Mi profundo agradecimiento a Enrique Huamán Alvarado, gestor cultural y artista plástico, por la generosa invitación a ser parte de esta hermosa muestra y por su excelente organización, que dejó un grato recuerdo en todos. Gracias también a mis amigos y familiares que estuvieron presentes, y a quienes no fueron, igual.
Orígenes
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- Artículo de Pilar Alvarez sobre Zygmunt Bauman
- Upanishad
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domingo, 4 de octubre de 2026
participando en una muestra de arte sacro
jueves, 24 de septiembre de 2026
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Es normal que la frecuencia de uno baje, o que mires todo en negativo o vacío, como dicen, con cierto esplín. Encontrarse sumido en el esplín, sin ganas de hacer nada, (esplinático ), porque quizás nada tiene sentido (a ojos de lo mundano…). leer literatura sagrada o, simplemente, ver documentales o estudios sobre la vida de aquellos que rebosan belleza interior, a veces puede dar mejoras a uno. Aquí les presento un claro ejemplo de una musa llena de belleza interior, espiritual...(la única belleza que no envejece ).
Es entonces cuando se deja ver lo básico que eres, lo elemental, cuando uno navega en las aguas de la ignorancia, de lo superficial. Contemplar esas vidas te pone al descubierto y revela las muchas cosas de las que uno carece, o las que uno anhela...
#otrosestadosdeconciencia
#eltroamor
miércoles, 23 de septiembre de 2026
Artículo / Enrico Díaz Bernuy
Artículo
Enrico Díaz Bernuy —
septiembre de 2026
En psicología básica, desde el primer año entiendes
algo muy esencial: los hijos son, en buena medida, un claro ejemplo de sus
padres, y si hay ausentismo, peor aún. La disfuncionalidad de la familia toma
un papel determinante en la mayoría de los casos, salvo muy pocas excepciones.
Ahora, sumemos a ello la falta de autoridad en un
colegio, sin importar que se trate de una institución particular, nacional o
incluso militar. Esto puede convertirse en un detonante para que ocurra
cualquier tipo de abuso entre los alumnos.
Pero ¿qué ocurre cuando un colegio está a cargo de
una fuerza armada, como la Marina de Guerra del Perú? Una institución encargada
de dirigir un colegio donde la disciplina, el respeto y el orden deberían
primar. Muchos dan por entendido que, precisamente por encontrarse bajo la
conducción de una institución militar, ciertas cosas no podrían ocurrir. Pero
es precisamente lo contrario.
Salvo las personas que hemos pasado por un colegio
militar. Dicho esto, es donde quiero dejar mi descargo, mejor dicho, mi
experiencia.
Muchas veces puede haber supervisión y autoridad,
como es la que ocurre en una institución militar, donde ese es el pilar
fundamental; pero las cosas no pueden ser así las veinticuatro horas. Siempre
hay momentos en los que los alumnos “hacen de las suyas”, y es ahí donde el
papel familiar se hace presente.
El problema es que el 90 % de los alumnos de un
internado militar está allí debido a un método de castigo; o sea, en resumidas
cuentas, estás ahí porque algo hiciste mal, te portaste mal o tienes problemas
de conducta, como fue en mi caso. (Mi apreciación personal).
Yo anteriormente había sacado las peores calificaciones y había tenido varias peleas en el colegio en el que me encontraba. En esa época, todo se solucionaba a las manos, como me hicieron bullyng, tenía que solucionarlo así. no había otra opción. La incapacidad de expresar mis sentimientos frente a mis padres y la incomodidad que me generaba, tejían así, emociones que jamás había vivido en casa o en mi barrio, indecibles para un niño.
Llegar a casa con el
ojo morado porque le había pegado a alguien o porque alguien me había pegado
casi se estaba normalizando. Sumado a las malas calificaciones, era suficiente
para que, de una vez, se les agotara la paciencia a mis padres y, motivados por
mi hermana mayor, decidieran mandarme al internado militar.
Ahí fui más calmado, porque mis compañeros parecían
peleadores de la UFC. Así que, de lejos nomás. En un par de ocasiones cometí el
error de atentar contra la integridad de un compañero. Era de nuestra aula y,
de alguna manera, se había ganado la rivalidad de alguno de nosotros, los del
grupo.
Hablo del alumno que tenía las mejores
calificaciones y había obtenido el liderazgo del aula. Eran doce secciones o
aulas y en cada aula vivíamos juntos, y de lo que hablo se refiere únicamente a
mi aula. En cada aula tenían a su líder y todos eran elegidos por las mejores
calificaciones.
En mi aula, algunos lo conocían con un apelativo
que por tema del caso “lo mantengo en reserva”, y las bromas que en un par de
veces le hice consistían en que, cuando estaba durmiendo, le ponía desodorante
en el cubrecama —debido a que era inflamable— y le prendía fuego. Era un fuego
que duraba unos segundos. Después de encenderlo, dejaba el fuego al pie de él,
es decir, sobre su cubrecama. Obviamente, lo despertábamos y, gritando, él
respondía lleno de horror. En mi visión llena de inmadurez y sin contemplar el
riesgo.
No sabes cómo me arrepentí. Ese muchacho era una
eminencia, demasiado estudioso y con grandes habilidades para memorizar.
En mi poca experiencia de vida y siendo absolutamente
primitivos, como son muchos jóvenes, lo único que nos inspiraba era “envidia o
rivalidad” debido a su habilidad para sacar las mejores calificaciones. Sacaba
solo 19 o 20 en todas las asignaturas.
Parecía un androide, un prodigio, pero con pocas habilidades
sociales. No parecía de nuestra edad; hablamos de jóvenes de catorce o quince
años de edad.
Lamentablemente, nunca pude disculparme con él. Le
perdí el rastro. Nunca recordé su segundo apellido, ni siquiera su nombre; solo
nos conocíamos por el primer apellido, salvo que alguien se volviera amigo de
alguien, pero ese no fue mi caso.
Pasaron muchos años y me encontré con unos
compañeros de aquellas épocas por las redes sociales.
Y, por supuesto, pregunté por él, diciendo que lo
recordaba y que quería saber qué había sido de su vida. Lo único que recordaba
de él era que quería ser marino, que quería ser de la Marina de Guerra. Ellos
me respondieron:
—No pudo ingresar. Postuló tres veces.
—¡Qué raro! —respondí—. Ese pata era un cráneo
—sostuve, absolutamente convencido.
—Lo que pasa es que el racismo es un tema imperante
en ese lugar; sí, es que ahí son los más racistas que hay —me respondió un
interlocutor.
—Pobre colegita —dijeron entre risas los demás del chat.
Yo no me reí.
Pues, si él leyera estas palabras, lo cual es casi
imposible, quiero decirle que todos tenemos derecho a cambiar de opinión y que,
a veces, hay personas que nos hacen ver lo que uno no pudo hacer en esos
momentos. Soy consciente de que es casi imposible que él lea estas palabras,
pero, como dicen, uno nunca sabe…
Lamento aquellas bromas. Quizás él ya ni se
acuerde, pero, en fin, lo siento mucho. Y cuento esta experiencia con cierta
vergüenza, todo con el ánimo de relatar esa realidad que se vive y que, si no
hacemos autocrítica, no hay nada.
Yo no conozco a alguien que no haya sido testigo o
haya experimentado, de alguna manera, el abuso escolar, hoy llamado bullying,
término anglosajón que probablemente se ha impuesto con el avance tecnológico
(gracias globalización).
Antes tenía otros nombres: “lo agarraron de punto”, “es el lorna”, “es el gil”. Y al agresor o a los agresores se les llamaba “los vivos”, “los pendejos”, “el criollo”, siempre con sus camaradas, chalequeados, en banda.
Generalmente, el agresor suele poseer alguna
ventaja que le permite imponerse sobre los demás: puede ser físicamente grande,
alto o fornido, hábil para las confrontaciones o poseer suficientes habilidades
de lenguaje para formar un pequeño grupo, una pandilla, un grupúsculo o unos
seguidores o, como se diría hoy, un team.
Quizá porque solo no puede hacerlo. Quizá porque,
detrás de esa aparente superioridad, exista también una forma de cobardía.
De lo cual considero que no hablar de aquello
—hostigamiento social o bullying—, en guardar silencio, es de alguna
manera volverlo permisible. No necesariamente porque uno lo normalice, sino
porque el silencio puede contribuir a que el fenómeno permanezca oculto.
Y de eso se trata, precisamente, la tragedia:
cuando al mal se lo minimiza, se lo vuelve tolerable. Es como si uno se
encontrara frente al mismo demonio y este le dijera:
“Lo que ocurre es que no soy tan malo; simplemente
tengo millones de años de mala reputación”.
Y uno terminara creyéndole.
O un sujeto que, con sonrisa en los labios,
sostenga “es solo un juego de niños”, escupiendo a un camarógrafo, dejando en
claro su inmunidad socioeconómica, en donde eso ya no es la doble moral, sino
que estamos frente a una enfermedad social; mejor dicho, frente a una sociedad
profundamente enferma.
Es allí donde la neurología comienza a adquirir un
papel importante. Porque detrás de estas experiencias no existe únicamente una
dimensión moral o social: también existe un cerebro que se encuentra en pleno
desarrollo constante. según la neuroplasticidad, particularmente durante la
infancia y la adolescencia. El miedo persistente, el estrés, la humillación, la
exclusión y la violencia pueden afectar procesos relacionados con la regulación
emocional, la atención, la memoria y el aprendizaje y, en el peor de los casos,
pueden contribuir a situaciones de riesgo, incluido el suicidio.
Ese fracaso de uno mismo es como un caldo de
cultivo para que se dé el desenlace en el momento o en el futuro; es decir,
siendo ya adulto, pueden aparecer ciertas tendencias a mantener relaciones
tóxicas, y en el peor de los casos, comportamientos relacionados con el
suicidio.
Así que ese es un tema bastante complejo, y mucho
menos “no es un juego de niños”, como algunos lo han querido minimizar. Hablar
así es revelar, una vez más, que la estupidez del individuo es infinita, casi
como su ignorancia, o simplemente una muestra infinita de maldad pura.
La degradación del entorno termina, de esta manera,
convirtiéndose también en una cuestión de desarrollo humano.
Cuando una institución no consigue proteger
adecuadamente a quien está formando, el problema deja de ser solamente
disciplinario: comienza a comprometer la arquitectura psicológica y a afectar
potencialmente el desarrollo neurológico de quienes viven esa experiencia.
Por eso, hablar del abuso escolar no debería
reducirse a decir que “son cosas de niños” o “juegos”.
Detrás de esa frase aparentemente inocente, que no
es inocente, se apela a solapar o minimizar la situación y así puede esconderse
una de las formas más peligrosas del asunto: buscar normalizarlo o, mejor
dicho, otorgarle impunidad al agresor; aquella que convierte el sufrimiento de
alguien en una anécdota y al agresor en alguien simplemente conocido como el
“vivo”, “el criollo”, etc.
Entonces, si conoces a alguien que haya sido
víctima de estas situaciones, lo primero que tienes que hacer es aceptar una
realidad: el control y la supervisión
de las autoridades del centro educativo han fracasado, al menos en ese
caso concreto, y continuar presentando quejas sin obtener una solución efectiva
no necesariamente va a resolver el problema.
Frente a esa realidad, existen varias alternativas
que los padres deberíamos considerar:
1. Sacar al menor de la
situación de riesgo, (en el acto).
Si el centro educativo no consigue garantizar su
seguridad, debe evaluarse un traslado inmediato a otro colegio, un cambio de
horario escolar o, cuando sea posible, recurrir temporalmente a la educación
remota hasta que termine el año académico, para posteriormente trasladarlo a
otra institución.
La prioridad debe ser retirar al niño o adolescente de un entorno que pueda continuar afectándolo física o psicológicamente. No se trata de enseñarle a soportar el abuso —cero tolerancia—, sino de protegerlo mientras se encuentra una solución adecuada.
2. Enseñarle a no
permanecer aislado ni incomunicado, especialmente en la comunicación con sus
padres.
Por otro lado, los padres requerimos siempre
asesoría profesional.
Es importante enseñar al niño o adolescente que,
ante situaciones de hostigamiento, no debe buscar deliberadamente el
aislamiento. Debe procurar mantenerse acompañado, desarrollar vínculos
saludables y formar parte de un grupo de compañeros en el que exista respeto y
solidaridad. (Andar siempre chalequeado). Repito: se le debe educar al niño
para que en esos ambientes haga grupo. Preocúpate si tu hijo o hija no
interactúa en un grupo, porque podrá ser presa de esos acosadores sociales.
Entre ellos puede establecerse una especie de pacto tácito de protección mutua: no
abandonar al compañero que se encuentra en dificultades, no participar en
burlas, no encubrir agresiones y pedir ayuda cuando sea necesario.
Esto no significa formar una pandilla para
enfrentarse violentamente a otros, sino desarrollar una red de apoyo que
disminuya la vulnerabilidad que puede producir el aislamiento.
3. Trabajar desde casa la
autoestima y la seguridad personal.
La formación emocional no debería comenzar cuando
aparece el problema. Debe construirse desde la infancia.
Los padres deberían trabajar progresivamente
aspectos como la autoestima, la autonomía, la capacidad para establecer
límites, la comunicación y la confianza para pedir ayuda. Si existen señales de
inseguridad, aislamiento, ansiedad o cambios importantes en el comportamiento,
es recomendable recurrir a un psicólogo infantil o adolescente.
A partir de los diez años puede ser especialmente
útil realizar una evaluación psicológica preventiva, (en forma periódica anual),
no porque el niño necesariamente tenga un problema, sino para conocer cómo está
desarrollándose emocionalmente y detectar oportunamente posibles dificultades
antes de que llegue a una adolescencia que puede resultar más compleja. Prepararlo
para la adolescencia a él y como sus padres deberán conducirlo.
4. Iniciar una disciplina
marcial.
A partir de los ocho años, iniciar una carrera
profesional en una disciplina marcial, porque iniciarse en un deporte es una
carrera profesional. Sé que para algunos es difícil entender que un deporte
puede ser una carrera profesional y, más aún, que alguien pueda iniciar esa
carrera desde los ocho años de edad.
Con eso también se logra enseñarle disciplina, autocontrol, coordinación,
desfogue de energía corporal, enfoque, respeto, perseverancia y seguridad
corporal. Las artes marciales pueden ofrecer una estructura
particularmente útil para niños que necesitan aprender a controlar su
impulsividad; del mismo modo, un niño excesivamente retraído puede encontrar en
ellas una actividad que favorezca su confianza y participación.
Pero, siendo honesto, con las bases de una
disciplina marcial, a la primera muestra de bullying, el niño debe
derribar a su agresor. (En caso de que el verbo no funcione, y para esos casos
casi nunca funciona).
Sé que a algunos no les gusta esa idea, pero la
realidad es esa y el mundo funciona así.
Así comienzan las cosas, aunque a algunos no les
agrade. Pero la realidad es que tienes que derribar al agresor; otra vez lo
diré: “cero tolerancia”.
Si bien es cierto que la disciplina marcial no es
exactamente para enseñarle a pelear, sí le servirá en el momento adecuado para
dejar en el suelo al que intentó agredirlo verbal o físicamente.
En otras palabras, una buena disciplina marcial no
debería convertir al niño en alguien agresivo, sino ayudarlo a comprender que la verdadera fuerza comienza por el dominio
de uno mismo. En resumidas cuentas, si el niño anda en el bajón, “lo
levanta”; si es muy alzado, “lo baja”; en resumen, la disciplina marcial “lo
estabiliza”.
Lo cierto es que así aprenderá a defenderse, pero,
en lo referente al agresor, al igual que los delincuentes, coinciden en cierta
particularidad: la cobardía.
Muy pocos agresores querrán hostigar a alguien que
responde.
No se trata de que ganes todas las peleas;
simplemente se trata de que el mundo se dé cuenta de que eres una persona, un
niño o una niña, que sabe enfrentar sus dificultades o alejarse para siempre.
De lo contrario, desarrollarás cierta tolerancia hacia diversas situaciones de
toxicidad…
La combinación de una familia atenta, una educación
emocional adecuada, vínculos sociales saludables, actividad física y una
institución educativa responsable puede constituir una protección mucho más
sólida que simplemente decirle a un niño que “aprenda a defenderse”. Y como no
vas a tener todos los factores a tu favor en la mayoría de los casos, lo
fundamental es aprender a defenderse.
Porque el objetivo no debería ser criar niños
preparados para sobrevivir al abuso, sino niños suficientemente seguros para reconocerlo, pero, sobre todo,
responder de inmediato, rechazarlo y pedir ayuda en caso de que no puedan darle
una solución.
Para finalizar, solo decir que lo ocurrido en el caso del colegio Liceo Naval resulta inefable; no hay palabras suficientes para condenarlo. Probablemente sea el inicio de su desprestigio, no lo sé, pero lo que sí queda claro es que ni en la peor de las pesadillas, entre los muchachos de mi época, se nos hubiera ocurrido actuar de esa manera. Pero la tragedia no queda ahí, porque ahora esa aberrante idea ya forma parte del consciente colectivo; es decir, cualquier otro potencial agresor podrá tomarla en cuenta.
Esto no es un juego y el agresor, como el agredido, a mi modo de ver, requieren asistencia psiquiátrica, psicológica y neurológica.
Enrico Díaz Bernuy
#AcosoEscolar
#Bullying
#AcosoSocial
#ViolenciaEscolar
#PrevencionDelBullying
#deniñobuscaunmaestrodeartesmarciales
#demayorbuscaunabogado
#Dialogofluidoconhijos
viernes, 18 de septiembre de 2026
lunes, 14 de septiembre de 2026
Para evolucionar la conciencia humana En conciencia cósmica.......
Curiosamente, he sido más amigo de mis ex o he sabido conservar buenas relaciones con ellas que con algunos amigos o colegas. Con ciertas amistades me he desvinculado, no por falta de afecto, sino por aprender a reconocer la toxicidad o su marcado espíritu competitivo..., he preferido mantener distancia a contacto cero o a vías telefónicas únicamente. La lealtad no significa soportarlo todo. Podemos acompañar, comprender y tender la mano, pero hay algo que debemos aceptar: nadie puede cambiar a nadie. pero sin duda en el siguiente artículo por yogananda nos lleva la delantera a muchos, y no me excluyo..
miércoles, 9 de septiembre de 2026
artículo de Enrico Díaz Bernuy ////// LO QUE OCULTAMOS Gūḍha Svarūpam — Lo oculto del ser
LO QUE OCULTAMOS
Gūḍha Svarūpam — Lo oculto
del ser
“Hay una conversación de 1975 donde le preguntan
directamente
a Srila Prabhupada:
“¿Puede una persona ser en parte demonio y en parte
devoto?”
Prabhupada hace una distinción muy fina. Dice que
si es realmente
devoto no debe identificárselo como demonio, pero
puede conservar
cualidades demoníacas, y añade que, si continúa
sinceramente
en el
proceso devocional, esas cualidades irán desapareciendo.
Para
explicarlo usa la imagen de un ventilador:
desconectas la corriente pero las aspas continúan
girando durante un tiempo.
No preguntemos solamente qué es alguien ahora,
observemos
hacia dónde está dirigiendo su conciencia.”…
Cuando hablamos de demonios, casi siempre imaginamos seres
malignos, enemigos de Dios y del hombre. Pero ¿es realmente esa la única manera
de comprenderlos? ¿Y si detrás de esa palabra existieran conceptos mucho más
antiguos y complejos? Al estudiar distintas tradiciones, descubrimos que
aquello que llamamos «demonio» no siempre representa el mal absoluto. A veces
puede señalar una naturaleza, una conducta, una fuerza o incluso un estado de
conciencia. Tal vez, antes de buscar al demonio fuera de nosotros, deberíamos
preguntarnos si algunas de sus formas también pueden habitar en nuestro
interior.
Cito:
"La lucidez es un don, y es un castigo. Está todo en la palabra. “Lúcido” viene de Lucifer: el arcángel rebelde, el demonio. Pero también se llama Lucifer al lucero del alba, la primera estrella, la más brillante, la última en apagarse.
Lúcido viene de Lucifer, y Lucifer viene de luz, y de Fergus, que quiere
decir “el que tiene luz”, “el que genera luz”, “el que trae la luz que permite
la visión interior”: el bien y el mal, todo junto, el placer y el dolor.
La lucidez es dolor, y el único placer que uno puede conocer. Lo único
que se parecerá remotamente a la alegría será el placer de ser consciente de la
propia lucidez.
El silencio de la comprensión. El silencio del mero estar.
En esto se van los años. En esto se fue la bella alegría animal..."
— Alejandra Pizarnik
La reflexión de Pizarnik sobre la lucidez resulta poéticamente poderosa y vendible, (sobre todo, vendible) pero, etimológicamente presenta una visión limitada. Vincular directamente «lúcido» con «Lucifer» y, posteriormente, con «demonio», supone reducir la historia de las palabras a una interpretación simbólica propia de la tradición occidental cristiana. «Lúcido» proviene del latín lucidus, relacionado con lux, «luz», y no de Lucifer. Además, identificar a Lucifer exclusivamente con el demonio reproduce una lectura cultural particular, ignorando la complejidad histórica y teológica del término. La poesía puede establecer estas asociaciones, pero convertirlas en genealogía lingüística confunde metáfora, etimología y tradición cultural. Y la confusión siempre da el mismo efecto, vacuidad i limitaciones de la existencia, de pensamiento.
Sin embargo, en caminos más profundos, o mejor dicho, mucho más antiguos el término: “demonio” respecto a la tradición védica conocido como ashuras , daitya, danava y rakshasa simplemente como “demonio”, se puede cometer un error de concepto. rindieron servicio al Supremo, porque más o menos se trata de eso, la bipolaridad que a muchos no les gusta, pero que si poseen ciertas habilidades para el disfrute…
Demonio(a), es una palabra que llega hasta nosotros cargada de una pesada herencia conceptual occidental: la imagen de una entidad esencialmente malvada, perteneciente a las fuerzas de Satanás y enfrentada, por naturaleza, a todo aquello que consideramos divino. Quizá sea precisamente esta concepción la que dificulta comprender afirmaciones provenientes de la tradición india, como aquella según la cual el dios del Sol o planeta sol mencionado en la pag, 212 texto 4 del capítulo 4, (bhagavad gita) pudo transmitir el conocimiento de la astronomía a un asura como Maya.
En el texto 3 del capítulo 4 del baghagad gita sostiene que solo existen devotos o demonios
Pero aquí comienza la diferencia fundamental. La palabra «demonio» no siempre puede utilizarse como una traducción exacta de las categorías que aparecen en los textos puránicos. En los Purāṇas encontramos una clasificación mucho más compleja.
Un Daitya es, fundamentalmente, un descendiente de Diti.
Un Dānava, como Maya, es descendiente de Danu.
Un Rakshasa pertenece a otra categoría de seres, caracterizados por determinadas facultades, comportamientos y tendencias.
Y Asura, dependiendo del texto, del período y del contexto, puede funcionar como una categoría genealógica, cosmológica o moral.
Por ello, traducir todas estas palabras simplemente como «demonio» puede ser cómodo, pero también puede resultar intelectualmente empobrecedor. Es como intentar encerrar en una sola palabra una constelación entera.
Bhagavad Gītā, especialmente en su capítulo XVI, introduce además otra dimensión. Krishna no se limita a hablar de especies sobrenaturales: describe dos grandes disposiciones de la conciencia humana. Por un lado, la naturaleza divina, daivī, asociada con la verdad, la compasión, el autocontrol, la humildad y el conocimiento. Por otro, la naturaleza demoníaca, āsurī, caracterizada por el orgullo, el egoísmo, la ira, la violencia, el engaño, la codicia y la ausencia de discernimiento.
Desde esta perspectiva, el «demonio» del Gītā no es necesariamente un monstruo que habita en algún territorio remoto del cosmos. Puede ser también una forma de conciencia dominada por el ego, el deseo y la ignorancia, (sobre todo ignorancia). Es aquello que termina esclavizando al individuo y alejándolo de su verdadero propósito.
Quizá aquí encontremos una de las ideas más profundas del texto: el verdadero demonio no siempre está frente a nosotros; a veces se encuentra dentro de nosotros. Es aquello que nos aparta de la verdad, que oscurece el conocimiento del Ātman y que nos hace olvidar quiénes somos. En este punto resulta interesante la interpretación que el teólogo y filósofo Mario Saban propone desde determinados estudios lingüísticos del hebreo, no como etimología hebrea demostrada, sino como su cosecha personal (su visión personal). Saban relaciona el término «Satan» con «sataque» y vincula esta expresión con la idea de desviación, de aquello que se aparta del camino o que desvía al ser humano de su rumbo. Tomada como interpretación simbólica, la imagen resulta sugerente: Satan sería aquello que se interpone en el camino, aquello que introduce una fuerza de oposición y termina apartando al individuo de su propósito.
Y, en ese sentido simbólico, la idea guarda una sorprendente resonancia con la enseñanza del Gītā: aquello que domina al ser humano mediante el ego, el deseo, la ira, y sobre todo la ignorancia o la codicia puede convertirse precisamente en aquello que lo aleja de su dharma y lo encadena a una existencia gobernada por sus propias pasiones.
Por supuesto, existen seres descritos como āsuricos, violentos y hostiles al dharma. Pero su nacimiento o procedencia no constituye necesariamente una condena espiritual eterna. Y aquí aparece, a mi juicio, uno de los principios más profundos de la espiritualidad devocional: la forma exterior no determina, en última instancia, la relación del alma —jīva— con Śrī Krishna.
Un deva puede ser orgulloso y olvidar a Vishnu.
Un brāhmaṇa puede carecer de bhakti.
Un asura puede ser un mahā-bhāgavata, un gran devoto.
Un rakshasa puede morir cumpliendo una misión vinculada al propósito de Krishna.
Un Dānava puede poner sus extraordinarias capacidades al servicio de una obra destinada a los devotos.
Y un enemigo monstruoso de Bhagavān puede, en circunstancias excepcionales como las de Jaya y Vijaya, ocultar detrás de esa apariencia terrible la identidad de uno de los servidores eternos del Señor.
La tradición está llena de paradojas de esta naturaleza. Y quizá precisamente por eso resulta tan peligrosa la costumbre humana de dividir el mundo entre «los buenos» y «los demonios».
Ghatotkacha: el rakshasa al servicio de una causa divina
Ghatotkacha es presentado como un rakshasa, hijo de Bhīma y Hiḍimbā. Sin embargo, su conducta hacia los Pāṇḍavas está marcada por la lealtad y el servicio. Durante el exilio aparece cuando se le necesita, protege a los Pāṇḍavas y utiliza sus extraordinarios poderes en beneficio de ellos.
Pero en Kurukṣetra ocurre algo todavía más significativo. Krishna sabe que Ghatotkacha puede desempeñar una función decisiva frente a Karṇa. Su participación no es un episodio marginal: forma parte de una cadena de acontecimientos cuyo desenlace será fundamental para la supervivencia de Arjuna.
Karṇa poseía un arma extraordinaria, concedida por Indra, que había reservado para utilizarla contra Arjuna. Sin embargo, Ghatotkacha obliga a Karṇa a emplearla contra él.
Ghatotkacha muere, pero su muerte no es inútil. Su sacrificio consigue que aquella arma desaparezca del campo de batalla y que Arjuna quede liberado de uno de los mayores peligros que pesaban sobre él.
El rakshasa muere, pero su muerte se convierte en servicio. Y aquí la paradoja vuelve a aparecer: aquello que exteriormente pertenece al mundo de los seres demoníacos puede convertirse, interiormente, en instrumento de un propósito superior.
Maya Dānava: el «demonio» que pone su talento al servicio deKrishna
Y llegamos a Maya Dānava, aquel mismo personaje cuya relación con la astronomía puede resultar desconcertante desde una perspectiva occidental. Después de ser salvado por Arjuna durante el episodio del bosque de Khaṇḍava, Maya desea recompensarlo. Arjuna, sin embargo, no pide una recompensa para sí. Le indica que, si realmente desea corresponder, haga algo para Krishna. Entonces aparece una escena extraordinaria: Maya pone sus capacidades al servicio de una obra destinada a Yudhiṣṭhira y construye la célebre Māyā-sabhā, un salón de asambleas extraordinario, cuya arquitectura combina elementos humanos, divinos y propios de su condición de Dānava.
Aquí encontramos una enseñanza que me parece particularmente poderosa.
Krishna no necesita decirle a Maya: «Primero deja de ser quien eres y después podrás servirme». Su talento no es destruido para que pueda servir. Su conocimiento no es despreciado por su procedencia. Por el contrario: aquello en lo que Maya es excepcional —su arquitectura, ingeniería o arquitectura casualmente en ese conocimiento mundano, es en cierta forma, su capacidad creadora, y puede así, incorporarse al servicio de una causa superior.
Por eso Maya representa, en este sentido, un magnífico ejemplo de servicio funcional y práctico: la transformación no consiste necesariamente en destruir nuestras capacidades, sino en descubrir hacia dónde deben ser dirigidas.
Vṛtrāsura: el devoto oculto detrás del asura. Y entonces encontramos un caso todavía más desconcertante: Vṛtrāsura. Exteriormente es un enorme asura, un enemigo de Indra, un poderoso adversario de los devas. Pero interiormente aparece como un devoto profundamente entregado al Señor.
En el Bhāgavata Purāṇa 6.11.24 expresa su deseo de volver a ser servidor de los servidores eternos del Señor. Su oración no está dirigida hacia los placeres celestiales, los poderes sobrenaturales ni siquiera hacia la liberación entendida como una existencia separada del servicio. Desea que su mente piense en el Señor, que su voz glorifique al Señor y que su cuerpo permanezca ocupado en Su servicio. Aquí se rompe completamente una equivalencia demasiado sencilla:
asura = materialista = demonio = espiritualmente perdido.
Vṛtrāsura demuestra que no necesariamente es así. Puede existir una identidad exterior y otra interior. Puede existir una genealogía y, al mismo tiempo, una conciencia que trascienda esa genealogía. Alguien puede ser, por nacimiento, un señor de los asuras y, por conciencia, un gran devoto.
Esto también resulta especialmente interesante cuando hablamos de Jyotiṣa. El hecho de que una persona posea planetas, Luna, Sol o Lagna situados en nakṣatras considerados deva no la convierte automáticamente en devota. Del mismo modo, una carta con abundancia de nakṣatras considerados rakshasa no convierte automáticamente a una persona en un demonio.
La astrología puede describir tendencias, disposiciones y determinadas configuraciones simbólicas; pero la identidad espiritual de una persona no puede reducirse mecánicamente a una etiqueta. Cada ser humano constituye un caso singular.
Y quizá, en la medida en que profundizamos en el autoconocimiento, descubrimos que comprender al otro exige primero haber comenzado a comprendernos a nosotros mismos.
Maya y el conocimiento del Sol. En el Sūrya Siddhānta encontramos otro episodio extraordinario.
El texto no intenta ocultar ni suavizar la condición de Maya. Al contrario, lo presenta como Mayāsuro mahān, el gran asura Maya. Pero observemos qué hace ese asura.
Desea jñāna, conocimiento.
Realiza tapas, austeridad.
Adora a Vivasvān, el Sol.
El Sol queda satisfecho con su práctica.
Y recibe conocimiento.
Maya continúa preguntando.
Y posteriormente ese conocimiento será transmitido a los sabios.
La imagen es extraordinaria: un ser presentado como asura busca conocimiento sagrado, realiza austeridades, reverencia al Sol, recibe una enseñanza y finalmente se convierte en transmisor de ese conocimiento.
El relato no presenta a Maya como un ser indigno del conocimiento. Más bien sucede exactamente lo contrario. Y existe un detalle todavía más hermoso. En la tradición textual se describe que Maya adora a su maestro con paramayā bhaktyā, con suprema devoción, y posteriormente formula nuevas preguntas acerca de los misterios cosmológicos.
Por supuesto, podemos discutir la interpretación teológica exacta del episodio y la manera precisa en que se produce la transmisión del conocimiento solar. Pero hay algo que permanece evidente: el texto no está construyendo una caricatura de un «demonio maligno» incapaz de acceder a la sabiduría.
Maya es un asura.
Y busca conocimiento.
Maya realiza austeridad.
Maya adora.
Maya pregunta.
Maya recibe.
Maya aprende.
Maya transmite.
Y ahí reside quizá la verdadera enseñanza.
Si alguien sostiene que «por ser demonio, Maya no merecía conocer la astronomía», tendría que enfrentarse con el propio relato que lo presenta precisamente como receptor y transmisor de conocimiento.
¿Y nosotros?
Aquí debemos evitar dos extremos igualmente peligrosos.
No sería correcto decir:
«Todos somos demonios».
Pero tampoco:
«Yo soy devoto; ellos son los demonios».
El capítulo XVI del Bhagavad Gītā es mucho más incómodo y, precisamente por eso, mucho más profundo. Krishna no nos entrega una etiqueta para colocar sobre la frente de los demás; nos ofrece un espejo.
Habla del orgullo, la arrogancia, el engreimiento, la ira, la aspereza y la ignorancia como características de la naturaleza āsurī.
Y si utilizamos esos criterios para examinarnos sinceramente, la cuestión cambia por completo.
Porque podemos practicar bhakti y, al mismo tiempo, descubrir orgullo en nuestro corazón.
Podemos estudiar las escrituras y encontrar orgullo intelectual.
Podemos servir y descubrir que nuestro servicio estaba mezclado con necesidad de reconocimiento.
Podemos predicar y descubrir competencia, vanidad o deseo de imponernos sobre otros. Por eso algunos nos vincularnos con casi nadie.
Podemos renunciar y descubrir que nuestra renuncia estaba contaminada por un sentimiento de superioridad.
Podemos adorar a Dios y, sin embargo, continuar siendo esclavos de nuestros deseos.
Esto no significa que nuestra identidad espiritual sea «demoníaca». Significa que somos almas condicionadas que todavía atraviesan un proceso de purificación.
Los guṇas y la complejidad de la conciencia
Los guṇas permiten comprender esta condición con mayor profundidad.
Nuestra śraddhā, nuestra fe, nuestra manera de creer y de relacionarnos con lo sagrado, también puede estar condicionada por sattva, rajas y tamas.
Por eso alguien puede ser religioso sin haber alcanzado todavía la pureza.
Puede existir bhakti mezclada con deseo de reconocimiento. Estudio de las escrituras mezclado con orgullo intelectual. Servicio mezclado con necesidad de control.
Predicación mezclada con competencia. Renunciación mezclada con superioridad.
Adoración mezclada con rajas y tamas. La espiritualidad no consiste simplemente en adoptar una identidad religiosa. Consiste en observar aquello que todavía necesita ser transformado. Porque existe una pregunta que, llevada hasta sus últimas consecuencias, resulta inevitable: Si solamente pudieran acercarse al conocimiento divino aquellos que ya fueran perfectamente puros, ¿cómo podría comenzar la purificación del impuro?
El conocimiento existe precisamente porque ignoramos. El sādhu-saṅga existe porque necesitamos compañía espiritual. El canto del santo nombre existe porque todavía estamos aprendiendo a recordar. Inclinación al maha mantra. (mantra supremo)
El servicio existe porque nuestro ego necesita transformarse. La austeridad existe porque todavía existen tendencias que deben ser disciplinadas. Y la gracia existe porque la transformación humana nunca depende únicamente de nuestra propia fuerza. Por eso, la procedencia inicial de una persona no determina necesariamente hasta dónde puede elevarse.
Maya se cualifica.
Hace tapas.
Busca sinceramente el conocimiento.
Adora a Sūrya.
Sūrya acepta su esfuerzo.
Y recibe la enseñanza.
Vṛtrāsura nace bajo la condición de asura, pero su conciencia se orienta hacia Krishna.
Ghatotkacha nace como rakshasa, pero ofrece su vida al servicio de una causa superior.
Y nosotros, que quizá no seamos asuras, daityas, dānavas ni rakshasas, podemos descubrir dentro de nosotros pequeñas formas de orgullo, ira, codicia, envidia o ignorancia.
Entonces la pregunta deja de ser:
«¿Quiénes son los demonios?»
Y comienza a ser mucho más incómoda:
«¿Qué parte de mí todavía se encuentra desviada del camino?»
Quizá ese sea uno de los grandes secretos del “mensaje” (la enseñanza).
El camino espiritual no consiste solamente en reconocer a los demonios que creemos encontrar afuera, sino en descubrir aquello que, dentro de nosotros, todavía nos aparta del dharma. Porque a veces el mayor obstáculo para llegar a Dios no tiene cuernos, ni colmillos, ni pertenece a un linaje demoníaco. Ni es el vecino que siempre te pone mala cara, o el colega que siembra indirectas… A veces tiene nuestro propio rostro. Y quizá la verdadera victoria espiritual no consista en destruirlo, sino en transformarlo.
“Hay una conversación de 1975 donde le preguntan directamente a Srila Prabhupada:
“¿Puede una persona ser en parte demonio y en parte devoto?” Prabhupada hace una distinción muy fina. Dice que si es realmente devoto no debe identificárselo como demonio, pero puede conservar cualidades demoníacas, y añade que, si continúa sinceramente en el proceso devocional, esas cualidades irán desapareciendo. Para explicarlo usa la imagen de un ventilador: desconectas la corriente pero las aspas continúan girando durante un tiempo.
No preguntemos solamente qué es alguien ahora, observemos hacia dónde está dirigiendo su conciencia.”…O aquella antigua historia muy conocida de Milarepa sufrió una profunda injusticia: tras la muerte de su padre, sus parientes usurparon la herencia familiar y redujeron a su madre y a sus hijos a la humillación. Antes de morir, su madre le pidió que vengara aquel agravio. Milarepa obedeció. Aprendió artes mágicas (magia negra) y llegó a convertirse en un poderoso hechicero, capaz de provocar destrucción y muerte sobre quienes habían causado su desgracia. Pero después de consumar su venganza, comprendió que la sangre no reparaba el pasado. Entonces contempló las leyes del karma y vio que sus actos también tendrían consecuencias. El antiguo vengador quedó horrorizado ante sí mismo. Buscó entonces un maestro, emprendió un camino de penitencia y meditación, y aquel hombre que había sembrado muerte terminó convirtiéndose en uno de los grandes santos y yoguis del Tíbet.
Pasé varios años creyendo que el hombre era el peor enemigo del hombre. Como dicen; Es «el hombre es un lobo para el hombre», de la expresión latina homo homini lupus. quizás por leer algunas historias pero sobre todo aferrándome a las personas, el amor, el afecto mal direccionado me hacia sentir que al final del sendero había una espada de amocles, (la amenaza constante que algo podía fallar)
Sin embargo, con el estudio y la reflexión comprendí que no siempre es así. Existen enemigos mucho más peligrosos que otro ser humano. De esta manera, comprendí algo más inquietante: el peor enemigo del hombre puede habitar dentro de uno mismo. No siempre tiene rostro ajeno; a veces tiene nuestra propia voz, nuestros pensamientos y nuestras debilidades. Vencer al otro puede ser una victoria momentánea; vencerse a uno mismo es, quizá, lo no ilusorio… «la verdadera victoria».
«No preguntemos solamente qué es alguien ahora; observemos hacia dónde está dirigiendo su conciencia.» Conciencia..



