En ciertos rincones
culturales de este país, uno tiene la sensación de que para ser considerado un
artista “serio”, “interesante” o medianamente cool, hay que llevar alguna
bufanda ideológica de izquierda colgada al cuello. Como si el carnet invisible
del artista moderno exigiera una dosis obligatoria de discurso rojete, pose
antisistema y romanticismo revolucionario aprendido entre cafés fríos,
cigarrillos y libros subrayados a medias. Si no eres zurdo —o al menos
aparentas serlo— corres el riesgo de parecer un bárbaro sin sensibilidad, un
burgués sin alma o alguien incapaz de comprender el dolor humano. Como si la
profundidad estética dependiera exclusivamente de una orientación política.
Y no, el problema no es la
izquierda. El problema es la obligación tácita de pertenecer al rebaño
ideológico para no quedar fuera de la fotografía cultural. Muchos artistas
terminan actuando más por aprobación grupal que por verdadera convicción. El
discurso se convierte en uniforme moral. Mientras más radical la pose, mayor la
legitimidad otorgada por ese pequeño tribunal de miradas cansadas y aplausos
tibios. Aunque algunos, con mejor suerte o “mejores contactos”, supieron Financiar
sus propias contradicciones sin demasiado pudor (la doble moral). Pero de honor
casi nunca se habla. Al menos yo jamás escuché esa palabra en boca de algún
“colegas”.
Porque detrás de toda esa
aparente hermandad artística suele esconderse una realidad bastante menos
poética. Hay gente que muere en vida dentro del mundo cultural. El arte, que
debería acercar almas, muchas veces termina convirtiéndose en un territorio
gobernado por el ego, la competencia silenciosa, los celos y una tristeza
difícil de nombrar. La palabra “colega” se reemplaza por “amigo”, aunque al
final ni amigos ni colegas terminan siendo realmente. Sobran las sonrisas
diplomáticas, los saludos a la distancia, tibios y las alianzas de madrugada
que duran menos que una botella vacía sobre la mesa, salvo que haya favores económicos…
Y ahí aparece el verdadero
rostro del escritor, del poeta, del artista: un ser profundamente solo. Incluso
aquellos que caminan en bandadas —como palomas equilibristas, empachadas y un
poco cansadas bajo los cables de la ciudad— llevan en los ojos algo que los delata;
conformismo, rabia, vacío, Frustración… y también miedo. Miedo a que la noche
termine, a que el aplauso se extinga, a quedarse finalmente solos y miedo frente a sí mismos.
Claro que existen
excepciones. Hay artistas nobles, honestos, luminosos incluso. Pero en la
mayoría de casos, el ego acaba ocupando el escenario principal. Porque el arte,
aunque nazca de la sensibilidad, también brota de heridas, inseguridades y
antiguas cargas familiares que algunos jamás lograron resolver.
Quizá por eso la verdadera independencia
artística no consista solamente en crear, sino en resistir. Resistir la presión
del grupo, la sensibilidad prefabricada, las amistades fingidas y ese pequeño
teatro cultural donde todos actúan mientras intentan ocultar, la enormidad de
un vacío que los persigue para que no alcancen lucidez ni mucho menos, paz…

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