es excepcional —su arquitectura, ingeniería o arquitectura  casualmente en ese conocimiento mundano, es en cierta forma, su capacidad creadora, y puede así, incorporarse al servicio de una causa superior.

Por eso Maya representa, en este sentido, un magnífico ejemplo de servicio funcional y práctico: la transformación no consiste necesariamente en destruir nuestras capacidades, sino en descubrir hacia dónde deben ser dirigidas.

Vṛtrāsura: el devoto oculto detrás del asura. Y entonces encontramos un caso todavía más desconcertante: Vṛtrāsura. Exteriormente es un enorme asura, un enemigo de Indra, un poderoso adversario de los devas. Pero interiormente aparece como un devoto profundamente entregado al Señor.


En el Bhāgavata Purāṇa 6.11.24 expresa su deseo de volver a ser servidor de los servidores eternos del Señor. Su oración no está dirigida hacia los placeres celestiales, los poderes sobrenaturales ni siquiera hacia la liberación entendida como una existencia separada del servicio. Desea que su mente piense en el Señor, que su voz glorifique al Señor y que su cuerpo permanezca ocupado en Su servicio. Aquí se rompe completamente una equivalencia demasiado sencilla:


asura = materialista = demonio = espiritualmente perdido.


Vṛtrāsura demuestra que no necesariamente es así. Puede existir una identidad exterior y otra interior. Puede existir una genealogía y, al mismo tiempo, una conciencia que trascienda esa genealogía. Alguien puede ser, por nacimiento, un señor de los asuras y, por conciencia, un gran devoto.

Esto también resulta especialmente interesante cuando hablamos de Jyotiṣa. El hecho de que una persona posea planetas, Luna, Sol o Lagna situados en nakṣatras considerados deva no la convierte automáticamente en devota. Del mismo modo, una carta con abundancia de nakṣatras considerados rakshasa no convierte automáticamente a una persona en un demonio.

La astrología puede describir tendencias, disposiciones y determinadas configuraciones simbólicas; pero la identidad espiritual de una persona no puede reducirse mecánicamente a una etiqueta. Cada ser humano constituye un caso singular.


Y uizá, en la medida en que profundizamos en el autoconocimiento, descubrimos que comprender al otro exige primero haber comenzado a comprendernos a nosotros mismos.

Maya y el conocimiento del Sol. En el Sūrya Siddhānta encontramos otro episodio extraordinario.


El texto no intenta ocultar ni suavizar la condición de Maya. Al contrario, lo presenta como Mayāsuro mahān, el gran asura Maya. Pero observemos qué hace ese asura.


Desea jñāna, conocimiento.

Realiza tapas, austeridad.

Adora a Vivasvān, el Sol.

El Sol queda satisfecho con su práctica.

Y recibe conocimiento.

Maya continúa preguntando.

Y posteriormente ese conocimiento será transmitido a los sabios.

La imagen es extraordinaria: un ser presentado como asura busca conocimiento sagrado, realiza austeridades, reverencia al Sol, recibe una enseñanza y finalmente se convierte en transmisor de ese conocimiento.


El relato no presenta a Maya como un ser indigno del conocimiento. Más bien sucede exactamente lo contrario. Y existe un detalle todavía más hermoso. En la tradición textual se describe que Maya adora a su maestro con paramayā bhaktyā, con suprema devoción, y posteriormente formula nuevas preguntas acerca de los misterios cosmológicos.

Por supuesto, podemos discutir la interpretación teológica exacta del episodio y la manera precisa en que se produce la transmisión del conocimiento solar. Pero hay algo que permanece evidente: el texto no está construyendo una caricatura de un «demonio maligno» incapaz de acceder a la sabiduría.


Maya es un asura.

Y busca conocimiento.

Maya realiza austeridad.

Maya adora.

Maya pregunta.

Maya recibe.

Maya aprende.

Maya transmite.

Y ahí reside quizá la verdadera enseñanza.


Si alguien sostiene que «por ser demonio, Maya no merecía conocer la astronomía», tendría que enfrentarse con el propio relato que lo presenta precisamente como receptor y transmisor de conocimiento.


¿Y nosotros?


Aquí debemos evitar dos extremos igualmente peligrosos.


No sería correcto decir:


«Todos somos demonios».


Pero tampoco:


«Yo soy devoto; ellos son los demonios».


El capítulo XVI del Bhagavad Gītā es mucho más incómodo y, precisamente por eso, mucho más profundo. Krishna no nos entrega una etiqueta para colocar sobre la frente de los demás; nos ofrece un espejo.

Habla del orgullo, la arrogancia, el engreimiento, la ira, la aspereza y la ignorancia como características de la naturaleza āsurī.

Y si utilizamos esos criterios para examinarnos sinceramente, la cuestión cambia por completo.

Porque podemos practicar bhakti y, al mismo tiempo, descubrir orgullo en nuestro corazón.

Podemos estudiar las escrituras y encontrar orgullo intelectual.

Podemos servir y descubrir que nuestro servicio estaba mezclado con necesidad de reconocimiento.

Podemos predicar y descubrir competencia, vanidad o deseo de imponernos sobre otros. Por eso algunos nos vincularnos con casi nadie.

Podemos renunciar y descubrir que nuestra renuncia estaba contaminada por un sentimiento de superioridad.

Podemos adorar a Dios y, sin embargo, continuar siendo esclavos de nuestros deseos.

Esto no significa que nuestra identidad espiritual sea «demoníaca». Significa que somos almas condicionadas que todavía atraviesan un proceso de purificación.

Los guṇas y la complejidad de la conciencia

Los guṇas permiten comprender esta condición con mayor profundidad.

Nuestra śraddhā, nuestra fe, nuestra manera de creer y de relacionarnos con lo sagrado, también puede estar condicionada por sattva, rajas y tamas.

Por eso alguien puede ser religioso sin haber alcanzado todavía la pureza.

Puede existir bhakti mezclada con deseo de reconocimiento. Estudio de las escrituras mezclado con orgullo intelectual. Servicio mezclado con necesidad de control.

Predicación mezclada con competencia. Renunciación mezclada con superioridad.

Adoración mezclada con rajas y tamas. La espiritualidad no consiste simplemente en adoptar una identidad religiosa. Consiste en observar aquello que todavía necesita ser transformado. Porque existe una pregunta que, llevada hasta sus últimas consecuencias, resulta inevitable: Si solamente pudieran acercarse al conocimiento divino aquellos que ya fueran perfectamente puros, ¿cómo podría comenzar la purificación del impuro?

El conocimiento existe precisamente porque ignoramos. El sādhu-saṅga existe porque necesitamos compañía espiritual. El canto del santo nombre existe porque todavía estamos aprendiendo a recordar. Inclinación al maha mantra. (mantra supremo)

El servicio existe porque nuestro ego necesita transformarse. La austeridad existe porque todavía existen tendencias que deben ser disciplinadas. Y la gracia existe porque la transformación humana nunca depende únicamente de nuestra propia fuerza. Por eso, la procedencia inicial de una persona no determina necesariamente hasta dónde puede elevarse.


Maya se cualifica.

Hace tapas.

Busca sinceramente el conocimiento.

Adora a Sūrya.

Sūrya acepta su esfuerzo.

Y recibe la enseñanza.

Vṛtrāsura nace bajo la condición de asura, pero su conciencia se orienta hacia Krishna.

Ghatotkacha nace como rakshasa, pero ofrece su vida al servicio de una causa superior.

Y nosotros, que quizá no seamos asuras, daityas, dānavas ni rakshasas, podemos descubrir dentro de nosotros pequeñas formas de orgullo, ira, codicia, envidia o ignorancia.

Entonces la pregunta deja de ser:

«¿Quiénes son los demonios?»

Y comienza a ser mucho más incómoda:

«¿Qué parte de mí todavía se encuentra desviada del camino?»

Quizá ese sea uno de los grandes secretos del “mensaje” (la enseñanza).


El camino espiritual no consiste solamente en reconocer a los demonios que creemos encontrar afuera, sino en descubrir aquello que, dentro de nosotros, todavía nos aparta del dharma.


Porque a veces el mayor obstáculo para llegar a Dios no tiene cuernos, ni colmillos, ni pertenece a un linaje demoníaco. Ni es el vecino que siempre te pone mala cara, o el colega que siembra indirectas…


A veces tiene nuestro propio rostro.


Y quizá la verdadera victoria espiritual no consista en destruirlo, sino en transformarlo.

“Hay una conversación de 1975 donde le preguntan directamente a Srila Prabhupada:

“¿Puede una persona ser en parte demonio y en parte devoto?” Prabhupada hace una distinción muy fina. Dice que si es realmente devoto no debe identificárselo como demonio, pero puede conservar cualidades demoníacas, y añade que, si continúa sinceramente en el proceso devocional, esas cualidades irán desapareciendo. Para explicarlo usa la imagen de un ventilador: desconectas la corriente pero las aspas continúan girando durante un tiempo.


No preguntemos solamente qué es alguien ahora, observemos hacia dónde está dirigiendo su conciencia.”…O aquella antigua historia muy conocida de Milarepa sufrió una profunda injusticia: tras la muerte de su padre, sus parientes usurparon la herencia familiar y redujeron a su madre y a sus hijos a la humillación. Antes de morir, su madre le pidió que vengara aquel agravio. Milarepa obedeció. Aprendió artes mágicas  (magia negra) y llegó a convertirse en un poderoso hechicero, capaz de provocar destrucción y muerte sobre quienes habían causado su desgracia. Pero después de consumar su venganza, comprendió que la sangre no reparaba el pasado. Entonces contempló las leyes del karma y vio que sus actos también tendrían consecuencias. El antiguo vengador quedó horrorizado ante sí mismo. Buscó entonces un maestro, emprendió un camino de penitencia y meditación, y aquel hombre que había sembrado muerte terminó convirtiéndose en uno de los grandes santos y yoguis del Tíbet.

Pasé varios años creyendo que el hombre era el peor enemigo del hombre. Como dicen; Es «el hombre es un lobo para el hombre», de la expresión latina homo homini lupus. Sin embargo, con el estudio y la reflexión comprendí que no siempre es así. Existen enemigos mucho más peligrosos que otro ser humano. De esta manera,  comprendí algo más inquietante: el peor enemigo del hombre puede habitar dentro de uno mismo.   No siempre tiene rostro ajeno; a veces tiene nuestra propia voz, nuestros pensamientos y nuestras debilidades. Vencer al otro puede ser una victoria momentánea; vencerse a uno mismo es, quizá, lo no ilusorio… «la verdadera victoria».


«No preguntemos solamente qué es alguien ahora; observemos hacia dónde está dirigiendo su conciencia.»  conciencia..


lunes, 31 de agosto de 2026

la visión...

 «En el mundo del arte y la cultura, para seguir creando debes ser sabio, erudito, iluminado, poseído o hasta demonio, o al menos creértelo, (de pronto ya lo eres) necesitas una fe casi ciega en aquello que haces, porque, de lo contrario, terminarás feneciendo en el infierno de la indiferencia. El ego es fundamental para crear, siempre que tu egoicidad  no necesite despreciar o aplanar a  la de tus colegas...»

Enrico Díaz Bernuy 

domingo, 30 de agosto de 2026

un cuento de Enrico Díaz Bernuy / La ciudad de los cables desnudos y el rata

 

LA CIUDAD DE LOS

CABLES DESNUDOS

Y El Rata



Un cuento inspirado

 en la esclerosis múltiple

 

En un lugar muy lejano existía una enorme ciudad llamada Ceretbria. Era una ciudad extraordinaria: tenía millones de calles, puentes, estaciones y edificios, pero nada funcionaba por casualidad, (como la vida misma)… En el centro de todo se encontraba una gran central eléctrica, desde donde partían miles de cables hacia cada rincón de la ciudad.

Aquellos cables eran especiales. No solamente transportaban electricidad; llevaban las órdenes necesarias para que todo funcionara.

Algunos controlaban las luces de las casas, otros abrían las puertas de los edificios, algunos regulaban el movimiento de los trenes y otros comunicaban las estaciones entre sí.

Cada cable estaba protegido por una gruesa cubierta aislante llamada mielina. Gracias a ella, las señales podían viajar rápidamente y con eficiencia, llevando las órdenes de un lugar a otro. Durante muchos años, la ciudad funcionó perfectamente. Pero un día comenzaron a aparecer pequeños daños en algunas cubiertas. En determinados lugares, la protección de los cables empezó a desgastarse y dejó partes del conductor expuestas. Como consecuencia, las señales comenzaron a viajar con dificultad, a hacerse más lentas o incluso a interrumpirse.

Al principio nadie comprendió lo que ocurría. Un tren se detuvo inesperadamente.

—Debe ser una falla pasajera —dijeron los ingenieros.

Después, algunas luces comenzaron a apagarse. En otra zona, una puerta automática dejó de responder. Más tarde, un grupo de semáforos empezó a funcionar de manera irregular.

Los ingenieros descubrieron entonces algo preocupante: los cables estaban perdiendo su aislamiento,  (como lo que ocurre a veces con las neuronas), pero había algo todavía más extraño.

No todos los problemas aparecían en el mismo lugar ni producían las mismas consecuencias.

Cuando se dañaba un cable que llegaba a la estación encargada de los movimientos, los trenes tenían dificultades para desplazarse. Si el daño estaba relacionado con la estación de la visión, las señales luminosas podían volverse confusas. O si afectaba a las líneas que comunicaban con las zonas encargadas del equilibrio, algunos vehículos podían perder estabilidad.

La gran central eléctrica seguía enviando órdenes, pero algunas de ellas ya no podían llegar correctamente a su destino. Entonces Ceretbria comprendió una importante verdad: una ciudad no depende solamente de su central, sino también de las conexiones que llevan sus mensajes hacia cada rincón.

Aquella ciudad era una representación del cuerpo humano. El cerebro envía continuamente instrucciones a través de las fibras nerviosas, pero cuando la mielina que las protege se deteriora, la comunicación puede hacerse más lenta, interrumpirse o alterarse. Y dependiendo de las fibras afectadas, distintas funciones del organismo pueden verse comprometidas.

Los habitantes de Ceretbria dejaron de llamar a aquello simplemente una avería.

Lo llamaron esclerosis múltiple. La esclerosis múltiple es una enfermedad en la que el sistema inmunitario ataca por error la mielina, sustancia que recubre y protege las fibras nerviosas.

Cuando esta protección se deteriora, la comunicación entre el cerebro y el resto del cuerpo puede verse afectada.

Pero Ceretbria también descubrió algo importante: aunque algunos cables estuvieran dañados, la ciudad no tenía por qué rendirse.

La enfermedad no tenía una cura definitiva, pero podía ser controlada y sus síntomas podían tratarse. La fisioterapia y la rehabilitación podían ayudar a conservar la movilidad, la fuerza, el equilibrio y la independencia, mientras los médicos utilizaban otros tratamientos para controlar la enfermedad. (controlarla no curarla).

Los ingenieros de Ceretbria aprendieron entonces a proteger los cables que todavía funcionaban, a reparar lo que fuera posible y, sobre todo, a buscar nuevas rutas para mantener la comunicación.

Porque una conexión dañada no significaba necesariamente que toda comunicación hubiera terminado.

Y así comprendieron otra verdad: Ceretbria intentaba mantener comunicados sus barrios aunque algunas conexiones fallaran. Mientras los ingenieros trabajaban día y noche en aquella enorme ciudad, muy lejos de la central eléctrica vivía un hombre que parecía pertenecer a otro mundo.

Se llamaba Juan Carlos. Pero todos lo conocían por un extraño apodo: El Rata. Era uno de esos personajes que parecían haber salido de una novela. A primera vista, daba la impresión de ser un hombre marginal, despreocupado y acostumbrado a moverse entre personajes de dudosa reputación. Sin embargo, aquella apariencia escondía una vida completamente diferente.

El Rata vivía a lo grande. Viajaba por Europa, recorría ciudades de Estados Unidos y había conocido distintos lugares de Asia. Podía aparecer un día en   Bogotá  o Lima y, semanas después, contar historias de algún país lejano como si viajar por el mundo fuera para él algo completamente cotidiano.

Lo extraño era que nadie conocía un trabajo que explicara aquella vida.

—¿Y este hombre de qué vive? —se preguntaban unos. —¿Cómo consigue tanto dinero? —comentaban otros.

Las conversaciones se multiplicaban, pero la respuesta nunca aparecía. Algunos pensaban que había recibido una herencia de su madre fallecida. Otros suponían que había heredado una pensión. Otros inventaban explicaciones todavía más extravagantes. Pero nadie parecía conocer la verdad. Y por ahí se tejían leyendas.

El Rata tampoco parecía preocupado por aclarar nada. Vivía despreocupadamente, viajaba, gastaba y disfrutaba de la vida sin mostrar preocupación alguna por aquello que tanto intrigaba a los demás.

Lo más curioso era la contradicción entre su apariencia y su realidad.

Se presentaba como un  marginal y frecuentaba personas de ambientes oscuros. Había sido amigo de asaltantes, de un extorsionador mexicano que había radicado en Lima, de personas vinculadas a las drogas e incluso de un hombre que había cometido asesinatos en Venezuela.

Sin embargo, el Rata poseía un código de amistad que, para él, era sagrado. Podía comprender muchos errores. Podía tolerar que sus amigos hubieran caído en los caminos más oscuros. Podía permanecer al lado de personas que la sociedad había condenado. Pero existía una frontera que jamás estaba dispuesto a cruzar: abandonar a los propios hijos.

Para Juan Carlos, aquello era una traición que ninguna amistad podía justificar.

—Uno puede equivocarse en la vida —decía—. Puede caer, puede perderse y hasta puede volver a empezar. Pero un hijo no tiene la culpa de los errores de su padre o de su madre. Aquella era su extraña filosofía. Y quizá por eso resultaba tan difícil comprenderlo.

¿Cómo podía alguien relacionarse con personas tan cuestionables y, al mismo tiempo, defender con tanta firmeza una idea de responsabilidad familiar?

El Rata no daba explicaciones. Simplemente seguía viviendo, sonreía, se burlaba y hacía muecas como si la juventud fuera a durar eternamente. Pero detrás de aquella manera despreocupada de vivir había algo que pocos comprendían. El Rata también sabía lo que significaba vivir entre conexiones rotas. Había personas que se habían alejado de él. Amistades que habían terminado. Relaciones que se habían perdido.

Caminos que ya no conducían al mismo lugar. Sin embargo, siempre intentaba conservar algún vínculo. Con algunos amigos mantenía una llamada. Con otros, una visita. Con otros, simplemente la memoria. Y con sus hijos existía una conexión que consideraba imposible de abandonar.

Porque, para él, una relación podía deteriorarse, una persona podía equivocarse y hasta una vida podía tomar caminos inesperados.

Pero eso no significaba que todas las conexiones debieran desaparecer.

Mientras tanto, en Ceretbria, los ingenieros continuaban observando los cables desnudos. Cada zona dañada producía un problema diferente. Y entonces comenzaron a comprender que la enfermedad no solamente afectaba a los cables. También podía cambiar la vida de quienes dependían de ellos.

Porque cuando una conexión entre el cerebro y el cuerpo se interrumpe, no solamente falla una señal.

Puede detenerse un movimiento o alterarse el equilibrio, o confundirse la visión.

Incluso  aparecer cansancio. Puede cambiar la manera en que una persona camina, siente o realiza actividades que antes hacía con absoluta naturalidad.

Los habitantes de Ceretbria comprendieron finalmente que su mayor desafío no consistía solamente en reparar los cables. Consistía en aprender a vivir cuando algunos cables ya no podían funcionar como antes. Entonces ocurrió algo curioso. Los ingenieros comenzaron a observar que la ciudad hacía algo parecido a lo que hacía El Rata.

Cuando un barrio quedaba incomunicado, buscaban otra ruta. Cuando una estación dejaba de responder, intentaban establecer una nueva conexión.

Cuando un cable fallaba, no abandonaban inmediatamente todo el sistema. Buscaban la manera de mantener la ciudad comunicada. Y el Rata hacía exactamente lo mismo con las personas. Ceretbria intentaba mantener unidos sus barrios aunque algunas conexiones fallaran. El Rata intentaba mantener unidos a sus amigos y a sus hijos aunque su propia vida estuviera llena de conexiones rotas.

Quizá aquella era la razón por la que ambos se parecían más de lo que nadie habría imaginado.

La ciudad tenía cables desnudos. El Rata tenía heridas invisibles.

Pero ninguno de los dos había decidido apagar las luces. Los habitantes de Ceretbria comprendieron entonces que convivir con una enfermedad no significaba simplemente esperar a que todo volviera a ser como antes.

A veces significaba aprender nuevos caminos. Aprender nuevos movimientos. Aceptar determinadas limitaciones. Buscar ayuda. Recibir tratamiento. Hacer fisioterapia. Rehabilitarse. Y, sobre todo, conservar aquellas conexiones que todavía podían mantener la vida en movimiento. Porque la esclerosis múltiple podía cambiar el camino, pero no necesariamente tenía que apagar el viaje.

El Rata parecía haber comprendido aquella verdad mucho antes que los ingenieros.

Él también había aprendido que no siempre se puede reparar una conexión rota. Algunas personas se marchan. Algunas amistades desaparecen.

Algunos caminos se cierran. Pero siempre queda la posibilidad de construir otro puente.

De tender otro cable. De llamar nuevamente. De acercarse. De permanecer.

Y quizá esa era la verdadera enseñanza de aquella ciudad: no siempre podemos elegir qué parte del camino se rompe. Pero podemos decidir cómo continuar el viaje cuando el camino cambia…

Mientras la gran central eléctrica seguía enviando sus señales hacia todos los rincones de Ceretbria, el Rata continuaba recorriendo el mundo, llevando consigo sus secretos, sus contradicciones y aquel extraño código de lealtad que nadie terminaba de comprender.


‹‹Una lealtad que a veces parecía confundirse entre ser amigo de todos y ser amigo de nadie.››

Pero quizá, en el fondo, el Rata solamente había aprendido una cosa: que incluso las personas más contradictorias necesitan alguna conexión que las mantenga unidas al mundo. Y Ceretbria también lo sabía.

Por eso, cuando una señal desaparecía, los ingenieros no apagaban la central. Buscaban otro camino. Cuando un barrio quedaba aislado, tendían nuevos cables.

Cuando una ruta se perdía, construían otra. Porque una ciudad no deja de ser una ciudad porque algunos de sus caminos estén dañados.

Y una persona tampoco deja de ser ella misma porque algunas de sus capacidades hayan cambiado. Así, entre cables desnudos, señales interrumpidas y vidas llenas de contradicciones, Ceretbria continuó funcionando. Sus luces no brillaban todas con la misma intensidad.

Algunas parpadeaban. Otras se apagaban durante un tiempo. Pero muchas seguían encendidas. Y mientras existiera una señal capaz de encontrar un camino, siempre habría comunicación. Porque incluso una ciudad herida puede seguir teniendo luces.

Y quizá eso también sea vivir: aprender a encontrar nuevos caminos cuando los antiguos ya no pueden llevarnos a casa.


Enrico Díaz Bernuy


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lunes, 24 de agosto de 2026

La nave de los doce guardianes Cerebrem / cuento de Enrico Díaz Bernuy -- #LaNaveDeLosDoceGuardianes #cienciayliteratura #neurociencia #cienciaficcion

 

La nave de los doce guardianes

Cerebrem



 

 

Durante años, aquel joven se había preparado para llegar hasta allí. Había estudiado, entrenado sus movimientos y las técnicas marciales; había aprendido a soportarlo todo, incluso el cansancio, y sobre todo, había aprendido a dominar sus temores.

No entrenaba solamente para aprender a luchar. Entrenaba para aprender a gobernarse. Cada movimiento le enseñaba disciplina; cada caída, a levantarse; cada combate, a mirar de frente al miedo sin permitir que este tomara el control. Poco a poco había comprendido que la verdadera fuerza no consistía en vencer a otro, sino en dominar aquello que dentro de uno mismo quería rendirse, huir o atacar.

Creía que cada prueba lo acercaba al momento para el cual había nacido. Pero al contemplar por primera vez la inmensidad de Cerebrem, comprendió que todo aquello había sido apenas un ensayo.

La verdadera preparación comenzaba ahora: cuando el sueño dejaba de ser promesa y se convertía en destino.

Y fue entonces, en un rincón lejano de la galaxia, donde viajaba una nave extraordinaria llamada Cerebrem. No era una nave común. No transportaba soldados, minerales ni mercancías. Su misión era mucho más importante: mantener con vida a un organismo entero.

Cerebrem estaba dividida en dos secciones enormes (dos hemisferios): el Hemisferio Izquierdo y el Hemisferio Derecho. Parecían dos grandes hermanos que habitaban lados opuestos de la nave, pero estaban unidos por un inmenso puente luminoso llamado Cuerpo Calloso, por donde viajaban constantemente mensajes de un lado al otro.

—Nunca olviden algo —decía el viejo Comandante Díaz,  Cerebrem—: aunque cada hemisferio tenga sus propias funciones y especializaciones, ninguno puede cumplir la misión por sí solo.

A bordo viajaba un joven cadete llamado Oficial Chipana, que acababa de incorporarse a la tripulación. Su primera misión consistía en aprender cómo funcionaba aquella nave.

—Comandante Díaz —preguntó el Oficial Chipana—, ¿cómo puede una nave ser tan grande y funcionar con tanta precisión?

El Comandante Díaz sonrió.

—Porque cada miembro de la tripulación tiene una misión. Ven conmigo.

Atravesaron primero la gran Sala Frontal.

Allí se encontraba el Lóbulo Frontal, capitán de las decisiones. Tenía mapas, estrategias y controles por todas partes.

—Yo planifico, razono y tomo decisiones —explicó—. También dirijo muchos de los movimientos voluntarios de la tripulación.

Después llegaron a la Ciudad Parietal, donde numerosos sensores cubrían las paredes.

—¡Bienvenido! —dijo el Lóbulo Parietal—. Aquí interpretamos el tacto, la presión, el dolor, la temperatura y la posición de la carcasa, es decir, del cuerpo.

Oficial Chipana tocó una pared.

—¿Entonces tú sabes cuándo algo toca la nave?

—Exactamente. Pero no solamente recibimos información: también ayudamos a comprender dónde está nuestro cuerpo en el espacio.

Continuaron hasta el Archivo Temporal.

Allí había millones de grabaciones.

—Aquí guardamos recuerdos y procesamos sonidos —dijo el Lóbulo Temporal—. También participamos en la comprensión del lenguaje.

Finalmente llegaron al enorme Observatorio Occipital.

Miles de pantallas mostraban estrellas, planetas y luces.

—Mi trabajo es procesar la información visual —explicó el Lóbulo Occipital—. Cuando las cámaras captan imágenes, es decir, los ojos, yo ayudo a convertirlas en información que el cerebro puede interpretar.

Oficial Chipana estaba maravillado.

 

Pero debajo de aquellas salas había otras estructuras igualmente importantes.

En una plataforma se encontraba una zona pequeña, pero extraordinariamente precisa, con una forma que recordaba a una pequeña embarcación: el Cerebelo.

—No soy voluminoso —dijo con orgullo—, pero coordino los movimientos y ayudo a mantener el equilibrio.

Más abajo estaba el imponente y robusto piñón muy resistente  (Tronco Encefálico), encargado de funciones vitales y de conectar el cerebro con la médula espinal.

—Aquí no hay tiempo para distraerse —dijo con voz grave—. Respiración, frecuencia cardíaca y otras funciones esenciales deben mantenerse constantemente.

 

De pronto, una alarma comenzó a sonar.

 

¡ALERTA! ¡TORMENTA SOLAR!

La nave comenzó a estremecerse.

—¡Todos a sus puestos! —ordenó el Comandante Díaz.

Oficial Chipana miró confundido.

—¿Quién puede ayudarnos?

El Comandante Díaz señaló una puerta.

 

—Los doce guardianes.

 

La puerta se abrió y aparecieron doce pequeños soldados.

El primero llevaba una extraña antena en forma de nariz.

—Soy el Olfatorio, número I. Detecto olores.

El segundo llevaba un enorme visor.

—Soy el Óptico, número II. Mi misión es la visión.

El tercero llevaba dos pequeños controles oculares.

—Soy el Oculomotor, número III. Controlo gran parte de los movimientos de los ojos y participo en la respuesta pupilar.

El cuarto era más pequeño y sostenía un instrumento que dirigía su mirada hacia abajo.

—Soy el Troclear, número IV. Ayudo a realizar determinados movimientos del ojo.

El quinto apareció con tres insignias sobre el rostro.

—Soy el Trigémino, número V. Tengo tres grandes ramas. Llevo información sensitiva de la cara y también participo en la masticación.

—¡Tres ramas! —repitió Oficial Chipana—. Eso me ayudará a recordarte.

El sexto soldado tenía una bandera apuntando hacia un costado.

—Soy el Abducens, número VI. Mi especialidad es ayudar a mover el ojo hacia afuera, hacia los lados.

El séptimo parecía un actor. Sonreía, fruncía el rostro y cerraba un ojo.

—Soy el Facial, número VII. Controlo los músculos de la expresión facial y también participo en el gusto de parte de la lengua.

El octavo llevaba dos grandes antenas: una para escuchar y otra para mantener el equilibrio.

—Soy el Vestibulococlear, número VIII. Mi primera antena escucha; mi segunda ayuda a mantener el equilibrio.

Entonces un fuerte ruido sacudió la nave.

—¡Necesitamos saber qué está pasando! —gritó Oficial Chipana.

El noveno soldado apareció desde la zona de la garganta.

—Soy el Glosofaríngeo, número IX. Participo en la deglución, en el gusto de una parte posterior de la lengua y en determinadas funciones de la garganta.

A su lado apareció un viajero con una enorme mochila.

—¡Yo soy el Vago, número X!

Oficial Chipana lo miró sorprendido.

—¿Por qué llevas una mochila tan grande?

—Porque soy un gran viajero. Mis conexiones se extienden desde la cabeza y el cuello hacia el tórax y el abdomen. Participo en funciones como la deglución, la voz y la regulación de numerosos órganos internos.

El undécimo soldado llevaba dos herramientas.

—Soy el Accesorio, número XI. Ayudo a mover el cuello y a elevar los hombros.

El último soldado llevaba una pequeña espada con forma de lengua.

—Y yo soy el Hipogloso, número XII, maestro de los movimientos de la lengua.

Los doce guardianes estaban listos.

Pero la tormenta empeoró.

—¡El equilibrio está fallando! —avisó el Vestibulococlear.

—¡Estoy recibiendo imágenes distorsionadas! —gritó el Óptico.

—¡La nave está recibiendo señales sensoriales! —informó el Trigémino.

—¡Hay problemas con los movimientos! —avisó el Cerebelo.

El Comandante Díaz comprendió entonces que ningún soldado podía resolver la emergencia solo.

—¡Hemisferios, trabajen juntos!

Desde ambos lados de la nave comenzaron a viajar señales a través del Cuerpo Calloso.

El Frontal planificó la respuesta. El Parietal interpretó las señales sensoriales.

El Temporal procesó los sonidos y ayudó a comprender las comunicaciones. El Occipital analizó las imágenes. El Cerebelo coordinó los movimientos. El Tronco Encefálico mantuvo funcionando los sistemas vitales. Y los doce pares craneales ejecutaron sus misiones.

—¡Olfatorio, detecta!

—¡Óptico, observa!

—¡Oculomotor y Troclear, dirijan la mirada!

—¡Trigémino, informa desde el rostro!

—¡Abducens, mira hacia el exterior!

—¡Facial, protege y expresa!

—¡Vestibulococlear, escucha y equilibra!

—¡Glosofaríngeo, prepara la garganta!

—¡Vago, mantén las conexiones internas!

—¡Accesorio, estabiliza cuello y hombros!

—¡Hipogloso, mueve la lengua!

La tormenta comenzó a desaparecer.

Oficial Chipana contemplaba a todos aquellos pequeños guardianes trabajando al mismo tiempo.

—Ahora lo entiendo —dijo.

—¿Qué has aprendido? —preguntó el Comandante Díaz.

Oficial Chipana miró los dos hemisferios.

—Que Cerebrem no funciona como dos naves separadas. Son dos grandes partes conectadas, y cada una tiene funciones especializadas. Los lóbulos cumplen diferentes tareas, el cerebelo coordina, el tronco encefálico mantiene funciones esenciales y los doce pares craneales llevan información y ejecutan funciones específicas.

El Comandante Díaz sonrió.

—Exactamente. Y recuerda algo más: la ingeniería astronáutica, (dedicada al diseño de vehículos y sistemas que operan fuera de la atmósfera terrestre), puede ser más fácil de comprender cuando la relacionamos con algo mucho más cercano: la anatomía humana.

Desde aquel día, Oficial Chipana convirtió las doce compuertas de la nave —los doce pares craneales— en pequeños ejercicios para comprender mejor la arquitectura e ingeniería de la nave.

Para recordar el I, imaginaba una nariz.

Para el II, un ojo.

Para el III, IV y VI, tres soldados moviendo los ojos.

Para el V, un guerrero con tres ramas tocando el rostro y masticando.

Para el VII, un actor cambiando de expresión.

Para el VIII, un músico que escucha mientras mantiene el equilibrio.

Para el IX, un guardián de la garganta.

Para el X, un viajero recorriendo el cuerpo.

Para el XI, un soldado levantando los hombros.

Y para el XII, un maestro moviendo la lengua.

Pero una noche, cuando la nave atravesaba una región oscura de la galaxia, Oficial Chipana encontró al viejo Comandante Díaz observando silenciosamente las galaxias desde el puente de mando.

—Comandante Díaz —preguntó—, ¿por qué seguimos entrenando si la tormenta ya terminó?

Cerebro permaneció unos segundos en silencio.

—Porque, Oficial Chipana, las tormentas más peligrosas no siempre vienen del espacio.

El muchacho frunció el ceño.

—¿Entonces de dónde vienen?

El Comandante Díaz colocó una mano sobre el cristal del observatorio.

—De nosotros mismos.

Oficial Chipana miró los dos hemisferios de Cerebrem.

—¿De nuestros propios pensamientos?

—Exactamente. Una nave puede estar perfectamente construida y, sin embargo, perder el rumbo si su tripulación entra en conflicto. Lo mismo ocurre con el ser humano. Cuando el miedo, la ira, la ansiedad o la autopercepción por la soledad, eso se transforma  en una especie de  impulso,  y ello, toma el mando, podemos convertir nuestra propia mente “en un campo de batalla”.

 

Entonces el Comandante Díaz condujo a Oficial Chipana hasta la gran sala central.

Allí estaban nuevamente los doce guardianes.

 

—Aprender anatomía no significa solamente saber sus nombres —dijo—. También significa comprender una gran lección: cada función tiene su lugar y cada impulso necesita ser gobernado por un sistema mayor.

Oficial Chipana observó al Frontal sentado en su puesto de mando.

—Entonces el verdadero Comandante Díaz debe saber cuándo actuar y cuándo esperar.

—Así es.

Cerebro señaló entonces una antigua inscripción grabada en la pared:

“Conócete a ti mismo.”

—Los antiguos griegos comprendieron algo extraordinario —continuó—. Antes de intentar dominar el mundo, el hombre debía aprender a gobernarse a sí mismo. Sócrates convirtió el conocimiento de uno mismo en una de las grandes preguntas de la existencia.

Después señaló al Cerebelo…




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