Orígenes

Estimados lectores con placer y profundo aprecio a la literatura los invito a descubrir mi blog Café y escrituras con humo, un espacio donde la literatura respira con una libertad genuina, y donde cada cuento, relato o poema está tejido con esmero, ofreciendo mundos y personajes que buscan resonar en el alma. Es un rincón de lucidez y libertad de expresión, donde no existe censura ni rechazo, (ni de editoriales ni de fanzines) sino un llamado sincero a explorar juntos las profundidades de la imaginación y del pensamiento. Los textos son gratuitos y siempre bienvenidos a nuevos ojos, con la esperanza de que encuentren en ellos una chispa de inspiración o reflexión. ¡Los invito a tomar una pausa, servirse una buena taza de café, y sumergirse en la esencia de cada relato! , poema o artículos de mi autoría o de los escritores invitados. A continuación, dejo el índice del contenido:
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viernes, 5 de junio de 2026

Relato de Enrico Diaz Bernuy. " La máquina de los olvidos". (Sin editar)

 

El Señor supremo se encuentra en el

corazón de todos, ¡oh arjuna! Y está

dirigiendo los movimientos de todas 

las entidades vivientes, las cuales están

sentadas como si estuvieran en una

 máquina hecha de energía material.

Capítulo 18 versículo 61

Bhagavad Gita

 

La mente produce el cuerpo por su fuerza

 mental y durante toda su vida lo alimenta

y sostiene a fuerza de dolor. Atormentado

 por ese sufrimiento, el cuerpo quiere

destruir a la mente, que es su propio padre.

En este mundo no hay amigos ni enemigos:

lo que nos causa placer lo consideramos

amigo y lo que nos produce dolor, lo

tomamos por enemigo.

Puesto que el cuerpo y la mente están

permanentemente ocupados en su

mutua destrucción.

Yoga Vasishtha.

 

 

 

 

 

 

 

La máquina de los olvidos

 

Los planos oficiales no registraban aquella cámara subterránea. Tampoco existían documentos que explicaran la presencia de una gigantesca estructura de hierro, cobre y bronce oculta bajo varias capas de ladrillo y polvo. Fue encontrada durante las obras de restauración de un antiguo túnel ferroviario construido a mediados del siglo XIX.

La máquina ocupaba casi toda la sala. Cientos  de engranajes se entrelazaban como si formaran un organismo vivo, pero atrapados en una serie de códigos  y funcionamientos ocultos. Poleas, cilindros perforados, cilindros como si fueran la caja torácica de un animal de la época paleozoica.   

Ruedas dentadas y placas grabadas con símbolos desconocidos se extendían hasta perderse en laberintos  y cavidades que terminaban en nudos truncos…


En una placa metálica corroída por el tiempo podía leerse una inscripción: Artifex Mythorum (el constructor de  mitos). Nadie sabía quién la había construido. Algunos historiadores atribuyeron la obra a ingenieros victorianos. Otros sospecharon de sociedades secretas vinculadas al esoterismo europeo. El punto es que era aproximadamente la era donde los polimatas estaban en auge… Hoy el claro ejemplo de estar en otra era es que ciudadano común, estudia una cosa o “cree una cosa y muere con su único pensamiento, muere en su ley, lleno de seguridades y tristezas, y lo peor de todo que eso es elogiable, te aplauden… Pero volviendo al tema, ninguna explicación parecía suficiente, todo eran especulaciones. Lo más extraño fue descubrir que la máquina seguía funcionando.

Cuando los restauradores activaron el mecanismo principal, cientos de piezas comenzaron a moverse lentamente. El sonido recordaba al de un inmenso reloj despertando después de un siglo de sueño. Entonces ocurrió algo extraordinario.

Por una ranura lateral comenzó a salir papel. No eran informes técnicos.

No eran cálculos. Eran historias, relatos cortos pero completos, narraciones acerca de personas desconocidas, biografías, encuentros, despedidas, promesas, traiciones, abandonos, reconciliaciones. La máquina parecía escribir, pero no escribía ficción. Con el tiempo descubrieron algo aún más perturbador. Las historias guardaban relación con las vidas de quienes las leían. Como si el Constructor de Mitos conociera aspectos ocultos de cada persona.

La noticia nunca llegó al público. Un pequeño grupo decidió mantener el hallazgo en secreto. La iniciativa de ese hermetismo eran los integrantes que pertenecían al grupo de los restauradores.

Convirtieron la cámara subterránea en un lugar de reunión. Inicialmente la llamaron El Oráculo de Papel. Allí comenzaron a reunirse hombres y mujeres de distintas profesiones. Ingenieros, topógrafos, médicos, profesores, obreros, Artistas. Restauradores. Todos llegaban sin conocerse, o al menos eso creían, la dinámica era sencilla. La máquina producía un relato.

Luego los asistentes debían interpretar su significado y relacionarlo con sus propias experiencias.

Fue durante una de aquellas reuniones cuando apareció una historia titulada: La sonrisa del alma. El texto narraba la vida de varias personas aparentemente desconocidas entre sí. Un hombre que había perdido a amada (decepcionado). Una mujer abandonada por su familia (pobreza extrema). Un anciano consumido por el resentimiento (traicionado). Una joven incapaz de encontrar sentido a su existencia (anestesia y consumo de drogas) Todos atravesaban diferentes formas de sufrimiento.

Sin embargo, la historia afirmaba algo sorprendente. Las cuatro historias en el fondo decían lo mismo. La desgracia no era el verdadero problema, el verdadero problema era la pérdida de significado. Aquella noche la discusión se prolongó durante horas.

Uno de los asistentes preguntó:

—¿Es posible que la infelicidad sea una forma de olvido espiritual?

Nadie respondió de inmediato.

Finalmente habló una profesora de filosofía.

—Quizá la tristeza permanente no sea causada por el dolor. Quizá sea causada por la incapacidad de percibir un propósito detrás del dolor. Lo real es que en aquella reunión todos atravesaban esa incertidumbre en su vida.

La frase quedó suspendida en el aire. Era una idea antigua pero como algo que no se podía discutir. Presente en numerosas tradiciones espirituales.

El cristianismo hablaba de “a prueba”. El hinduismo hablaba del “karma”. Los estoicos hablaban de la aceptación del “destino”. Todas parecían coincidir en un punto esencial. El sufrimiento forma parte de la existencia. La desesperación, en cambio, surge cuando creemos que el sufrimiento carece de sentido. La máquina continuó trabajando. Nuevas hojas emergieron de sus engranajes. Otro detalle interesante es que las historias terminaban en preguntas como si a los asistentes mas que involucrarlos exista un deseo en hacerlos cuestionar…

¿Por qué ciertas personas regresan una y otra vez a nuestra vida? o en diversas vidas (apelando a la reencarnación).

Aquello despertó un debate aún más profundo. Los asistentes comenzaron a compartir experiencias.

Uno recordó a una mujer que había aparecido en distintos momentos decisivos de su existencia. Otro habló de un amigo que parecía reaparecer siempre cuando atravesaba una crisis.

Una anciana relató la extraña sensación de haber conocido a su esposo mucho antes de haberlo visto por primera vez, las coincidencias resultaban inquietantes.

Poco a poco surgió una teoría colectiva. Tal vez los encuentros humanos no fueran completamente accidentales. Tal vez existieran asuntos pendientes que trascendían una sola vida. Promesas olvidadas.

Lecciones inconclusas; Actos de amor, actos de reparación, deudas morales, alianzas invisibles.

La idea no podía demostrarse. Sin embargo, parecía explicar muchas experiencias que la razón ordinaria no alcanzaba a comprender. La máquina produjo entonces otra frase. Toda alma es una historia que busca completarse. Aquellas palabras transformaron la naturaleza de las reuniones.

Los participantes dejaron de ver sus vidas como una sucesión caótica de acontecimientos.

Comenzaron a contemplarlas como capítulos de una narrativa mucho más amplia. Como el sentido de la vida. Será el sentido de la vida. ¿La pérdida de un empleo?,¿La muerte de un familiar?, ¿La pérdida de una musa? ¿La llegada inesperada de un amigo?, ¿El encuentro con un maestro?

Incluso los conflictos parecían adquirir una nueva dimensión. Quizá cada experiencia formaba parte de un proceso de aprendizaje.

Quizá cada persona actuaba como un personaje necesario dentro del desarrollo espiritual de otra.

La máquina jamás explicaba sus conclusiones. Solo ofrecía símbolos, relatos, preguntas. Correspondía a los asistentes encontrar el significado. Con el paso de los años, muchos llegaron a una convicción común. La sonrisa auténtica no depende de las circunstancias. Depende de la interpretación. Hay individuos rodeados de comodidades que viven amargados. Y otros que soportan enormes dificultades conservando una serenidad admirable. La diferencia no parece estar en la cantidad de problemas.

Parece encontrarse en la capacidad de reconocer un sentido superior. Por eso comenzaron a llamar a aquella expresión interior "la sonrisa del alma". No era una carcajada. No era alegría superficial. Ni mucho menos un optimismo ingenuo. Era la tranquila confianza de quien percibe una inteligencia detrás de los acontecimientos. La conciencia superior que no todos podemos comprender…

La certeza de que ninguna experiencia es inútil, o la convicción de que los encuentros tienen propósito.

Y que incluso las despedidas cumplen una función. Con el tiempo surgió una costumbre singular entre los miembros del Oráculo. De lo cual, se puede destacar un par de miembros:  Daniela, una mujer pequeña pero de mirada penetrante  y seductora, ella  se había vuelto casi la administradoras en repartir los papeles a los asistentes, a pesar que llegó como un mercader, la “mercantilista probablemente”  por un pasado que arrastraba y para algunos, el pasado los gobierna…  pero las lecturas de la máquina le hizo reconsiderar su visión ante la vida…

Luego estaba Guanilo, él era un caso similar pero su lucidez estaba influenciada por provenir de un hogar profundamente cristiano, eso era buena señal y su actuar con la máquina le hizo reconsiderar también muchas cosas para encontrar su auténtica lucidez… Cada vez que encontraban a una persona permanentemente enfadada, amarga o desesperanzada, evitaban juzgarla. En lugar de ello practicaban la compasión.

Pensaban que tal vez aquella persona estaba atravesando una lección particularmente difícil. Tal vez había olvidado momentáneamente el significado profundo de su dharma. Tal vez necesitaba tiempo para recordar o reconoces el sentido de la vida, de lo cual, la mayor prueba de ello es no haberse hecho esa pregunta.

Porque si la máquina les había enseñado algo era esto:

Toda alma atraviesa periodos de oscuridad, (ese factor estaba en varias historias), toda alma enfrenta pruebas, o toda alma carga consecuencias de acciones pasadas.  Pero ninguna está destinada a permanecer para siempre lejos de la luz, los años pasaron. La ubicación exacta del Constructor de Mitos volvió a perderse. Algunos creen que la cámara subterránea fue sellada. Otros sostienen que continúa funcionando en algún lugar desconocido.

Sin embargo, quienes participaron en aquellas reuniones conservaron una enseñanza que consideraban más valiosa que cualquier descubrimiento científico.

La vida no consiste en evitar el dolor. Consiste en una especie de desafío perpetuo y uno solo debía lograr comprender esa carga vinculada con el karma. Pero la comprensión exige humildad en el corazón, un reencuentro con el lado oculto de uno, (el ser) algo como verse desnudo frente al espejo y nadie quiere estar desnudo, ni siquiera ante uno mismo…  No existe mayor acto que te haga estar desnudo como hincarte a orar.   Pero si alcanzaras ese desarrollo espiritual, sin duda , eso no sería obstáculo ni azar. Así como muchas personas no aparecen por simple azar a uno, probablemente todo es deuda o aparecen para enseñarnos algo. La persona que te escucha o te lee y solo sabe burlarse, porque así es su consciencia “su percepción”,  (perciben lo que son)

O que la felicidad más profunda no nace de la ausencia de problemas, sino de la confianza en que cada encuentro, cada pérdida o cada decepción, forman parte de una historia inmensamente mayor cuya última página todavía no hemos leído.

Quizá por eso, decían los antiguos miembros del Oráculo, (los restauradores) la sonrisa espiritual es tan reveladora, así como una mirada oscura, una mirada vacía, triste o amargada es tan reveladora… Son manifestaciones de el inocente, el ateo, el incrédulo, son extensiones de la misma penumbra (no creer en dios) el brillo espiritual reluce, así te encuentres en el medio de una tragedia familiar o en el abismo de la ruina económica.

Yo jamás olvidaré la foto de un sujeto que habían metido a la cárcel injustamente y él sonreía con una paz difícil de describir, no era una sonrisa exagerada, ni tímida, era una sonrisa distinta, difícil de describir. Sus ojos brillaban con una claridad que jamás  había presenciado.

Hay rostros que parecen haber olvidado la luz. Caminan por las calles como si transportaran una piedra invisible sobre los hombros. El ceño fruncido, la mirada apagada, la voz desgastada por una batalla que nadie ve. Vivimos en una época donde la infelicidad ha sido normalizada hasta tal punto que muchos la consideran una consecuencia inevitable de la inteligencia, de la madurez o de la experiencia.


Pareciera que sufrir es signo de profundidad y sonreír una forma de ingenuidad. Sin embargo, diversas tradiciones espirituales, filosóficas y teológicas sugieren exactamente  todo lo contrario: la incapacidad de experimentar una alegría interior sería la manifestación de una ruptura con la dimensión divina de la existencia.

Esta afirmación puede parecer radical. Después de todo, nadie está libre del dolor. La enfermedad visita incluso a los santos. La muerte alcanza tanto al sabio como al ignorante.

La pérdida, el fracaso y la incertidumbre forman parte inseparable de la condición humana. Pero aquí conviene hacer una distinción fundamental: una cosa es el sufrimiento y otra muy distinta la infelicidad. El sufrimiento pertenece a la naturaleza misma de la existencia. La infelicidad, en cambio, surge cuando el alma pierde la capacidad de encontrar sentido en aquello que le ocurre.

Por otro lado,  el signo visible de un alma que ha comenzado a recordar que el universo entero podría ser una inmensa narración en construcción, (una máquina psíquica y astroteologica) y que Dios, el karma y los encuentros que regresan son distintos nombres para una misma realidad: el misterio que guía silenciosamente todas las historias, sin duda requiere de un entendimiento que nuestro intelecto difícilmente puede asimilar.

Dante Alighieri comprendió algo semejante cuando construyó su monumental viaje por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. Aunque su obra atraviesa horrores indescriptibles, jamás pierde la convicción de que el cosmos posee una arquitectura moral. Nada ocurre fuera del orden universal. Incluso el sufrimiento tiene un lugar dentro del gran tejido de la existencia.

La ausencia de esa confianza genera amargura. Y la amargura termina reflejándose en el rostro. No es casualidad que tantas imágenes de santos, sabios y místicos presenten una expresión serena. No porque ignoraran el dolor, sino porque habían descubierto que detrás de los acontecimientos aparentemente caóticos existe una inteligencia superior, una resolución superior y por ende, absolutamente fuera de los mecanismos o articulaciones de nuestro razonamiento.

Sin embargo, las antiguas doctrinas del karma profundizan aún más esta idea. Según estas enseñanzas, cada acción produce consecuencias que pueden manifestarse inmediatamente o mucho tiempo después. Algunas escuelas sostienen incluso que ciertas experiencias actuales son el resultado de acciones realizadas en existencias anteriores.

Más allá de que se acepte literalmente la reencarnación o se la interprete simbólicamente, el principio esencial permanece: nada llega a nuestra vida completamente desconectado de nosotros mismos.

Las pruebas que enfrentamos podrían ser oportunidades para equilibrar aspectos pendientes de nuestra evolución  psíquica y espiritual. Desde esta óptica, las cargas no son castigos. Son lecciones. El estudiante que reprueba un examen no está siendo condenado por su maestro. Está siendo invitado a aprender aquello que aún desconoce. Del mismo modo, las dificultades podrían representar exámenes espirituales destinados a revelar fortalezas que todavía ignoramos poseer.

Esto nos conduce a otra cuestión fascinante: las personas que aparecen y desaparecen de nuestra vida.

Diversas tradiciones espirituales sostienen que los encuentros humanos no son completamente accidentales. El hinduismo habla de vínculos kármicos. Algunas corrientes esotéricas occidentales se refieren a pactos del alma. Incluso ciertas interpretaciones astroteológicas consideran que los encuentros significativos reflejan patrones cósmicos inscritos en el momento del nacimiento.

La idea central es siempre semejante: determinadas personas llegan para ayudarnos a resolver asuntos pendientes.

A veces aparecen como amigos. Los amigos que traicionan o buscan tajada, (y lo hacen pronto) otros; los que demoran en traicionar… y unos pocos, los que jamás te van a traicionar. O a veces como amadas, musas, o   adversarios. Incluso quienes nos hieren pueden estar desempeñando un papel esencial en nuestro desarrollo interior. Quizá una promesa olvidada de otra existencia sea cumplida hoy mediante un gesto inesperado. Quizá un antiguo afecto regrese bajo un rostro diferente. Quizá una deuda emocional encuentre finalmente su resolución.

Por ello, cuando alguien abandona nuestra vida, la reacción más sabia podría no ser la desesperación, sino la gratitud.

Tal vez su tarea ya ha concluido. Tal vez el capítulo que debía escribirse entre ambas almas ha llegado a su punto final.

La naturaleza misma parece enseñarnos esta verdad. Las estaciones cambian. Las hojas caen. Los ríos avanzan sin aferrarse a las piedras que dejan atrás. Todo fluye.

El sufrimiento surge cuando pretendemos inmovilizar aquello que pertenece al movimiento.

La sabiduría consiste en comprender que algunas personas llegan para quedarse y otras para enseñarnos a soltar.

Pero volvamos a la sonrisa espiritual.

¿Qué factores pueden devolverla al rostro?

En primer lugar, la contemplación. Vivimos sometidos a una avalancha constante de estímulos. La mente moderna rara vez permanece en silencio. Sin embargo, resulta difícil escuchar la voz de Dios en medio del ruido. La contemplación permite redescubrir una dimensión más profunda de la realidad.

En segundo lugar, la gratitud. No una gratitud superficial, sino la capacidad de reconocer que incluso las experiencias dolorosas contienen semillas invisibles de crecimiento.

En tercer lugar, el servicio. Numerosos místicos han observado que la tristeza excesiva suele estar asociada a una conciencia encerrada sobre sí misma,  (el ensimismamiento). Cuando ayudamos a otros, nuestra percepción se expande (expansión = oración o mantra), y el sufrimiento pierde parte de su dominio. Por fin te liberas y te expandes…

 

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