Orígenes

Estimados lectores con placer y profundo aprecio a la literatura los invito a descubrir mi blog Café y escrituras con humo, un espacio donde la literatura respira con una libertad genuina, y donde cada cuento, relato o poema está tejido con esmero, ofreciendo mundos y personajes que buscan resonar en el alma. Es un rincón de lucidez y libertad de expresión, donde no existe censura ni rechazo, (ni de editoriales ni de fanzines) sino un llamado sincero a explorar juntos las profundidades de la imaginación y del pensamiento. Los textos son gratuitos y siempre bienvenidos a nuevos ojos, con la esperanza de que encuentren en ellos una chispa de inspiración o reflexión. ¡Los invito a tomar una pausa, servirse una buena taza de café, y sumergirse en la esencia de cada relato! , poema o artículos de mi autoría o de los escritores invitados. A continuación, dejo el índice del contenido:
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lunes, 24 de agosto de 2026

La nave de los doce guardianes Cerebrem / cuento de Enrico Díaz Bernuy -- #LaNaveDeLosDoceGuardianes #cienciayliteratura #neurociencia #cienciaficcion

 

La nave de los doce guardianes

Cerebrem



 

 

Durante años, aquel joven se había preparado para llegar hasta allí. Había estudiado, entrenado sus movimientos y las técnicas marciales; había aprendido a soportarlo todo, incluso el cansancio, y sobre todo, había aprendido a dominar sus temores.

No entrenaba solamente para aprender a luchar. Entrenaba para aprender a gobernarse. Cada movimiento le enseñaba disciplina; cada caída, a levantarse; cada combate, a mirar de frente al miedo sin permitir que este tomara el control. Poco a poco había comprendido que la verdadera fuerza no consistía en vencer a otro, sino en dominar aquello que dentro de uno mismo quería rendirse, huir o atacar.

Creía que cada prueba lo acercaba al momento para el cual había nacido. Pero al contemplar por primera vez la inmensidad de Cerebrem, comprendió que todo aquello había sido apenas un ensayo.

La verdadera preparación comenzaba ahora: cuando el sueño dejaba de ser promesa y se convertía en destino.

Y fue entonces, en un rincón lejano de la galaxia, donde viajaba una nave extraordinaria llamada Cerebrem. No era una nave común. No transportaba soldados, minerales ni mercancías. Su misión era mucho más importante: mantener con vida a un organismo entero.

Cerebrem estaba dividida en dos secciones enormes (dos hemisferios): el Hemisferio Izquierdo y el Hemisferio Derecho. Parecían dos grandes hermanos que habitaban lados opuestos de la nave, pero estaban unidos por un inmenso puente luminoso llamado Cuerpo Calloso, por donde viajaban constantemente mensajes de un lado al otro.

—Nunca olviden algo —decía el viejo Comandante Díaz,  Cerebrem—: aunque cada hemisferio tenga sus propias funciones y especializaciones, ninguno puede cumplir la misión por sí solo.

A bordo viajaba un joven cadete llamado Oficial Chipana, que acababa de incorporarse a la tripulación. Su primera misión consistía en aprender cómo funcionaba aquella nave.

—Comandante Díaz —preguntó el Oficial Chipana—, ¿cómo puede una nave ser tan grande y funcionar con tanta precisión?

El Comandante Díaz sonrió.

—Porque cada miembro de la tripulación tiene una misión. Ven conmigo.

Atravesaron primero la gran Sala Frontal.

Allí se encontraba el Lóbulo Frontal, capitán de las decisiones. Tenía mapas, estrategias y controles por todas partes.

—Yo planifico, razono y tomo decisiones —explicó—. También dirijo muchos de los movimientos voluntarios de la tripulación.

Después llegaron a la Ciudad Parietal, donde numerosos sensores cubrían las paredes.

—¡Bienvenido! —dijo el Lóbulo Parietal—. Aquí interpretamos el tacto, la presión, el dolor, la temperatura y la posición de la carcasa, es decir, del cuerpo.

Oficial Chipana tocó una pared.

—¿Entonces tú sabes cuándo algo toca la nave?

—Exactamente. Pero no solamente recibimos información: también ayudamos a comprender dónde está nuestro cuerpo en el espacio.

Continuaron hasta el Archivo Temporal.

Allí había millones de grabaciones.

—Aquí guardamos recuerdos y procesamos sonidos —dijo el Lóbulo Temporal—. También participamos en la comprensión del lenguaje.

Finalmente llegaron al enorme Observatorio Occipital.

Miles de pantallas mostraban estrellas, planetas y luces.

—Mi trabajo es procesar la información visual —explicó el Lóbulo Occipital—. Cuando las cámaras captan imágenes, es decir, los ojos, yo ayudo a convertirlas en información que el cerebro puede interpretar.

Oficial Chipana estaba maravillado.

 

Pero debajo de aquellas salas había otras estructuras igualmente importantes.

En una plataforma se encontraba una zona pequeña, pero extraordinariamente precisa, con una forma que recordaba a una pequeña embarcación: el Cerebelo.

—No soy voluminoso —dijo con orgullo—, pero coordino los movimientos y ayudo a mantener el equilibrio.

Más abajo estaba el imponente y robusto piñón muy resistente  (Tronco Encefálico), encargado de funciones vitales y de conectar el cerebro con la médula espinal.

—Aquí no hay tiempo para distraerse —dijo con voz grave—. Respiración, frecuencia cardíaca y otras funciones esenciales deben mantenerse constantemente.

 

De pronto, una alarma comenzó a sonar.

 

¡ALERTA! ¡TORMENTA SOLAR!

La nave comenzó a estremecerse.

—¡Todos a sus puestos! —ordenó el Comandante Díaz.

Oficial Chipana miró confundido.

—¿Quién puede ayudarnos?

El Comandante Díaz señaló una puerta.

 

—Los doce guardianes.

 

La puerta se abrió y aparecieron doce pequeños soldados.

El primero llevaba una extraña antena en forma de nariz.

—Soy el Olfatorio, número I. Detecto olores.

El segundo llevaba un enorme visor.

—Soy el Óptico, número II. Mi misión es la visión.

El tercero llevaba dos pequeños controles oculares.

—Soy el Oculomotor, número III. Controlo gran parte de los movimientos de los ojos y participo en la respuesta pupilar.

El cuarto era más pequeño y sostenía un instrumento que dirigía su mirada hacia abajo.

—Soy el Troclear, número IV. Ayudo a realizar determinados movimientos del ojo.

El quinto apareció con tres insignias sobre el rostro.

—Soy el Trigémino, número V. Tengo tres grandes ramas. Llevo información sensitiva de la cara y también participo en la masticación.

—¡Tres ramas! —repitió Oficial Chipana—. Eso me ayudará a recordarte.

El sexto soldado tenía una bandera apuntando hacia un costado.

—Soy el Abducens, número VI. Mi especialidad es ayudar a mover el ojo hacia afuera, hacia los lados.

El séptimo parecía un actor. Sonreía, fruncía el rostro y cerraba un ojo.

—Soy el Facial, número VII. Controlo los músculos de la expresión facial y también participo en el gusto de parte de la lengua.

El octavo llevaba dos grandes antenas: una para escuchar y otra para mantener el equilibrio.

—Soy el Vestibulococlear, número VIII. Mi primera antena escucha; mi segunda ayuda a mantener el equilibrio.

Entonces un fuerte ruido sacudió la nave.

—¡Necesitamos saber qué está pasando! —gritó Oficial Chipana.

El noveno soldado apareció desde la zona de la garganta.

—Soy el Glosofaríngeo, número IX. Participo en la deglución, en el gusto de una parte posterior de la lengua y en determinadas funciones de la garganta.

A su lado apareció un viajero con una enorme mochila.

—¡Yo soy el Vago, número X!

Oficial Chipana lo miró sorprendido.

—¿Por qué llevas una mochila tan grande?

—Porque soy un gran viajero. Mis conexiones se extienden desde la cabeza y el cuello hacia el tórax y el abdomen. Participo en funciones como la deglución, la voz y la regulación de numerosos órganos internos.

El undécimo soldado llevaba dos herramientas.

—Soy el Accesorio, número XI. Ayudo a mover el cuello y a elevar los hombros.

El último soldado llevaba una pequeña espada con forma de lengua.

—Y yo soy el Hipogloso, número XII, maestro de los movimientos de la lengua.

Los doce guardianes estaban listos.

Pero la tormenta empeoró.

—¡El equilibrio está fallando! —avisó el Vestibulococlear.

—¡Estoy recibiendo imágenes distorsionadas! —gritó el Óptico.

—¡La nave está recibiendo señales sensoriales! —informó el Trigémino.

—¡Hay problemas con los movimientos! —avisó el Cerebelo.

El Comandante Díaz comprendió entonces que ningún soldado podía resolver la emergencia solo.

—¡Hemisferios, trabajen juntos!

Desde ambos lados de la nave comenzaron a viajar señales a través del Cuerpo Calloso.

El Frontal planificó la respuesta. El Parietal interpretó las señales sensoriales.

El Temporal procesó los sonidos y ayudó a comprender las comunicaciones. El Occipital analizó las imágenes. El Cerebelo coordinó los movimientos. El Tronco Encefálico mantuvo funcionando los sistemas vitales. Y los doce pares craneales ejecutaron sus misiones.

—¡Olfatorio, detecta!

—¡Óptico, observa!

—¡Oculomotor y Troclear, dirijan la mirada!

—¡Trigémino, informa desde el rostro!

—¡Abducens, mira hacia el exterior!

—¡Facial, protege y expresa!

—¡Vestibulococlear, escucha y equilibra!

—¡Glosofaríngeo, prepara la garganta!

—¡Vago, mantén las conexiones internas!

—¡Accesorio, estabiliza cuello y hombros!

—¡Hipogloso, mueve la lengua!

La tormenta comenzó a desaparecer.

Oficial Chipana contemplaba a todos aquellos pequeños guardianes trabajando al mismo tiempo.

—Ahora lo entiendo —dijo.

—¿Qué has aprendido? —preguntó el Comandante Díaz.

Oficial Chipana miró los dos hemisferios.

—Que Cerebrem no funciona como dos naves separadas. Son dos grandes partes conectadas, y cada una tiene funciones especializadas. Los lóbulos cumplen diferentes tareas, el cerebelo coordina, el tronco encefálico mantiene funciones esenciales y los doce pares craneales llevan información y ejecutan funciones específicas.

El Comandante Díaz sonrió.

—Exactamente. Y recuerda algo más: la ingeniería astronáutica, (dedicada al diseño de vehículos y sistemas que operan fuera de la atmósfera terrestre), puede ser más fácil de comprender cuando la relacionamos con algo mucho más cercano: la anatomía humana.

Desde aquel día, Oficial Chipana convirtió las doce compuertas de la nave —los doce pares craneales— en pequeños ejercicios para comprender mejor la arquitectura e ingeniería de la nave.

Para recordar el I, imaginaba una nariz.

Para el II, un ojo.

Para el III, IV y VI, tres soldados moviendo los ojos.

Para el V, un guerrero con tres ramas tocando el rostro y masticando.

Para el VII, un actor cambiando de expresión.

Para el VIII, un músico que escucha mientras mantiene el equilibrio.

Para el IX, un guardián de la garganta.

Para el X, un viajero recorriendo el cuerpo.

Para el XI, un soldado levantando los hombros.

Y para el XII, un maestro moviendo la lengua.

Pero una noche, cuando la nave atravesaba una región oscura de la galaxia, Oficial Chipana encontró al viejo Comandante Díaz observando silenciosamente las galaxias desde el puente de mando.

—Comandante Díaz —preguntó—, ¿por qué seguimos entrenando si la tormenta ya terminó?

Cerebro permaneció unos segundos en silencio.

—Porque, Oficial Chipana, las tormentas más peligrosas no siempre vienen del espacio.

El muchacho frunció el ceño.

—¿Entonces de dónde vienen?

El Comandante Díaz colocó una mano sobre el cristal del observatorio.

—De nosotros mismos.

Oficial Chipana miró los dos hemisferios de Cerebrem.

—¿De nuestros propios pensamientos?

—Exactamente. Una nave puede estar perfectamente construida y, sin embargo, perder el rumbo si su tripulación entra en conflicto. Lo mismo ocurre con el ser humano. Cuando el miedo, la ira, la ansiedad o la autopercepción por la soledad, eso se transforma  en una especie de  impulso,  y ello, toma el mando, podemos convertir nuestra propia mente “en un campo de batalla”.

 

Entonces el Comandante Díaz condujo a Oficial Chipana hasta la gran sala central.

Allí estaban nuevamente los doce guardianes.

 

—Aprender anatomía no significa solamente saber sus nombres —dijo—. También significa comprender una gran lección: cada función tiene su lugar y cada impulso necesita ser gobernado por un sistema mayor.

Oficial Chipana observó al Frontal sentado en su puesto de mando.

—Entonces el verdadero Comandante Díaz debe saber cuándo actuar y cuándo esperar.

—Así es.

Cerebro señaló entonces una antigua inscripción grabada en la pared:

“Conócete a ti mismo.”

—Los antiguos griegos comprendieron algo extraordinario —continuó—. Antes de intentar dominar el mundo, el hombre debía aprender a gobernarse a sí mismo. Sócrates convirtió el conocimiento de uno mismo en una de las grandes preguntas de la existencia.

Después señaló al Cerebelo…




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Después de todo, hasta las naves que viajan entre las estrellas necesitan combustible. 🚀

Gracias por acompañar a Cerebrem en este viaje.