Recientemente, una noticia conmocionó a la ciudad de Lima: un joven, aparentemente desorientado o impulsado por una razón aún desconocida, atropelló a una señorita y luego se dio a la fuga. Podría decirse que hechos similares ocurren todos los días y que, por desgracia, la violencia vial no es un fenómeno excepcional. Sin embargo, lo que intensificó el impacto social no fue solo el acto en sí, sino el perfil de los involucrados: ambos provenían de familias acomodadas y el hecho quedó registrado en video. En una época dominada por la imagen, aquello que se ve adquiere un peso simbólico mayor que aquello que simplemente sucede.
Tras la difusión de la noticia y la
entrega del responsable a la justicia, el saldo es devastador: una persona
fallecida, una familia destruida por la pérdida y otra familia quebrada por la
culpa y la vergüenza. Pero más allá del suceso puntual, surge una pregunta
inquietante: ¿por qué la cobertura mediática insiste en actualizaciones
constantes, como si todo el país girara alrededor de la tragedia de esas dos
familias? La respuesta posible reside en un fenómeno psicológico y social
profundo: el morbo colectivo.
El morbo no es solo curiosidad malsana;
es también un indicador cultural y sobre todo un indicador del estado de salud
mental de una sociedad… (esa es mi apreciación). Pero si nos dirigimos por el
camino de la ciencia; el psicoanálisis ya advertía que el ser humano posee
impulsos contradictorios entre eros y destrucción.
Sigmund Freud sostenía que la pulsión
de muerte convive con la pulsión de vida, y que ambas se expresan
simbólicamente en la fascinación por la tragedia. Desde esta perspectiva, el
interés obsesivo por noticias violentas no sería una anomalía, sino una
manifestación de tensiones internas que la sociedad comparte.
A nivel sociológico, el espectáculo
mediático transforma los hechos en productos de consumo. Guy Debord describió
la modernidad como una “sociedad del espectáculo”, donde la realidad se
sustituye por representaciones que se consumen pasivamente.
El accidente deja de ser solo un evento
trágico para convertirse en un relato reiterado, analizado y comentado hasta el
agotamiento. Cada repetición no informa: seduce, fija la atención y convierte
el dolor ajeno en objeto de contemplación.
También es pertinente recordar la
advertencia de Marshall McLuhan: “el medio es el mensaje”. La forma en que se
transmite la noticia influye más que el contenido mismo.
“El video”, la repetición en bucle, los
titulares alarmistas (era una deportista calificada, eso ¿la hace más?) y la
inmediatez digital amplifican la emoción colectiva. Así, el acontecimiento deja
de pertenecer a sus protagonistas y pasa a formar parte de una narrativa
pública que se alimenta del impacto visual y la reacción instantánea, el morbo…
Desde una perspectiva filosófica, esta
dinámica puede relacionarse con la banalización del mal descrita por Hannah
Arendt. Cuando la tragedia se vuelve cotidiana en la pantalla, el espectador
corre el riesgo de normalizarla. No porque la apruebe, sino porque la
repetición reduce su capacidad de asombro y de reflexión ética. El peligro no
es solo la violencia del acto inicial, sino la insensibilización progresiva de
quienes lo observan.
Por ello, más que centrarnos únicamente
en el culpable o en los detalles del suceso, conviene examinar nuestra propia
reacción como sociedad. Una alarmante carencia de respeto y privacidad por la
tragedia ajena.
El interés desmedido por estas historias
revela algo sobre nuestra sensibilidad colectiva, sobre aquello que nos atrae,
nos inquieta y nos mantiene atentos. El morbo, en este sentido, funciona como
termómetro moral: no mide la gravedad del hecho, sino la intensidad con que lo
consumimos.
La tragedia es real (dos familias
destruidas y una srta fallecida), y el dolor es irreparable, pero el modo en
que la sociedad la mira, la comenta y la reproduce también forma parte del
fenómeno. Comprender esa mirada —sus impulsos psicológicos, sus mecanismos
mediáticos y sus implicaciones éticas— quizá sea el primer paso para
transformar no el pasado, que ya no puede cambiarse, sino la conciencia con que
enfrentamos el presente.
Quería precisar que, por una cuestión de ética y respeto, no mencionaré los nombres de los afectados. Mucho menos me permitiría enviar saludos ni expresar condolencias impostadas, como si existiera un vínculo personal con esas familias. El dolor ajeno no es un escenario para el protagonismo ni un espacio para aparentar cercanía, no aparentar... Al fin y al cabo, la población en mi distrito siempre se ha caracterizado por que aquí nadie se mete con el vecino, la gente es muy distante, fría, pero educada.

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