Orígenes

Estimados lectores con placer y profundo aprecio a la literatura los invito a descubrir mi blog Café y escrituras con humo, un espacio donde la literatura respira con una libertad genuina, y donde cada cuento, relato o poema está tejido con esmero, ofreciendo mundos y personajes que buscan resonar en el alma. Es un rincón de lucidez y libertad de expresión, donde no existe censura ni rechazo, (ni de editoriales ni de fanzines) sino un llamado sincero a explorar juntos las profundidades de la imaginación y del pensamiento. Los textos son gratuitos y siempre bienvenidos a nuevos ojos, con la esperanza de que encuentren en ellos una chispa de inspiración o reflexión. ¡Los invito a tomar una pausa, servirse una buena taza de café, y sumergirse en la esencia de cada relato! , poema o artículos de mi autoría o de los escritores invitados. A continuación, dejo el índice del contenido:
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miércoles, 29 de julio de 2026

El jardín de las raíces… un cuento de Enrico Díaz Bernuy

 

El jardín de las raíces…

Aurelio cultivaba bonsáis desde hacía más de treinta años. En su pequeño jardín había aprendido que un árbol no se domina: se acompaña. Cada rama era una negociación paciente entre la voluntad del cultivador y la obstinación de la naturaleza. O la obstinación del cultivador y la paciencia de la naturaleza.

Su favorito era un viejo buganvilia, pequeño y retorcido, cuya copa parecía contener un bosque entero con pequeñas flores blancas y recias.  Don Aurelio lo miraba casi como si fuera un hijo para él. Además ese valor sentimental tenia un sustento familiar, ese pequeño árbol fue cultivado por su abuelo. Un hombre que jamás conoció pero el lazo del honor se mantenía vivo y había trasladado su legado por medio de ese arte del cultivo de las plantas.

Al otro lado de la pared vivía Samuel, un hombre de costumbres extrañas y fascinantes. Cultivaba cactus exóticos que conseguía de lugares remotos: especies de espinas desmesuradas, formas imposibles y flores que aparecían apenas unas horas al año. Aurelio y Samuel casi nunca conversaban.

Sus jardines estaban separados por una pared y, curiosamente, también por sus temperamentos. Samuel no había heredado esas artes por antecedentes familiares, ni mucho menos se creía en términos como el honor, era en cierta forma más mundano, más superficial.

Aurelio prefería la paciencia silenciosa del bonsái; la paciencia de usar el alambrado a los esquejes, el tratamiento especial a la tierra y sobre todo el detalle con el uso de las tijeras.

Samuel, en cambio, admiraba la extravagancia de los cactus. Sin embargo, algunas tardes se encontraban junto a la pared y hablaban brevemente. Uno preguntaba por una flor; el otro comentaba la forma de una rama. No necesitaban estar de acuerdo para reconocerse. Para Aurelio el uso del elemento vital (el agua) era motivo fundamental para el desarrollo mientras que el otro, el tratamiento solar se basaba todo como es lo que sucede en los cactus.

Con el tiempo, Aurelio comprendió que aquella amistad tenía algo de sus propios árboles. No era necesario acercar demasiado las raíces para que dos formas de vida pudieran compartir el mismo suelo.

Samuel solía decir que la manera más eficaz de embrutecerse era juntarse exclusivamente con quienes pensaban como uno. Aurelio lo repetía a veces, aunque prefería expresarlo de otro modo: «Si todos los árboles de un jardín crecen torcidos hacia la misma dirección, quizá nadie sepa dónde está el viento».

En algún momento, ambos discutieron. El principal argumento de Samuel era que sus plantas no lo necesitaban realmente: si él muriera, los cactus continuarían viviendo sin su presencia. En cambio, sostenía que, si Aurelio muriera, sus bonsáis probablemente morirían poco después, pues dependían de sus cuidados constantes (poda y abundantes riegos).

—Lo que sucede —respondió Aurelio— es que yo tengo un instinto paternal. Mis plantas son como hijos para mí. No puedo concebirlas sin asumir la responsabilidad de cuidarlas. En cambio, para ti parecen no demandar ningún compromiso.

Samuel lo miró y respondió:

—¿Estás seguro? Si mañana comenzara a llover torrencialmente, tendría que atenderlas y alejarlas de los aguaceros. Si no lo hiciera, podrían enfermar o morir. ¿Acaso eso no es también un compromiso?

Aurelio guardó silencio por un instante para sosiego,  y no alargar esa discusión, él ya no quería imponer sus ideas sobre nadie…

Tal vez la diferencia no estaba en tener o no tener compromisos, sino en la forma en que cada uno los entendía. Aurelio había convertido el cuidado en una especie de vínculo paternal; Samuel, en cambio, asumía su responsabilidad sin necesidad de transformarla en un lazo afectivo.

Al final, comprendieron que cada persona establece sus compromisos de acuerdo con la manera en que ha construido su propia vida. Lo que para uno puede parecer una obligación, para otro puede ser una elección; lo que uno considera amor, otro puede entenderlo simplemente como responsabilidad.

Y quizá ahí estaba otra de sus diferencias: no todos cuidamos de la misma manera, porque tampoco todos necesitamos lo mismo para sentirnos responsables de aquello que hemos decidido conservar.

Aurelio era precisamente esa clase de sujeto que podía sentirse cómodo entre personas que no pensaban como él. No confundía la discrepancia con una ofensa ni la coincidencia con una amistad. Escuchaba incluso aquello que contrariaba sus convicciones, porque sabía que una idea que jamás ha sido puesta en peligro termina convirtiéndose en una costumbre.

Consideraba que la estética o la verdad sobre algo no podían sostenerse necesariamente en una sola postura. Una verdad universal puede existir en determinados ámbitos, pero cuando hablamos de cosas materiales, de experiencias humanas o de la manera en que percibimos el mundo, difícilmente podemos hablar de verdades absolutas. Existen distintos enfoques, así como distintas experiencias en cada persona. Mi experiencia es distinta de la tuya, y la tuya es distinta de la mía.

Si intervienen el resentimiento, el dolor, la memoria o las circunstancias personales, entonces tampoco podemos pretender que todos poseamos las mismas percepciones, mucho menos los mismos complejos. Había comprendido que detrás de un complejo o de un resentimiento puede existir un pasado, una experiencia que desconocemos y que quizá explique, aunque no necesariamente justifique, determinada manera de pensar o de actuar.

Al final, debemos aprender a respetar aquello sin estar obligados a cambiar nuestra propia opinión. Comprender al otro no significa darle la razón; significa ser capaces de mirar por un instante desde el lugar que ocupa, ponernos en sus zapatos y tratar de entender qué circunstancias lo llevaron hasta allí.

Esa capacidad de relacionarnos con quienes piensan distinto nos enriquece. Nos obliga a cuestionarnos, a comparar, a observar desde otros ángulos y, sobre todo, a mantener despierto el pensamiento. Porque quizá la manera más eficaz de embrutecerse sea rodearse únicamente de quienes confirman lo que ya creemos, (embrutecerse o envejecer)…

El pensamiento necesita fricción, contraste y diferencia. Un cerebro que nunca encuentra una idea que lo contradiga termina acomodándose en sus propias certezas, como si estuviera sedado.

En cambio, encontrarse con alguien que piensa de manera opuesta puede resultar incómodo, pero precisamente en esa incomodidad existe una posibilidad de crecimiento. Neurológicamente tu cerebro funciona diferente (trabaja, no está sedado) No se trata de abandonar nuestras convicciones, sino de impedir que se conviertan en una prisión.

Es como si escribieras un libro sobre sexología y quien se encargara de presentarlo fuera un erudito en matemáticas. Creo que esa persona, precisamente por venir de un campo completamente distinto, podría aportar una profundidad inesperada y valiosa a la obra. O por ejemplo, que escribieras un libro sobre anarquía y quien lo presentara fuera un neurólogo. Considero que una mirada proveniente de otra disciplina podría enriquecer considerablemente la visión del libro, porque permitiría observar el mismo tema desde una perspectiva diferente, quizá incluso desde un ángulo que su propio autor no había contemplado. Al fin y al cabo, un adulador rara vez pasa inadvertido; y resulta difícil que alguien pueda desempeñar semejante papel cuando procede de una disciplina ajena.

No necesitaba convencer a nadie. Podía conversar con un creyente, un ateo,  un rebelde o un hombre completamente opuesto a sus ideas sin sentir que su identidad estaba amenazada. Le interesaba comprender antes que vencer.

Una tarde, Samuel le regaló un pequeño cactus. Aurelio lo colocó junto a su bonsái.

—Son especies incompatibles —dijo Samuel.

—Precisamente por eso los he puesto juntos —respondió Aurelio.

Desde entonces, el bonsái y el cactus permanecieron separados por apenas unos centímetros. No se parecían, no necesitaban parecerse y, sin embargo, parecían comprender algo que muchos hombres olvidan:  La amistad no siempre nace de pensar igual, sino de permitirle al otro ser distinto sin que nuestra propia identidad se sienta amenazada.  Y por su puesto que si conoces a un hombre víboro o una mujer víbora  no tienes porque flagelarte e inmolarte con su amistad..


Enrico Díaz Bernuy  

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