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martes, 3 de marzo de 2026
lunes, 2 de marzo de 2026
Celebraron la interconexión mundial… hasta que todo empezó a conectarse. ---- por Enrico Diaz Bernuy ----
Cuando la guerra estalla en un punto del planeta, no lo hace en un lugar: lo hace en el tiempo. Su onda expansiva no respeta geografías ni neutralidades; avanza, pulula, merodea… como un dogma físico y metafísico, atravesando océanos, ideologías y mercados. Pensar que los territorios remotos —como los de Sudamérica frente a un conflicto centrado en el Medio Oriente— quedarían a salvo es un consuelo geográfico no una conclusión estratégica. La distancia protege del estruendo, pero no, del eco.
Desde la teoría de sistemas complejos formulada por
pensadores como Ludwig von Bertalanffy, sabemos que el mundo contemporáneo
funciona como una red interdependiente donde cada nodo altera al conjunto y el
pixel se modifica hasta la médula.
Las guerras modernas especialmente las de escala
mundial, no son eventos locales sino perturbaciones sistémicas. La economía
global, la atmósfera, los océanos y las cadenas de suministro constituyen vasos
comunicantes invisibles: basta que uno se fracture para que el líquido
histórico cambie de nivel en todos los recipientes.
La hipótesis de un conflicto nuclear ilustra con
crudeza esta interdependencia. Los precedentes históricos de Hiroshima y
Chernóbil demuestran que la radiación no reconoce fronteras políticas. Las
partículas liberadas pueden viajar miles de kilómetros impulsadas por
corrientes atmosféricas, depositándose en suelos agrícolas, ríos o reservorios.
La teoría climatológica del “invierno nuclear”, desarrollada por científicos como Carl Sagan y Richard Turco, sostiene que múltiples detonaciones atómicas podrían lanzar tanto hollín a la estratósfera que la luz solar disminuiría globalmente durante años. No sería una guerra regional: sería un eclipse planetario.
En ese escenario, los países sudamericanos —aunque
no participaran militarmente— experimentarían consecuencias tangibles. El
primero de estos efectos sería energético.
Gran parte del continente depende de la
hidroelectricidad; represas monumentales como Itaipú simbolizan esa confianza
en el agua como músculo eléctrico. Sin embargo, la energía hidroeléctrica
depende de ciclos climáticos estables: lluvias previsibles, deshielos
regulares, cuencas limpias. Una alteración atmosférica global podría modificar
los patrones de precipitación en la cuenca del Amazonas o reducir el deshielo
en la cordillera de los Andes. La electricidad, entonces, no se perdería por un
bombardeo directo sino por una sutil
desarmonía planetaria.
Aquí emerge el principio del efecto dominó
económico. O el karma colectivo (que también es real). La electricidad no es
solo luz: es industria, refrigeración, telecomunicaciones, transporte, banca.
Si falla, todo lo demás titubea. Un descenso prolongado en la producción
energética encarecería bienes básicos, afectaría exportaciones y provocaría
inflación. La teoría macroeconómica keynesiana explica que los shocks de oferta
—como una caída abrupta de energía— generan espirales de precios y desempleo.
El resultado sería paradójico: naciones lejanas al campo de batalla sufrirían
crisis internas originadas en detonaciones que jamás oyeron.
El agua, inseparable de la electricidad en este
contexto, constituiría el segundo eje de vulnerabilidad. La radiación
atmosférica puede contaminar precipitaciones y suelos, afectando acuíferos y
ríos.
Estudios posteriores a accidentes nucleares han
mostrado que isótopos radiactivos pueden incorporarse a cadenas alimentarias
durante décadas. No se trata de imaginar ríos brillando en la oscuridad, sino
de comprender un fenómeno más silencioso: la acumulación lenta de toxinas
invisibles. La guerra moderna no solo mata; también siembra.
A nivel geopolítico, los países no beligerantes
enfrentarían presiones diplomáticas y comerciales. Organismos como la
Organización de las Naciones Unidas suelen coordinar sanciones, bloqueos o
reasignaciones de recursos durante conflictos globales. Incluso sin participar
militarmente, una nación puede verse obligada a elegir bandos económicos. La
neutralidad, en tiempos de guerra mundial, es una ficción frágil: los mercados
castigan la ambigüedad.
Otro factor decisivo es el comercio marítimo. Gran
parte del intercambio internacional depende de rutas oceánicas que podrían
militarizarse o cerrarse. La teoría de la interdependencia comercial,
desarrollada por Robert Keohane y Joseph Nye, sostiene que los Estados modernos
dependen tanto de las redes económicas globales que la interrupción de una sola
arteria puede paralizar sectores enteros. Para países exportadores de materias
primas —como muchos sudamericanos— el cierre de rutas implicaría excedentes sin
comprador y divisas en retroceso. El resultado sería una recesión importada.
Pero hay una dimensión menos cuantificable y quizá
más profunda: la psicológica. Las guerras mundiales transforman la conciencia
colectiva aun en territorios distantes. Durante la Segunda Guerra Mundial,
naciones alejadas del frente experimentaron racionamientos, propaganda y
ansiedad social. El filósofo Paul Virilio afirmaba que toda tecnología de
guerra es también una tecnología de percepción: modifica la forma en que la
humanidad mira el tiempo y el espacio. En la era digital, esa modificación
sería instantánea y determinante para el lazo psíquico que la mayoría depende
de las pantallas de sus teléfonos móviles. Las imágenes de ciudades arrasadas circularían
en tiempo real, generando pánico financiero, migraciones preventivas y cambios
políticos internos.
La pregunta central no es si Sudamérica sería
bombardeada, sino si podría permanecer intacta. Desde la teoría ecológica
global, la respuesta tiende a ser negativa. El planeta funciona como un único
sistema biosférico: alterar una región altera el todo. Incluso los océanos
—aparentes murallas naturales— son corredores de transferencia térmica y
química (biología pura).
Una guerra nuclear en cualquier latitud modificaría
temperaturas marinas, corrientes y ciclos biológicos. La pesca, fuente esencial
de alimento y empleo en muchos países costeros, podría disminuir drásticamente.
Existe además el riesgo tecnológico indirecto. Las
detonaciones nucleares de gran altitud pueden generar pulsos electromagnéticos
capaces de inutilizar satélites y redes eléctricas a miles de kilómetros. Un
solo pulso masivo podría afectar infraestructuras digitales continentales. En
un mundo donde la economía depende de datos, perder conectividad equivaldría a
una ceguera súbita.
Sin embargo, la historia también enseña que las
crisis globales producen reconfiguraciones. Tras las guerras mundiales del
siglo XX surgieron nuevas instituciones, alianzas y paradigmas económicos.
Algunos países alejados del frente se industrializaron precisamente porque la
guerra interrumpió importaciones y los obligó a producir localmente. Así, la
catástrofe puede ser también catalizador. La teoría schumpeteriana de la
“destrucción creativa” sugiere que los colapsos abren espacios para
innovaciones estructurales. No hay garantía de prosperidad, pero sí posibilidad
de transformación.
El destino de las naciones periféricas en una
guerra mundial dependería, en última instancia, de su resiliencia interna:
diversificación energética, reservas alimentarias, autonomía tecnológica y
cohesión social. La distancia geográfica ya no basta; en la era global, la
verdadera frontera es la capacidad de adaptación.
Quizá la imagen más exacta sea la de un lago
inmenso. Una piedra cae en un extremo —una explosión, un misil, una decisión
política— y las ondas se expanden hasta tocar la orilla opuesta. Los países que
creen estar lejos del impacto observan el agua tranquila y se persuaden de su
seguridad. Pero la física no olvida: la onda llegará, aunque llegue convertida
en apenas un temblor.
La guerra mundial, entonces, no sería un incendio
lejano sino un clima. Y ningún país, por remoto que se crea, puede vivir fuera
del clima del mundo.
En la conciencia tecnológica del siglo XXI, donde
cada gesto humano depende de un interruptor invisible, la fragilidad energética
se ha convertido en la paradoja central del progreso, (en teoría).
Una guerra mundial —aunque estalle lejos, incluso si su epicentro fuera el Medio Oriente— podría alterar el delicado equilibrio climático que alimenta las represas y cuencas de Sudamérica. No haría falta una bomba cayendo sobre nuestros ríos: bastaría una modificación global de lluvias, corrientes atmosféricas o temperaturas para reducir caudales y vaciar embalses. Las hidroeléctricas no funcionan con patriotismo ni tratados diplomáticos; funcionan con agua. Y el agua depende del clima. Y el clima, en un escenario bélico nuclear o industrial masivo, depende del humo, del polvo, de la radiación suspendida en el cielo común del planeta.
Si la producción hidroeléctrica colapsa, no solo
se apagan las ciudades: se detiene la respiración mecánica de la civilización.
Sin electricidad no hay hospitales operativos, ni comunicaciones, ni transporte
coordinado, ni mercados digitales. Sin agua —porque el bombeo y tratamiento
también dependen de energía— la crisis deja de ser económica y se vuelve
biológica. La teoría de infraestructura crítica señala que electricidad y agua
constituyen sistemas madre: cuando fallan, arrastran consigo todos los demás
sistemas. Son la raíz oculta del árbol moderno.
Entonces el siglo XXI, tan orgulloso de su robótica
e inteligencia artificial y satélites,
podría descubrir que su verdadera columna vertebral era un río. Y si ese río se
debilita, la historia retrocede. No necesariamente volveríamos literalmente a
la era victoriana, pero sí a una condición pre eléctrica donde la noche vuelve a
ser noche, el silencio vuelve a ser norma y la supervivencia deja de depender
de algoritmos para depender otra vez del fuego, del ingenio y del pulso humano.
Porque cuando la luz se extingue, el futuro también parpadea.
Articulo por Enrico Diaz Bernuy
Recientemente, una noticia conmocionó a la ciudad de Lima: un joven, aparentemente desorientado o impulsado por una razón aún desconocida, atropelló a una señorita y luego se dio a la fuga. Podría decirse que hechos similares ocurren todos los días y que, por desgracia, la violencia vial no es un fenómeno excepcional. Sin embargo, lo que intensificó el impacto social no fue solo el acto en sí, sino el perfil de los involucrados: ambos provenían de familias acomodadas y el hecho quedó registrado en video. En una época dominada por la imagen, aquello que se ve adquiere un peso simbólico mayor que aquello que simplemente sucede.
Tras la difusión de la noticia y la
entrega del responsable a la justicia, el saldo es devastador: una persona
fallecida, una familia destruida por la pérdida y otra familia quebrada por la
culpa y la vergüenza. Pero más allá del suceso puntual, surge una pregunta
inquietante: ¿por qué la cobertura mediática insiste en actualizaciones
constantes, como si todo el país girara alrededor de la tragedia de esas dos
familias? La respuesta posible reside en un fenómeno psicológico y social
profundo: el morbo colectivo.
El morbo no es solo curiosidad malsana;
es también un indicador cultural y sobre todo un indicador del estado de salud
mental de una sociedad… (esa es mi apreciación). Pero si nos dirigimos por el
camino de la ciencia; el psicoanálisis ya advertía que el ser humano posee
impulsos contradictorios entre eros y destrucción.
Sigmund Freud sostenía que la pulsión
de muerte convive con la pulsión de vida, y que ambas se expresan
simbólicamente en la fascinación por la tragedia. Desde esta perspectiva, el
interés obsesivo por noticias violentas no sería una anomalía, sino una
manifestación de tensiones internas que la sociedad comparte.
A nivel sociológico, el espectáculo
mediático transforma los hechos en productos de consumo. Guy Debord describió
la modernidad como una “sociedad del espectáculo”, donde la realidad se
sustituye por representaciones que se consumen pasivamente.
El accidente deja de ser solo un evento
trágico para convertirse en un relato reiterado, analizado y comentado hasta el
agotamiento. Cada repetición no informa: seduce, fija la atención y convierte
el dolor ajeno en objeto de contemplación.
También es pertinente recordar la
advertencia de Marshall McLuhan: “el medio es el mensaje”. La forma en que se
transmite la noticia influye más que el contenido mismo.
“El video”, la repetición en bucle, los
titulares alarmistas (era una deportista calificada, eso ¿la hace más?) y la
inmediatez digital amplifican la emoción colectiva. Así, el acontecimiento deja
de pertenecer a sus protagonistas y pasa a formar parte de una narrativa
pública que se alimenta del impacto visual y la reacción instantánea, el morbo…
Desde una perspectiva filosófica, esta
dinámica puede relacionarse con la banalización del mal descrita por Hannah
Arendt. Cuando la tragedia se vuelve cotidiana en la pantalla, el espectador
corre el riesgo de normalizarla. No porque la apruebe, sino porque la
repetición reduce su capacidad de asombro y de reflexión ética. El peligro no
es solo la violencia del acto inicial, sino la insensibilización progresiva de
quienes lo observan.
Por ello, más que centrarnos únicamente
en el culpable o en los detalles del suceso, conviene examinar nuestra propia
reacción como sociedad. Una alarmante carencia de respeto y privacidad por la
tragedia ajena.
El interés desmedido por estas historias
revela algo sobre nuestra sensibilidad colectiva, sobre aquello que nos atrae,
nos inquieta y nos mantiene atentos. El morbo, en este sentido, funciona como
termómetro moral: no mide la gravedad del hecho, sino la intensidad con que lo
consumimos.
La tragedia es real (dos familias
destruidas y una srta fallecida), y el dolor es irreparable, pero el modo en
que la sociedad la mira, la comenta y la reproduce también forma parte del
fenómeno. Comprender esa mirada —sus impulsos psicológicos, sus mecanismos
mediáticos y sus implicaciones éticas— quizá sea el primer paso para
transformar no el pasado, que ya no puede cambiarse, sino la conciencia con que
enfrentamos el presente.
Quería precisar que, por una cuestión de ética y respeto, no mencionaré los nombres de los afectados. Mucho menos me permitiría enviar saludos ni expresar condolencias impostadas, como si existiera un vínculo personal con esas familias. El dolor ajeno no es un escenario para el protagonismo ni un espacio para aparentar cercanía, no aparentar... Al fin y al cabo, la población en mi distrito siempre se ha caracterizado por que aquí nadie se mete con el vecino, la gente es muy distante, fría, pero educada.
jueves, 19 de febrero de 2026
La calamidad de Beto Ortiz ( el culto a lo superficial )
‹‹Dijo que se llevaría todo lo que sería suyo››, y con esa promesa grandilocuente abre un poema (según el autor), lamentablemente, se agota en su propio ademán. Luego de esa línea inicial no vale la pena reproducir más, pues el texto se disuelve en una sucesión de frases sin espesor estético ni riesgo verbal, y mucho menos de algún tipo de profundidad existencial.
Predomina lo superficial, lo efectista, lo pensado más para sostener una imagen pública que para construir una experiencia poética.
El autor parece apoyarse más en su notoriedad como figura mediática que en recursos literarios reales, y convierte su identidad sexual pública —expuesta con fines promocionales— (sabe vender…) en una estrategia de visibilidad que sustituye a la profundidad artística.
El resultado es un "texto" sin trascendencia literaria, carente de densidad simbólica y de resonancia emocional, destinado a la fugacidad antes que a la memoria. Y prueba de lo superficial de lo leído, el autor termina con una sonrisita como si en verdad se burla, se burla del espectador…
Enrico Diaz Bernuy
lunes, 16 de febrero de 2026
domingo, 15 de febrero de 2026
Artículo: La Guerra y el Amor ------------ Por Enrico Diaz Bernuy
por Enrico Diaz Bernuy
LA GUERRA Y EL AMOR
En la sensibilidad moderna occidental, la guerra
suele entenderse como el símbolo máximo de la barbarie humana: destrucción,
odio, muerte y fracaso moral. Esta interpretación, nacida en gran parte de las
experiencias traumáticas de los conflictos mundiales y de la ética humanista
contemporánea, considera la violencia como
intrínsecamente negativa. Sin embargo, dentro de la tradición filosófica de la
India, el campo de batalla puede adquirir un significado radicalmente distinto:
no como exaltación de la violencia, sino como escenario simbólico de la
conciencia, el deber y la liberación espiritual.
Liberación espiritual, es para que cuando
abandones este cuerpo no te quedes pululando como fantasma por el apego o tu
auto identificación con las cosas que has logrado , el ancla…
En el Bhagavad Gita, la guerra no es glorificada
como violencia, sino reinterpretada como un acto de responsabilidad metafísica
cuando se ejecuta desde el conocimiento y sin apego.
El diálogo entre Krishna y Arjuna ocurre en el
instante previo a una batalla real. Arjuna, guerrero virtuoso, se paraliza al
ver que deberá luchar contra sus propios familiares y maestros. Su crisis no es
cobardía, sino compasión. “Al ver a mis propios parientes, mi cuerpo tiembla…
mi arco se desliza de la mano” (1.28–30). Este momento es crucial: el Gita no
presenta a un héroe sediento de sangre, sino a un hombre moralmente sensible
que cuestiona el sentido de la guerra. La respuesta de Krishna no es una
incitación al odio, sino una enseñanza ontológica.
Krishna le revela que su error no es sentir
compasión, sino confundir el plano eterno con el temporal. “Nunca hubo un
tiempo en que yo no existiera, ni tú, ni estos reyes; ni en el futuro dejaremos
de existir” (2.12). Con esta afirmación introduce la doctrina del alma
inmortal. La muerte, desde esta perspectiva, no destruye la esencia del ser;
solo transforma su estado. Más adelante afirma: “Así como el alma pasa en este cuerpo
de la infancia a la juventud y a la vejez, también pasa a otro cuerpo; el sabio
no se confunde por esto” (2.13). La guerra, entonces, deja de ser vista
únicamente como eliminación física y se sitúa en un marco metafísico donde la
vida no se extingue con el cuerpo.
Esta idea conduce a una de las declaraciones más
radicales del texto: “Quien piensa que mata y quien piensa que muere, ambos
ignoran; el alma no mata ni muere” (2.19). Aquí el Gita rompe con la visión
materialista del ser humano. El acto físico de matar no define la realidad
última; lo que define el valor moral es la conciencia desde la cual se actúa.
No se trata de justificar la violencia indiscriminada, sino de distinguir entre
acción egoísta y acción conforme al deber universal. Krishna insiste:
“Considera tu deber; no debes vacilar. Para un guerrero no hay bien más alto
que una guerra justa” (2.31).
La clave está en la expresión “guerra justa”. No
es una guerra motivada por ambición, odio o deseo personal, sino una acción
alineada con el dharma, el orden cósmico. El problema no es la acción en sí,
sino el apego al resultado. Por eso Krishna enseña el principio central del
karma yoga: “Tienes derecho a la acción, pero no a sus frutos. No te motives
por los resultados ni caigas en la inacción” (2.47). Este verso redefine
completamente la ética. El bien no depende del éxito externo, sino de la pureza
interior. Actuar correctamente, incluso en circunstancias violentas, puede ser
un acto de conciencia si se hace sin egoísmo.
Desde esta perspectiva, el campo de batalla se
convierte en símbolo del conflicto interior humano. Cada persona enfrenta
luchas internas entre deseo y sabiduría, miedo y verdad, apego y libertad.
Arjuna representa la mente confundida; Krishna, la conciencia divina que
orienta. Así, la guerra externa refleja la guerra interna. El verdadero enemigo
no son los otros, sino la ignorancia. Krishna afirma: “El conocimiento es el
fuego que reduce a cenizas todas las acciones” (4.37). La iluminación disuelve
el karma, del mismo modo que el fuego consume la leña.
Aquí aparece el tema del amor, pero no el amor
sentimental ni posesivo. El Gita propone un amor desapegado, un amor que no
depende de la reciprocidad ni del contacto físico. No es el amor que se expresa
solo con abrazos o palabras dulces; es el amor que puede sacrificarse por la
verdad. Krishna declara: “El que actúa para Mí, que me tiene como meta, libre
de apego y sin odio hacia ningún ser, ese viene a Mí” (11.55). Este amor no es
emoción pasajera; es orientación ontológica hacia lo absoluto.
Absoluto: aquello que existe por
sí mismo, independiente de todo, eterno e incondicionado; la realidad última.
El amor ordinario suele basarse en el deseo de
poseer. Se ama aquello que produce placer o seguridad. Se ama lo que se posee y
se disfruta. El amor espiritual, en cambio, no busca poseer nada, ni siquiera
la vida misma. Por eso el guerrero espiritual puede entregar su existencia sin
temor si su acción está alineada con el dharma. En este sentido, morir por la
verdad no es tragedia, sino culminación. Krishna afirma: “Quien abandona el
cuerpo recordándome a Mí alcanza Mi estado; de esto no hay duda” (8.5). La
muerte se transforma en tránsito consciente, no en derrota.
Este concepto redefine el sacrificio. En la
visión común, sacrificar la vida es pérdida; en la visión del Gita, puede ser
realización. El amor más alto no es el que retiene, sino el que libera. Por eso
Krishna enseña el desapego como condición del amor verdadero: “Quien está libre
de apego, de miedo y de ira, absorto en Mí, purificado por el conocimiento,
muchos han llegado a Mi ser” (4.10). El desapego no significa indiferencia
emocional; significa libertad interior. Es amar sin convertir al otro en
objeto.
Esta forma de amor tiene implicaciones éticas
profundas. Si el alma es inmortal, entonces el odio pierde sentido. Nadie puede
destruir la esencia de otro. El verdadero daño es la ignorancia. Por eso
Krishna describe al sabio como alguien que ve igualdad en todos: “El sabio ve
con visión ecuánime a un brahmán erudito, a una vaca, a un elefante, a un perro
y a quien come perros” (5.18).
La ecuanimidad es la expresión del amor
universal. No depende de la apariencia externa ni de la condición social; surge
del reconocimiento de la misma esencia divina en todos los seres.
La guerra del Gita, por tanto, no es apología de
la violencia, sino pedagogía espiritual. Enseña que el conflicto es inevitable
en la existencia manifestada. Incluso quien desea evitar toda confrontación
lucha internamente contra sus propios impulsos. La verdadera cuestión no es
cómo eliminar la guerra, sino cómo transformarla en camino de conciencia,
camino de desapego y conciencia en que si algo se mata, solo eso es el cuerpo y
el ser, no es el cuerpo.
Cuando la acción se realiza desde el ego, produce
sufrimiento; cuando se realiza desde el conocimiento, conduce a la liberación.
Krishna resume esta enseñanza en uno de los
versos más citados: “Entrégame todas tus acciones, con la mente centrada en el
Ser, libre de deseo y egoísmo, y lucha sin agitación” (3.30). La instrucción no
es “mata”, sino “actúa sin ego”. El énfasis está en la conciencia, no en la
violencia. La batalla se vuelve metáfora del compromiso con la verdad, incluso
cuando ese compromiso exige decisiones difíciles.
Desde esta óptica, el amor supremo no es
romántico ni posesivo, sino trascendental. Es el amor por la unión con lo
absoluto, por la liberación del ciclo de nacimiento y muerte. Krishna lo
expresa claramente: “Quienes meditan en Mí con devoción exclusiva, yo les
concedo lo que les falta y preservo lo que tienen” (9.22). La devoción no es
dependencia emocional; es alineación ontológica con la realidad última.
Así, el mensaje del Gita desafía las categorías
morales simplistas. No divide el mundo en acciones buenas o malas según su
apariencia externa, sino según la conciencia que las motiva. Una acción
aparentemente pacífica puede nacer del ego; una acción aparentemente violenta
puede nacer del deber. La clave es la intención interior y el conocimiento de
la naturaleza eterna del ser.
En última instancia, la enseñanza de Krishna
invita a trascender el miedo a la muerte y el apego a los resultados. Cuando el
individuo comprende que su esencia es inmortal, la angustia se disuelve.
Entonces puede actuar con valentía, no por orgullo, sino por claridad. Ese
estado es la verdadera libertad. Como declara el texto: “Quien abandona todos
los deseos y actúa sin anhelo, sin sentido de posesión ni ego, alcanza la paz”
(2.71).
La guerra del Bhagavad Gita, leída
simbólicamente, es la batalla del alma por despertar. El campo de Kurukshetra
es la mente humana; los ejércitos son las fuerzas internas; Krishna es la voz
de la sabiduría. Vencer no significa destruir al otro, sino disolver la
ignorancia. Y el amor más alto no es el que protege el cuerpo, sino el que
libera el espíritu.
Desde esta visión, la aparente paradoja se
resuelve: la guerra puede ser camino de paz, la renuncia puede ser plenitud, y
la muerte puede ser tránsito luminoso. El amor verdadero no siempre abraza; a
veces exige luchar. Pero cuando la lucha nace de la conciencia y no del odio,
deja de ser violencia y se convierte en acto sagrado. Ese es el núcleo de la
enseñanza: actuar, amar y vivir sin apego, con la mirada fija en la liberación.
La historia humana demuestra que el amor, lejos
de ser siempre una fuerza luminosa, ha sido muchas veces motor de ruina.
Imperios se han debilitado, coronas se han abandonado y vidas se han quitado en
su nombre. El general romano Marco Antonio,
cegado por su pasión por Cleopatra,
descuidó su estrategia política y militar, contribuyendo al colapso de su poder
y al ascenso definitivo de Octavio. Siglos después, el rey Eduardo VIII renunció al trono por amor a
Wallis Simpson, sacrificando no
solo una corona, sino la estabilidad simbólica de toda una monarquía. Incluso
gestos aparentemente sublimes, como el mausoleo construido por Shah Jahan para su esposa —el Taj Mahal— revelan cómo el amor puede
absorber recursos de un imperio entero para honrar una emoción personal.
La literatura también ha advertido sobre este
amor posesivo. Otelo, creado por William Shakespeare, asesina a Desdémona convencido de que ama; y Romeo y Julieta
convierten su pasión en un pacto con la muerte. En estos relatos el amor no
libera: consume, exige, devora. No es trascendencia, sino posesión. No es
claridad, sino fiebre.
Este tipo de amor —centrado en la complacencia
emocional, en la necesidad del otro para sentirse completo— ha sido exaltado
repetidamente en gran parte de la tradición cultural occidental. Se presenta
como ideal supremo una emoción que, en realidad, suele estar teñida de apego,
miedo a la pérdida y deseo de posesión. Se confunde intensidad con verdad,
sacrificio impulsivo con virtud, dependencia con devoción. Sin embargo, desde
la óptica espiritual de la tradición hindú, ese amor sería todavía una forma
refinada de ignorancia, porque nace del ego y no del conocimiento del Ser.
El amor que enseña Krishna no destruye reinos ni
voluntades: destruye el apego. No exige que el mundo se doblegue al deseo
personal, sino que el individuo se alinee con la ley eterna. Por eso el amor
supremo no se dirige primero a otro ser humano, sino a la realidad absoluta.
Solo quien ama lo eterno puede amar lo temporal sin esclavizarlo. Allí donde el
amor ordinario dice “te necesito”, el amor trascendental dice “te libero”. Y no hay mayor liberación de aquel que te hace
crecer, te hace desarrollar y eso es marte. El amor sin posesión te hace que te
quieras mas en ese sentido, te hace sentirte mejor, saca tu mejor versión y te
acerca a tu dharma.
Es actuar conforme a tu verdadera naturaleza; es
el camino. Es similar a la vocación, así como muchas personas viven vidas
automáticas haciendo cosas fuera de ella. El dharma sería vivir en el camino de
la propia vocación, pero en términos espirituales.
Y en esa diferencia se separan dos visiones del
mundo: una que ama para poseer, y otra que ama para despertar es la evolución y
esa evolución a veces uno puede estar acompañado o solo.
domingo, 11 de enero de 2026
lunes, 15 de diciembre de 2025
Cuento de Enrico Diaz Bernuy LOS ANZUELOS DE LO ABSTRACTO ficción introspectiva y thriller psicológico de misterio.
Este no es un relato cómodo ni diseñado para leerse con ligereza. Los anzuelos de lo abstracto se interna en una zona densa donde la narración convive con capas de análisis psicoanalítico, psiquiátrico y conductual, sin explicaciones ni guías evidentes. No hay diagnósticos ni moralejas: hay indicios, preguntas y silencios.
El texto incorpora cuestionarios dentro de la trama, no como ejercicios terapéuticos, sino como dispositivos narrativos que interrumpen y tensionan el relato. Estas preguntas no buscan respuestas inmediatas; funcionan como grietas por donde se filtran el autoengaño, lo reprimido y aquello que el personaje —y quizá el lector— evita mirar.
El “yo” del protagonista no es estable ni confiable. Se observa, se contradice, se fragmenta. Las alucinaciones, apariciones y desplazamientos no deben leerse solo como elementos fantásticos, sino como manifestaciones de un conflicto interno que oscila entre lucidez y negación. La verdad aquí no se revela: incomoda.
Este texto propone un reto: leer sin certezas, aceptar la dificultad y atravesar una historia donde las preguntas importan más que las respuestas. Quien avance no leerá solo la historia de un pintor, sino una confrontación con temas universales: identidad, responsabilidad afectiva, violencia simbólica y los límites entre conciencia y huida. Y unas preguntas que quizás sean aplicables y reveladoras para quien lo lea...
Los anzuelos
de lo abstracto
Una de las funciones de la inteligencia es tener
en cuenta los peligros de fiarse solo de la inteligencia.
Lewis Munford
El pintor empezó a esconder sus cuadros antes de admitir que algo se había roto. No fue una decisión consciente: simplemente dejó de colgarlos. Los apoyaba contra la pared, boca abajo, como si la casa ya no pudiera sostener ciertas imágenes, o las imágenes no pueden sostener la casa. Aunque suene extraño lo que digo, quizás las imágenes o los objetos pueden armar a una casa.
Su pareja decía que el olor
del óleo le provocaba rechazo, que el silencio del taller la incomodaba. Y aunque él amaba el silencio, ella no, él
cedía. Siempre cedía.
Luego de un tiempo, decidió viajar fuera del país con la excusa de buscar a sus tres hijos, y fue ahí donde ella se sintió obligada en ceder. Viajar fue la excusa perfecta.
Dijo que iba a buscar a sus tres hijos, dispersos en países distintos, como si cada uno habitara un tiempo propio. En realidad, huía de una casa donde su mirada debía pedir permiso. Huía de la sensación de estar ocupando un lugar prestado dentro de su propia vida.
Tres hijos dispersos en ciudades distintas, tres hijos que eran como tres dudas para él…, o sobre los temas que nunca pudo resolver en el pasado, como si cada uno habitara un tiempo diferente. ‹‹Es como si hervir cada tubérculo en una olla, uno esperara que los tres estén listos al mismo tiempo. ››
En ese trayecto llegó a una
biblioteca antigua, casi abandonada, donde conoció a un bibliotecario de voz
baja y manos manchadas de polvo, uñas tan descuidadas como si se percibiera
algún tipo de animal, no muy amistoso.
Pero a veces, las
apariencias engañan, porque él fue amistoso con el pintor. El bibliotecario no
parecía un hombre sabio, solo alguien que había leído demasiado y hablado poco.
Y esa apariencia revelaba de alguna manera cierta protección, como si se
cuidara de alguien. Era raro porque aquella ciudad de provincia era muy apacible
como si el tiempo se detuviera constantemente.
Aquel bibliotecario era un hombre de edad imprecisa, (más de 30 ) manos manchadas de tinta y tierra, voz baja, como si cada palabra tuviera que atravesar un filtro antes de existir.
No le preguntó por su obra
ni por sus hijos, porque el pintor solo hablaba de temas empresariales sobre
inversión en aquel lugar. No quería revelar quien era, ni mucho menos sobre su
familia.
Sin embargo, el
bibliotecario le dijo:
—La vida, no se arruina por malas respuestas. Se
arruina por no haber hecho las preguntas correctas.
Habló de un antiguo plan de mentoría que ya no se enseñaba. No prometía salvación ni cambio. Solo ordenaba la conciencia, (te hacía verte en el espejo). Luego le entregó un conjunto de hojas manuscritas. No tenían título. Solo un símbolo repetido en todas: X.
—No intentes entenderlo —dijo—. Léelo como quien cruza por un sendero en el que por una vez, debes de confiar, como quien no esperas nada, es como si conocieras a una mujer y tienes cero expectativas, simplemente debes desprenderte de esperar algo. Esto no es para mejorar tu vida. Es para dejar de mentirte dentro de ella. —Sostuvo con una sofisticada entonación—.
El ritual exigía viaje. No hacia lugares bellos, sino hacia zonas donde la tierra aún no había sido domesticada. Así llegó a un pueblo remoto, rodeado de colinas secas, donde el tiempo parecía caminar con cautela.
Allí encontró la arcilla negra.
Resulta que el pintor le había dicho al bibliotecario que los motivos para ir a ese sitio era por el motivo empresarial, él era el representante de un grupo de accionistas donde debían comprar unos lotes, y cuando vio que había encontrado la arcilla negra empezó a sentir fascinación porque eso seria señal que a pesar que se había desviado de su plan inicial, estaba de igual forma reconectado con esa meta. Respecto al tema de sus hijos, simplemente fue una estrategia para que su esposa le permita viajar.
De pronto, en el inhóspito
terreno lleno de malezas y hectáreas , no estaba solo. Elías, un alfarero
viejo, modelaba figuras humanas sin rostro y otras con rostros de aves.
—El rostro viene después
—decía—, cuando uno deja de huir.
Luego conoció a una mujer
joven llamada Marina. Ella le explicó que su cuerpo reaccionaba con alergias a
ciertas presencias, a ciertos olores, a ciertos vínculos.
—El cuerpo no negocia
—dijo—. La mente sí.
Simón observaba desde la
sombra.
—El peligro no es el dolor
—intervino una vez—. Es acostumbrarse a él.
La arcilla, untada en la frente, no otorgaba visiones gloriosas. Abría escenas. Cruces. Umbrales. El pintor estaba consternado por esas frases sueltas, parece que nadie estaba acostumbrado a tener una conversación normal, todo parecía como un metalenguaje que lo desconcertaba. Se decía así mismo, como me hubiera gustado ser escritor o poeta para entender lo que hablan estas personas…
Durante el viaje, el pintor comenzó a leer el manuscrito. No de corrido. Lo leyó como se leen los textos que no buscan respuestas, sino responsabilidad. Pero el tema de la responsabilidad fue algo que empezó a experimentar con cada una de esas palabras en el papel.
Él inicio la lectura como se lee un periódico, o como cuando recién conversas con algun desconocido, sin esperar nada, salvo mentiras o exageraciones.
Pero cuando encontró en cada
página la sensación que parecía estar
escrito sobre su misma vida, empezó a verlo todo extraño e irreal, incluso su
propia permanencia en aquel pueblo.
Las respuestas que había en
ese cuestionario eran necesariamente preguntas que exigían pensarlas con
cuidado, no se trataba de responder al instante, se trataba de que uno, debía
pensar con calma en responder, era como una arqueología del Ser.
Y fue grande su sorpresa
cuando cada una de esas palabras estaban inscritas en su propio interior eran
sus propias respuestas, era como si ese manuscrito estuviera redactado sobre lo
que ha ocurrido con su vida.
En cómo le gustaba engañar a
las personas sobre su edad, siempre aparentar más edad para ver como lo
trataban, él consideraba que la edad o la percepción del tiempo dice bastante
de las personas, como uno es tratado.
Porque según su teoría como las personas tratan al tiempo sea en lo que sea incluso personas, es un ente revelador de la clase de ser humano que es. Es casi tan revelador como si invitaras a una amiga a un sitio y se pone a coquetear con cualquiera frente a uno. Con eso ya te lo dijo todo lo que es, o todo lo que le falta evolucionar, o como cuando baila y le dices; eres feliz, y ella te vuelve a desilusionar con tanta, superficialidad, otra vez con lo mucho que le urge evolucionar…
Hasta que se sintió rendido, no a él sino a la vida , a las mujeres, a las amigas, los
amigos distantes, a su esposa, a los
trabajos mal pagados, a la mala suerte,
incluso se rindió a los grandes contratos e inversiones, se rindió en ese cansancio que se le venía
encima como algo inevitable, a la mala racha, se rindió y solo quería borrarlo todo, quería leer algo
que le de una gota de esperanza, una gota de verdad o una gota de paz.
Pero lo que encontró en esas preguntas fue lo contrario a la paz, y aún así fue ciertamente alentador porque empezó a revelar muchas cosas a su nueva visión…
La historia comienza así; — ¿Qué obra —real, imaginaria o futura— sientes que podría definir tu sensibilidad artística si tuvieras que mostrarle al mundo quién eres sin usar palabras?
Respuesta: Pintar un cuadro
enorme sobre el encuentro de dos mundos…
—¿Qué emoción te impulsa más en la vida: la curiosidad, la nostalgia, la ambición, el misterio o la búsqueda de trascendencia? y¿ Por qué?
—Respuesta: La nostalgia y la búsqueda de la trascendencia, que en cierto modo la trascendencia es un tipo de ambición (no material). Porque recordar es algo inherente y siempre hayo cosas que extraño a veces las transformo o las exagero y la trascendencia porque espero evolucionar en conciencia para no volver a reencarnar en cuerpo humano.
— ¿Qué esperas profundamente de una amistad o de un amor, más allá de lo que la gente suele decir?
—Respuesta: Espero paz, comprensión y total sinceridad en que la gente hable de verdad sobre su pasado, (algo que casi nunca ocurre).
—Si mañana despertaras con la seguridad absoluta de que nadie va a juzgar tu obra, ¿qué proyecto escribirías, pintarías o filmarías primero?
— Respuesta: Un romance
eterno compuesto de varias reencarnaciones.
—¿Qué versión de ti mismo te gustaría encontrar dentro de cinco años, y qué característica de esa versión te entusiasma más?
Respuesta: Terminar un poema
inspirado en el diálogo que tuvo Krshna con Arjuna.
—Si el amor tocara nuevamente tu puerta sin avisar, ¿qué tendría que mostrarte esa persona para que tú, con tu historia y tu sensibilidad, decidas abrirla sin miedo?
Respuesta: Absoluta sinceridad, entrega al amar (que no oculten que tienen una relación) Detallista, afectiva en todos los aspectos, etc)
—Cuando imaginas un amor intenso —real o imaginado—, ¿qué gesto, mirada o complicidad te hace sentir que ese vínculo podría romper las sombras del pasado y encender algo completamente nuevo en ti?
Respuesta: Escuchar cosas importantes, sensibles o nobles que me demuestre que estoy frente a un ser humano distinto, que sea espontánea y un ser que jamás piense en el que dirán.
— Cuales son los rituales para sentirte pleno
Respuesta: Creo que grandes cosas pueden comenzar con un estado de paz y una taza de buen café, segunda opción sería un buen vino.
—No puedes elegir de quien enamorarte, pero si puedes elegir de quien no continuar enamorado, ¿estás de acuerdo con eso?
Respuesta: Si.
—Entonces, ante eso, ¿que sería lo que no tolerarías jamás de esa persona?
Respuesta: Evitar hacerte
sentir insuficiente. No aceptar desprecios, infidelidad, saber que no puedo
contar con esa persona, o recibir migajas de su tiempo.
—Antes de entrar en una relación deberías hacerte estas preguntas y hacer una lista.
1.- Que nunca más tú le permitirías en una relación de pareja a una persona Tienes que pensar en todas las relaciones ¿qué es lo que permitiste antes y ahora ya no lo harás?
Respuesta: Mentiras. • Infidelidad. • Falta de división equitativa de responsabilidades. • Conductas agresivas. • Cualquier forma de violencia (jamás tolerable). • Rechazo psíquico: desvalorización de lo que eres o haces (por ejemplo, que no le agrade verte pintar). • Rechazo físico: incompatibilidades corporales persistentes (como alergias u otras reacciones que impiden el contacto).
2.-Que tú nunca más haría en una relación de pareja De adentro para afuera, o sea algo que tu hiciste y no estuvo bien (Hacer una lista)
Respuesta: Ser distante frío con algunas, infiel, no darle tiempo a la relación.
3.- Como tú te lastimas a ti mismo cuando estas en una relación de pareja Lo que ante tus ojos sucede y no siempre se entera el otro o la otra (Hacer una lista)
Respuesta: Aceptando que no le dan lugar a uno, que ocultan la relación que tienen con uno, me lastimo mucho cuando siempre tengo muchas expectativas de esa persona porque luego sé que fallan o cambian.
Entonces las coincidencias claras que se repiten, aunque no siempre con la misma forma. Te las señalo ordenadas y explicadas: 1. Infidelidad / Deslealtad
Lista 1: No tolerarías mentiras ni infidelidad. Lista 2: Reconoces haber sido infiel. Lista 3 (implícito): Tener expectativas altas y luego sentir la caída suele estar ligada a idealizar a alguien que no es leal como esperabas.
Coincidencia: la infidelidad aparece como herida, error propio y límite, lo que indica que es un núcleo sensible no resuelto del todo.
2. Distancia emocional /
Falta de lugar
Lista 2: Ser distante, frío, no darle tiempo a la relación. Lista 3: Aceptar que no te dan lugar, que te ocultan, que no te priorizan.
Coincidencia fuerte: lo que no das o retiras, luego lo aceptas del otro. Es un espejo claro. 3. Expectativas altas / Idealización
Lista 3: Te lastimas al poner muchas expectativas y luego sentir la falla.
Lista 1 (indirecto): Exigir honestidad, igualdad y no violencia muestra un ideal de relación muy claro.
Lista 2 (indirecto): La infidelidad y la distancia suelen aparecer cuando la realidad no alcanza ese ideal.
Coincidencia: una tensión constante entre ideal y realidad, que termina en decepción.
4. Responsabilidad afectiva Lista 1: Exiges división equitativa de responsabilidades. Lista 2: Reconoces no haber cuidado la relación. Lista 3: Te lastimas aceptando vínculos desequilibrados.
Síntesis metacentral: Lo que se repite con más fuerza en las tres listas es: Deslealtad Distancia emocional Desequilibrio afectivo Idealización seguida de decepción En términos más profundos: no es solo “lo que el otro hace”, sino cómo toleras, reproduces o anticipas eso mismo dentro de la relación. Patrones repetido.
La idea de los criterios conscientes no es moralizar ni prometer “no volver a sufrir”, sino sacar el vínculo del automatismo. Pasar de repetir a elegir.
1. Criterio de coherencia, no de promesa Antes tolerabas mentiras o ambigüedades esperando que “con el tiempo cambie”. Criterio consciente: no crees en discursos, solo en conductas sostenidas. Si dice que quiere algo serio, observa si te da lugar, si te nombra, si está disponible. La incoherencia temprana ya no se negocia ni se explica.
Regla interna: lo que no
aparece en los hechos, no existe.
Es como el arte de adobar las carnes, sino tiene un buen proceso de maceración (número de horas exacto) con los debidos ingredientes, entonces el resultado no será óptimo.
2. Criterio de presencia afectiva El patrón muestra distancia: tú la dabas, tú la aceptabas. Criterio consciente: la relación debe sentirse presente, no solo intensa. Tiempo real compartido. Interés activo. Continuidad emocional.
Si notas que empiezas a enfriarte para no sentir, o a esperar migajas, paras y nombras lo que pasa, o te vas…
HOJA
DE RUTA EN EL SEGUNDO PLANO
Criterio de simetría Aquí
está el punto vedántico, si quieres verlo así: cuando el vínculo no es espejo,
es ilusión. ¿Das más de lo que recibes? ¿Esperas más de lo que la otra persona
puede o quiere dar?
Criterio consciente: no sostienes relaciones donde la balanza siempre cae del mismo lado, aunque haya química o deseo.
4. Criterio de expectativa revisada Tu herida no es amar mucho, es idealizar rápido. No proyectas futuro sin evidencia. No completas con fantasía lo que el otro no muestra.
Regla clara: la expectativa crece al ritmo de la realidad, no del deseo.
5. Criterio de autotraición Este es el más importante. Antes te lastimabas aceptando lo que ya sabías que dolía.
Criterio consciente: el dolor que se repite ya no es destino, es aviso. Si algo te incomoda y lo callas, te estás dejando. Si algo te duele y lo justificas, te estás abandonando.
La relación termina primero
adentro, no afuera. Toda muestra de abandono es carencia de amor propio, debes
trabajar en ello.
Cierre Cuando estos
criterios están claros, no te vuelves más frío: te vuelves más lúcido. Y la
lucidez —como diría un viejo texto vedántico— no evita el amor, evita la
ilusión que lo destruye.
El siguiente paso es aprender a detectar el patrón antes de que se vuelva vínculo, cuando todavía hay deseo pero no dependencia. Ahí es donde se gana o se pierde todo.
1. Las señales aparecen temprano, no tarde.
El error habitual es creer
que “aún es pronto para evaluar”. No. El patrón siempre avisa en los primeros
meses.
Observa: Respuestas intermitentes. Presencia intensa un día y desaparición al siguiente. Ambigüedad sobre el lugar que ocupas.
Si eso te genera ansiedad y lo normalizas, el patrón ya empezó.
2. Tu cuerpo detecta antes que tu mente Antes
de la decepción hay incomodidad. Tensión al escribir.
Miedo a decir lo que necesitas. Sensación de estar “esperando algo”.
Criterio: si el cuerpo se
contrae, no racionalices. El cuerpo no idealiza.
3. El test de la demanda mínima No se trata de exigir, sino de pedir algo básico y observar. Ejemplos: Pedir claridad. Pedir tiempo. Pedir coherencia. Si la otra persona: Minimiza, Se ofende, Te hace sentir exagerado,
No es amor: es evitación.
4. El punto donde antes te traicionabas. Aquí aparece el nudo. Antes: “Esto me duele, pero voy a aguantar”. Ahora: “Esto me duele, voy a decirlo una vez”. Si después de decirlo nada cambia, el criterio se activa: te retiras sin drama, sin castigo, sin explicación excesiva.
5. El duelo temprano (el más difícil y el más sano) Cortar temprano duele más al ego, pero menos al alma. No esperas pruebas definitivas. No necesitas que el otro sea “el malo”. Te basta con ver que no es simétrico. Esto es madurez afectiva: elegir paz antes que intensidad.
El patrón se rompe cuando:
Detectas la señal. Nombras el límite. Te retiras sin negociar tu dignidad. No
es frialdad. Es respeto por tu energía. Si quieres, el próximo paso puede ser
qué tipo de personas suelen activar tu patrón y por qué te atraen, para
desmontar eso desde la raíz. Esos son los filtros gruesos.
Por ejemplo: nunca más violencia en mi vida. Eso implica asumir un juramento interno, un compromiso consciente de no repetir el pasado. No es rigidez, es lealtad con tu propia vida. Cuando ese compromiso existe, ya no hay negociación posible.
Si tú has puesto como filtro “no quiero violencia” y aparece el príncipe azul o la princesa de tus sueños, pero observas que esa persona maltrata a un mesero, a un taxista o a alguien en posición vulnerable, ese vínculo se descarta de inmediato. ¿Por qué? Porque así como esa persona trata a quien tiene debajo, así tratará a quien tenga cerca.
El día que le des permiso para entrar a tu intimidad, ese mismo patrón se activará contigo. Si luego esa persona se justifica diciendo: “no fue para tanto, solo fue con el mesero”, y tú lo crees, empieza el autoengaño.
En ese punto ya no falló el otro: fallaste tú en respetar tu propio filtro. Cuando alguien no pasa un filtro grueso, puede ser muchas cosas: amiga intelectual, amigo artística, colega laboral, conocido interesante. O alguien para visitarla dos veces al año.
Pero no es seleccionable para construir una relación de pareja. Los filtros gruesos no están para castigar al otro, están para proteger tu historia.
Diagnóstico total del patrón vincular El patrón que se repite en tus relaciones de pareja no se reduce a “mala suerte” ni a errores aislados, sino a una dinámica estructural donde se cruzan idealización, autoexigencia y autoabandono.
1. Lo que ya no permites (límites externos) A partir de la revisión consciente de tus vínculos anteriores, se definen filtros gruesos innegociables:
Mentiras. Infidelidad. Falta de división equitativa de responsabilidades afectivas y prácticas. Conductas agresivas. Cualquier forma de violencia. Rechazo psíquico: desvalorización de tu mundo interior y creativo (por ejemplo, que incomode o desagrade verte pintar).
Rechazo físico persistente: incompatibilidades corporales que impidan el contacto o la intimidad (alergias u otras reacciones).
Estos filtros no son castigos hacia el otro, sino actos de lealtad contigo mismo. Cuando uno de ellos se rompe, el vínculo se descarta de inmediato como proyecto de pareja, aunque pueda existir atracción, admiración o afinidad intelectual.
2. Lo que reconoces que no volverás a hacer (límites internos) El diagnóstico también incluye una revisión honesta de tu propia conducta: Ser distante o emocionalmente frío. Ser infiel. No darle tiempo ni presencia real a la relación. Aquí aparece un punto central: lo que antes retirabas del vínculo, luego lo tolerabas cuando venía del otro. Ese doble movimiento reforzó relaciones desequilibradas.
3. La forma en que te lastimas dentro de la relación (autoabandono) El daño más profundo no siempre vino del otro, sino de lo que aceptabas: Permanecer donde no te daban lugar. Aceptar ser ocultado o no reconocido.
Construir expectativas altas sobre personas que no mostraban coherencia. A esto se suma ahora un elemento decisivo: quedarte en vínculos donde tu identidad debía reducirse para no incomodar.
Cuando tu expresión creativa, corporal o simbólica no es bienvenida, lo que se rechaza no es un rasgo aislado, sino tu forma de estar en el mundo.
4. El núcleo del patrón El patrón central puede formularse así: Intentar construir intimidad con personas que no podían —o no querían— habitar tu mundo emocional, creativo y vital. Eso generó idealización inicial, desequilibrio progresivo y decepción final.
5. Criterio de salida del patrón El diagnóstico total concluye en una nueva brújula vincular: No buscas intensidad sin presencia. No negocias tu identidad para ser amado. No confundes atracción con compatibilidad existencial. Quien no pasa los filtros gruesos tiene que ser descartado como lo detallé anteriormente.
Este no es un cierre defensivo, sino un acto de lucidez afectiva: elegir relaciones donde no tengas que desaparecer para permanecer.
El pintor volvió a casa sin la arcilla, y sin el manuscrito. Colgó los cuadros otra vez. Algunos quedaron vacíos. Otros respiraron por primera vez.
Comprendió que amar no era adaptarse hasta desaparecer, ni viajar al pasado para explicarlo todo.
Amar era no esconder la
mirada para permanecer.
Y la casa, por fin, sostuvo
las imágenes.
Y a pesar que las preguntas
de ese manuscrito coincidían tanto con su vida que no quiso poseerlo, era como
si un temor indecible le negara la posibilidad para enfrentar su propio
destino. Era como si un amigo te envíe pronósticos sobre tu futuro tan real que
solo tu sabes que son ciertos y sin que tengas las fuerzas suficientes para
enfrentarlo, o modificarlo, prefieres no mirar esa realidad, por que lo real , como la verdad,
siempre es chocante, y nadie en el fondo quiere saber la verdad.
Pero en el medio de la
negación y esa huida donde en cierta forma puede reflejar cierta inteligencia
emocional, era prácticamente todo lo contrario, cero enfrentamiento. Y a pesar
de esa debilidad, en sus interiores de negación empezaron en aflorar otra clase
de preguntas, quizás a nivel psiquiátrico:
Cuando estás a solas y no hay estímulos externos, ¿qué estado te habita con mayor frecuencia: quietud, vacío, tristeza o agitación?
―¿Hay actividades que antes te sostenían y hoy realizas solo por inercia o ya no realizas en absoluto?
—¿Tus ideas fluyen con continuidad o se fragmentan en bucles que regresan, aun cuando intentas apartarlos?
—¿Has vivido momentos en los que el mundo parece perder consistencia, como si estuvieras observándolo desde fuera o desde muy lejos?
—¿Tiendes a permanecer en situaciones que te deterioran por miedo al vacío que podría dejar su ausencia?
El bibliotecario apareció como un fantasma dentro de su casa vacía del pintor, no explica nada después.
Solo observa el silencio que
queda tras cada respuesta.
Ahí —no en las palabras—
empieza el verdadero diagnóstico.
—Si mañana despertaras sin
el dolor que hoy te define,
¿seguirías reconociéndote
como tú
o sentirías que algo
esencial te fue arrebatado?
El bibliotecario no levanta
la mirada al hacerla.
Sabe que no es una pregunta
para ser respondida en voz alta.
Es una grieta:
si el sujeto duda, el viaje
comienza;
si responde rápido, todavía
no está listo.
Esa pregunta no busca verdad
clínica, busca desmontar la identidad construida alrededor del sufrimiento más
allá del ego.
El pintor no levantó la vista.
Pasó la página como quien no busca confirmación. ‹‹Era como sentir la fragancia
de las verduras sobre la cacerola al
fuego››. Acompaña las carnes de canela
china, salsa de ostión y abundante azúcar para acaramelar las carnes. Solo
oliendo te dabas cuenta en qué grado está de cocción, incluso de sabor.
—Cuando alguien sale
perjudicado por una decisión tuya —dijo—, ¿qué queda en ti después: algo que
pesa… o nada que permanezca?
Dejó un silencio
incómodo, breve. No dijo nada.
—¿Te has sorprendido
alguna vez diciendo una mentira sin necesidad, no para protegerte ni para
ganar, sino porque era posible?
Acomodó un libro
torcido, con cuidado excesivo. No dijo nada.
—Cuando alguien
deposita en ti una confianza profunda, ¿qué ves ahí: un lazo… o una ventaja?
No lo miró al hacer la siguiente. No dijo
nada.
—¿Has hecho daño
alguna vez sintiendo que estaba justificado, o peor aún, que no merecía ser
pensado?
Por último, cerró
el cuaderno. No dijo nada.
—Si no existieran
normas, ni testigos, ni consecuencias visibles, ¿crees que seguirías siendo el
mismo?
El bibliotecario
no añadió nada.
Sabía que esas preguntas no revelan a quien responde,
sino a quien no siente la necesidad de responderlas.
Las respuestas estaban en los gestos, porque las palabras muchas veces
enmascaran la verdad en el mundo real…
Es como alguien que se
esmera en regalarte una noche hermosa y, al amanecer, te dice adiós sin peso ni
memoria ni remordimiento; un uso silencioso del otro, un despotismo, y una
escalofriante frialdad a nivel psicopática (falta de empatía, manipulación, frialdad
emocional) , donde todo acto de afecto o bondad pasa desapercibido y no deja huella, ni
gratitud, más que un simple adiós.
Y esa indiferencia enormemente psicopática pasa desapercibida para que esa persona viva así siempre mientras que el otro, simplemente se distancie en caso que tenga amor propio.
Pero luego de la primera alucinación que el pintor tuvo sobre la revelación del bibliotecario en su departamento. Estaba descubriendo poco a poco que si encontraba distinto al departamento era debido a que él no había regresado a su departamento, simplemente se había quedado en ese pueblo agreste de las montañas deambulando tratando de colgar sus cuadros sobre los árboles o las montañas que él estaba imaginando.



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