TE FUISTE HERIDO
Rayito, te fuiste herido con una enfermedad encima, como la carga de tantos odios que fueron para mí, pero tú tuviste que absorberlo todo. Siempre me protegiste de mis hermanos y de mi hermana, siempre me demostrabas que en ninguno de ellos debía confiar. Te fuiste con tu mirada ausente, gris y herida. Ya querías descansar y ya lo habías dado todo por mí.
Infinidad de
veces te llamaba amigo; otras veces, te llamaba hijo. Pero cuando te leía
libros sagrados o cuando rezaba a tu lado, tus suspiros lo decían todo.
Hoy siento que
he fracasado frente a una de las almas más nobles, como es la tuya. Fracasé
porque no pude llevarte a los lugares que deseabas. En donde yo y mis
obsesiones por mis proyectos laborales u horas frente a los cuadros te dejé a
un lado.
Recuerdo que,
en mi obnubilado entusiasmo por hacer videos culturales, (enseñoriado), siempre
estabas a mi lado, al costado de mi escritorio, en el anonimato y el silencio
como algunos artistas. En medio de mi desorden, a veces salían tus suspiros que
se filtraban en el video. Jamás pude definir si renegabas por lo que hacía o
simplemente estabas satisfecho de mí.
Quiero creer
que sabes que yo hice lo mejor que pude. El médico veterinario subte nos falló;
el otro médico veterinario de la UNI Kayetan, igual. Parece que todo estaba
predestinado al fracaso.
Al final, yo ya quería que te vayas, que te vayas de ese cuerpo porque te hacía sufrir demasiado. Todos me decían que debía sacrificarte, pero no pude, y fue ahí donde se reveló con mayor fuerza el sentimiento de que eras un hijito en mi vida. Un hijo al que no pude ayudar, un hijito porque no podía sacrificarte. Y a un hijo no se le puede quitar la vida.
Y ahora, luego
de dos semanas, recién puedo decir estas palabras. Aún mis lágrimas te siguen
buscando en mi departamento. Nuestro departamento. O como a veces te decía, tu
casa.
Te fuiste la
misma semana en que llegaste, en plena temporada de festividades literarias,
donde la poesía cumplía honores. No sé quién habrá decidido que aparezcas en mi
vida y, luego de unos años, esa misma temporada, como si de un aniversario se
tratara o un ciclo, tengas que irte.
En todos estos
años casi nunca te escuché ladrar. Eras una versión evolucionada. Pero también
eras destructor, te ponías descontento cuando yo salía muchas horas a la calle.
Parece que te preocupabas y me
reprochabas a tu manera.
Siempre te
hablaba de los humanos, de nuestras debilidades y lo peligrosos que somos. Te
decía: "Yo soy tu protector de estos humanos perversos". Como diría
Madame Blavatsky: "Cascarones humanos", y yo le aumentaría que solo
están llenos de superficialidad e intereses.
Y tú me
mirabas como si me entendieras al pie de la letra. A veces te decía: "¿Y
tú también me ayudarías, tú también me protegerías?".
"Y tú suspirabas con suficiente sentimiento como para demostrar que no necesitabas palabras para afirmar la conexión que teníamos."
Dábamos paseos
con el skate, en donde era como mi carruaje de guerra: yo era el auriga y tú la
fuerza motora. Recuerdo nuestra última carrera, cuya bajada íbamos a muchísima
velocidad. Tú corrías y, de rato en rato, volteabas para saber si estaba bien.
Ah, pero te
sentías feliz de que no había perdido la técnica, no había olvidado ciertas
acrobacias. Yo me sentía orgulloso de ti y siempre te cuidaba mucho. Yo riéndome
te decía “gallo viejo con el ala mata” y nos poníamos a jugar.
Al final, me
demostraste que quien cuidaba a quién eras tú, a mí.
Pues esa misma
ruta de aquel paseo tuve que hacerla solo en bicicleta, para buscar farmacia a
horas de la madrugada, pensando que me estabas esperando y que ahora era el
momento de corresponder tanta bondad que me diste. Se me llenaban los ojos de
lágrimas, pero me contenía. Qué giros da la vida: en mostrarte aquella ruta que
te dio tanta alegría, ahora es una ruta llena de preocupación por tu salud.
Finalmente
decidiste irte echado al costado de la cascada que construí, sé que te
encantaba esa cascada. Tu rostro expresivo lo decía y cuando la encendía el
motor para que caiga el agua, siempre estabas ahí, como si desearas meditar y
disfrutar esos momentos.
Decidiste
abandonar el cuerpo al costado de la
cascada que tanto te gustaba y disfrutabas.
Adiós, mi
pequeño ángel de guantes blancos.
Te llevaste
una parte de mi corazón, y tú tendrás corazón de poeta, ¡por que siempre lo has tenido! Algún día nos
volveremos a conocer, aun te imagino aquí a mi lado, te extraño Rayito de Dios.
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