Orígenes

Estimados lectores con placer y profundo aprecio a la literatura los invito a descubrir mi blog Café y escrituras con humo, un espacio donde la literatura respira con una libertad genuina, y donde cada cuento, relato o poema está tejido con esmero, ofreciendo mundos y personajes que buscan resonar en el alma. Es un rincón de lucidez y libertad de expresión, donde no existe censura ni rechazo, (ni de editoriales ni de fanzines) sino un llamado sincero a explorar juntos las profundidades de la imaginación y del pensamiento. Los textos son gratuitos y siempre bienvenidos a nuevos ojos, con la esperanza de que encuentren en ellos una chispa de inspiración o reflexión. ¡Los invito a tomar una pausa, servirse una buena taza de café, y sumergirse en la esencia de cada relato! , poema o artículos de mi autoría o de los escritores invitados. A continuación, dejo el índice del contenido:
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viernes, 6 de marzo de 2026

Artículo de Enrico Diaz Bernuy: ---------------------------------Marzo y el caballo de fuego...

 Kurushetra tan presente en estos tiempos... 


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“Cuando un gobernante siente que su pueblo puede

 rebelarse, declara una guerra contra otro país.” 

Napoleon Bonaparte


A mí me queda claro algo: viajar a un país próspero, donde se encuentran algunos de los mejores museos del mundo, galerías de renombre y ciudades de vanguardia atravesadas por puentes precisos que son casi obras de arte ha dejado de entusiasmarme como antes. Durante mucho tiempo imaginé esos lugares como templos de la cultura, espacios donde el arte parecía un intento por elevar la conciencia, crecer, conocerse y evolucionar… Hoy esa ilusión se ha vuelto frágil,  difuso e incierto... Yo no conozco a un artista que no haya deseado  visitar el metropolitan museum of art de New York o el sin fin de galerías que existen y oportunidades al  arte, o sus museos de arte contemporáneo.

Porque cuando uno observa el mapa político con detenimiento comprende que la prosperidad no siempre significa tranquilidad. Un país puede levantar museos magníficos, restaurar monumentos milenarios y exhibir una vida cultural intensa, pero aun así vivir bajo la permanente tensión de que en cualquier momento tomarán venganza..

La región donde se encuentra Irán es uno de esos territorios donde la historia pesa tanto como el presente. Allí la guerra no aparece solo como una posibilidad política, (dinero de por medio) sino como una memoria antigua. Desde los tiempos de la antigua Persia, (que fue un imperio, ojo), el combate formó parte de la identidad cultural. En relatos, epopeyas y tradiciones, el guerrero no solo enfrenta la muerte: la acepta como parte del destino, (la parte sagrada) un tema muy védico también.

Esa mentalidad cambia la forma de comprender los conflictos. Luchar contra una civilización con memoria militar milenaria no es simplemente enfrentar un ejército; es enfrentarse a una tradición donde el sacrificio puede ser visto como honor. El miedo —ese instrumento invisible de la guerra— pierde parte de su eficacia cuando el adversario no teme desaparecer.


Por eso, cuando pienso en visitar esos lugares admirados por viajeros y amantes del arte, ya no los imagino únicamente como vitrinas de civilización. También los veo como territorios donde la estabilidad puede romperse en cualquier momento.

Y entonces surge una inquietud inevitable: incluso bajo los puentes más hermosos y en los museos más silenciosos, la historia sigue respirando.

Por ello, en los conflictos entre pueblos, no solo se enfrentan ejércitos: también se enfrentan memorias. Luchar contra una civilización con tradición militar milenaria implica algo más complejo que medir fuerzas o tecnología. Significa confrontar una cultura donde la guerra forma parte de la identidad histórica.

La antigua Persia, cuyo poder se expresó tempranamente en el Imperio aqueménida, desarrolló una concepción del honor profundamente ligada al combate. Desde los relatos épicos hasta las crónicas imperiales, el guerrero persa aparece como alguien que no solo enfrenta la muerte, sino que la acepta como parte natural del destino. No se trata de una simple disposición a morir, sino de una visión cultural en la que el sacrificio en batalla puede convertirse en una forma de permanencia simbólica.

Para un adversario, esta mentalidad representa un desafío psicológico. La estrategia militar moderna suele apoyarse en el cálculo racional: pérdidas, logística, desgaste. Pero cuando el oponente posee una tradición donde la muerte no es únicamente temida sino también dignificada, el equilibrio cambia. El miedo —uno de los instrumentos invisibles de la guerra— pierde parte de su eficacia.

La historia muestra que los pueblos con memoria guerrera suelen concebir el combate no solo como continuidad de su pasado, sino es un tema espiritual, religioso, santo, (más allá del honor).  Las batallas no son solo episodios militares, sino capítulos de una narrativa colectiva que atraviesa generaciones. De ese modo, cada soldado siente que lucha acompañado por la sombra de sus antepasados, (puro Love).

En ese escenario, la victoria ya no depende únicamente de armas o números. También depende de comprender la dimensión cultural del enemigo. Porque cuando la guerra se convierte en tradición, cada combate deja de ser solo presente: se transforma en la prolongación de una historia que comenzó siglos atrás.

Por otro lado, jamás imaginé ver a un hombre de más de ochenta años, ultramillonario, probablemente ya usando pañales, enredado todavía en las tensiones del poder. Uno pensaría que, a esa edad, la vida debería conducirte hacia otro paisaje: un lugar de sosiego, cerca de los nietos, tal vez escribiendo memorias, o cosas interesantes, reflexiones  o las cosas que aportaste o simplemente observando con serenidad el mundo que ayudaste a construir.

Pero no. Ahí está: probablemente poseído,  o parasitado, distorsionado o extorsionado  por una maquinaria de ambición que parece no soltarlo jamás. Resulta extraño —casi grotesco— imaginar a un hombre de más de ochenta años, un ultramillonario, todavía atrapado en la lógica feroz del poder y del dinero, cuando el cuerpo ya reclama otras cosas: silencio, descanso, humanidad.

Uno se pregunta entonces si la riqueza extrema no termina funcionando como una especie de prisión espiritual. ¿siempre será asi?  Porque, ¿cómo acaba así un hombre que ya lo tiene todo? Un hombre que, en cualquier cálculo razonable de la vida, debería estar retirado del ruido del mundo, reconciliado con el tiempo, aceptando con dignidad la última curva del camino.

Y sin embargo, continúa allí, como si la ambición fuera un parásito que no envejece, que no se cansa. Pero te voy a decir algo para terminar, el hombre de cara anaranjada ya empezó a bajar de peso…


Enrico Diaz Bernuy

 




Abandoné una vez mas ser políticamente correcto, hecho que mis colegas no concuerdan conmigo,  veo que en sus muros prefieren contar chistes o quizás tengan doble nacionalidad, no lo sé, tampoco me interesa, al fin y al cabo, los colegas son los colegas.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Cuento de Enrico Diaz Bernuy LOS ANZUELOS DE LO ABSTRACTO ficción introspectiva y thriller psicológico de misterio.

Este no es un relato cómodo ni diseñado para leerse con ligereza. Los anzuelos de lo abstracto se interna en una zona densa donde la narración convive con capas de análisis psicoanalítico, psiquiátrico y conductual, sin explicaciones ni guías evidentes. No hay diagnósticos ni moralejas: hay indicios, preguntas y silencios.

El texto incorpora cuestionarios dentro de la trama, no como ejercicios terapéuticos, sino como dispositivos narrativos que interrumpen y tensionan el relato. Estas preguntas no buscan respuestas inmediatas; funcionan como grietas por donde se filtran el autoengaño, lo reprimido y aquello que el personaje —y quizá el lector— evita mirar.

El “yo” del protagonista no es estable ni confiable. Se observa, se contradice, se fragmenta. Las alucinaciones, apariciones y desplazamientos no deben leerse solo como elementos fantásticos, sino como manifestaciones de un conflicto interno que oscila entre lucidez y negación. La verdad aquí no se revela: incomoda.

Este texto propone un reto: leer sin certezas, aceptar la dificultad y atravesar una historia donde las preguntas importan más que las respuestas. Quien avance no leerá solo la historia de un pintor, sino una confrontación con temas universales: identidad, responsabilidad afectiva, violencia simbólica y los límites entre conciencia y huida. Y unas preguntas que quizás sean aplicables y reveladoras para quien lo lea...



Los anzuelos de lo abstracto

Una de las funciones de la inteligencia es tener

en cuenta los peligros de fiarse solo de la inteligencia.

Lewis Munford


El pintor empezó a esconder sus cuadros antes de admitir que algo se había roto. No fue una decisión consciente: simplemente dejó de colgarlos. Los apoyaba contra la pared, boca abajo, como si la casa ya no pudiera sostener ciertas imágenes, o las imágenes no pueden sostener la casa. Aunque suene extraño lo que digo, quizás las imágenes o los objetos pueden armar a una casa.

Su pareja decía que el olor del óleo le provocaba rechazo, que el silencio del taller la incomodaba.  Y aunque él amaba el silencio, ella no, él cedía. Siempre cedía.

Luego de un tiempo,  decidió viajar fuera del país con la excusa de buscar a sus tres hijos, y fue ahí donde ella se sintió obligada en ceder. Viajar fue la excusa perfecta.

Dijo que iba a buscar a sus tres hijos, dispersos en países distintos, como si cada uno habitara un tiempo propio. En realidad, huía de una casa donde su mirada debía pedir permiso. Huía de la sensación de estar ocupando un lugar prestado dentro de su propia vida.

Tres hijos dispersos en ciudades distintas, tres hijos que eran como tres dudas para él…, o sobre los temas que nunca pudo resolver en el pasado, como si cada uno habitara un tiempo diferente.  ‹‹Es como si hervir cada tubérculo en una olla, uno esperara que los tres estén listos al mismo tiempo. ››

En ese trayecto llegó a una biblioteca antigua, casi abandonada, donde conoció a un bibliotecario de voz baja y manos manchadas de polvo, uñas tan descuidadas como si se percibiera algún tipo de animal, no muy amistoso.

Pero a veces, las apariencias engañan, porque él fue amistoso con el pintor. El bibliotecario no parecía un hombre sabio, solo alguien que había leído demasiado y hablado poco. Y esa apariencia revelaba de alguna manera cierta protección, como si se cuidara de alguien. Era raro porque aquella ciudad de provincia era muy apacible como si el tiempo se detuviera constantemente.

Aquel bibliotecario era un hombre de edad imprecisa, (más de  30 ) manos manchadas de tinta y tierra, voz baja, como si cada palabra tuviera que atravesar un filtro antes de existir.

No le preguntó por su obra ni por sus hijos, porque el pintor solo hablaba de temas empresariales sobre inversión en aquel lugar. No quería revelar quien era, ni mucho menos sobre su familia.

Sin embargo, el bibliotecario le dijo:

—La vida,  no se arruina por malas respuestas. Se arruina por no haber hecho las preguntas correctas.

Habló de un antiguo plan de mentoría que ya no se enseñaba. No prometía salvación ni cambio. Solo ordenaba la conciencia, (te hacía verte en el espejo). Luego le entregó un conjunto de hojas manuscritas. No tenían título. Solo un símbolo repetido en todas: X.

—No intentes entenderlo —dijo—. Léelo como quien cruza por un sendero en el que por una vez, debes de confiar, como quien no esperas nada, es como si conocieras a una mujer y tienes cero expectativas, simplemente debes desprenderte de esperar algo. Esto no es para mejorar tu vida. Es para dejar de mentirte dentro de ella. —Sostuvo con una sofisticada entonación—.

El ritual exigía viaje. No hacia lugares bellos, sino hacia zonas donde la tierra aún no había sido domesticada. Así llegó a un pueblo remoto, rodeado de colinas secas, donde el tiempo parecía caminar con cautela.

Allí encontró la arcilla negra.

Resulta que el pintor le había dicho al bibliotecario que los motivos para ir a ese sitio era por el motivo empresarial, él era el representante de un grupo de accionistas donde debían comprar unos lotes, y cuando vio que había encontrado la arcilla negra empezó a sentir fascinación porque eso seria señal que a pesar que se había desviado de su plan inicial, estaba de igual forma reconectado con esa meta. Respecto al tema de sus hijos, simplemente fue una estrategia para que su esposa le permita viajar.

De pronto, en el inhóspito terreno lleno de malezas y hectáreas , no estaba solo. Elías, un alfarero viejo, modelaba figuras humanas sin rostro y otras con rostros de aves.

—El rostro viene después —decía—, cuando uno deja de huir.

Luego conoció a una mujer joven llamada Marina. Ella le explicó que su cuerpo reaccionaba con alergias a ciertas presencias, a ciertos olores, a ciertos vínculos.

—El cuerpo no negocia —dijo—. La mente sí.

Simón observaba desde la sombra.

—El peligro no es el dolor —intervino una vez—. Es acostumbrarse a él.

La arcilla, untada en la frente, no otorgaba visiones gloriosas. Abría escenas. Cruces. Umbrales. El pintor estaba consternado por esas frases sueltas, parece que nadie estaba acostumbrado a tener una conversación normal, todo parecía como un metalenguaje que lo desconcertaba. Se decía así mismo, como me hubiera gustado ser escritor  o poeta para entender lo que hablan estas personas…

Durante el viaje, el pintor comenzó a leer el manuscrito. No de corrido. Lo leyó como se leen los textos que no buscan respuestas, sino responsabilidad.  Pero el tema de la responsabilidad fue algo que empezó a experimentar con cada una de esas palabras en el papel.

Él inicio la lectura como se lee un periódico, o como cuando recién conversas con algun desconocido, sin esperar nada, salvo mentiras o exageraciones.

Pero cuando encontró en cada página la sensación que  parecía estar escrito sobre su misma vida, empezó a verlo todo extraño e irreal, incluso su propia permanencia en aquel pueblo.

Las respuestas que había en ese cuestionario eran necesariamente preguntas que exigían pensarlas con cuidado, no se trataba de responder al instante, se trataba de que uno, debía pensar con calma en responder, era como una arqueología del Ser.

Y fue grande su sorpresa cuando cada una de esas palabras estaban inscritas en su propio interior eran sus propias respuestas, era como si ese manuscrito estuviera redactado sobre lo que ha ocurrido con su vida.

En cómo le gustaba engañar a las personas sobre su edad, siempre aparentar más edad para ver como lo trataban, él consideraba que la edad o la percepción del tiempo dice bastante de las personas, como uno es tratado.

Porque según su teoría como las personas tratan al tiempo sea en lo que sea incluso personas, es un ente revelador de la clase de ser humano que es. Es casi tan revelador  como si invitaras a una amiga a un sitio y se pone a coquetear con cualquiera frente a uno. Con eso ya te lo dijo todo lo que es, o todo lo que le falta evolucionar, o como cuando baila y le dices; eres feliz, y ella te vuelve a desilusionar con tanta,  superficialidad, otra vez con lo mucho que le urge evolucionar…

Hasta que se  sintió rendido, no a él sino  a la vida , a las mujeres, a las amigas, los amigos distantes, a su esposa, a  los trabajos mal pagados,  a la mala suerte, incluso se rindió a los grandes contratos e inversiones,  se rindió en ese cansancio que se le venía encima como algo inevitable, a la mala racha, se rindió  y solo quería borrarlo todo, quería leer algo que le de una gota de esperanza, una gota de verdad o una gota de paz.

Pero lo que encontró en esas preguntas fue lo contrario a la paz, y aún así fue ciertamente alentador porque empezó a revelar muchas cosas a su nueva visión…

La historia comienza así;   — ¿Qué obra —real, imaginaria o futura— sientes que podría definir tu sensibilidad artística si tuvieras que mostrarle al mundo quién eres sin usar palabras?

Respuesta: Pintar un cuadro enorme sobre el encuentro de dos mundos…

—¿Qué emoción te impulsa más en la vida: la curiosidad, la nostalgia, la ambición, el misterio o la búsqueda de trascendencia? y¿ Por qué?

—Respuesta: La nostalgia y la búsqueda de la trascendencia, que en cierto modo la trascendencia es un tipo de ambición (no material). Porque recordar es algo inherente y siempre hayo cosas que extraño a veces las transformo o las exagero y la trascendencia porque espero evolucionar en conciencia para no volver a reencarnar en cuerpo humano.

— ¿Qué esperas profundamente de una amistad o de un amor, más allá de lo que la gente suele decir?

—Respuesta: Espero paz, comprensión y total sinceridad en que la gente hable de verdad sobre su pasado, (algo que casi nunca ocurre).

—Si mañana despertaras con la seguridad absoluta de que nadie va a juzgar tu obra, ¿qué proyecto escribirías, pintarías o filmarías primero?

— Respuesta: Un romance eterno compuesto de varias reencarnaciones.

—¿Qué versión de ti mismo te gustaría encontrar dentro de cinco años, y qué característica de esa versión te entusiasma más?

Respuesta: Terminar un poema inspirado en el diálogo que tuvo Krshna con Arjuna.

—Si el amor tocara nuevamente tu puerta sin avisar, ¿qué tendría que mostrarte esa persona para que tú, con tu historia y tu sensibilidad, decidas abrirla sin miedo?

Respuesta: Absoluta sinceridad, entrega al amar (que no oculten que tienen una relación) Detallista, afectiva en todos los aspectos, etc)

—Cuando imaginas un amor intenso —real o imaginado—, ¿qué gesto, mirada o complicidad te hace sentir que ese vínculo podría romper las sombras del pasado y encender algo completamente nuevo en ti?

Respuesta: Escuchar cosas importantes, sensibles o nobles que me demuestre que estoy frente a un ser humano distinto,  que sea espontánea y un ser que jamás piense en el que dirán.

— Cuales son los rituales para sentirte pleno

Respuesta: Creo que grandes cosas pueden comenzar con un estado de paz y una taza de buen café, segunda opción sería un buen vino.

—No puedes elegir de quien enamorarte, pero si puedes elegir de quien no continuar enamorado, ¿estás de acuerdo con eso?

Respuesta: Si.

—Entonces, ante eso, ¿que sería lo que no tolerarías jamás de esa persona?

Respuesta: Evitar hacerte sentir insuficiente. No aceptar desprecios, infidelidad, saber que no puedo contar con esa persona, o recibir migajas de su tiempo.

—Antes de entrar en una relación deberías hacerte estas preguntas y hacer una lista.

1.- Que nunca más tú le permitirías en una relación de pareja a una persona Tienes que pensar en todas las relaciones ¿qué es lo que permitiste antes y ahora ya no lo harás?

Respuesta: Mentiras. • Infidelidad. • Falta de división equitativa de responsabilidades. • Conductas agresivas. • Cualquier forma de violencia (jamás tolerable). • Rechazo psíquico: desvalorización de lo que eres o haces (por ejemplo, que no le agrade verte pintar). • Rechazo físico: incompatibilidades corporales persistentes (como alergias u otras reacciones que impiden el contacto).

2.-Que tú nunca más haría en una relación de pareja De adentro para afuera, o sea algo que tu hiciste y no estuvo bien (Hacer una lista)

Respuesta: Ser distante frío con algunas, infiel, no darle tiempo a la relación.

3.- Como tú te lastimas a ti mismo cuando estas en una relación de pareja Lo que ante tus ojos sucede y no siempre se entera el otro o la otra (Hacer una lista)

Respuesta: Aceptando que no le dan lugar a uno, que ocultan la relación que tienen con uno, me lastimo mucho cuando siempre tengo muchas expectativas de esa persona porque luego sé que fallan o cambian.

Entonces las coincidencias claras que se repiten, aunque no siempre con la misma forma. Te las señalo ordenadas y explicadas: 1. Infidelidad / Deslealtad

Lista 1: No tolerarías mentiras ni infidelidad. Lista 2: Reconoces haber sido infiel. Lista 3 (implícito): Tener expectativas altas y luego sentir la caída suele estar ligada a idealizar a alguien que no es leal como esperabas.

Coincidencia: la infidelidad aparece como herida, error propio y límite, lo que indica que es un núcleo sensible no resuelto del todo.

2. Distancia emocional / Falta de lugar

Lista 2: Ser distante, frío, no darle tiempo a la relación. Lista 3: Aceptar que no te dan lugar, que te ocultan, que no te priorizan.

Coincidencia fuerte: lo que no das o retiras, luego lo aceptas del otro. Es un espejo claro.  3. Expectativas altas / Idealización

Lista 3: Te lastimas al poner muchas expectativas y luego sentir la falla.

Lista 1 (indirecto): Exigir honestidad, igualdad y no violencia muestra un ideal de relación muy claro.

Lista 2 (indirecto): La infidelidad y la distancia suelen aparecer cuando la realidad no alcanza ese ideal.  

Coincidencia: una tensión constante entre ideal y realidad, que termina en decepción.

4. Responsabilidad afectiva Lista 1: Exiges división equitativa de responsabilidades. Lista 2: Reconoces no haber cuidado la relación. Lista 3: Te lastimas aceptando vínculos desequilibrados.

 Coincidencia: el desequilibrio se repite como límite, como culpa y como autoabandono.

Síntesis metacentral: Lo que se repite con más fuerza en las tres listas es: Deslealtad Distancia emocional Desequilibrio afectivo Idealización seguida de decepción En términos más profundos: no es solo “lo que el otro hace”, sino cómo toleras, reproduces o anticipas eso mismo dentro de la relación. Patrones repetido.

La idea de los criterios conscientes no es moralizar ni prometer “no volver a sufrir”, sino sacar el vínculo del automatismo. Pasar de repetir a elegir.

1. Criterio de coherencia, no de promesa Antes tolerabas mentiras o ambigüedades esperando que “con el tiempo cambie”. Criterio consciente: no crees en discursos, solo en conductas sostenidas. Si dice que quiere algo serio, observa si te da lugar, si te nombra, si está disponible. La incoherencia temprana ya no se negocia ni se explica.  

Regla interna: lo que no aparece en los hechos, no existe.

Es como el arte de adobar las carnes, sino tiene un buen proceso de maceración (número de horas exacto) con los debidos ingredientes, entonces el resultado no será óptimo.

2. Criterio de presencia afectiva El patrón muestra distancia: tú la dabas, tú la aceptabas. Criterio consciente: la relación debe sentirse presente, no solo intensa. Tiempo real compartido. Interés activo. Continuidad emocional.

Si notas que empiezas a enfriarte para no sentir, o a esperar migajas, paras y nombras lo que pasa, o te vas…

 

 

HOJA DE RUTA EN EL SEGUNDO PLANO

 

Criterio de simetría Aquí está el punto vedántico, si quieres verlo así: cuando el vínculo no es espejo, es ilusión. ¿Das más de lo que recibes? ¿Esperas más de lo que la otra persona puede o quiere dar?

Criterio consciente: no sostienes relaciones donde la balanza siempre cae del mismo lado, aunque haya química o deseo.

4. Criterio de expectativa revisada Tu herida no es amar mucho, es idealizar rápido. No proyectas futuro sin evidencia. No completas con fantasía lo que el otro no muestra.

Regla clara: la expectativa crece al ritmo de la realidad, no del deseo.

5. Criterio de autotraición Este es el más importante. Antes te lastimabas aceptando lo que ya sabías que dolía.

Criterio consciente: el dolor que se repite ya no es destino, es aviso. Si algo te incomoda y lo callas, te estás dejando. Si algo te duele y lo justificas, te estás abandonando.  

La relación termina primero adentro, no afuera. Toda muestra de abandono es carencia de amor propio, debes trabajar en ello.

Cierre Cuando estos criterios están claros, no te vuelves más frío: te vuelves más lúcido. Y la lucidez —como diría un viejo texto vedántico— no evita el amor, evita la ilusión que lo destruye.

El siguiente paso es aprender a detectar el patrón antes de que se vuelva vínculo, cuando todavía hay deseo pero no dependencia. Ahí es donde se gana o se pierde todo.

1. Las señales aparecen temprano, no tarde.

El error habitual es creer que “aún es pronto para evaluar”. No. El patrón siempre avisa en los primeros meses.

Observa: Respuestas intermitentes. Presencia intensa un día y desaparición al siguiente. Ambigüedad sobre el lugar que ocupas.

Si eso te genera ansiedad y lo normalizas, el patrón ya empezó.

 2. Tu cuerpo detecta antes que tu mente Antes de la decepción hay incomodidad. Tensión al escribir.

Miedo a decir lo que necesitas. Sensación de estar “esperando algo”.

Criterio: si el cuerpo se contrae, no racionalices. El cuerpo no idealiza.

3. El test de la demanda mínima No se trata de exigir, sino de pedir algo básico y observar. Ejemplos: Pedir claridad. Pedir tiempo. Pedir coherencia. Si la otra persona: Minimiza, Se ofende, Te hace sentir exagerado,

 No es amor: es evitación.

4. El punto donde antes te traicionabas. Aquí aparece el nudo. Antes: “Esto me duele, pero voy a aguantar”. Ahora: “Esto me duele, voy a decirlo una vez”. Si después de decirlo nada cambia, el criterio se activa: te retiras sin drama, sin castigo, sin explicación excesiva.

5. El duelo temprano (el más difícil y el más sano) Cortar temprano duele más al ego, pero menos al alma. No esperas pruebas definitivas. No necesitas que el otro sea “el malo”. Te basta con ver que no es simétrico.  Esto es madurez afectiva: elegir paz antes que intensidad.

 Síntesis final

El patrón se rompe cuando: Detectas la señal. Nombras el límite. Te retiras sin negociar tu dignidad. No es frialdad. Es respeto por tu energía. Si quieres, el próximo paso puede ser qué tipo de personas suelen activar tu patrón y por qué te atraen, para desmontar eso desde la raíz. Esos son los filtros gruesos.

Por ejemplo: nunca más violencia en mi vida. Eso implica asumir un juramento interno, un compromiso consciente de no repetir el pasado. No es rigidez, es lealtad con tu propia vida. Cuando ese compromiso existe, ya no hay negociación posible.

Si tú has puesto como filtro “no quiero violencia” y aparece el príncipe azul o la princesa de tus sueños, pero observas que esa persona maltrata a un mesero, a un taxista o a alguien en posición vulnerable, ese vínculo se descarta de inmediato. ¿Por qué? Porque así como esa persona trata a quien tiene debajo, así tratará a quien tenga cerca.

El día que le des permiso para entrar a tu intimidad, ese mismo patrón se activará contigo. Si luego esa persona se justifica diciendo: “no fue para tanto, solo fue con el mesero”, y tú lo crees, empieza el autoengaño.

En ese punto ya no falló el otro: fallaste tú en respetar tu propio filtro. Cuando alguien no pasa un filtro grueso, puede ser muchas cosas: amiga intelectual, amigo artística, colega laboral, conocido interesante. O alguien para visitarla dos veces al año.

Pero no es seleccionable para construir una relación de pareja. Los filtros gruesos no están para castigar al otro, están para proteger tu historia.

Diagnóstico total del patrón vincular El patrón que se repite en tus relaciones de pareja no se reduce a “mala suerte” ni a errores aislados, sino a una dinámica estructural donde se cruzan idealización, autoexigencia y autoabandono.

1. Lo que ya no permites (límites externos) A partir de la revisión consciente de tus vínculos anteriores, se definen filtros gruesos innegociables:

Mentiras. Infidelidad. Falta de división equitativa de responsabilidades afectivas y prácticas. Conductas agresivas. Cualquier forma de violencia. Rechazo psíquico: desvalorización de tu mundo interior y creativo (por ejemplo, que incomode o desagrade verte pintar).

Rechazo físico persistente: incompatibilidades corporales que impidan el contacto o la intimidad (alergias u otras reacciones).

Estos filtros no son castigos hacia el otro, sino actos de lealtad contigo mismo. Cuando uno de ellos se rompe, el vínculo se descarta de inmediato como proyecto de pareja, aunque pueda existir atracción, admiración o afinidad intelectual.

2. Lo que reconoces que no volverás a hacer (límites internos) El diagnóstico también incluye una revisión honesta de tu propia conducta: Ser distante o emocionalmente frío. Ser infiel. No darle tiempo ni presencia real a la relación. Aquí aparece un punto central: lo que antes retirabas del vínculo, luego lo tolerabas cuando venía del otro. Ese doble movimiento reforzó relaciones desequilibradas.

3. La forma en que te lastimas dentro de la relación (autoabandono) El daño más profundo no siempre vino del otro, sino de lo que aceptabas: Permanecer donde no te daban lugar. Aceptar ser ocultado o no reconocido.

Construir expectativas altas sobre personas que no mostraban coherencia. A esto se suma ahora un elemento decisivo: quedarte en vínculos donde tu identidad debía reducirse para no incomodar.

Cuando tu expresión creativa, corporal o simbólica no es bienvenida, lo que se rechaza no es un rasgo aislado, sino tu forma de estar en el mundo.

4. El núcleo del patrón El patrón central puede formularse  así: Intentar construir intimidad con personas que no podían —o no querían— habitar tu mundo emocional, creativo y vital. Eso generó idealización inicial, desequilibrio progresivo y decepción final.

5. Criterio de salida del patrón El diagnóstico total concluye en una nueva brújula vincular: No buscas intensidad sin presencia. No negocias tu identidad para ser amado. No confundes atracción con compatibilidad existencial. Quien no pasa los filtros gruesos tiene que ser descartado como lo detallé anteriormente.

Este no es un cierre defensivo, sino un acto de lucidez afectiva: elegir relaciones donde no tengas que desaparecer para permanecer.

 —X no es un juicio —dijo—. Es un límite y así terminó ese manuscrito.

El pintor volvió a casa sin la arcilla, y sin el manuscrito. Colgó los cuadros otra vez. Algunos quedaron vacíos. Otros respiraron por primera vez.

Comprendió que amar no era adaptarse hasta desaparecer, ni viajar al pasado para explicarlo todo.

Amar era no esconder la mirada para permanecer.

Y la casa, por fin, sostuvo las imágenes.

Y a pesar que las preguntas de ese manuscrito coincidían tanto con su vida que no quiso poseerlo, era como si un temor indecible le negara la posibilidad para enfrentar su propio destino. Era como si un amigo te envíe pronósticos sobre tu futuro tan real que solo tu sabes que son ciertos y sin que tengas las fuerzas suficientes para enfrentarlo, o modificarlo,  prefieres no mirar esa realidad, por que lo real , como la verdad, siempre es chocante, y nadie en el fondo quiere saber la verdad.

Pero en el medio de la negación y esa huida donde en cierta forma puede reflejar cierta inteligencia emocional, era prácticamente todo lo contrario, cero enfrentamiento. Y a pesar de esa debilidad, en sus interiores de negación empezaron en aflorar otra clase de preguntas, quizás a nivel psiquiátrico:

Cuando estás a solas y no hay estímulos externos, ¿qué estado te habita con mayor frecuencia: quietud, vacío, tristeza o agitación?

―¿Hay actividades que antes te sostenían y hoy realizas solo por inercia o ya no realizas en absoluto?

—¿Tus ideas fluyen con continuidad o se fragmentan en bucles que regresan, aun cuando intentas apartarlos?

—¿Has vivido momentos en los que el mundo parece perder consistencia, como si estuvieras observándolo desde fuera o desde muy lejos?

—¿Tiendes a permanecer en situaciones que te deterioran por miedo al vacío que podría dejar su ausencia?

El bibliotecario apareció como un fantasma dentro de su casa vacía del pintor, no explica nada después.

Solo observa el silencio que queda tras cada respuesta.

Ahí —no en las palabras— empieza el verdadero diagnóstico.

—Si mañana despertaras sin el dolor que hoy te define,

¿seguirías reconociéndote como tú

o sentirías que algo esencial te fue arrebatado?

El bibliotecario no levanta la mirada al hacerla.

Sabe que no es una pregunta para ser respondida en voz alta.

Es una grieta:

si el sujeto duda, el viaje comienza;

si responde rápido, todavía no está listo.

Esa pregunta no busca verdad clínica, busca desmontar la identidad construida alrededor del sufrimiento más allá del ego.

El pintor no levantó la vista.
Pasó la página como quien no busca confirmación. ‹‹Era como sentir la fragancia de las verduras sobre la cacerola  al fuego››.  Acompaña las carnes de canela china, salsa de ostión y abundante azúcar para acaramelar las carnes. Solo oliendo te dabas cuenta en qué grado está de cocción, incluso de sabor.

—Cuando alguien sale perjudicado por una decisión tuya —dijo—, ¿qué queda en ti después: algo que pesa… o nada que permanezca?

Dejó un silencio incómodo, breve.    No dijo nada.

—¿Te has sorprendido alguna vez diciendo una mentira sin necesidad, no para protegerte ni para ganar, sino porque era posible?

Acomodó un libro torcido, con cuidado excesivo. No dijo nada.

—Cuando alguien deposita en ti una confianza profunda, ¿qué ves ahí: un lazo… o una ventaja?

  No lo miró al hacer la siguiente. No dijo nada.

—¿Has hecho daño alguna vez sintiendo que estaba justificado, o peor aún, que no merecía ser pensado?

Por último, cerró el cuaderno. No dijo nada.

—Si no existieran normas, ni testigos, ni consecuencias visibles, ¿crees que seguirías siendo el mismo?

El bibliotecario no añadió nada.
Sabía que esas preguntas no revelan a quien responde,
sino a quien no siente la necesidad de responderlas. Las respuestas estaban en los gestos, porque las palabras muchas veces enmascaran la verdad en el mundo real…

Es como alguien que se esmera en regalarte una noche hermosa y, al amanecer, te dice adiós sin peso ni memoria ni remordimiento; un uso silencioso del otro, un despotismo, y una escalofriante frialdad a nivel psicopática  (falta de empatía, manipulación, frialdad emocional) , donde todo acto de afecto o bondad  pasa desapercibido y no deja huella, ni gratitud, más que un simple adiós.

Y esa indiferencia enormemente psicopática pasa desapercibida para que esa persona viva así siempre mientras que el otro, simplemente se distancie en caso que tenga amor propio.

Pero luego de la primera alucinación que el pintor tuvo sobre la revelación del bibliotecario en su departamento. Estaba descubriendo poco a poco que si encontraba distinto al departamento era debido a que él no había regresado a su departamento, simplemente se había quedado en ese pueblo agreste de las montañas deambulando tratando de colgar sus cuadros sobre los árboles o las montañas que él estaba imaginando.

 

Enrico Diaz Bernuy




lunes, 8 de diciembre de 2025

domingo, 9 de noviembre de 2025

--- Cuento: LESLIE --- Autor : Enrico Díaz Bernuy

 

 

 Descripción del cuento:

 Leslie es un cuento que se adentra en la arquitectura de la mente y en la manera en que la conciencia fabrica realidades paralelas para sostenerse. Más que un relato sobre pérdidas afectivas, es una exploración de cómo el pensamiento, la percepción, la decepción y la identidad pueden distorsionarse hasta el punto de crear presencias que no existen fuera del propio yo. La conversación entre el protagonista y Leslie funciona como un laboratorio psicológico donde se examina la frontera entre lo imaginado y lo real, mostrando cómo el diálogo interno puede tomar la forma de un otro, casi como un desdoblamiento.

El cierre, de carácter metafísico, ofrece una reflexión contundente sobre la fragilidad de la percepción y el poder creador —y engañoso— de la mente. Leslie deja al lector con la inquietante sensación y mensaje al lector  que debe descubrir. 

 

L e s l i e

 

 “Quien se conoce a sí mismo ama mejor, 

porque no espera que el amor llene 

vacíos que él no ha querido mirar.”

Baruch Spinoza

Una de las formas misteriosas en como una mujer quiere que inicies una conversación con ella, a veces es con un comentario poco adecuado en alguna de tus publicaciones, por que a veces lo inadecuado puede ser lo que llame mas la atención pero también te revela una parte de esa persona como diciendo ¿oye te acuerdas de esta forma de pensar la mía? y así fue.    

El comentario apareció debajo de una publicación que Orlando había puesto en una de sus redes sociales.

Él jamás imaginó que detrás de esas palabras había una intención, una huella o mejor dicho, una historia…

Quien escribía era una ex enamorada, alguien de muchos años atrás, alguien que esperaba, alguien que lo había recordado, y alguien que lo había buscado.

—Quizá con una mezcla de picardía y nostalgia— que él la reconociera.  Y sin duda, así fue, y así comenzó la historia de una segunda oportunidad…

Ella se había vuelto psicóloga. Él, un hombre que, sin proponérselo, había acumulado más oficios pero con una sola vocación: inversión en aparatos tecnológicos.

Coordinaron un encuentro sin demasiadas palabras: ambos estaban en el ocaso de unas relaciones; ambos sintieron una gratitud extraña, casi secreta, por volverse a ver.

Todo inició con un abrazo en una vieja cafetería olvidada del parque central de Lince.

El abrazo fue largo, casi torpe, como si el cuerpo intentara decir palabras que no sabían pronunciar.

Él  fue el primero en separarse y la miró, con una sonrisa amigable:

Ella le dijo: —Pensé que este día nunca llegaría. No así, por lo menos.

Se sentaron frente a frente. Ella lo observó con una mezcla de sorpresa y ternura. Le dijo, toca mis manos están temblando… no me imaginé emocionarme así.

Él no tuvo respuestas para ese comentario. Y para no alargar el silencio ella le dijo:

—Estás distinto… pero también igual —añadió—. Tu mirada no ha cambiado, sigues con la misma estructura corporal, no te has engordado como otros hombres de tu edad, y aunque ella no señaló el poco cabello que poseía, él inmediatamente le dijo: pero con menos cabello, jajaja.

Ella sonrió y le dijo pero eso ahora es tan solucionable que la gente no se da cuenta, en Lima siempre hubo mucho perjuicio. Siempre dicen que el hombre no debe arreglarse, desviando la mirada como si recordara varios casos que ella había atendido. Lo cierto es que los tiempos han cambiado y ahora hay clínicas exclusivas solo para hombres.

—Tengo que contarte algo. O mejor dicho… tengo que contarte muchas cosas.

Ella respiró hondo, como para un viaje inesperado,  acomodó su  sofisticada cartera como si se preparara para estar largo rato, y luego le dijo:

—Yo también tengo cosas que decirte. No vine solo a escuchar.

Él sonrió con una gratitud suave y con esa misma dulzura que solo ella podía inspirar.  

—Es como ofrecer agua limpia a quien siempre bebió agua turbia —empezó Orlando—.

Y mi agua limpia siempre les pareció demasiado.

Ella arqueó las cejas. En otras palabras tuviste amor no correspondido.

Él respondió siempre tan pragmática; jajajaja

—¿Tú crees que amar de forma honesta espanta a la gente? —Dijo Leslie.

—A veces sí —dijo él—. La luz incomoda. Por que suele alumbrar el panorama que la otra persona había enterrado o pone al descubierto las miserias que el otro solo tiene para ofrecer.

— A que te refieres con miserias?  — Dijo Leslie.

—  Dar migajas. —Respondió Orlando.

Ella lo interrumpió por primera vez:

—Pero también atrae. No te quites mérito. A mí me atrajo eso de ti y luego yo actué así con otro hombre y claro, él se sintió sofocado.

 

Se miraron con ese tipo de honestidad que solo aparece después del silencio de las tormentas, la honestidad de la paz, la honestidad de la lucidez. Una lucidez en la que se ubicaron en un tiempo pasado con tantas similitudes.

Ella abrió un cuaderno, como un acto involuntario, pero lo dejó a un lado. Porque esta reunión no era con un paciente. Él era su ex enamorado, su amigo ahora.

—No voy a psicoanalizarte, Orlando. Solo quiero entenderte, pero sobre todo escucharte.

En el pasado quizás lo hiciste, incluso sin ser psicóloga, con una sonrisa nostálgica —le dijo—.

Él continuó:

—El encuentro con el otro es el encuentro con uno mismo. Lo aprendí tarde. Yo intenté curar con amor… como si amar fuera un remedio universal.

Ella negó lentamente con la cabeza, grave error…

—No eres médico del alma de nadie. Pero tampoco eres culpable de haber querido sanar.

—¿Sanar yo? —Sostuvo Orlando.

— Siii, tu.

 Una sanación que quizás la proyectaste en el otro. A veces uno ama como le enseñaron: dando más de lo que le dieron. Mientras que otros repiten las migajas que recibieron.

Orlando quedó en silencio un segundo, sorprendido por la precisión de sus palabras. O lo mucho que ella lo había conocido. O lo emocionalmente irreconocible que Leslie se encontraba.

—Mi amor se volvió arma en manos equivocadas —dijo él—. Y yo no nací para convencer a nadie de que merecía ser querido. Al final me agoté.

Ella lo miró directo.

—Yo tampoco. —Hizo una pausa—. ¿Sabes? A mí también me pasó. Todo lo que yo no pude corresponderte, lo hice con él, o sea,   mi pareja actual… bueno, ex pareja. Me cansé de explicar mi cariño, de justificar mis cuidados como si fueran sospechosos. Me cansé de esperar correspondencia y sobre todo me cansé de esperar el apoyo moral que nunca me ofreció frente a mi trabajo.

Orlando la escuchó, atento, mientras que en sus adentros sentía cierta envidia por aquel sujeto que recibió lo que él no tuvo.

Ella respiró profundo, no me mires así, que yo a ti también te quise. Quizás no como querías, pero si te quise. Te quise como estaba preparada en esos momentos.

Ella sin duda podía leer en él hasta el mínimo gesto corporal, y acertaba.

 —A veces me volví fría, Orlando. No premeditadamente, era como un acto involuntario, eran mis momentos.

Él levantó ligeramente  la cabeza, sorprendido de escucharla libre de ese orgullo que la caracterizaba.

Ella sonrió como un acto automático, pero con tristeza o arrepentimiento,

—Tú me querías con luz. Yo solo sabía darte sombra.

Orlando estiró la mano y ella la tomó sin dudar.

—Jung decía que proyectamos nuestra sombra en el otro —dijo Orlando.

—Sí… pero también decía que podemos integrar esa sombra, —respondió Leslie—. Yo nunca integré la mía. Tú sí. O por lo menos lo intentaste.

Pero míranos ahora, sentados aquí con esta palpitante amistad, este cariño, no es usual.

Lo sé Orlando, esto es un tesoro.

 

Él siguió, casi con alivio porque ella también hablaba:

A veces no te enamoras de quien te hace bien, sino de lo que te resulta familiar.  O sea lo familiar era dar amor a medias o a migajas. Yo repetía las frialdades, las indiferencias, guiones, impuestos que era difícil deshacerse.

Cuando ocultas  los errores los repites, luego buscara maquillar las imperfecciones internas intentando creer tus propias mentiras, pero todo eso lo entendí tan tarde que vi a varias mujeres maravillosas irse de mi vida.

 

—Y yo también —confesó ella—. Sabía que tu cariño era limpio, pero yo tenía miedo. A veces prefería relaciones confusas, inestables o sedadas… porque la base de esas relaciones es que me hacían sentir que no debía rendir cuentas. Pero hay una cosa que debes entender también, uno no elije de quien enamorarse, esas cosas suceden, simplemente una debe tomar decisiones si conviene esa persona o no.

—Orlando sonrió suavemente.

Y si no, ¿conviene  sufrir igual? Señaló Orlando.

Ella respondió, peor sería sufrir estando con esa  persona (la inadecuada) porque el sufrimiento sería el doble, ¿no crees?

—Te siento tan madura que casi no te reconozco.

—No éramos malos, Orlando —dijo ella—. Solo éramos jóvenes y torpes. Y un poco heridos. Yo te veía tan vinculado al deporte y yo universitaria, a veces te gustaba leer pero eso no era suficiente para mí. Igual eras casi un niño en esa época y cuando sentí que estábamos en distintas frecuencias decidí terminar contigo.

—Claro, si comprendí. —Dijo Orlando.

Él sintió que una parte de su pecho se aflojaba. Parecía que sus palabras lo desarmaban por dentro, por que hablar todas esas cosas eran como un viaje a una época que él había enterrado, pero ahora todo salía a flote. Y él  debía disimular, debía ser fuerte y eso era un código instaurado, la fortaleza, un mito más en su vida o mejor dicho la máscara de siempre.

Ella añadió:

—Tú dabas demasiado para que no te abandonen. Yo daba poco para no sentirme atrapada. Ambos actuábamos desde heridas viejas… como si el amor fuera una coreografía que nadie nos enseñó, pero que la danzábamos en modo automático como un mecanismo de autodefensa sin saber que a quien mas heríamos era a nosotros mismos.

 

Él cerró los ojos un instante. Porque en esos momentos todas las cosas que quería contarle ya no eran importantes, parece que más importante era hablar de ellos, ya no de sus experiencias o sus logros o sus fracasos.  Él ya no quería contarle de su empresa o las inversiones o sobre los viajes que tuvo, era cosas completamente intrascendentales, o los conflictos familiares que tenía con sus hermanos debido a la ambición de ellos. Y aunque no entendía porque las cosas habían cambiado por el orden de importancia, por que de pronto, hablar de sus sentires era más importante simplemente dijo:

—La danza de la repetición…

—Sí —respondió ella—. Pero también se puede aprender otra danza.

Ella lo miró con una ternura adulta, distinta y más sensual que nunca.

—Orlando, tú no estás condenado. Y yo tampoco.

Estando contigo o con otros, me protegía demasiado. Aprendí a dar poco para no perder mucho. Era como si el fracaso era una idea latente en mi mente, era lo más próximo. Ya de pequeña había visto a mi mamá fracasar con mi padre, o viceversa y otras cosas horrendas.

Él sintió un temblor leve en el corazón, era un sentimiento antiguo un deseo de rescatarla, pero no se lo podía decir, esas cosas ya nadie te las cree.

Ella tocó su mano y dijo:

—Esta vez… no tienes que repetir la danza. Y yo tampoco, sostuvo.

Y en la cafetería de Lince, entre el eco de un pasado que los unía y un presente que se reacomodaba con cautela, los dos sintieron que quizá, por primera vez, la vida les daba permiso para empezar distinto. Además, debes entender que cuando uno aprende a descifrar su propia mente, comprende que los recuerdos no son restos del pasado, sino los planos invisibles con los que edificamos nuestra existencia. Elegir qué recordar es elegir quién ser. Y solo entonces descubrimos que esa arquitectura íntima siempre estuvo actuando sin que lo supiéramos.

Pero algo empezó a inquietarlo, más allá de aquel mensaje.

La luz que caía sobre ella era demasiado quieta, demasiado perfecta, como si no obedeciera al paso natural de la tarde. Él hablaba, contaba recuerdos, dudas, culpas, y ella respondía con una serenidad que desentonaba con la vida misma. No había titubeo en su voz, ni respiración agitada, ni ese gesto nervioso de movimiento que hacía con sus pies cuando estaba a punto de llorar.

Entonces lo entendió.

No era un encuentro: era una despedida.

Él tragó saliva, como si una mano antigua le apretara la garganta y era la misma sensación de cuando era adolescente.

—¿Cuándo te fuiste? —preguntó, sin poder sostenerle la mirada.

Ella sonrió con una dulzura que jamás pudo tener en el pasado.

—No importa. A veces uno vuelve solo para que alguien pueda soltar lo que quedó pendiente.

Un silencio grueso se extendió entre ambos, como una sábana que lo cubría todo. Él sintió que el mundo se hacía pequeño y que su cuerpo, por fin, admitía el cansancio de tantos años fingiendo fuerza y fingir frialdad.

—Solo quería… —dijo él, con la voz rota— sentir que aún estabas.

—Siempre estuve —susurró ella.

El aire se detuvo cuando él dio un paso hacia adelante. La vio de cerca, casi tangible, casi humana. Y sin embargo, algo en su transparencia lo obligaba a comprender: el límite entre la vida y la muerte no siempre es un muro, a veces es apenas un hilo que vibra entre dos almas cansadas pero dos almas que se habían extrañado porque no era la primera vida en la que se encontraban…

—Déjame sentir tus labios —pidió—. Solo una vez. Para saber que no soñé nuestra historia.

Ella acercó su rostro. El beso no tuvo temperatura, ni peso; fue como tocar un recuerdo que aún conserve aroma similar a aquellas cremas humectantes que ella usaba. Un roce de eternidad pero lleno del silencio que lo transportaba a otros tiempos que él no recordaba con claridad, pero que le traían sensaciones de gratitud o felicidad.

Él cerró los ojos y sonrió.

En ese instante comprendió la verdad filosófica que durante años había evitado: morimos no cuando el cuerpo cae, sino cuando ya no queda nadie a quien besar en nombre de la memoria.

 

El silencio cayó de golpe, como si el aire mismo hubiera decidido apagarse. Él aún sentía en los labios el rastro frío de aquel beso imposible, ese roce que parecía hecho de niebla y despedida. Cerró los ojos un instante, intentando sostener la emoción, el temblor, el sentido profundo de que algo dentro de él acababa de cerrarse para siempre.

Entonces escuchó pasos.

Un mesero se detuvo junto a la mesa, con una expresión incómoda, casi asustada.

—Disculpe señor…—Disculpe, señor…   —dijo con voz baja—. ¿Desea algo más?

Él levantó la vista, confundido por la interrupción.

—No, estoy conversando con ella… —respondió, señalando el asiento frente a él.

El mesero tragó saliva y negó lentamente.

—Señor… usted ha estado solo todo este tiempo. Nadie se ha sentado con usted desde que llegó.

El corazón le dio un vuelco brutal. Miró la silla. Vacía. Impecablemente vacía. Como si nunca hubiese sido ocupada.

La comprensión lo atravesó como un rayo lento, poético e inevitable:

las conversaciones más profundas a veces ocurren con quienes ya no habitan este mundo, sino nuestra necesidad.

Sintió un vértigo suave, una mezcla de pena y revelación. Había hablado con ella… o con lo que quedaba de ella dentro de él. Y el beso, ese último beso, no pertenecía al mundo físico sino al territorio íntimo donde memoria y deseo se confunden.

El mesero dio un paso atrás, inquieto.

Él, en cambio, se serenó.

Miró el espacio vacío frente a él con un cariño que ya no dolía.

—Gracias por venir —susurró a la nada.

Y en ese momento comprendió algo que lo dejó en paz:

no había estado loco, había estado amando.

Y a veces, amar es la única forma de seguir a un fantasma sin perderse.

Y como un eco de la memoria —aunque carecía de la precisión de un recuerdo real—, la idea persistía nítida, firme en su claridad.

Se visualizó acompañándola  a su casa, ella abre la puerta y él observa un montón de dibujos extraños pegados a las paredes: rostros sin boca, o rostros sin orejas, manuscritos a mano, arrugados o manchados con café o comida. Rumas apoyadas por todos lados, mientras que los ruidos que hacían los jugadores de billar de la casa de al lado invadían hasta el mínimo espacio de su departamento.

Ella le confiesa:

No soy la que recuerdas. Esa versión de mí murió hace tiempo.

No es un fantasma, pero soy otra persona emocionalmente  irreconocible.

Cuando él le pregunta por qué había venido a verlo después de tantos años, ella responde:

Porque me llamaste sin saberlo.

Él no entiende.

Ella explica que cada vez que uno recuerda intensamente a alguien, crea un eco de esa persona en otra dimensión. Una dimensión puede ser el mundo onírico

Ella es ese eco: una versión creada por su nostalgia.

Y cuando él deja de recordarla, ella empieza a desvanecerse lentamente, como si se apagara una vela.

 

En esa oscuridad, de pronto, algo comienza a iluminarse: tenía los ojos cerrados y, al abrirlos, descubrió que se había quedado dormido frente a la pileta del parque. Era una pileta adornada con rostros femeninos, y uno de ellos se parecía mucho al de su antigua enamorada. Mirándola, se quedó dormido.

Como en la misma época que ellos hacían el amor y ella quedaba dormida y el fascinado le encantaba contemplarla. Cada descanso era para volver a tener intimidad y siempre eran varias veces, como jamás tuvo ese ritmo con ninguna otra mujer. Era como si su descanso era contemplarla a ella descansar.

Ella dormía, y él le daba sutiles besos sin despertarla; la lamía con una delicadeza absoluta para no romper ese silencio tibio del sueño. Sus ojos cerrados, aquella frente relajada y los hombros en sosiego le daban a él una sensación que iba más allá de las palabras.
Un día, ella despertó y se dio cuenta de que él la miraba con un amor completo, total. Ella se sintió intimidada y silenciosa.

Un amanecer, ella abrió los ojos porque se sintió observada y le dijo:
—Oye, ¿no me estarás tomando una foto?

Él respondió que una cosa así era absolutamente imposible que pudiera hacer.
Y ella, luego de unos segundos, le creyó.


Y a pesar de tanto furor corporal que los unía, él veía en ella un lazo más profundo e indescifrable que lo físico. 

Pero hoy, él ya era un anciano y se había quedado dormido frente a la pileta que solo podía traerle recuerdo debido a que había un rostro muy similar a la que amó con tanta fuerza como si ella fuera de una vida pasada.

Entonces lo comprendió: no era el sueño lo que lo había vencido, sino la memoria misma, que lo había llevado a ese lugar para mostrarle lo que nunca quiso aceptar. Al mirar de nuevo la pileta, el rostro femenino que le recordaba a su ex enamorada comenzó a agrietarse, a desprenderse del mármol como si quisiera liberarse de siglos de silencio. Él dio un paso atrás, pero la figura terminó de romperse y, por un instante, la vio a ella —no la estatua, no el recuerdo, sino a ella misma— salir envuelta en una luz tenue que temblaba como un corazón agonizante.

Extendió la mano, quizá para volver a tocarla o para confirmar que aún existía, pero en cuanto la rozó, el cuerpo de la aparición se deshizo en un polvo luminoso que lo cubrió por completo.

Fue entonces cuando escuchó la verdad, no con los oídos sino en el pecho: ella llevaba años muerta, y todo lo que quedaba de su amor dependía del frágil acto de recordarla. Sintió un peso insoportable en el pecho, un frío que lo dejó sin aliento, y comprendió que aquel último destello era su despedida final.

De rodillas, bañado en ese polvo que parecía ceniza y luz al mismo tiempo, deseó algo simple y devastador: un último beso, aunque fuera imaginado, aunque lo arrastrara consigo al mismo abismo.

Cerró los ojos, inclinó el rostro hacia el vacío y, cuando creyó sentir el roce de unos labios que ya no existían, su cuerpo cayó lentamente al borde de la pileta, como si hubiera decidido seguirla hasta donde los recuerdos dejan de ser luz y se convierten en silencio del beso y su fin. 




Enrico Diaz Bernuy