Orígenes

Estimados lectores con placer y profundo aprecio a la literatura los invito a descubrir mi blog Café y escrituras con humo, un espacio donde la literatura respira con una libertad genuina, y donde cada cuento, relato o poema está tejido con esmero, ofreciendo mundos y personajes que buscan resonar en el alma. Es un rincón de lucidez y libertad de expresión, donde no existe censura ni rechazo, (ni de editoriales ni de fanzines) sino un llamado sincero a explorar juntos las profundidades de la imaginación y del pensamiento. Los textos son gratuitos y siempre bienvenidos a nuevos ojos, con la esperanza de que encuentren en ellos una chispa de inspiración o reflexión. ¡Los invito a tomar una pausa, servirse una buena taza de café, y sumergirse en la esencia de cada relato! , poema o artículos de mi autoría o de los escritores invitados. A continuación, dejo el índice del contenido:
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miércoles, 29 de julio de 2026

El jardín de las raíces… un cuento de Enrico Díaz Bernuy

 

El jardín de las raíces…

Aurelio cultivaba bonsáis desde hacía más de treinta años. En su pequeño jardín había aprendido que un árbol no se domina: se acompaña. Cada rama era una negociación paciente entre la voluntad del cultivador y la obstinación de la naturaleza. O la obstinación del cultivador y la paciencia de la naturaleza. Su favorito era un viejo buganvilia, pequeño,  retorcido, cuya copa parecía contener un bosque entero con pequeñas flores blancas,  recias.  


Don Aurelio lo miraba casi como si fuera un hijo para él. Además ese valor sentimental tenia un sustento familiar, ese pequeño árbol fue cultivado por su abuelo. Un hombre que jamás conoció pero el lazo del honor se mantenía vivo y había trasladado su legado por medio de ese arte del cultivo de las plantas.

Al otro lado de la pared vivía Samuel, un hombre de costumbres extrañas y fascinantes. Cultivaba cactus exóticos que conseguía de lugares remotos: especies de espinas desmesuradas, formas imposibles y flores que aparecían apenas unas horas al año. Aurelio y Samuel casi nunca conversaban.

Sus jardines estaban separados por una pared y, curiosamente, también por sus temperamentos. Samuel no había heredado esas artes por antecedentes familiares, ni mucho menos se creía en términos como el honor, era en cierta forma más mundano, más superficial.

Aurelio prefería la paciencia silenciosa del bonsái; la paciencia de usar el alambrado a los esquejes, el tratamiento especial a la tierra y sobre todo el detalle con el uso de las tijeras.

Samuel, en cambio, admiraba la extravagancia de los cactus. Sin embargo, algunas tardes se encontraban junto a la pared y hablaban brevemente. Uno preguntaba por una flor; el otro comentaba la forma de una rama. No necesitaban estar de acuerdo para reconocerse. Para Aurelio el uso del elemento vital (el agua) era motivo fundamental para el desarrollo mientras que el otro, el tratamiento solar se basaba todo como es lo que sucede en los cactus.

Con el tiempo, Aurelio comprendió que aquella amistad tenía algo de sus propios árboles. No era necesario acercar demasiado las raíces para que dos formas de vida pudieran compartir el mismo suelo.

Samuel solía decir que la manera más eficaz de embrutecerse era juntarse exclusivamente con quienes pensaban como uno. Aurelio lo repetía a veces, aunque prefería expresarlo de otro modo: «Si todos los árboles de un jardín crecen torcidos hacia la misma dirección, quizá nadie sepa dónde está el viento».

En algún momento, ambos discutieron. El principal argumento de Samuel era que sus plantas no lo necesitaban realmente: si él muriera, los cactus continuarían viviendo sin su presencia. En cambio, sostenía que, si Aurelio muriera, sus bonsáis probablemente morirían poco después, pues dependían de sus cuidados constantes (poda y abundantes riegos).

—Lo que sucede —respondió Aurelio— es que yo tengo un instinto paternal. Mis plantas son como hijos para mí. No puedo concebirlas sin asumir la responsabilidad de cuidarlas. En cambio, para ti parecen no demandar ningún compromiso.

Samuel lo miró y respondió:

—¿Estás seguro? Si mañana comenzara a llover torrencialmente, tendría que atenderlas y alejarlas de los aguaceros. Si no lo hiciera, podrían enfermar o morir. ¿Acaso eso no es también un compromiso?

Aurelio guardó silencio por un instante para sosiego,  y no alargar esa discusión, él ya no quería imponer sus ideas sobre nadie…

Tal vez la diferencia no estaba en tener o no tener compromisos, sino en la forma en que cada uno los entendía. Aurelio había convertido el cuidado en una especie de vínculo paternal; Samuel, en cambio, asumía su responsabilidad sin necesidad de transformarla en un lazo afectivo.

Al final, comprendieron que cada persona establece sus compromisos de acuerdo con la manera en que ha construido su propia vida. Lo que para uno puede parecer una obligación, para otro puede ser una elección; lo que uno considera amor, otro puede entenderlo simplemente como responsabilidad.

Y quizá ahí estaba otra de sus diferencias: no todos cuidamos de la misma manera, porque tampoco todos necesitamos lo mismo para sentirnos responsables de aquello que hemos decidido conservar.

Aurelio era precisamente esa clase de sujeto que podía sentirse cómodo entre personas que no pensaban como él. No confundía la discrepancia con una ofensa ni la coincidencia con una amistad. Escuchaba incluso aquello que contrariaba sus convicciones, porque sabía que una idea que jamás ha sido puesta en peligro termina convirtiéndose en una costumbre.

Consideraba que la estética o la verdad sobre algo no podían sostenerse necesariamente en una sola postura. Una verdad universal puede existir en determinados ámbitos, pero cuando hablamos de cosas materiales, de experiencias humanas o de la manera en que percibimos el mundo, difícilmente podemos hablar de verdades absolutas. Existen distintos enfoques, así como distintas experiencias en cada persona. Mi experiencia es distinta de la tuya, y la tuya es distinta de la mía.

Si intervienen el resentimiento, el dolor, la memoria o las circunstancias personales, entonces tampoco podemos pretender que todos poseamos las mismas percepciones, mucho menos los mismos complejos. Había comprendido que detrás de un complejo o de un resentimiento puede existir un pasado, una experiencia que desconocemos y que quizá explique, aunque no necesariamente justifique, determinada manera de pensar o de actuar.

Al final, debemos aprender a respetar aquello sin estar obligados a cambiar nuestra propia opinión. Comprender al otro no significa darle la razón; significa ser capaces de mirar por un instante desde el lugar que ocupa, ponernos en sus zapatos y tratar de entender qué circunstancias lo llevaron hasta allí.

Esa capacidad de relacionarnos con quienes piensan distinto nos enriquece. Nos obliga a cuestionarnos, a comparar, a observar desde otros ángulos y, sobre todo, a mantener despierto el pensamiento. Porque quizá la manera más eficaz de embrutecerse sea rodearse únicamente de quienes confirman lo que ya creemos, (embrutecerse o envejecer)…

El pensamiento necesita fricción, contraste y sobre todo auto cuestionamiento sobre la forma de pensar nuestra (autocrítica).  Un cerebro que nunca encuentra una idea que lo contradiga termina acomodándose en sus propias certezas, como si estuviera sedado.

En cambio, encontrarse con alguien que piensa de manera opuesta puede resultar incómodo, pero precisamente en esa incomodidad existe una posibilidad de crecimiento. Neurológicamente tu cerebro funciona diferente (trabaja, no está sedado) No se trata de abandonar nuestras convicciones, sino de impedir que se conviertan en una prisión.

Es como si escribieras un libro sobre sexología y quien se encargara de presentarlo fuera un erudito en matemáticas. Creo que esa persona, precisamente por venir de un campo completamente distinto, podría aportar una profundidad inesperada y valiosa a la obra. 

O por ejemplo, que escribieras un libro sobre anarquía y quien lo presentara fuera un neurólogo. Considero que una mirada proveniente de otra disciplina podría enriquecer considerablemente la visión del libro, porque permitiría observar el mismo tema desde una perspectiva diferente, quizá incluso desde un ángulo que su propio autor no había contemplado. 

Al fin y al cabo, un adulador rara vez pasa inadvertido; y resulta difícil que alguien pueda desempeñar semejante papel cuando procede de una disciplina ajena.

No necesitaba convencer a nadie. Podía conversar con un creyente, un ateo,  un rebelde o un hombre completamente opuesto a sus ideas sin sentir que su identidad estaba amenazada. Le interesaba comprender antes que vencer.

Una tarde, Samuel le regaló un pequeño cactus. Aurelio lo colocó junto a su bonsái.

—Son especies incompatibles —dijo Samuel.

—Precisamente por eso los he puesto juntos —respondió Aurelio.

Desde entonces, el bonsái y el cactus permanecieron separados por apenas unos centímetros. No se parecían, no necesitaban parecerse y, sin embargo, parecían comprender algo que muchos hombres olvidan:  La amistad no siempre nace de pensar igual, sino de permitirle al otro ser distinto sin que nuestra propia identidad se sienta amenazada.  Y por su puesto que si conoces a un hombre víboro o una mujer víbora  no tienes porque flagelarte e inmolarte con su amistad..


Enrico Díaz Bernuy  

lunes, 27 de julio de 2026

habló la bella

 


Muchas personas brillan en voz baja:


👉 "Me fue increíble... y lo conté como si nada, minimizándolo." 👉 "No publiqué mi logro: no quiero que piensen que presumo." 👉 "Cuando me va bien, me da culpa contarlo. Casi pido perdón."

Y les dicen:

👉 "Qué humilde eres, así se debe." 👉 "Mejor: la gente es muy envidiosa." 👉 "El que presume, provoca."

Pero Klein identificó lo que de verdad opera bajo esa "humildad".

No estás siendo modesto.

Le tienes miedo a la envidia. Y aprendiste a desactivarla achicándote.

Klein estudió la envidia como pocas personas y descubrió su otra cara: el miedo a SER envidiado. Si en tu historia lo bueno tuyo despertaba ataques —el comentario ácido de la familia, la amiga que se enfriaba con tus éxitos, el "ya te crees mucho"— aprendiste la lección temprano: brillar es peligroso; lo bueno atrae dardos. Y desarrollaste el seguro perfecto: esconder el logro, minimizarlo, hasta arruinarlo un poco tú primero ("sí gané, pero fue suerte, y además estoy cansadísimo") para que nadie sienta el piquete... y no te lo cobre. Funciona, sí. Cobrando una prima carísima: vives tus triunfos a media luz, pidiendo perdón por lo que deberías celebrar.

La idea incómoda es esta:

👉 Minimizar tus logros no es humildad: es un impuesto que le pagas a la envidia ajena (real o esperada). 👉 Achicarte no protege tu luz: la confisca — y encima entrena a todos a que tu éxito no se celebra. 👉 Y la envidia del otro es asunto DEL OTRO: administrársela apagándote es hacerle terapia gratis con tu vida.

Pero aquí está lo importante:

No tienes que volverte presumido: tienes que dejar de esconderte. El punto medio existe y se entrena: comparte el logro completo con tu gente segura (esa que sí celebra: identifícala, es tu público VIP y ahí se cuenta TODO con emoción), y con el resto, compártelo sereno y sin disculpas —sin inflarlo, pero sin el "fue suerte" ni el descuento automático—. Si a alguien le pica, obsérvalo con compasión y distancia: su piquete habla de su carencia (tú lo sabes: también has sentido envidia), no de tu obligación de apagarte. Brillaste porque trabajaste. Celebrarlo no es agresión: es justicia. Y cada vez que cuentas un logro sin encogerte, le enseñas al mundo —y a la parte tuya que aprendió a esconderse— que lo bueno ya se puede vivir a plena luz.

📚 Klein, M. (1990). Envidia y gratitud. En Obras completas (Vol. 3: Envidia y gratitud y otros trabajos). Paidós. (Trabajo original de 1957) 

jueves, 23 de julio de 2026


 

 



Concuerdo con muchas cosas salvo algunas precisiones,  también detecto que su exposición tiene ciertas replicaciones sobre el bhagavad. 
Su teoria sobre el verdadero maestro, salvo que él se refiera al paramatma (eso no aclara,  o no le pregunta el entrevistador)

lunes, 20 de julio de 2026

No tiene título. Autor Enrico Diaz Bernuy / Relato breve ( ficciones 2026 ) / 20 de julio 2026

Se había recostado con un abatimiento que excedía el cansancio. Era una fatiga más antigua, más profunda, como si proviniera de un lugar donde el cuerpo ya no alcanzaba a nombrar el dolor.  Al fin, el agotamiento logró cerrar aquellos párpados endurecidos que tanto esfuerzo le costaba mantener abiertos. Ardían como si hubieran permanecido demasiado tiempo contemplando una ausencia. Cuando por fin los cerró, no encontró la oscuridad que esperaba. Frente a él se desplegó un gris luminoso, una claridad velada, semejante a la antesala de otra dimensión. Una neblina suspendida parecía darle la bienvenida, flotando inmóvil detrás de sus ojos cerrados. Como dos puertas diseñadas para jamás abrirse, similar a su misma dificultad a hacer amigos, incluso hasta con sus propios colegas y quien tenga dificultad en hacer amigos hasta de sus propios colegas es porque sin duda está en un sendero diferente, no solo era la soledad del artista, era un peldaño difícil de clasificar... 

Aun envuelto en aquella sensación incierta comprendió que no dormía. Poco a poco comenzó a distinguir un paisaje que emergía lentamente de aquella bruma, como una pintura que alguien revelara con infinita paciencia.

En lo más íntimo de sí recordaba a su princesa. La extrañaba. La amaba. Y aunque sabía que no debía entregarse a semejante sentimiento, había momentos en que el miedo nacía precisamente de extrañarla demasiado. Lo desconcertaba descubrir que una persona conocida hacía tan poco tiempo pudiera despertar emociones propias de toda una una vida vivida, una existencia compartida.

Era como si ambos hubieran vivido una vida anterior, una memoria imposible cuya huella permanecía intacta en el alma. Tal vez una existencia pasada. Tal vez una ilusión. Tal vez un deseo inconsciente buscando un rostro donde habitar.

Pensaba incluso que esa clase de confesiones, jamás debería decirle a ella, en realidad esas clase de teorías jamás deberían decirse  a ninguna mujer. No porque fueran falsas, sino porque el exceso de idealización puede inflamar el ego hasta convertir el encuentro en distancia, y la distancia, cuando no sabe dialogar con el silencio, termina levantando fuerzas dinámicas sobre el aire como  entre dos personas destinadas únicamente a desentenderse como dos partidos políticos opuestos sumidos en un vórtice, remolino de egos.

Pero él seguía caminando dentro de aquella neblina, y avanzaba con la elegancia  de un vampiro y el silencio de un poeta. Sus lentes azules de estilo victoriana reflejaban una luz que no pertenecía a ningún sol conocido. En su andar había una distancia deliberada, elegante, casi como  un voto de renuncia. No era abandono de sí mismo; ―era disciplina―. Se había impuesto una sola meta: escribir un poema digno de sobrevivir a lo superfluo.

Las palabras comenzaban a reunirse dentro de él como aves que regresan al mismo árbol al caer la tarde. A veces sentía que estaba lleno de ellas. La meditación lo liberaba. El mantra aquietaba el ruido del mundo. Pero ese árbol estaba lleno de durezas y esas aves era como sonrisas de levedades en búsqueda de un puerto…

Pero entonces ella aparecía. Siempre en el instante menos esperado. No caminaba: flotaba. Era lo más parecido a una princesa que había conocido jamás. Sus ojos ardían con una intensidad imposible y, cuando sonreía, su rostro parecía haber olvidado toda tristeza. Sin embargo, detrás de aquella sonrisa también habitaba una duda silenciosa, una pregunta que él jamás alcanzaría a escuchar:

—¿Me querrá?

Él ignoraba que esa pregunta existía. Solo sabía suspirar. Un suspiro profundo, sin explicación ni origen, que nacía de alguna región del alma donde las razones dejan de tener importancia. Ese suspiro era suficiente para confundirla.

Los días se convertían en semanas. Las semanas en meses. El sentimiento permanecía intacto y, en ocasiones, crecía con una fuerza que empezaba a inquietarlo. No temía confesarle aquello; jamás lo haría. Lo que verdaderamente le aterraba era no comprenderse a sí mismo.

—Las musas hacen esto —se repetía. Después dudaba.

—¿Será el amor?

Pero el amor, pensaba, no podía ser únicamente desconcierto. El amor también era una lámpara encendida en medio de la noche, una claridad que guía incluso cuando nadie la sostiene.

Sin embargo, sus propios ojos ya no reflejaban esa luz. Permanecían secos, inmóviles, sin lágrimas, como si la neblina del principio hubiese decidido instalarse para siempre dentro de ellos. Entonces comprendió que el origen de todo había sido el dolor de extrañarla. Finalmente creyó encontrar la salida de aquel laberinto gris. Intentó levantar la mirada hacia el techo blanco de su dormitorio. Reunió fuerzas para incorporarse, pero cuando consiguió ponerse de pie descubrió, con un estremecimiento imposible de describir, que su cuerpo seguía tendido sobre la cama, más pálido que nunca. No gritó.

Simplemente comenzó a deslizarse lejos de aquella habitación, impulsado por una fuerza ajena a su voluntad. Una corriente invisible lo arrastraba hacia una distancia sin nombre. Y mientras se alejaba comprendió que aquella fuerza solo perseguía un propósito: hacer que lo olvidara todo, ese era su verdadero sueño o su verdadera liberación.

 Enrico Diaz Bernuy

miércoles, 15 de julio de 2026

Obras de arte de Enrico Diaz Bernuy. Venta e informes al 993 904 284 Lima, Perú.

 Esta obra el pintor Enrico Diaz Bernuy, constituye una exploración contemporánea de la figura humana mediante un lenguaje plástico que oscila entre la abstracción gestual y la figuración sugerida. Lejos de buscar una representación anatómica convencional, la imagen emerge desde la materia misma, permitiendo que el cuerpo se revele como una presencia construida a partir de texturas, accidentes pictóricos y estratos de color.


La composición se caracteriza por una intensa carga matérica. El artista emplea una técnica mixta que integra acrílicos, esmaltes sintéticos y óleos, materiales que aportan diferentes tiempos de secado, grados de brillo y comportamientos físicos. Esta convivencia de medios genera una superficie rica en contrastes, y la audacia de no trabajar con colores complementarios genera un dinamismo que converge con  la fluidez del esmalte, y así,  dialoga con la densidad del óleo y la rapidez expresiva del acrílico.

Uno de los aspectos más innovadores de la pieza reside en su soporte. La pintura no se desarrolla sobre el tradicional lienzo de algodón o lino, sino sobre un vinilo plástico, un material industrial y contemporáneo que modifica radicalmente la respuesta de la pintura. El vinilo ofrece una superficie menos absorbente, permitiendo que los pigmentos, esmaltes y veladuras permanezcan más vivos, produzcan escurrimientos naturales y creen efectos imposibles de obtener en soportes clásicos. Esta elección convierte al soporte en un elemento activo de la obra y no en un simple receptor de la imagen.

Desde el punto de vista técnico, destacan los empastes volumétricos, las transparencias, las veladuras, las superposiciones cromáticas y los goteos controlados, recursos que evidencian un dominio de los procesos físicos de la pintura. La materia adquiere un protagonismo equivalente al dibujo, mientras que la luz emerge de la oposición entre negros profundos, blancos luminosos y una gama cálida de ocres, sienas y naranjas que otorgan intensidad emocional a la composición.

La obra revela además un notable equilibrio entre control e improvisación. Aunque la ejecución transmite espontaneidad, cada gesto parece responder a una estructura compositiva cuidadosamente organizada. Las líneas de escurrimiento conducen la mirada del espectador y fortalecen la verticalidad de la figura, generando un ritmo visual dinámico.

En términos estéticos, la pieza posee la capacidad de sugerir múltiples lecturas. La figura parece surgir y desvanecerse simultáneamente dentro de la materia pictórica, invitando al observador a completar la imagen mediante su propia percepción. Esta ambigüedad visual constituye uno de sus mayores atributos, pues transforma la contemplación en una experiencia activa.

La utilización de materiales industriales junto con medios tradicionales sitúa la obra dentro de las prácticas de la pintura contemporánea, donde la experimentación con soportes y procedimientos amplía las posibilidades expresivas del lenguaje pictórico. El empleo del vinilo plástico rompe deliberadamente con la tradición del lienzo, evidenciando una búsqueda de nuevos comportamientos de la pintura y una reflexión sobre los límites del medio.

En conjunto, la obra manifiesta una sólida madurez técnica y una personalidad plástica definida. Su riqueza matérica, la calidad de sus texturas, la fuerza gestual y la innovación en el uso de materiales convierten esta pieza en un ejemplo significativo de pintura contemporánea, donde el soporte, la materia y la imagen participan con igual importancia en la construcción del discurso visual. El resultado es una obra de gran intensidad expresiva, que trasciende la representación para convertir la propia pintura en el verdadero protagonista del acto creativo.

Para finalizar y no menos importante de todo lo dicho: El pintor desarrolla una constante investigación sobre la figura femenina, explorando la complejidad de su anatomía y personalidad. Se aparta de la representación de la mujer como víctima o símbolo de sufrimiento, para revelar una presencia dinámica, emprendedora, apasionada y de intensa fuerza interior, capaz de transformar su entorno con determinación y vitalidad.

 Aunque la figura femenina constituye un eje constante en su producción, ninguna obra se repite. Cada pintura posee una identidad irrepetible, con variaciones en la anatomía, el gesto, la composición y la atmósfera cromática. Tal vez sea la misma mujer que reaparece como un arquetipo personal del artista, pero renace siempre con un cuerpo distinto, nuevas tonalidades y una personalidad renovada, evitando cualquier fórmula repetitiva y reafirmando la originalidad de su lenguaje plástico.

 


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En esta obra, Enrico Díaz reafirma una investigación pictórica sostenida sobre la figura femenina como territorio de exploración estética, psicológica y emocional. Lejos de la representación tradicional de la mujer vulnerable, sufriente o pasiva, el artista propone una presencia vibrante y contemporánea: una mujer cuya identidad se construye desde la fuerza, el movimiento, la determinación y la intensidad de sus emociones. No es un símbolo de derrota, sino de transformación constante.

La figura parece emerger de un espacio indeterminado, donde la materia pictórica adquiere autonomía y participa activamente en la construcción de la imagen. La anatomía no pretende responder a cánones académicos; por el contrario, se fragmenta y reconstruye mediante un lenguaje abstracto-expresionista, abstracto…, que convierte cada trazo en un vehículo de energía y cada mancha en una afirmación del gesto creador.

La obra ha sido realizada mediante una técnica mixta, integrando acrílicos, esmaltes sintéticos y óleos, materiales que conviven en una superficie rica en contrastes de textura, brillo y profundidad. La combinación de estos medios permite superponer veladuras, empastes, transparencias, goteos y líneas gestuales que enriquecen el discurso plástico y evidencian un sólido dominio técnico.

Un aspecto distintivo de la propuesta es la elección del vinilo plástico como soporte, alejándose deliberadamente del lienzo tradicional. Este material contemporáneo modifica el comportamiento de la pintura, favoreciendo desplazamientos espontáneos, tensiones superficiales y efectos matéricos que difícilmente podrían lograrse sobre soportes convencionales. El soporte deja de ser un elemento pasivo para convertirse en un componente esencial de la obra y de su lenguaje visual.

El cromatismo establece un diálogo entre negros profundos, blancos luminosos, verdes fríos, violetas y enérgicas líneas de naranja que recorren la composición como impulsos vitales. Estos recorridos lineales no solo estructuran visualmente la figura, sino que transmiten dinamismo, convirtiendo el color en un elemento narrativo y emocional.

Aunque la mujer constituye el tema recurrente dentro de la producción del artista, ninguna obra se repite. Cada pintura posee una identidad propia, una anatomía diferente, una estructura singular y una atmósfera cromática irrepetible. Quizá todas respondan a un mismo arquetipo femenino concebido por el autor; sin embargo, cada una renace con un cuerpo distinto, nuevos matices psicológicos y una personalidad visual única. Esta constante reinvención evita la repetición formal y confirma la autenticidad de su lenguaje pictórico.

La pintura encuentra así un equilibrio entre la improvisación y el rigor compositivo. El aparente caos de la materia está sostenido por una organización precisa que dirige la mirada del espectador y permite descubrir, progresivamente, la figura escondida entre capas de pintura y gestos espontáneos. La obra exige una contemplación activa, donde cada observador completa el relato desde su propia experiencia.

Enrico Díaz desarrolla una pintura donde el material, el soporte y la imagen poseen el mismo valor expresivo. Su trabajo demuestra que la innovación no depende únicamente del tema, sino también de la capacidad para replantear los procesos técnicos de la pintura contemporánea. El resultado es una obra de gran potencia visual y conceptual, en la que la figura femenina deja de ser un objeto de contemplación para convertirse en un símbolo de vitalidad, autonomía y permanente transformación.