Kurushetra tan presente en estos tiempos...
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“Cuando un gobernante siente que su pueblo puede
rebelarse, declara una guerra contra otro país.”
Napoleon Bonaparte
A mí me queda claro algo: viajar a un país
próspero, donde se encuentran algunos de los mejores museos del mundo, galerías
de renombre y ciudades de vanguardia atravesadas por puentes precisos que son
casi obras de arte ha dejado de entusiasmarme como antes. Durante mucho tiempo
imaginé esos lugares como templos de la cultura, espacios donde el arte parecía
un intento por elevar la conciencia, crecer, conocerse y evolucionar… Hoy esa
ilusión se ha vuelto frágil, difuso e
incierto... Yo no conozco a un artista que no haya deseado visitar el metropolitan museum of art de New York o el
sin fin de galerías que existen y oportunidades al arte, o sus museos de arte contemporáneo.
Porque cuando uno observa el mapa político con
detenimiento comprende que la prosperidad no siempre significa tranquilidad. Un
país puede levantar museos magníficos, restaurar monumentos milenarios y
exhibir una vida cultural intensa, pero aun así vivir bajo la permanente
tensión de que en cualquier momento tomarán venganza..
La región donde se encuentra Irán es uno de esos territorios donde la
historia pesa tanto como el presente. Allí la guerra no aparece solo como una
posibilidad política, (dinero de por medio) sino como una memoria antigua.
Desde los tiempos de la antigua Persia,
(que fue un imperio, ojo), el combate formó parte de la identidad cultural. En
relatos, epopeyas y tradiciones, el guerrero no solo enfrenta la muerte: la
acepta como parte del destino, (la parte sagrada) un tema muy védico también.
Esa mentalidad cambia la forma de comprender los conflictos. Luchar contra una civilización con memoria militar milenaria no es simplemente enfrentar un ejército; es enfrentarse a una tradición donde el sacrificio puede ser visto como honor. El miedo —ese instrumento invisible de la guerra— pierde parte de su eficacia cuando el adversario no teme desaparecer.
Por eso, cuando pienso en visitar esos lugares
admirados por viajeros y amantes del arte, ya no los imagino únicamente como
vitrinas de civilización. También los veo como territorios donde la estabilidad
puede romperse en cualquier momento.
Y entonces surge una inquietud inevitable:
incluso bajo los puentes más hermosos y en los museos más silenciosos, la
historia sigue respirando.
Por ello, en los conflictos entre pueblos, no
solo se enfrentan ejércitos: también se enfrentan memorias. Luchar contra una
civilización con tradición militar milenaria implica algo más complejo que
medir fuerzas o tecnología. Significa confrontar una cultura donde la guerra
forma parte de la identidad histórica.
La antigua Persia,
cuyo poder se expresó tempranamente en el Imperio
aqueménida, desarrolló una concepción del honor profundamente ligada
al combate. Desde los relatos épicos hasta las crónicas imperiales, el guerrero
persa aparece como alguien que no solo enfrenta la muerte, sino que la acepta
como parte natural del destino. No se trata de una simple disposición a morir,
sino de una visión cultural en la que el sacrificio en batalla puede
convertirse en una forma de permanencia simbólica.
Para un adversario, esta mentalidad representa un
desafío psicológico. La estrategia militar moderna suele apoyarse en el cálculo
racional: pérdidas, logística, desgaste. Pero cuando el oponente posee una
tradición donde la muerte no es únicamente temida sino también dignificada, el
equilibrio cambia. El miedo —uno de los instrumentos invisibles de la guerra—
pierde parte de su eficacia.
La historia muestra que los pueblos con memoria
guerrera suelen concebir el combate no solo como continuidad de su pasado, sino
es un tema espiritual, religioso, santo, (más allá del honor). Las batallas no son solo episodios militares,
sino capítulos de una narrativa colectiva que atraviesa generaciones. De ese
modo, cada soldado siente que lucha acompañado por la sombra de sus
antepasados, (puro Love).
En ese escenario, la victoria ya no depende
únicamente de armas o números. También depende de comprender la dimensión
cultural del enemigo. Porque cuando la guerra se convierte en tradición, cada
combate deja de ser solo presente: se transforma en la prolongación de una
historia que comenzó siglos atrás.
Por otro lado, jamás imaginé ver a un hombre de
más de ochenta años, ultramillonario, probablemente ya usando pañales, enredado
todavía en las tensiones del poder. Uno pensaría que, a esa edad, la vida
debería conducirte hacia otro paisaje: un lugar de sosiego, cerca de los
nietos, tal vez escribiendo memorias, o cosas interesantes, reflexiones o las cosas que aportaste o simplemente
observando con serenidad el mundo que ayudaste a construir.
Pero no. Ahí está: probablemente
poseído, o parasitado, distorsionado o extorsionado
por una maquinaria de ambición que
parece no soltarlo jamás. Resulta extraño —casi grotesco— imaginar a un hombre
de más de ochenta años, un ultramillonario, todavía atrapado en la lógica feroz
del poder y del dinero, cuando el cuerpo ya reclama otras cosas: silencio,
descanso, humanidad.
Uno se pregunta
entonces si la riqueza extrema no termina funcionando como una especie de
prisión espiritual. ¿siempre será asi? Porque, ¿cómo acaba así un hombre que ya lo tiene todo? Un
hombre que, en cualquier cálculo razonable de la vida, debería estar retirado
del ruido del mundo, reconciliado con el tiempo, aceptando con dignidad la
última curva del camino.
Y sin embargo,
continúa allí, como si la ambición fuera un parásito que no envejece, que no se
cansa. Pero te voy a decir algo para terminar, el hombre de cara anaranjada ya
empezó a bajar de peso…
Enrico Diaz Bernuy


