Orígenes

Estimados lectores con placer y profundo aprecio a la literatura los invito a descubrir mi blog Café y escrituras con humo, un espacio donde la literatura respira con una libertad genuina, y donde cada cuento, relato o poema está tejido con esmero, ofreciendo mundos y personajes que buscan resonar en el alma. Es un rincón de lucidez y libertad de expresión, donde no existe censura ni rechazo, (ni de editoriales ni de fanzines) sino un llamado sincero a explorar juntos las profundidades de la imaginación y del pensamiento. Los textos son gratuitos y siempre bienvenidos a nuevos ojos, con la esperanza de que encuentren en ellos una chispa de inspiración o reflexión. ¡Los invito a tomar una pausa, servirse una buena taza de café, y sumergirse en la esencia de cada relato! , poema o artículos de mi autoría o de los escritores invitados. A continuación, dejo el índice del contenido:
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domingo, 30 de agosto de 2026

un cuento de Enrico Díaz Bernuy / La ciudad de los cables desnudos y el rata

 

LA CIUDAD DE LOS

CABLES DESNUDOS

Y El Rata




 

Un cuento inspirado

 en la esclerosis múltiple

 

 En un lugar muy lejano existía una enorme ciudad llamada Ceretbria. Era una ciudad extraordinaria: tenía millones de calles, puentes, estaciones y edificios, pero nada funcionaba por casualidad, (como la vida misma)… En el centro de todo se encontraba una gran central eléctrica, desde donde partían miles de cables hacia cada rincón de la ciudad.

Aquellos cables eran especiales. No solamente transportaban electricidad; llevaban las órdenes necesarias para que todo funcionara.

Algunos controlaban las luces de las casas, otros abrían las puertas de los edificios, algunos regulaban el movimiento de los trenes y otros comunicaban las estaciones entre sí.

Cada cable estaba protegido por una gruesa cubierta aislante llamada mielina. Gracias a ella, las señales podían viajar rápidamente y con eficiencia, llevando las órdenes de un lugar a otro. Durante muchos años, la ciudad funcionó perfectamente. Pero un día comenzaron a aparecer pequeños daños en algunas cubiertas. En determinados lugares, la protección de los cables empezó a desgastarse y dejó partes del conductor expuestas. Como consecuencia, las señales comenzaron a viajar con dificultad, a hacerse más lentas o incluso a interrumpirse.

Al principio nadie comprendió lo que ocurría. Un tren se detuvo inesperadamente.

—Debe ser una falla pasajera —dijeron los ingenieros.

Después, algunas luces comenzaron a apagarse. En otra zona, una puerta automática dejó de responder. Más tarde, un grupo de semáforos empezó a funcionar de manera irregular.

Los ingenieros descubrieron entonces algo preocupante: los cables estaban perdiendo su aislamiento,  (como lo que ocurre a veces con las neuronas), pero había algo todavía más extraño.

No todos los problemas aparecían en el mismo lugar ni producían las mismas consecuencias.

Cuando se dañaba un cable que llegaba a la estación encargada de los movimientos, los trenes tenían dificultades para desplazarse. Si el daño estaba relacionado con la estación de la visión, las señales luminosas podían volverse confusas. O si afectaba a las líneas que comunicaban con las zonas encargadas del equilibrio, algunos vehículos podían perder estabilidad.

La gran central eléctrica seguía enviando órdenes, pero algunas de ellas ya no podían llegar correctamente a su destino. Entonces Ceretbria comprendió una importante verdad: una ciudad no depende solamente de su central, sino también de las conexiones que llevan sus mensajes hacia cada rincón.

Aquella ciudad era una representación del cuerpo humano. El cerebro envía continuamente instrucciones a través de las fibras nerviosas, pero cuando la mielina que las protege se deteriora, la comunicación puede hacerse más lenta, interrumpirse o alterarse. Y dependiendo de las fibras afectadas, distintas funciones del organismo pueden verse comprometidas.

Los habitantes de Ceretbria dejaron de llamar a aquello simplemente una avería.

Lo llamaron esclerosis múltiple. La esclerosis múltiple es una enfermedad en la que el sistema inmunitario ataca por error la mielina, sustancia que recubre y protege las fibras nerviosas.

Cuando esta protección se deteriora, la comunicación entre el cerebro y el resto del cuerpo puede verse afectada.

Pero Ceretbria también descubrió algo importante: aunque algunos cables estuvieran dañados, la ciudad no tenía por qué rendirse.

La enfermedad no tenía una cura definitiva, pero podía ser controlada y sus síntomas podían tratarse. La fisioterapia y la rehabilitación podían ayudar a conservar la movilidad, la fuerza, el equilibrio y la independencia, mientras los médicos utilizaban otros tratamientos para controlar la enfermedad. (controlarla no curarla).

Los ingenieros de Ceretbria aprendieron entonces a proteger los cables que todavía funcionaban, a reparar lo que fuera posible y, sobre todo, a buscar nuevas rutas para mantener la comunicación.

Porque una conexión dañada no significaba necesariamente que toda comunicación hubiera terminado.

Y así comprendieron otra verdad: Ceretbria intentaba mantener comunicados sus barrios aunque algunas conexiones fallaran. Mientras los ingenieros trabajaban día y noche en aquella enorme ciudad, muy lejos de la central eléctrica vivía un hombre que parecía pertenecer a otro mundo.

Se llamaba Juan Carlos. Pero todos lo conocían por un extraño apodo: El Rata. Era uno de esos personajes que parecían haber salido de una novela. A primera vista, daba la impresión de ser un hombre marginal, despreocupado y acostumbrado a moverse entre personajes de dudosa reputación. Sin embargo, aquella apariencia escondía una vida completamente diferente.

El Rata vivía a lo grande. Viajaba por Europa, recorría ciudades de Estados Unidos y había conocido distintos lugares de Asia. Podía aparecer un día en   Bogotá  o Lima y, semanas después, contar historias de algún país lejano como si viajar por el mundo fuera para él algo completamente cotidiano.

Lo extraño era que nadie conocía un trabajo que explicara aquella vida.

—¿Y este hombre de qué vive? —se preguntaban unos. —¿Cómo consigue tanto dinero? —comentaban otros.

Las conversaciones se multiplicaban, pero la respuesta nunca aparecía.

Algunos pensaban que había recibido una herencia de su madre fallecida. Otros suponían que había heredado una pensión. Otros inventaban explicaciones todavía más extravagantes. Pero nadie parecía conocer la verdad. Y por ahí se tejían leyendas.

El Rata tampoco parecía preocupado por aclarar nada. Vivía despreocupadamente, viajaba, gastaba y disfrutaba de la vida sin mostrar preocupación alguna por aquello que tanto intrigaba a los demás.

Lo más curioso era la contradicción entre su apariencia y su realidad.

Se presentaba como un  marginal y frecuentaba personas de ambientes oscuros. Había sido amigo de asaltantes, de un extorsionador mexicano que había radicado en Lima, de personas vinculadas a las drogas e incluso de un hombre que había cometido asesinatos en Venezuela.

Sin embargo, el Rata poseía un código de amistad que, para él, era sagrado. Podía comprender muchos errores. Podía tolerar que sus amigos hubieran caído en los caminos más oscuros. Podía permanecer al lado de personas que la sociedad había condenado. Pero existía una frontera que jamás estaba dispuesto a cruzar: abandonar a los propios hijos.

Para Juan Carlos, aquello era una traición que ninguna amistad podía justificar.

—Uno puede equivocarse en la vida —decía—. Puede caer, puede perderse y hasta puede volver a empezar. Pero un hijo no tiene la culpa de los errores de su padre o de su madre. Aquella era su extraña filosofía. Y quizá por eso resultaba tan difícil comprenderlo.

¿Cómo podía alguien relacionarse con personas tan cuestionables y, al mismo tiempo, defender con tanta firmeza una idea de responsabilidad familiar?

El Rata no daba explicaciones. Simplemente seguía viviendo, sonreía, se burlaba y hacía muecas como si la juventud fuera a durar eternamente. Pero detrás de aquella manera despreocupada de vivir había algo que pocos comprendían. El Rata también sabía lo que significaba vivir entre conexiones rotas. Había personas que se habían alejado de él. Amistades que habían terminado. Relaciones que se habían perdido.

Caminos que ya no conducían al mismo lugar. Sin embargo, siempre intentaba conservar algún vínculo. Con algunos amigos mantenía una llamada. Con otros, una visita. Con otros, simplemente la memoria. Y con sus hijos existía una conexión que consideraba imposible de abandonar.

Porque, para él, una relación podía deteriorarse, una persona podía equivocarse y hasta una vida podía tomar caminos inesperados.

Pero eso no significaba que todas las conexiones debieran desaparecer.

Mientras tanto, en Ceretbria, los ingenieros continuaban observando los cables desnudos. Cada zona dañada producía un problema diferente. Y entonces comenzaron a comprender que la enfermedad no solamente afectaba a los cables. También podía cambiar la vida de quienes dependían de ellos.

Porque cuando una conexión entre el cerebro y el cuerpo se interrumpe, no solamente falla una señal.

Puede detenerse un movimiento o alterarse el equilibrio, o confundirse la visión.

Incluso  aparecer cansancio. Puede cambiar la manera en que una persona camina, siente o realiza actividades que antes hacía con absoluta naturalidad.

Los habitantes de Ceretbria comprendieron finalmente que su mayor desafío no consistía solamente en reparar los cables. Consistía en aprender a vivir cuando algunos cables ya no podían funcionar como antes. Entonces ocurrió algo curioso. Los ingenieros comenzaron a observar que la ciudad hacía algo parecido a lo que hacía El Rata.

Cuando un barrio quedaba incomunicado, buscaban otra ruta. Cuando una estación dejaba de responder, intentaban establecer una nueva conexión.

Cuando un cable fallaba, no abandonaban inmediatamente todo el sistema.

Buscaban la manera de mantener la ciudad comunicada.

Y El Rata hacía exactamente lo mismo con las personas.

Ceretbria intentaba mantener unidos sus barrios aunque algunas conexiones fallaran. El Rata intentaba mantener unidos a sus amigos y a sus hijos aunque su propia vida estuviera llena de conexiones rotas.

Quizá aquella era la razón por la que ambos se parecían más de lo que nadie habría imaginado.

La ciudad tenía cables desnudos. El Rata tenía heridas invisibles.

Pero ninguno de los dos había decidido apagar las luces. Los habitantes de Ceretbria comprendieron entonces que convivir con una enfermedad no significaba simplemente esperar a que todo volviera a ser como antes.

A veces significaba aprender nuevos caminos. Aprender nuevos movimientos. Aceptar determinadas limitaciones. Buscar ayuda. Recibir tratamiento. Hacer fisioterapia. Rehabilitarse. Y, sobre todo, conservar aquellas conexiones que todavía podían mantener la vida en movimiento. Porque la esclerosis múltiple podía cambiar el camino, pero no necesariamente tenía que apagar el viaje.

El Rata parecía haber comprendido aquella verdad mucho antes que los ingenieros.

Él también había aprendido que no siempre se puede reparar una conexión rota. Algunas personas se marchan. Algunas amistades desaparecen.

Algunos caminos se cierran. Pero siempre queda la posibilidad de construir otro puente.

De tender otro cable. De llamar nuevamente. De acercarse. De permanecer.

Y quizá esa era la verdadera enseñanza de aquella ciudad: no siempre podemos elegir qué parte del camino se rompe. Pero podemos decidir cómo continuar el viaje cuando el camino cambia…

Mientras la gran central eléctrica seguía enviando sus señales hacia todos los rincones de Ceretbria, el Rata continuaba recorriendo el mundo, llevando consigo sus secretos, sus contradicciones y aquel extraño código de lealtad que nadie terminaba de comprender.

Una lealtad que a veces parecía confundirse entre ser amigo de todos y ser amigo de nadie. Pero quizá, en el fondo, el Rata solamente había aprendido una cosa:

que incluso las personas más contradictorias necesitan alguna conexión que las mantenga unidas al mundo. Y Ceretbria también lo sabía.

Por eso, cuando una señal desaparecía, los ingenieros no apagaban la central. Buscaban otro camino. Cuando un barrio quedaba aislado, tendían nuevos cables.

Cuando una ruta se perdía, construían otra. Porque una ciudad no deja de ser una ciudad porque algunos de sus caminos estén dañados.

Y una persona tampoco deja de ser ella misma porque algunas de sus capacidades hayan cambiado. Así, entre cables desnudos, señales interrumpidas y vidas llenas de contradicciones, Ceretbria continuó funcionando. Sus luces no brillaban todas con la misma intensidad.

Algunas parpadeaban. Otras se apagaban durante un tiempo. Pero muchas seguían encendidas. Y mientras existiera una señal capaz de encontrar un camino, siempre habría comunicación. Porque incluso una ciudad herida puede seguir teniendo luces.

Y quizá eso también sea vivir: aprender a encontrar nuevos caminos cuando los antiguos ya no pueden llevarnos a casa.


Enrico Díaz Bernuy


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lunes, 24 de agosto de 2026

La nave de los doce guardianes Cerebrem / cuento de Enrico Díaz Bernuy -- #LaNaveDeLosDoceGuardianes #cienciayliteratura #neurociencia #cienciaficcion

 

La nave de los doce guardianes

Cerebrem



 

 

Durante años, aquel joven se había preparado para llegar hasta allí. Había estudiado, entrenado sus movimientos y las técnicas marciales; había aprendido a soportarlo todo, incluso el cansancio, y sobre todo, había aprendido a dominar sus temores.

No entrenaba solamente para aprender a luchar. Entrenaba para aprender a gobernarse. Cada movimiento le enseñaba disciplina; cada caída, a levantarse; cada combate, a mirar de frente al miedo sin permitir que este tomara el control. Poco a poco había comprendido que la verdadera fuerza no consistía en vencer a otro, sino en dominar aquello que dentro de uno mismo quería rendirse, huir o atacar.

Creía que cada prueba lo acercaba al momento para el cual había nacido. Pero al contemplar por primera vez la inmensidad de Cerebrem, comprendió que todo aquello había sido apenas un ensayo.

La verdadera preparación comenzaba ahora: cuando el sueño dejaba de ser promesa y se convertía en destino.

Y fue entonces, en un rincón lejano de la galaxia, donde viajaba una nave extraordinaria llamada Cerebrem. No era una nave común. No transportaba soldados, minerales ni mercancías. Su misión era mucho más importante: mantener con vida a un organismo entero.

Cerebrem estaba dividida en dos secciones enormes (dos hemisferios): el Hemisferio Izquierdo y el Hemisferio Derecho. Parecían dos grandes hermanos que habitaban lados opuestos de la nave, pero estaban unidos por un inmenso puente luminoso llamado Cuerpo Calloso, por donde viajaban constantemente mensajes de un lado al otro.

—Nunca olviden algo —decía el viejo Comandante Díaz,  Cerebrem—: aunque cada hemisferio tenga sus propias funciones y especializaciones, ninguno puede cumplir la misión por sí solo.

A bordo viajaba un joven cadete llamado Oficial Chipana, que acababa de incorporarse a la tripulación. Su primera misión consistía en aprender cómo funcionaba aquella nave.

—Comandante Díaz —preguntó el Oficial Chipana—, ¿cómo puede una nave ser tan grande y funcionar con tanta precisión?

El Comandante Díaz sonrió.

—Porque cada miembro de la tripulación tiene una misión. Ven conmigo.

Atravesaron primero la gran Sala Frontal.

Allí se encontraba el Lóbulo Frontal, capitán de las decisiones. Tenía mapas, estrategias y controles por todas partes.

—Yo planifico, razono y tomo decisiones —explicó—. También dirijo muchos de los movimientos voluntarios de la tripulación.

Después llegaron a la Ciudad Parietal, donde numerosos sensores cubrían las paredes.

—¡Bienvenido! —dijo el Lóbulo Parietal—. Aquí interpretamos el tacto, la presión, el dolor, la temperatura y la posición de la carcasa, es decir, del cuerpo.

Oficial Chipana tocó una pared.

—¿Entonces tú sabes cuándo algo toca la nave?

—Exactamente. Pero no solamente recibimos información: también ayudamos a comprender dónde está nuestro cuerpo en el espacio.

Continuaron hasta el Archivo Temporal.

Allí había millones de grabaciones.

—Aquí guardamos recuerdos y procesamos sonidos —dijo el Lóbulo Temporal—. También participamos en la comprensión del lenguaje.

Finalmente llegaron al enorme Observatorio Occipital.

Miles de pantallas mostraban estrellas, planetas y luces.

—Mi trabajo es procesar la información visual —explicó el Lóbulo Occipital—. Cuando las cámaras captan imágenes, es decir, los ojos, yo ayudo a convertirlas en información que el cerebro puede interpretar.

Oficial Chipana estaba maravillado.

 

Pero debajo de aquellas salas había otras estructuras igualmente importantes.

En una plataforma se encontraba una zona pequeña, pero extraordinariamente precisa, con una forma que recordaba a una pequeña embarcación: el Cerebelo.

—No soy voluminoso —dijo con orgullo—, pero coordino los movimientos y ayudo a mantener el equilibrio.

Más abajo estaba el imponente y robusto piñón muy resistente  (Tronco Encefálico), encargado de funciones vitales y de conectar el cerebro con la médula espinal.

—Aquí no hay tiempo para distraerse —dijo con voz grave—. Respiración, frecuencia cardíaca y otras funciones esenciales deben mantenerse constantemente.

 

De pronto, una alarma comenzó a sonar.

 

¡ALERTA! ¡TORMENTA SOLAR!

La nave comenzó a estremecerse.

—¡Todos a sus puestos! —ordenó el Comandante Díaz.

Oficial Chipana miró confundido.

—¿Quién puede ayudarnos?

El Comandante Díaz señaló una puerta.

 

—Los doce guardianes.

 

La puerta se abrió y aparecieron doce pequeños soldados.

El primero llevaba una extraña antena en forma de nariz.

—Soy el Olfatorio, número I. Detecto olores.

El segundo llevaba un enorme visor.

—Soy el Óptico, número II. Mi misión es la visión.

El tercero llevaba dos pequeños controles oculares.

—Soy el Oculomotor, número III. Controlo gran parte de los movimientos de los ojos y participo en la respuesta pupilar.

El cuarto era más pequeño y sostenía un instrumento que dirigía su mirada hacia abajo.

—Soy el Troclear, número IV. Ayudo a realizar determinados movimientos del ojo.

El quinto apareció con tres insignias sobre el rostro.

—Soy el Trigémino, número V. Tengo tres grandes ramas. Llevo información sensitiva de la cara y también participo en la masticación.

—¡Tres ramas! —repitió Oficial Chipana—. Eso me ayudará a recordarte.

El sexto soldado tenía una bandera apuntando hacia un costado.

—Soy el Abducens, número VI. Mi especialidad es ayudar a mover el ojo hacia afuera, hacia los lados.

El séptimo parecía un actor. Sonreía, fruncía el rostro y cerraba un ojo.

—Soy el Facial, número VII. Controlo los músculos de la expresión facial y también participo en el gusto de parte de la lengua.

El octavo llevaba dos grandes antenas: una para escuchar y otra para mantener el equilibrio.

—Soy el Vestibulococlear, número VIII. Mi primera antena escucha; mi segunda ayuda a mantener el equilibrio.

Entonces un fuerte ruido sacudió la nave.

—¡Necesitamos saber qué está pasando! —gritó Oficial Chipana.

El noveno soldado apareció desde la zona de la garganta.

—Soy el Glosofaríngeo, número IX. Participo en la deglución, en el gusto de una parte posterior de la lengua y en determinadas funciones de la garganta.

A su lado apareció un viajero con una enorme mochila.

—¡Yo soy el Vago, número X!

Oficial Chipana lo miró sorprendido.

—¿Por qué llevas una mochila tan grande?

—Porque soy un gran viajero. Mis conexiones se extienden desde la cabeza y el cuello hacia el tórax y el abdomen. Participo en funciones como la deglución, la voz y la regulación de numerosos órganos internos.

El undécimo soldado llevaba dos herramientas.

—Soy el Accesorio, número XI. Ayudo a mover el cuello y a elevar los hombros.

El último soldado llevaba una pequeña espada con forma de lengua.

—Y yo soy el Hipogloso, número XII, maestro de los movimientos de la lengua.

Los doce guardianes estaban listos.

Pero la tormenta empeoró.

—¡El equilibrio está fallando! —avisó el Vestibulococlear.

—¡Estoy recibiendo imágenes distorsionadas! —gritó el Óptico.

—¡La nave está recibiendo señales sensoriales! —informó el Trigémino.

—¡Hay problemas con los movimientos! —avisó el Cerebelo.

El Comandante Díaz comprendió entonces que ningún soldado podía resolver la emergencia solo.

—¡Hemisferios, trabajen juntos!

Desde ambos lados de la nave comenzaron a viajar señales a través del Cuerpo Calloso.

El Frontal planificó la respuesta. El Parietal interpretó las señales sensoriales.

El Temporal procesó los sonidos y ayudó a comprender las comunicaciones. El Occipital analizó las imágenes. El Cerebelo coordinó los movimientos. El Tronco Encefálico mantuvo funcionando los sistemas vitales. Y los doce pares craneales ejecutaron sus misiones.

—¡Olfatorio, detecta!

—¡Óptico, observa!

—¡Oculomotor y Troclear, dirijan la mirada!

—¡Trigémino, informa desde el rostro!

—¡Abducens, mira hacia el exterior!

—¡Facial, protege y expresa!

—¡Vestibulococlear, escucha y equilibra!

—¡Glosofaríngeo, prepara la garganta!

—¡Vago, mantén las conexiones internas!

—¡Accesorio, estabiliza cuello y hombros!

—¡Hipogloso, mueve la lengua!

La tormenta comenzó a desaparecer.

Oficial Chipana contemplaba a todos aquellos pequeños guardianes trabajando al mismo tiempo.

—Ahora lo entiendo —dijo.

—¿Qué has aprendido? —preguntó el Comandante Díaz.

Oficial Chipana miró los dos hemisferios.

—Que Cerebrem no funciona como dos naves separadas. Son dos grandes partes conectadas, y cada una tiene funciones especializadas. Los lóbulos cumplen diferentes tareas, el cerebelo coordina, el tronco encefálico mantiene funciones esenciales y los doce pares craneales llevan información y ejecutan funciones específicas.

El Comandante Díaz sonrió.

—Exactamente. Y recuerda algo más: la ingeniería astronáutica, (dedicada al diseño de vehículos y sistemas que operan fuera de la atmósfera terrestre), puede ser más fácil de comprender cuando la relacionamos con algo mucho más cercano: la anatomía humana.

Desde aquel día, Oficial Chipana convirtió las doce compuertas de la nave —los doce pares craneales— en pequeños ejercicios para comprender mejor la arquitectura e ingeniería de la nave.

Para recordar el I, imaginaba una nariz.

Para el II, un ojo.

Para el III, IV y VI, tres soldados moviendo los ojos.

Para el V, un guerrero con tres ramas tocando el rostro y masticando.

Para el VII, un actor cambiando de expresión.

Para el VIII, un músico que escucha mientras mantiene el equilibrio.

Para el IX, un guardián de la garganta.

Para el X, un viajero recorriendo el cuerpo.

Para el XI, un soldado levantando los hombros.

Y para el XII, un maestro moviendo la lengua.

Pero una noche, cuando la nave atravesaba una región oscura de la galaxia, Oficial Chipana encontró al viejo Comandante Díaz observando silenciosamente las galaxias desde el puente de mando.

—Comandante Díaz —preguntó—, ¿por qué seguimos entrenando si la tormenta ya terminó?

Cerebro permaneció unos segundos en silencio.

—Porque, Oficial Chipana, las tormentas más peligrosas no siempre vienen del espacio.

El muchacho frunció el ceño.

—¿Entonces de dónde vienen?

El Comandante Díaz colocó una mano sobre el cristal del observatorio.

—De nosotros mismos.

Oficial Chipana miró los dos hemisferios de Cerebrem.

—¿De nuestros propios pensamientos?

—Exactamente. Una nave puede estar perfectamente construida y, sin embargo, perder el rumbo si su tripulación entra en conflicto. Lo mismo ocurre con el ser humano. Cuando el miedo, la ira, la ansiedad o la autopercepción por la soledad, eso se transforma  en una especie de  impulso,  y ello, toma el mando, podemos convertir nuestra propia mente “en un campo de batalla”.

 

Entonces el Comandante Díaz condujo a Oficial Chipana hasta la gran sala central.

Allí estaban nuevamente los doce guardianes.

 

—Aprender anatomía no significa solamente saber sus nombres —dijo—. También significa comprender una gran lección: cada función tiene su lugar y cada impulso necesita ser gobernado por un sistema mayor.

Oficial Chipana observó al Frontal sentado en su puesto de mando.

—Entonces el verdadero Comandante Díaz debe saber cuándo actuar y cuándo esperar.

—Así es.

Cerebro señaló entonces una antigua inscripción grabada en la pared:

“Conócete a ti mismo.”

—Los antiguos griegos comprendieron algo extraordinario —continuó—. Antes de intentar dominar el mundo, el hombre debía aprender a gobernarse a sí mismo. Sócrates convirtió el conocimiento de uno mismo en una de las grandes preguntas de la existencia.

Después señaló al Cerebelo…




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Después de todo, hasta las naves que viajan entre las estrellas necesitan combustible. 🚀

Gracias por acompañar a Cerebrem en este viaje.

miércoles, 19 de agosto de 2026

 ...generosos corazones que ofrecen indiferencia, generosos dones de diminutos pero significativos infiernos dentro de sus corazones, y luego se ríen, lo efímero de sus burlas, revela demasiado. la insignificancia visión de vida..

Enrico Díaz Bernuy

viernes, 7 de agosto de 2026

...

 

Es un lujo contar con tu presencia, más aún, ser testigo de tu evolución, de la senda que vienes labrando con paciencia y determinación. 

He sido testigo de tus incursiones en distintas disciplinas; algunas veces desde la distancia, pero siempre vigilante de tus pasos, como un águila que jamás aparta la mirada. Otras veces hemos estado hombro con hombro, celebrando tus logros, acompañando tus caídas o curando las heridas que inevitablemente dejan los entrenamientos de la vida.

He procurado estar ahí, a tu lado: unas veces como consejero; otras, como médico brujo que intenta aliviar dolores invisibles; como asesor espiritual, como maestro de combate y, por encima de todo, como papá.  

A veces consigo robarte una sonrisa; otras, termino por estresarte. Pero casi todos los días intento estrecharte entre mis brazos para recordarte algo que nunca debes olvidar: sé que te estás haciendo fuerte y también sabio. La paciencia, hijo mío, es otra forma del coraje.

Beso tu frente, tu cabeza, y te digo que te quiero. Te repito que todo llega cuando debe llegar, porque la vida tiene un ritmo que ninguna impaciencia puede acelerar.

Recuerdo el día en que me hablaste de una disciplina más: el kendo. Casi por instinto la rechacé. Había varias razones. Una de ellas era que ya te había visto pasar por otras disciplinas y deseaba que profundizaras en alguna antes de abrir una puerta nueva. Pero luego recordé que cada uno tiene distintas evoluciones y distintas cosas que uno requiere experimentar. Sin embargo, hubo otra razón mucho más íntima. En ese instante recordé una parte de mí mismo.

"Kendo...", me dije en silencio.

Cuánto me habría gustado recorrer ese camino cuando tenía su edad. Pero eran otras circunstancias; otros tiempos. La vida ofrece oportunidades distintas a cada generación. Durante una fracción de segundo me vi reflejado en ti. Tú sabes que la esgrima siempre ha sido para mí uno de esos artes casi inalcanzables que uno contempla con admiración, como quien mira una montaña sagrada y distante.

Hoy mis pasos van por otro sendero. He elegido la arquería como disciplina deportiva, (como ya lo has visto) siendo esto un espacio para respirar de otra manera, para aquietar el espíritu y sobre todo desarrollar más el enfoque.

Mi vida social nunca ha sido abundante, ni tampoco he esmerado por cambiar eso. Encontré en el arco una antigua fascinación que llevaba dormida dentro de mí desde hacía muchos años.

Pero la vida tiene esas coincidencias que, en realidad, rara vez son coincidencias. Son fuerzas silenciosas que parecen conducirnos hacia el lugar donde debemos estar.

Un día apareció en una de mis redes sociales un anuncio sobre el kendo: el Camino de la Espada. Sonreí. Recordé inmediatamente que me habías mencionado ese tema, también recordé que escribí un libro de poemas titulado Esgrima Luminosa. ¿Comprendes ahora por qué esa disciplina tiene para mí un significado tan profundo? No es únicamente el combate; es el símbolo. Es la búsqueda de la precisión, del dominio de uno mismo, de la elegancia frente al caos.

Quizá algún día podamos conversar largamente sobre ello. Conociéndome como me conoces, podrás descubrir de dónde provienen muchas de mis ideas, de mis silencios y también de mis obsesiones.

Y en ese camino no puedo dejar de hablarte de la gran madre que tienes. Una mujer cuya entrega hacia ti ha sido absoluta. Sin ella, muchas de las cosas que hoy disfrutas simplemente no habrían sido posibles. Tus caminos apenas comienzan, pero ya llevas contigo la fortuna de haber nacido junto a una madre que ama con una intensidad poco común.

No necesito compararla; tú posees la sensibilidad suficiente para reconocer la nobleza de su corazón, su entrega absoluta por ti, y la profundidad de cada uno de sus actos.

Me emociona profundamente pensar que ya tienes diecisiete años. El tiempo ha corrido con una velocidad que a veces me asusta. Tal vez debí escribirte estas palabras el día de tu cumpleaños, que fue hace muy poco. Pero conoces el tren de vida que llevo: mis estudios, el trabajo, la restauración, las artes plásticas. Quizas para algunos vivo como un hombre que persigue demasiados sueños al mismo tiempo. Pero esto, todo en global ya es un sueño para mi y tú estas presente.

Y, sin embargo, entre todo ese vértigo, nunca dejo de sentir el privilegio de caminar a tu lado. Aquí estoy, intentando ofrecerte siempre mi mejor versión, aunque sé que muchas veces mi manera de hablarte sea a veces áspera pero frontal. No aspires a parecerte completamente a mí, jamás. Toma solamente aquello que encuentres bueno. Rescata siempre lo mejor de las personas; incluso de aquellas que no volverás a ver más… Mi experiencia habla.

No permitas que el resentimiento, la mentira o la superficialidad gobiernen tu espíritu. Vivimos tiempos difíciles, una época de la que ambos  conocemos como la era de Kali, donde el engaño parece haberse convertido en moneda corriente. Precisamente por eso necesitas cultivar la verdad, la disciplina (sobre todo) y el discernimiento.

El kendo, conocido como el Camino de la Espada, es mucho más que un deporte de combate. Es una escuela para el cuerpo, la mente y el espíritu. A través del entrenamiento constante comprenderás que el verdadero adversario no siempre está frente a ti, sino dentro de ti: en tus miedos, en tus impulsos, en tus dudas y en tus propias limitaciones.

También puede convertirse en una forma de terapia. Ayuda a disminuir el estrés, fortalece la concentración (el enfoque) y enseña a transformar la ira, la ansiedad y la frustración en energía consciente. La repetición paciente de cada movimiento, el control de la respiración y el respeto por el adversario terminan construyendo un ser humano más equilibrado.

Pero quizá su mayor enseñanza sea la forja del carácter. Se que muchas de estas cosas las sabes, pero es bueno que las recuerdes.

Cada entrenamiento exige perseverancia, humildad y dominio de uno mismo. Aprenderás que el progreso nunca depende únicamente del talento, sino de la constancia. Las derrotas dejarán de ser fracasos para convertirse en maestros silenciosos; las victorias dejarán de alimentar el orgullo y pasarán a recordarte la responsabilidad de seguir creciendo.

No conozco un solo logro verdaderamente grande que haya nacido sin disciplina (obsesión). El talento deslumbra durante un instante; la disciplina ilumina toda una vida. Recuerdalo.

Ojalá, cuando seas un hombre y vuelvas a leer estas líneas, descubras que más allá de cada consejo, de cada abrazo y de cada silencio mío, todo lo que hice nació del mismo lugar: del inmenso amor que siento por ti, besando tu frente o tu cabeza casi todos los días.


Enrico Diaz Bernuy

 

miércoles, 29 de julio de 2026

El jardín de las raíces… un cuento de Enrico Díaz Bernuy

 

El jardín de las raíces…

Aurelio cultivaba bonsáis desde hacía más de treinta años. En su pequeño jardín había aprendido que un árbol no se domina: se acompaña. Cada rama era una negociación paciente entre la voluntad del cultivador y la obstinación de la naturaleza. O la obstinación del cultivador y la paciencia de la naturaleza. Su favorito era un viejo buganvilia, pequeño,  retorcido, cuya copa parecía contener un bosque entero con pequeñas flores blancas,  recias.  


Don Aurelio lo miraba casi como si fuera un hijo para él. Además ese valor sentimental tenia un sustento familiar, ese pequeño árbol fue cultivado por su abuelo. Un hombre que jamás conoció pero el lazo del honor se mantenía vivo y había trasladado su legado por medio de ese arte del cultivo de las plantas.

Al otro lado de la pared vivía Samuel, un hombre de costumbres extrañas y fascinantes. Cultivaba cactus exóticos que conseguía de lugares remotos: especies de espinas desmesuradas, formas imposibles y flores que aparecían apenas unas horas al año. Aurelio y Samuel casi nunca conversaban.

Sus jardines estaban separados por una pared y, curiosamente, también por sus temperamentos. Samuel no había heredado esas artes por antecedentes familiares, ni mucho menos se creía en términos como el honor, era en cierta forma más mundano, más superficial.

Aurelio prefería la paciencia silenciosa del bonsái; la paciencia de usar el alambrado a los esquejes, el tratamiento especial a la tierra y sobre todo el detalle con el uso de las tijeras.

Samuel, en cambio, admiraba la extravagancia de los cactus. Sin embargo, algunas tardes se encontraban junto a la pared y hablaban brevemente. Uno preguntaba por una flor; el otro comentaba la forma de una rama. No necesitaban estar de acuerdo para reconocerse. Para Aurelio el uso del elemento vital (el agua) era motivo fundamental para el desarrollo mientras que el otro, el tratamiento solar se basaba todo como es lo que sucede en los cactus.

Con el tiempo, Aurelio comprendió que aquella amistad tenía algo de sus propios árboles. No era necesario acercar demasiado las raíces para que dos formas de vida pudieran compartir el mismo suelo.

Samuel solía decir que la manera más eficaz de embrutecerse era juntarse exclusivamente con quienes pensaban como uno. Aurelio lo repetía a veces, aunque prefería expresarlo de otro modo: «Si todos los árboles de un jardín crecen torcidos hacia la misma dirección, quizá nadie sepa dónde está el viento».

En algún momento, ambos discutieron. El principal argumento de Samuel era que sus plantas no lo necesitaban realmente: si él muriera, los cactus continuarían viviendo sin su presencia. En cambio, sostenía que, si Aurelio muriera, sus bonsáis probablemente morirían poco después, pues dependían de sus cuidados constantes (poda y abundantes riegos).

—Lo que sucede —respondió Aurelio— es que yo tengo un instinto paternal. Mis plantas son como hijos para mí. No puedo concebirlas sin asumir la responsabilidad de cuidarlas. En cambio, para ti parecen no demandar ningún compromiso.

Samuel lo miró y respondió:

—¿Estás seguro? Si mañana comenzara a llover torrencialmente, tendría que atenderlas y alejarlas de los aguaceros. Si no lo hiciera, podrían enfermar o morir. ¿Acaso eso no es también un compromiso?

Aurelio guardó silencio por un instante para sosiego,  y no alargar esa discusión, él ya no quería imponer sus ideas sobre nadie…

Tal vez la diferencia no estaba en tener o no tener compromisos, sino en la forma en que cada uno los entendía. Aurelio había convertido el cuidado en una especie de vínculo paternal; Samuel, en cambio, asumía su responsabilidad sin necesidad de transformarla en un lazo afectivo.

Al final, comprendieron que cada persona establece sus compromisos de acuerdo con la manera en que ha construido su propia vida. Lo que para uno puede parecer una obligación, para otro puede ser una elección; lo que uno considera amor, otro puede entenderlo simplemente como responsabilidad.

Y quizá ahí estaba otra de sus diferencias: no todos cuidamos de la misma manera, porque tampoco todos necesitamos lo mismo para sentirnos responsables de aquello que hemos decidido conservar.

Aurelio era precisamente esa clase de sujeto que podía sentirse cómodo entre personas que no pensaban como él. No confundía la discrepancia con una ofensa ni la coincidencia con una amistad. Escuchaba incluso aquello que contrariaba sus convicciones, porque sabía que una idea que jamás ha sido puesta en peligro termina convirtiéndose en una costumbre.

Consideraba que la estética o la verdad sobre algo no podían sostenerse necesariamente en una sola postura. Una verdad universal puede existir en determinados ámbitos, pero cuando hablamos de cosas materiales, de experiencias humanas o de la manera en que percibimos el mundo, difícilmente podemos hablar de verdades absolutas. Existen distintos enfoques, así como distintas experiencias en cada persona. Mi experiencia es distinta de la tuya, y la tuya es distinta de la mía.

Si intervienen el resentimiento, el dolor, la memoria o las circunstancias personales, entonces tampoco podemos pretender que todos poseamos las mismas percepciones, mucho menos los mismos complejos. Había comprendido que detrás de un complejo o de un resentimiento puede existir un pasado, una experiencia que desconocemos y que quizá explique, aunque no necesariamente justifique, determinada manera de pensar o de actuar.

Al final, debemos aprender a respetar aquello sin estar obligados a cambiar nuestra propia opinión. Comprender al otro no significa darle la razón; significa ser capaces de mirar por un instante desde el lugar que ocupa, ponernos en sus zapatos y tratar de entender qué circunstancias lo llevaron hasta allí.

Esa capacidad de relacionarnos con quienes piensan distinto nos enriquece. Nos obliga a cuestionarnos, a comparar, a observar desde otros ángulos y, sobre todo, a mantener despierto el pensamiento. Porque quizá la manera más eficaz de embrutecerse sea rodearse únicamente de quienes confirman lo que ya creemos, (embrutecerse o envejecer)…

El pensamiento necesita fricción, contraste y sobre todo auto cuestionamiento sobre la forma de pensar nuestra (autocrítica).  Un cerebro que nunca encuentra una idea que lo contradiga termina acomodándose en sus propias certezas, como si estuviera sedado.

En cambio, encontrarse con alguien que piensa de manera opuesta puede resultar incómodo, pero precisamente en esa incomodidad existe una posibilidad de crecimiento. Neurológicamente tu cerebro funciona diferente (trabaja, no está sedado) No se trata de abandonar nuestras convicciones, sino de impedir que se conviertan en una prisión.

Es como si escribieras un libro sobre sexología y quien se encargara de presentarlo fuera un erudito en matemáticas. Creo que esa persona, precisamente por venir de un campo completamente distinto, podría aportar una profundidad inesperada y valiosa a la obra. 

O por ejemplo, que escribieras un libro sobre anarquía y quien lo presentara fuera un neurólogo. Considero que una mirada proveniente de otra disciplina podría enriquecer considerablemente la visión del libro, porque permitiría observar el mismo tema desde una perspectiva diferente, quizá incluso desde un ángulo que su propio autor no había contemplado. 

Al fin y al cabo, un adulador rara vez pasa inadvertido; y resulta difícil que alguien pueda desempeñar semejante papel cuando procede de una disciplina ajena.

No necesitaba convencer a nadie. Podía conversar con un creyente, un ateo,  un rebelde o un hombre completamente opuesto a sus ideas sin sentir que su identidad estaba amenazada. Le interesaba comprender antes que vencer.

Una tarde, Samuel le regaló un pequeño cactus. Aurelio lo colocó junto a su bonsái.

—Son especies incompatibles —dijo Samuel.

—Precisamente por eso los he puesto juntos —respondió Aurelio.

Desde entonces, el bonsái y el cactus permanecieron separados por apenas unos centímetros. No se parecían, no necesitaban parecerse y, sin embargo, parecían comprender algo que muchos hombres olvidan:  La amistad no siempre nace de pensar igual, sino de permitirle al otro ser distinto sin que nuestra propia identidad se sienta amenazada.  Y por su puesto que si conoces a un hombre víboro o una mujer víbora  no tienes porque flagelarte e inmolarte con su amistad..


Enrico Díaz Bernuy  

lunes, 27 de julio de 2026

habló la bella

 


Muchas personas brillan en voz baja:


👉 "Me fue increíble... y lo conté como si nada, minimizándolo." 👉 "No publiqué mi logro: no quiero que piensen que presumo." 👉 "Cuando me va bien, me da culpa contarlo. Casi pido perdón."

Y les dicen:

👉 "Qué humilde eres, así se debe." 👉 "Mejor: la gente es muy envidiosa." 👉 "El que presume, provoca."

Pero Klein identificó lo que de verdad opera bajo esa "humildad".

No estás siendo modesto.

Le tienes miedo a la envidia. Y aprendiste a desactivarla achicándote.

Klein estudió la envidia como pocas personas y descubrió su otra cara: el miedo a SER envidiado. Si en tu historia lo bueno tuyo despertaba ataques —el comentario ácido de la familia, la amiga que se enfriaba con tus éxitos, el "ya te crees mucho"— aprendiste la lección temprano: brillar es peligroso; lo bueno atrae dardos. Y desarrollaste el seguro perfecto: esconder el logro, minimizarlo, hasta arruinarlo un poco tú primero ("sí gané, pero fue suerte, y además estoy cansadísimo") para que nadie sienta el piquete... y no te lo cobre. Funciona, sí. Cobrando una prima carísima: vives tus triunfos a media luz, pidiendo perdón por lo que deberías celebrar.

La idea incómoda es esta:

👉 Minimizar tus logros no es humildad: es un impuesto que le pagas a la envidia ajena (real o esperada). 👉 Achicarte no protege tu luz: la confisca — y encima entrena a todos a que tu éxito no se celebra. 👉 Y la envidia del otro es asunto DEL OTRO: administrársela apagándote es hacerle terapia gratis con tu vida.

Pero aquí está lo importante:

No tienes que volverte presumido: tienes que dejar de esconderte. El punto medio existe y se entrena: comparte el logro completo con tu gente segura (esa que sí celebra: identifícala, es tu público VIP y ahí se cuenta TODO con emoción), y con el resto, compártelo sereno y sin disculpas —sin inflarlo, pero sin el "fue suerte" ni el descuento automático—. Si a alguien le pica, obsérvalo con compasión y distancia: su piquete habla de su carencia (tú lo sabes: también has sentido envidia), no de tu obligación de apagarte. Brillaste porque trabajaste. Celebrarlo no es agresión: es justicia. Y cada vez que cuentas un logro sin encogerte, le enseñas al mundo —y a la parte tuya que aprendió a esconderse— que lo bueno ya se puede vivir a plena luz.

📚 Klein, M. (1990). Envidia y gratitud. En Obras completas (Vol. 3: Envidia y gratitud y otros trabajos). Paidós. (Trabajo original de 1957)