La nave de los doce guardianes
Cerebrem
Durante años,
aquel joven se había preparado para llegar hasta allí. Había estudiado,
entrenado sus movimientos y las técnicas marciales; había aprendido a
soportarlo todo, incluso el cansancio, y sobre todo, había aprendido a dominar
sus temores.
No entrenaba
solamente para aprender a luchar. Entrenaba para aprender a gobernarse. Cada
movimiento le enseñaba disciplina; cada caída, a levantarse; cada combate, a
mirar de frente al miedo sin permitir que este tomara el control. Poco a poco
había comprendido que la verdadera fuerza no consistía en vencer a otro, sino
en dominar aquello que dentro de uno mismo quería rendirse, huir o atacar.
Creía que cada
prueba lo acercaba al momento para el cual había nacido. Pero al contemplar por
primera vez la inmensidad de Cerebrem, comprendió que todo aquello había sido
apenas un ensayo.
La verdadera
preparación comenzaba ahora: cuando el sueño dejaba de ser promesa y se
convertía en destino.
Y fue entonces,
en un rincón lejano de la galaxia, donde viajaba una nave extraordinaria
llamada Cerebrem. No era una nave común. No transportaba soldados, minerales ni
mercancías. Su misión era mucho más importante: mantener con vida a un
organismo entero.
Cerebrem estaba
dividida en dos secciones enormes (dos hemisferios): el Hemisferio Izquierdo y
el Hemisferio Derecho. Parecían dos grandes hermanos que habitaban lados
opuestos de la nave, pero estaban unidos por un inmenso puente luminoso llamado
Cuerpo Calloso, por donde viajaban constantemente mensajes de un lado al otro.
—Nunca olviden
algo —decía el viejo Comandante Díaz, Cerebrem—: aunque cada hemisferio tenga sus
propias funciones y especializaciones, ninguno puede cumplir la misión por sí
solo.
A bordo viajaba
un joven cadete llamado Oficial Chipana, que acababa de incorporarse a la
tripulación. Su primera misión consistía en aprender cómo funcionaba aquella
nave.
—Comandante
Díaz —preguntó el Oficial Chipana—, ¿cómo puede una nave ser tan grande y
funcionar con tanta precisión?
El Comandante
Díaz sonrió.
—Porque cada
miembro de la tripulación tiene una misión. Ven conmigo.
Atravesaron
primero la gran Sala Frontal.
Allí se
encontraba el Lóbulo Frontal, capitán de las decisiones. Tenía mapas,
estrategias y controles por todas partes.
—Yo planifico,
razono y tomo decisiones —explicó—. También dirijo muchos de los movimientos
voluntarios de la tripulación.
Después
llegaron a la Ciudad Parietal, donde numerosos sensores cubrían las paredes.
—¡Bienvenido!
—dijo el Lóbulo Parietal—. Aquí interpretamos el tacto, la presión, el dolor,
la temperatura y la posición de la carcasa, es decir, del cuerpo.
Oficial Chipana
tocó una pared.
—¿Entonces tú
sabes cuándo algo toca la nave?
—Exactamente.
Pero no solamente recibimos información: también ayudamos a comprender dónde
está nuestro cuerpo en el espacio.
Continuaron
hasta el Archivo Temporal.
Allí había
millones de grabaciones.
—Aquí guardamos
recuerdos y procesamos sonidos —dijo el Lóbulo Temporal—. También participamos
en la comprensión del lenguaje.
Finalmente
llegaron al enorme Observatorio Occipital.
Miles de
pantallas mostraban estrellas, planetas y luces.
—Mi trabajo es
procesar la información visual —explicó el Lóbulo Occipital—. Cuando las
cámaras captan imágenes, es decir, los ojos, yo ayudo a convertirlas en
información que el cerebro puede interpretar.
Oficial Chipana
estaba maravillado.
Pero debajo de
aquellas salas había otras estructuras igualmente importantes.
En una
plataforma se encontraba una zona pequeña, pero extraordinariamente precisa,
con una forma que recordaba a una pequeña embarcación: el Cerebelo.
—No soy
voluminoso —dijo con orgullo—, pero coordino los movimientos y ayudo a mantener
el equilibrio.
Más abajo
estaba el imponente y robusto piñón muy resistente (Tronco Encefálico), encargado de funciones
vitales y de conectar el cerebro con la médula espinal.
—Aquí no hay
tiempo para distraerse —dijo con voz grave—. Respiración, frecuencia cardíaca y
otras funciones esenciales deben mantenerse constantemente.
De pronto, una
alarma comenzó a sonar.
¡ALERTA!
¡TORMENTA SOLAR!
La nave comenzó
a estremecerse.
—¡Todos a sus
puestos! —ordenó el Comandante Díaz.
Oficial Chipana
miró confundido.
—¿Quién puede
ayudarnos?
El Comandante
Díaz señaló una puerta.
—Los doce
guardianes.
La puerta se
abrió y aparecieron doce pequeños soldados.
El primero
llevaba una extraña antena en forma de nariz.
—Soy el Olfatorio,
número I. Detecto olores.
El segundo
llevaba un enorme visor.
—Soy el Óptico,
número II. Mi misión es la visión.
El tercero
llevaba dos pequeños controles oculares.
—Soy el Oculomotor,
número III. Controlo gran parte de los movimientos de los ojos y participo en
la respuesta pupilar.
El cuarto era
más pequeño y sostenía un instrumento que dirigía su mirada hacia abajo.
—Soy el Troclear,
número IV. Ayudo a realizar determinados movimientos del ojo.
El quinto
apareció con tres insignias sobre el rostro.
—Soy el Trigémino,
número V. Tengo tres grandes ramas. Llevo información sensitiva de la cara y
también participo en la masticación.
—¡Tres ramas!
—repitió Oficial Chipana—. Eso me ayudará a recordarte.
El sexto
soldado tenía una bandera apuntando hacia un costado.
—Soy el Abducens,
número VI. Mi especialidad es ayudar a mover el ojo hacia afuera, hacia los
lados.
El séptimo
parecía un actor. Sonreía, fruncía el rostro y cerraba un ojo.
—Soy el Facial,
número VII. Controlo los músculos de la expresión facial y también participo en
el gusto de parte de la lengua.
El octavo
llevaba dos grandes antenas: una para escuchar y otra para mantener el
equilibrio.
—Soy el Vestibulococlear,
número VIII. Mi primera antena escucha; mi segunda ayuda a mantener el
equilibrio.
Entonces un
fuerte ruido sacudió la nave.
—¡Necesitamos
saber qué está pasando! —gritó Oficial Chipana.
El noveno
soldado apareció desde la zona de la garganta.
—Soy el Glosofaríngeo,
número IX. Participo en la deglución, en el gusto de una parte posterior de la
lengua y en determinadas funciones de la garganta.
A su lado
apareció un viajero con una enorme mochila.
—¡Yo soy el Vago,
número X!
Oficial Chipana
lo miró sorprendido.
—¿Por qué
llevas una mochila tan grande?
—Porque soy un
gran viajero. Mis conexiones se extienden desde la cabeza y el cuello hacia el
tórax y el abdomen. Participo en funciones como la deglución, la voz y la
regulación de numerosos órganos internos.
El undécimo
soldado llevaba dos herramientas.
—Soy el Accesorio,
número XI. Ayudo a mover el cuello y a elevar los hombros.
El último
soldado llevaba una pequeña espada con forma de lengua.
—Y yo soy el Hipogloso,
número XII, maestro de los movimientos de la lengua.
Los doce
guardianes estaban listos.
Pero la
tormenta empeoró.
—¡El equilibrio
está fallando! —avisó el Vestibulococlear.
—¡Estoy
recibiendo imágenes distorsionadas! —gritó el Óptico.
—¡La nave está
recibiendo señales sensoriales! —informó el Trigémino.
—¡Hay problemas
con los movimientos! —avisó el Cerebelo.
El Comandante
Díaz comprendió entonces que ningún soldado podía resolver la emergencia solo.
—¡Hemisferios,
trabajen juntos!
Desde ambos
lados de la nave comenzaron a viajar señales a través del Cuerpo Calloso.
El Frontal
planificó la respuesta. El Parietal interpretó las señales sensoriales.
El Temporal
procesó los sonidos y ayudó a comprender las comunicaciones. El Occipital
analizó las imágenes. El Cerebelo coordinó los movimientos. El Tronco
Encefálico mantuvo funcionando los sistemas vitales. Y los doce pares craneales
ejecutaron sus misiones.
—¡Olfatorio,
detecta!
—¡Óptico,
observa!
—¡Oculomotor y
Troclear, dirijan la mirada!
—¡Trigémino,
informa desde el rostro!
—¡Abducens,
mira hacia el exterior!
—¡Facial,
protege y expresa!
—¡Vestibulococlear,
escucha y equilibra!
—¡Glosofaríngeo,
prepara la garganta!
—¡Vago, mantén
las conexiones internas!
—¡Accesorio,
estabiliza cuello y hombros!
—¡Hipogloso,
mueve la lengua!
La tormenta
comenzó a desaparecer.
Oficial Chipana
contemplaba a todos aquellos pequeños guardianes trabajando al mismo tiempo.
—Ahora lo
entiendo —dijo.
—¿Qué has
aprendido? —preguntó el Comandante Díaz.
Oficial Chipana
miró los dos hemisferios.
—Que Cerebrem
no funciona como dos naves separadas. Son dos grandes partes conectadas, y cada
una tiene funciones especializadas. Los lóbulos cumplen diferentes tareas, el
cerebelo coordina, el tronco encefálico mantiene funciones esenciales y los
doce pares craneales llevan información y ejecutan funciones específicas.
El Comandante
Díaz sonrió.
—Exactamente. Y
recuerda algo más: la ingeniería astronáutica, (dedicada al diseño de vehículos
y sistemas que operan fuera de la atmósfera terrestre), puede ser más fácil de
comprender cuando la relacionamos con algo mucho más cercano: la anatomía
humana.
Desde aquel
día, Oficial Chipana convirtió las doce compuertas de la nave —los doce pares
craneales— en pequeños ejercicios para comprender mejor la arquitectura e
ingeniería de la nave.
Para recordar
el I, imaginaba una nariz.
Para el II, un
ojo.
Para el III, IV
y VI, tres soldados moviendo los ojos.
Para el V, un guerrero
con tres ramas tocando el rostro y masticando.
Para el VII, un
actor cambiando de expresión.
Para el VIII,
un músico que escucha mientras mantiene el equilibrio.
Para el IX, un
guardián de la garganta.
Para el X, un
viajero recorriendo el cuerpo.
Para el XI, un
soldado levantando los hombros.
Y para el XII,
un maestro moviendo la lengua.
Pero una noche,
cuando la nave atravesaba una región oscura de la galaxia, Oficial Chipana
encontró al viejo Comandante Díaz observando silenciosamente las galaxias desde
el puente de mando.
—Comandante
Díaz —preguntó—, ¿por qué seguimos entrenando si la tormenta ya terminó?
Cerebro
permaneció unos segundos en silencio.
—Porque,
Oficial Chipana, las tormentas más peligrosas no siempre vienen del espacio.
El muchacho
frunció el ceño.
—¿Entonces de
dónde vienen?
El Comandante
Díaz colocó una mano sobre el cristal del observatorio.
—De nosotros
mismos.
Oficial Chipana
miró los dos hemisferios de Cerebrem.
—¿De nuestros
propios pensamientos?
—Exactamente.
Una nave puede estar perfectamente construida y, sin embargo, perder el rumbo
si su tripulación entra en conflicto. Lo mismo ocurre con el ser humano. Cuando
el miedo, la ira, la ansiedad o la autopercepción por la soledad, eso se transforma
en una especie de impulso, y ello, toma el mando, podemos convertir
nuestra propia mente “en un campo de batalla”.
Entonces el
Comandante Díaz condujo a Oficial Chipana hasta la gran sala central.
Allí estaban
nuevamente los doce guardianes.
—Aprender
anatomía no significa solamente saber sus nombres —dijo—. También significa
comprender una gran lección: cada función tiene su lugar y cada impulso
necesita ser gobernado por un sistema mayor.
Oficial Chipana
observó al Frontal sentado en su puesto de mando.
—Entonces el
verdadero Comandante Díaz debe saber cuándo actuar y cuándo esperar.
—Así es.
Cerebro señaló
entonces una antigua inscripción grabada en la pared:
“Conócete a ti
mismo.”
—Los antiguos
griegos comprendieron algo extraordinario —continuó—. Antes de intentar dominar
el mundo, el hombre debía aprender a gobernarse a sí mismo. Sócrates convirtió
el conocimiento de uno mismo en una de las grandes preguntas de la existencia.
Después señaló
al Cerebelo…
Si has llegado hasta aquí y todavía quieres descubrir las últimas dos páginas de Cerebrem, puedes continuar la misión realizando un pequeño aporte de S/ 10. o 3.0 $
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manos:
Después de todo, hasta las naves que viajan entre las
estrellas necesitan combustible. 🚀
Gracias por acompañar a Cerebrem en este viaje.


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