El Señor supremo se encuentra en el
corazón de todos, ¡oh arjuna! Y está
dirigiendo los movimientos de todas
las entidades vivientes, las cuales están
sentadas como si estuvieran en una
máquina
hecha de energía material.
Capítulo 18 versículo 61
Bhagavad Gita
La mente produce el cuerpo
por su fuerza
mental y durante toda su vida lo alimenta
y sostiene a fuerza de
dolor. Atormentado
por ese sufrimiento, el cuerpo quiere
destruir a la mente, que es
su propio padre.
En este mundo no hay amigos
ni enemigos:
lo que nos causa placer lo
consideramos
amigo y lo que nos produce
dolor, lo
tomamos por enemigo.
Puesto que el cuerpo y la
mente están
permanentemente ocupados en
su
mutua destrucción.
Yoga Vasishtha.
La máquina de los olvidos
Los planos oficiales no
registraban aquella cámara subterránea. Tampoco existían documentos que
explicaran la presencia de una gigantesca estructura de hierro, cobre y bronce
oculta bajo varias capas de ladrillo y polvo. Fue encontrada durante las obras
de restauración de un antiguo túnel ferroviario construido a mediados del siglo
XIX.
La máquina ocupaba casi toda la sala. Cientos de engranajes se entrelazaban como si formaran un organismo vivo, pero atrapados en una serie de códigos y funcionamientos ocultos. Poleas, cilindros perforados, cilindros como si fueran la caja torácica de un animal de la época paleozoica.
Ruedas dentadas y placas grabadas con símbolos desconocidos se extendían hasta perderse en laberintos y cavidades que terminaban en nudos truncos…
En una placa metálica corroída por el tiempo podía leerse una inscripción: Artifex Mythorum (el constructor de mitos). Nadie sabía quién la había construido. Algunos historiadores atribuyeron la obra a ingenieros victorianos. Otros sospecharon de sociedades secretas vinculadas al esoterismo europeo. El punto es que era aproximadamente la era donde los polimatas estaban en auge… Hoy el claro ejemplo de estar en otra era es que ciudadano común, estudia una cosa o “cree una cosa y muere con su único pensamiento, muere en su ley, lleno de seguridades y tristezas, y lo peor de todo que eso es elogiable, te aplauden… Pero volviendo al tema, ninguna explicación parecía suficiente, todo eran especulaciones. Lo más extraño fue descubrir que la máquina seguía funcionando.
Cuando los restauradores
activaron el mecanismo principal, cientos de piezas comenzaron a moverse
lentamente. El sonido recordaba al de un inmenso reloj despertando después de
un siglo de sueño. Entonces ocurrió algo extraordinario.
Por una ranura lateral
comenzó a salir papel. No eran informes técnicos.
No eran cálculos. Eran historias, relatos cortos pero completos, narraciones acerca de personas desconocidas, biografías, encuentros, despedidas, promesas, traiciones, abandonos, reconciliaciones. La máquina parecía escribir, pero no escribía ficción. Con el tiempo descubrieron algo aún más perturbador. Las historias guardaban relación con las vidas de quienes las leían. Como si el Constructor de Mitos conociera aspectos ocultos de cada persona.
La noticia nunca llegó al
público. Un pequeño grupo decidió mantener el hallazgo en secreto. La iniciativa
de ese hermetismo eran los integrantes que pertenecían al grupo de los
restauradores.
Convirtieron la cámara
subterránea en un lugar de reunión. Inicialmente la llamaron El Oráculo de
Papel. Allí comenzaron a reunirse hombres y mujeres de distintas profesiones. Ingenieros,
topógrafos, médicos, profesores, obreros, Artistas. Restauradores. Todos
llegaban sin conocerse, o al menos eso creían, la dinámica era sencilla. La
máquina producía un relato.
Luego los asistentes debían
interpretar su significado y relacionarlo con sus propias experiencias.
Fue durante una de aquellas reuniones cuando apareció una historia titulada: La sonrisa del alma. El texto narraba la vida de varias personas aparentemente desconocidas entre sí. Un hombre que había perdido a amada (decepcionado). Una mujer abandonada por su familia (pobreza extrema). Un anciano consumido por el resentimiento (traicionado). Una joven incapaz de encontrar sentido a su existencia (anestesia y consumo de drogas) Todos atravesaban diferentes formas de sufrimiento.
Sin embargo, la historia
afirmaba algo sorprendente. Las cuatro historias en el fondo decían lo mismo. La
desgracia no era el verdadero problema, el verdadero problema era la pérdida de
significado. Aquella noche la discusión se prolongó durante horas.
Uno de los asistentes
preguntó:
—¿Es posible que la
infelicidad sea una forma de olvido espiritual?
Nadie respondió de
inmediato.
Finalmente habló una
profesora de filosofía.
—Quizá la tristeza permanente
no sea causada por el dolor. Quizá sea causada por la incapacidad de percibir
un propósito detrás del dolor. Lo real es que en aquella reunión todos atravesaban
esa incertidumbre en su vida.
La frase quedó suspendida en
el aire. Era una idea antigua pero como algo que no se podía discutir. Presente
en numerosas tradiciones espirituales.
El cristianismo hablaba de “a prueba”. El hinduismo hablaba del “karma”. Los estoicos hablaban de la aceptación del “destino”. Todas parecían coincidir en un punto esencial. El sufrimiento forma parte de la existencia. La desesperación, en cambio, surge cuando creemos que el sufrimiento carece de sentido. La máquina continuó trabajando. Nuevas hojas emergieron de sus engranajes. Otro detalle interesante es que las historias terminaban en preguntas como si a los asistentes mas que involucrarlos exista un deseo en hacerlos cuestionar…
¿Por qué ciertas personas
regresan una y otra vez a nuestra vida? o en diversas vidas (apelando a la
reencarnación).
Aquello despertó un debate aún más profundo. Los asistentes comenzaron a compartir experiencias.
Uno recordó a una mujer que
había aparecido en distintos momentos decisivos de su existencia. Otro habló de
un amigo que parecía reaparecer siempre cuando atravesaba una crisis.
Una anciana relató la
extraña sensación de haber conocido a su esposo mucho antes de haberlo visto
por primera vez, las coincidencias resultaban inquietantes.
Poco a poco surgió una teoría colectiva. Tal vez los encuentros humanos no fueran completamente accidentales. Tal vez existieran asuntos pendientes que trascendían una sola vida. Promesas olvidadas.
Lecciones inconclusas; Actos
de amor, actos de reparación, deudas morales, alianzas invisibles.
La idea no podía demostrarse. Sin embargo, parecía explicar muchas experiencias que la razón ordinaria no alcanzaba a comprender. La máquina produjo entonces otra frase. Toda alma es una historia que busca completarse. Aquellas palabras transformaron la naturaleza de las reuniones.
Los participantes dejaron de
ver sus vidas como una sucesión caótica de acontecimientos.
Comenzaron a contemplarlas como capítulos de una narrativa mucho más amplia. Como el sentido de la vida. Será el sentido de la vida. ¿La pérdida de un empleo?,¿La muerte de un familiar?, ¿La pérdida de una musa? ¿La llegada inesperada de un amigo?, ¿El encuentro con un maestro?
Incluso los conflictos parecían adquirir una nueva dimensión. Quizá cada experiencia formaba parte de un proceso de aprendizaje.
Quizá cada persona actuaba
como un personaje necesario dentro del desarrollo espiritual de otra.
La máquina jamás explicaba sus conclusiones. Solo ofrecía símbolos, relatos, preguntas. Correspondía a los asistentes encontrar el significado. Con el paso de los años, muchos llegaron a una convicción común. La sonrisa auténtica no depende de las circunstancias. Depende de la interpretación. Hay individuos rodeados de comodidades que viven amargados. Y otros que soportan enormes dificultades conservando una serenidad admirable. La diferencia no parece estar en la cantidad de problemas.
Parece encontrarse en la capacidad de reconocer un sentido superior. Por eso comenzaron a llamar a aquella expresión interior "la sonrisa del alma". No era una carcajada. No era alegría superficial. Ni mucho menos un optimismo ingenuo. Era la tranquila confianza de quien percibe una inteligencia detrás de los acontecimientos. La conciencia superior que no todos podemos comprender…
La certeza de que ninguna
experiencia es inútil, o la convicción de que los encuentros tienen propósito.
Luego estaba Guanilo, él era un caso similar pero su lucidez estaba influenciada por provenir de un hogar profundamente cristiano, eso era buena señal y su actuar con la máquina le hizo reconsiderar también muchas cosas para encontrar su auténtica lucidez… Cada vez que encontraban a una persona permanentemente enfadada, amarga o desesperanzada, evitaban juzgarla. En lugar de ello practicaban la compasión.
Pensaban que tal vez aquella persona estaba atravesando una lección particularmente difícil. Tal vez había olvidado momentáneamente el significado profundo de su dharma. Tal vez necesitaba tiempo para recordar o reconoces el sentido de la vida, de lo cual, la mayor prueba de ello es no haberse hecho esa pregunta.
Porque si la máquina les
había enseñado algo era esto:
Toda alma atraviesa periodos de oscuridad, (ese factor estaba en varias historias), toda alma enfrenta pruebas, o toda alma carga consecuencias de acciones pasadas. Pero ninguna está destinada a permanecer para siempre lejos de la luz, los años pasaron. La ubicación exacta del Constructor de Mitos volvió a perderse. Algunos creen que la cámara subterránea fue sellada. Otros sostienen que continúa funcionando en algún lugar desconocido.
Sin embargo, quienes participaron en aquellas reuniones conservaron una enseñanza que consideraban más valiosa que cualquier descubrimiento científico.
La vida no consiste en
evitar el dolor. Consiste en una especie de desafío perpetuo y uno solo debía
lograr comprender esa carga vinculada con el karma. Pero la comprensión exige
humildad en el corazón, un reencuentro con el lado oculto de uno, (el ser) algo
como verse desnudo frente al espejo y nadie quiere estar desnudo, ni siquiera
ante uno mismo… No existe mayor acto que
te haga estar desnudo como hincarte a orar. Pero si
alcanzaras ese desarrollo espiritual, sin duda , eso no sería obstáculo ni
azar. Así como muchas personas no aparecen por simple azar a uno, probablemente
todo es deuda o aparecen para enseñarnos algo. La persona que te escucha o te
lee y solo sabe burlarse, porque así es su consciencia “su percepción”, (perciben lo que son)
O que la felicidad más
profunda no nace de la ausencia de problemas, sino de la confianza en que cada
encuentro, cada pérdida o cada decepción, forman parte de una historia
inmensamente mayor cuya última página todavía no hemos leído.
Quizá por eso, decían los antiguos miembros del Oráculo, (los restauradores) la sonrisa espiritual es tan reveladora, así como una mirada oscura, una mirada vacía, triste o amargada es tan reveladora… Son manifestaciones de el inocente, el ateo, el incrédulo, son extensiones de la misma penumbra (no creer en dios) el brillo espiritual reluce, así te encuentres en el medio de una tragedia familiar o en el abismo de la ruina económica.
Yo jamás olvidaré la foto de
un sujeto que habían metido a la cárcel injustamente y él sonreía con una paz
difícil de describir, no era una sonrisa exagerada, ni tímida, era una sonrisa
distinta, difícil de describir. Sus ojos brillaban con una claridad que jamás había presenciado.
Hay rostros que parecen haber olvidado la luz. Caminan por las calles como si transportaran una piedra invisible sobre los hombros. El ceño fruncido, la mirada apagada, la voz desgastada por una batalla que nadie ve. Vivimos en una época donde la infelicidad ha sido normalizada hasta tal punto que muchos la consideran una consecuencia inevitable de la inteligencia, de la madurez o de la experiencia.
Pareciera que sufrir es signo de profundidad y sonreír una forma de ingenuidad. Sin embargo, diversas tradiciones espirituales, filosóficas y teológicas sugieren exactamente todo lo contrario: la incapacidad de experimentar una alegría interior sería la manifestación de una ruptura con la dimensión divina de la existencia.
Esta afirmación puede parecer radical. Después de todo,
nadie está libre del dolor. La enfermedad visita incluso a los santos. La
muerte alcanza tanto al sabio como al ignorante.
La pérdida, el fracaso y la incertidumbre forman parte inseparable de la condición humana. Pero aquí conviene hacer una distinción fundamental: una cosa es el sufrimiento y otra muy distinta la infelicidad. El sufrimiento pertenece a la naturaleza misma de la existencia. La infelicidad, en cambio, surge cuando el alma pierde la capacidad de encontrar sentido en aquello que le ocurre.
Por otro lado, el signo visible de un alma que ha comenzado a recordar que el universo entero podría ser una inmensa narración en construcción, (una máquina psíquica y astroteologica) y que Dios, el karma y los encuentros que regresan son distintos nombres para una misma realidad: el misterio que guía silenciosamente todas las historias, sin duda requiere de un entendimiento que nuestro intelecto difícilmente puede asimilar.
Dante Alighieri comprendió algo semejante cuando construyó su monumental viaje por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. Aunque su obra atraviesa horrores indescriptibles, jamás pierde la convicción de que el cosmos posee una arquitectura moral. Nada ocurre fuera del orden universal. Incluso el sufrimiento tiene un lugar dentro del gran tejido de la existencia.
La ausencia de esa confianza genera amargura. Y la amargura termina reflejándose en el rostro. No es casualidad que tantas imágenes de santos, sabios y místicos presenten una expresión serena. No porque ignoraran el dolor, sino porque habían descubierto que detrás de los acontecimientos aparentemente caóticos existe una inteligencia superior, una resolución superior y por ende, absolutamente fuera de los mecanismos o articulaciones de nuestro razonamiento.
Sin embargo, las antiguas doctrinas del karma
profundizan aún más esta idea. Según estas enseñanzas, cada acción produce
consecuencias que pueden manifestarse inmediatamente o mucho tiempo después.
Algunas escuelas sostienen incluso que ciertas experiencias actuales son el
resultado de acciones realizadas en existencias anteriores.
Más allá de que se acepte literalmente la reencarnación
o se la interprete simbólicamente, el principio esencial permanece: nada llega
a nuestra vida completamente desconectado de nosotros mismos.
Las pruebas que enfrentamos podrían ser oportunidades
para equilibrar aspectos pendientes de nuestra evolución psíquica y espiritual. Desde esta óptica, las
cargas no son castigos. Son lecciones. El estudiante que reprueba un examen no
está siendo condenado por su maestro. Está siendo invitado a aprender aquello
que aún desconoce. Del mismo modo, las dificultades podrían representar
exámenes espirituales destinados a revelar fortalezas que todavía ignoramos
poseer.
Esto nos conduce a otra cuestión fascinante: las
personas que aparecen y desaparecen de nuestra vida.
Diversas tradiciones espirituales sostienen que los
encuentros humanos no son completamente accidentales. El hinduismo habla de
vínculos kármicos. Algunas corrientes esotéricas occidentales se refieren a
pactos del alma. Incluso ciertas interpretaciones astroteológicas consideran
que los encuentros significativos reflejan patrones cósmicos inscritos en el
momento del nacimiento.
La idea central es siempre semejante: determinadas
personas llegan para ayudarnos a resolver asuntos pendientes.
A veces aparecen como amigos. Los amigos que traicionan o buscan tajada, (y lo hacen pronto) otros; los que demoran en traicionar… y unos pocos, los que jamás te van a traicionar. O a veces como amadas, musas, o adversarios. Incluso quienes nos hieren pueden estar desempeñando un papel esencial en nuestro desarrollo interior. Quizá una promesa olvidada de otra existencia sea cumplida hoy mediante un gesto inesperado. Quizá un antiguo afecto regrese bajo un rostro diferente. Quizá una deuda emocional encuentre finalmente su resolución.
Por ello, cuando alguien abandona nuestra vida, la
reacción más sabia podría no ser la desesperación, sino la gratitud.
Tal vez su tarea ya ha concluido. Tal vez el capítulo que debía escribirse entre ambas almas ha llegado a su punto final.
La naturaleza misma parece enseñarnos esta verdad. Las
estaciones cambian. Las hojas caen. Los ríos avanzan sin aferrarse a las
piedras que dejan atrás. Todo fluye.
El sufrimiento surge cuando pretendemos inmovilizar
aquello que pertenece al movimiento.
La sabiduría consiste en comprender que algunas
personas llegan para quedarse y otras para enseñarnos a soltar.
Pero volvamos a la sonrisa espiritual.
¿Qué factores pueden devolverla al rostro?
En primer lugar, la contemplación. Vivimos sometidos a una avalancha constante de estímulos. La mente moderna rara vez permanece en silencio. Sin embargo, resulta difícil escuchar la voz de Dios en medio del ruido. La contemplación permite redescubrir una dimensión más profunda de la realidad.
En segundo lugar, la gratitud. No una gratitud
superficial, sino la capacidad de reconocer que incluso las experiencias
dolorosas contienen semillas invisibles de crecimiento.
En tercer lugar, el servicio. Numerosos místicos han
observado que la tristeza excesiva suele estar asociada a una conciencia
encerrada sobre sí misma, (el
ensimismamiento). Cuando ayudamos a otros, nuestra percepción se expande (expansión
= oración o mantra), y el sufrimiento pierde parte de su dominio. Por fin te
liberas y te expandes…




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