El rostro digital
La humanidad parece haber comenzado a sustituir la natalidad por la
crianza emocional de mascotas. No porque amar animales sea algo negativo —a
veces un perro ofrece más lealtad que muchos amigos—, sino porque el hombre
moderno parece haber perdido lentamente la capacidad de construir vínculos
profundos y duraderos. En la era de las redes sociales (la era de las comunicaciones), y la post verdad ya "casi
nadie" es verdaderamente amigo de nadie. Existen contactos, intereses
compartidos, conveniencias temporales y, muy rara vez, una amistad auténtica
que sobreviva al ego y a la velocidad de estos tiempos.
El internet nació como un puente para acercar información, pero terminó
convirtiéndose también en una máquina de distancias emocionales. Nunca hubo
tantas formas de comunicarse y, sin embargo, jamás existió tanta incomprensión
entre las personas.
Hoy un emoticón intenta resumir lo que antes requería una conversación
larga frente a una mesa, un café o una madrugada de confesiones. O apelar por
la invención de una palabra que solo el autor sabe, solo logra el
desentendimiento… La tristeza se reduce
a una carita amarilla; el afecto, a un corazón automático enviado sin alma. Y
así, poco a poco, el lenguaje humano comienza a erosionarse como el óxido de
una maquina de escribir, una máquina abandonada que ya no escribe sino estorba,
como si las palabras estorbaran igual que aquella máquina de escribir.
El punto es que vivimos
atrapados en un tiempo donde todos hablan, pero pocos escuchan. Todo se
malinterpreta. Toda idea profunda parece ofensiva para una sociedad
acostumbrada a lo superficial. Hablar de filosofía, de arte, de espiritualidad,
de poesía o de las heridas humanas físicas o psíquicas, (ciencias médicas)
suele incomodar, porque exige detenerse a pensar. Y en el pensamiento casi
siempre aparece la autocrítica, algo que la mayoría prefiere evitar. Por eso,
pensar, en estos tiempos, parece haberse convertido en un acto sospechoso.
Hoy, incluso preguntarle a
alguien en qué trabaja puede hacer que te miren como si fueras de otro planeta.
Hay tanta hipocresía y desconfianza que hasta lo más básico se oculta. Ni qué
decir si se te ocurre llamar por teléfono a alguien, salvo que sea por negocios
o interés económico. La conversación espontánea ha sido reemplazada por
mensajes rápidos, fríos y calculados.
Por eso, sostener que el internet ha sido una de las peores cosas que pudieron ocurrirle a esta humanidad no parece una exageración. Tal vez no estábamos preparados para algo así o, quizá, desde el principio existió la intención silenciosa de distanciarnos emocionalmente mientras aparentábamos estar más conectados que nunca.
La frivolidad se transformó en una meta colectiva. El ego ahora se exhibe como trofeo digital, "el diploma", (el feto).
Todos quieren parecer únicos, pero terminan imitando las mismas poses, las mismas frases, si haces un festival a la siguiente semana otros usan la misma palabra para referirse a su evento y después se perciben como muy únicos… o las mismas indignaciones prefabricadas, nada supera la frivolidad del disfraz...
La
originalidad agoniza bajo toneladas de contenido repetido. El algoritmo premia
aquello que distrae, no aquello que despierta conciencia. La humanidad vive
anestesiada por estímulos constantes, desplazándose de una pantalla a otra como
quien cambia de sueño sin llegar nunca a despertar.
No se trata únicamente de fútbol, televisión o entretenimiento masivo.
La verdadera manipulación es más silenciosa y por ende mas potente; el
internet...
Existe una especie de “Borrego sua sponte” (Borrego por voluntad propia)
contemporáneo donde las emociones colectivas son dirigidas con precisión. El
odio vende. La pelea atrae clics. La polarización mantiene a la gente atrapada
en discusiones interminables mientras el vacío interior continúa creciendo. “Divide
y vencerás”: una fórmula antigua reciclada en alta definición y cada vez mas vigente
que nunca.
La consecuencia más triste de esta época es la soledad. Una soledad
rodeada de notificaciones. Personas que reciben cientos de mensajes y aun así
sienten que nadie las comprende realmente. Conversaciones rápidas reemplazan
conexiones reales. Todo debe resumirse en segundos porque la paciencia para
escuchar al otro parece extinguirse lentamente. Por que encamarte con
cualquiera te vuelve en la persona mas sola del mundo.
Por eso muchas personas terminan escogiendo la distancia. No desde el desprecio
hacia el mundo, sino como una forma de proteger la mente, mejor dicho su salud
mental. Alejarse un poco del ruido digital puede convertirse en una forma de
supervivencia emocional. En el silencio uno vuelve a escucharse. Vuelve a
recordar que crecer como ser humano no siempre significa pertenecer a la
multitud, sino aprender a convivir con uno mismo sin depender constantemente de
aprobación ajena.
Quizá el gran problema de nuestra época no sea la tecnología, sino la
pérdida de profundidad. Hemos cambiado la conversación por reacciones
automáticas, el afecto por validación pública y el pensamiento crítico por
consignas vinculadas con la política. Y luego surgió la famosa frase: lo políticamente correcto, y como ser
cool en política.
Y aun así, entre tanta histeria colectiva, una generación de
adolescentes donde el 95% han evaluado el tema del suicidio, de esto tampoco
nadie quiere hablar, todavía existe una pequeña forma de resistencia: conservar
la lucidez, seguir pensando, el deseo profundo de aprender cosas para seguir
creando y no permitir que el ruido del mundo termine apagando la voz cuyo sueño
suele ser la Libertad. Y en este sendero de la resistencia y la lucidez; hay luz... y sonríes...









