LA CIUDAD DE LOS
CABLES DESNUDOS
Y El Rata
Un cuento inspirado
en la esclerosis múltiple
Aquellos
cables eran especiales. No solamente transportaban electricidad; llevaban las
órdenes necesarias para que todo funcionara.
Algunos
controlaban las luces de las casas, otros abrían las puertas de los edificios,
algunos regulaban el movimiento de los trenes y otros comunicaban las
estaciones entre sí.
Cada
cable estaba protegido por una gruesa cubierta aislante llamada mielina.
Gracias a ella, las señales podían viajar rápidamente y con eficiencia,
llevando las órdenes de un lugar a otro. Durante muchos años, la ciudad
funcionó perfectamente. Pero un día comenzaron a aparecer pequeños daños en
algunas cubiertas. En determinados lugares, la protección de los cables empezó
a desgastarse y dejó partes del conductor expuestas. Como consecuencia, las
señales comenzaron a viajar con dificultad, a hacerse más lentas o incluso a
interrumpirse.
Al
principio nadie comprendió lo que ocurría. Un tren se detuvo inesperadamente.
—Debe
ser una falla pasajera —dijeron los ingenieros.
Después,
algunas luces comenzaron a apagarse. En otra zona, una puerta automática dejó
de responder. Más tarde, un grupo de semáforos empezó a funcionar de manera
irregular.
Los
ingenieros descubrieron entonces algo preocupante: los cables estaban perdiendo
su aislamiento, (como lo que ocurre a
veces con las neuronas), pero había algo todavía más extraño.
No
todos los problemas aparecían en el mismo lugar ni producían las mismas
consecuencias.
Cuando
se dañaba un cable que llegaba a la estación encargada de los movimientos, los
trenes tenían dificultades para desplazarse. Si el daño estaba relacionado con
la estación de la visión, las señales luminosas podían volverse confusas. O si
afectaba a las líneas que comunicaban con las zonas encargadas del equilibrio,
algunos vehículos podían perder estabilidad.
La
gran central eléctrica seguía enviando órdenes, pero algunas de ellas ya no
podían llegar correctamente a su destino. Entonces Ceretbria comprendió una
importante verdad: una ciudad no depende solamente de su central, sino también
de las conexiones que llevan sus mensajes hacia cada rincón.
Aquella
ciudad era una representación del cuerpo humano. El cerebro envía continuamente
instrucciones a través de las fibras nerviosas, pero cuando la mielina que las
protege se deteriora, la comunicación puede hacerse más lenta, interrumpirse o
alterarse. Y dependiendo de las fibras afectadas, distintas funciones del
organismo pueden verse comprometidas.
Los
habitantes de Ceretbria dejaron de llamar a aquello simplemente una avería.
Lo llamaron esclerosis múltiple. La esclerosis múltiple es una enfermedad en la que el sistema inmunitario ataca por error la mielina, sustancia que recubre y protege las fibras nerviosas.
Cuando
esta protección se deteriora, la comunicación entre el cerebro y el resto del
cuerpo puede verse afectada.
Pero
Ceretbria también descubrió algo importante: aunque algunos cables estuvieran
dañados, la ciudad no tenía por qué rendirse.
La
enfermedad no tenía una cura definitiva, pero podía ser controlada y sus
síntomas podían tratarse. La fisioterapia y la rehabilitación podían ayudar a
conservar la movilidad, la fuerza, el equilibrio y la independencia, mientras
los médicos utilizaban otros tratamientos para controlar la enfermedad. (controlarla
no curarla).
Los
ingenieros de Ceretbria aprendieron entonces a proteger los cables que todavía
funcionaban, a reparar lo que fuera posible y, sobre todo, a buscar nuevas
rutas para mantener la comunicación.
Porque
una conexión dañada no significaba necesariamente que toda comunicación hubiera
terminado.
Y así comprendieron otra verdad: Ceretbria intentaba mantener comunicados sus barrios aunque algunas conexiones fallaran. Mientras los ingenieros trabajaban día y noche en aquella enorme ciudad, muy lejos de la central eléctrica vivía un hombre que parecía pertenecer a otro mundo.
Se llamaba Juan Carlos. Pero todos lo conocían por un extraño apodo: El Rata. Era uno de esos personajes que parecían haber salido de una novela. A primera vista, daba la impresión de ser un hombre marginal, despreocupado y acostumbrado a moverse entre personajes de dudosa reputación. Sin embargo, aquella apariencia escondía una vida completamente diferente.
El
Rata vivía a lo grande. Viajaba por Europa, recorría ciudades de Estados Unidos
y había conocido distintos lugares de Asia. Podía aparecer un día en Bogotá o Lima y,
semanas después, contar historias de algún país lejano como si viajar por el
mundo fuera para él algo completamente cotidiano.
Lo
extraño era que nadie conocía un trabajo que explicara aquella vida.
—¿Y este hombre de qué vive? —se preguntaban unos. —¿Cómo consigue tanto dinero? —comentaban otros.
Las
conversaciones se multiplicaban, pero la respuesta nunca aparecía.
Algunos
pensaban que había recibido una herencia de su madre fallecida. Otros suponían
que había heredado una pensión. Otros inventaban explicaciones todavía más
extravagantes. Pero nadie parecía conocer la verdad. Y por ahí se tejían
leyendas.
El
Rata tampoco parecía preocupado por aclarar nada. Vivía despreocupadamente,
viajaba, gastaba y disfrutaba de la vida sin mostrar preocupación alguna por
aquello que tanto intrigaba a los demás.
Lo
más curioso era la contradicción entre su apariencia y su realidad.
Se
presentaba como un marginal y
frecuentaba personas de ambientes oscuros. Había sido amigo de asaltantes, de
un extorsionador mexicano que había radicado en Lima, de personas vinculadas a
las drogas e incluso de un hombre que había cometido asesinatos en Venezuela.
Sin
embargo, el Rata poseía un código de amistad que, para él, era sagrado. Podía
comprender muchos errores. Podía tolerar que sus amigos hubieran caído en los caminos
más oscuros. Podía permanecer al lado de personas que la sociedad había condenado.
Pero existía una frontera que jamás estaba dispuesto a cruzar: abandonar a los
propios hijos.
Para
Juan Carlos, aquello era una traición que ninguna amistad podía justificar.
—Uno
puede equivocarse en la vida —decía—. Puede caer, puede perderse y hasta puede
volver a empezar. Pero un hijo no tiene la culpa de los errores de su padre o
de su madre. Aquella era su extraña filosofía. Y quizá por eso resultaba tan
difícil comprenderlo.
¿Cómo
podía alguien relacionarse con personas tan cuestionables y, al mismo tiempo,
defender con tanta firmeza una idea de responsabilidad familiar?
El
Rata no daba explicaciones. Simplemente seguía viviendo, sonreía, se burlaba y
hacía muecas como si la juventud fuera a durar eternamente. Pero detrás de
aquella manera despreocupada de vivir había algo que pocos comprendían. El Rata
también sabía lo que significaba vivir entre conexiones rotas. Había personas
que se habían alejado de él. Amistades que habían terminado. Relaciones que se
habían perdido.
Caminos que ya no conducían al mismo lugar. Sin embargo, siempre intentaba conservar algún vínculo. Con algunos amigos mantenía una llamada. Con otros, una visita. Con otros, simplemente la memoria. Y con sus hijos existía una conexión que consideraba imposible de abandonar.
Porque,
para él, una relación podía deteriorarse, una persona podía equivocarse y hasta
una vida podía tomar caminos inesperados.
Pero
eso no significaba que todas las conexiones debieran desaparecer.
Mientras tanto, en Ceretbria, los ingenieros continuaban observando los cables desnudos. Cada zona dañada producía un problema diferente. Y entonces comenzaron a comprender que la enfermedad no solamente afectaba a los cables. También podía cambiar la vida de quienes dependían de ellos.
Porque
cuando una conexión entre el cerebro y el cuerpo se interrumpe, no solamente
falla una señal.
Puede
detenerse un movimiento o alterarse el equilibrio, o confundirse la visión.
Incluso aparecer cansancio. Puede cambiar la manera en que una persona camina, siente o realiza actividades que antes hacía con absoluta naturalidad.
Los habitantes de Ceretbria comprendieron finalmente que su mayor desafío no consistía solamente en reparar los cables. Consistía en aprender a vivir cuando algunos cables ya no podían funcionar como antes. Entonces ocurrió algo curioso. Los ingenieros comenzaron a observar que la ciudad hacía algo parecido a lo que hacía El Rata.
Cuando un barrio quedaba incomunicado, buscaban otra ruta. Cuando una estación dejaba de responder, intentaban establecer una nueva conexión.
Cuando
un cable fallaba, no abandonaban inmediatamente todo el sistema.
Buscaban
la manera de mantener la ciudad comunicada.
Y
El Rata hacía exactamente lo mismo con las personas.
Ceretbria
intentaba mantener unidos sus barrios aunque algunas conexiones fallaran. El
Rata intentaba mantener unidos a sus amigos y a sus hijos aunque su propia vida
estuviera llena de conexiones rotas.
Quizá
aquella era la razón por la que ambos se parecían más de lo que nadie habría
imaginado.
La
ciudad tenía cables desnudos. El Rata tenía heridas invisibles.
Pero
ninguno de los dos había decidido apagar las luces. Los habitantes de Ceretbria
comprendieron entonces que convivir con una enfermedad no significaba
simplemente esperar a que todo volviera a ser como antes.
A veces significaba aprender nuevos caminos. Aprender nuevos movimientos. Aceptar determinadas limitaciones. Buscar ayuda. Recibir tratamiento. Hacer fisioterapia. Rehabilitarse. Y, sobre todo, conservar aquellas conexiones que todavía podían mantener la vida en movimiento. Porque la esclerosis múltiple podía cambiar el camino, pero no necesariamente tenía que apagar el viaje.
El
Rata parecía haber comprendido aquella verdad mucho antes que los ingenieros.
Él también había aprendido que no siempre se puede reparar una conexión rota. Algunas personas se marchan. Algunas amistades desaparecen.
Algunos
caminos se cierran. Pero siempre queda la posibilidad de construir otro puente.
De tender otro cable. De llamar nuevamente. De acercarse. De permanecer.
Y quizá esa era la verdadera enseñanza de aquella ciudad: no siempre podemos elegir qué parte del camino se rompe. Pero podemos decidir cómo continuar el viaje cuando el camino cambia…
Mientras
la gran central eléctrica seguía enviando sus señales hacia todos los rincones
de Ceretbria, el Rata continuaba recorriendo el mundo, llevando consigo sus
secretos, sus contradicciones y aquel extraño código de lealtad que nadie terminaba
de comprender.
Una
lealtad que a veces parecía confundirse entre ser amigo de todos y ser amigo de
nadie. Pero quizá, en el fondo, el Rata solamente había aprendido una cosa:
que
incluso las personas más contradictorias necesitan alguna conexión que las
mantenga unidas al mundo. Y Ceretbria también lo sabía.
Por
eso, cuando una señal desaparecía, los ingenieros no apagaban la central. Buscaban
otro camino. Cuando un barrio quedaba aislado, tendían nuevos cables.
Cuando
una ruta se perdía, construían otra. Porque una ciudad no deja de ser una
ciudad porque algunos de sus caminos estén dañados.
Y
una persona tampoco deja de ser ella misma porque algunas de sus capacidades
hayan cambiado. Así, entre cables desnudos, señales interrumpidas y vidas
llenas de contradicciones, Ceretbria continuó funcionando. Sus luces no
brillaban todas con la misma intensidad.
Algunas parpadeaban. Otras se apagaban durante un tiempo. Pero muchas seguían encendidas. Y mientras existiera una señal capaz de encontrar un camino, siempre habría comunicación. Porque incluso una ciudad herida puede seguir teniendo luces.
Y
quizá eso también sea vivir: aprender a encontrar nuevos caminos cuando los
antiguos ya no pueden llevarnos a casa.
Enrico Díaz Bernuy
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