El jardín de las raíces…
Aurelio cultivaba bonsáis desde hacía más de
treinta años. En su pequeño jardín había aprendido que un árbol no se domina:
se acompaña. Cada rama era una negociación paciente entre la voluntad del
cultivador y la obstinación de la naturaleza. O la obstinación del cultivador y
la paciencia de la naturaleza.
Sus jardines estaban separados por una pared y,
curiosamente, también por sus temperamentos. Samuel no había heredado esas
artes por antecedentes familiares, ni mucho menos se creía en términos como el
honor, era en cierta forma más mundano, más superficial.
Aurelio prefería la paciencia silenciosa del
bonsái; la paciencia de usar el alambrado a los esquejes, el tratamiento
especial a la tierra y sobre todo el detalle con el uso de las tijeras.
Samuel, en cambio, admiraba la extravagancia de los
cactus. Sin embargo, algunas tardes se encontraban junto a la pared y hablaban
brevemente. Uno preguntaba por una flor; el otro comentaba la forma de una
rama. No necesitaban estar de acuerdo para reconocerse. Para Aurelio el uso del
elemento vital (el agua) era motivo fundamental para el desarrollo mientras que
el otro, el tratamiento solar se basaba todo como es lo que sucede en los
cactus.
Con el tiempo, Aurelio comprendió que aquella
amistad tenía algo de sus propios árboles. No era necesario acercar demasiado
las raíces para que dos formas de vida pudieran compartir el mismo suelo.
Samuel solía decir que la manera más eficaz de
embrutecerse era juntarse exclusivamente con quienes pensaban como uno. Aurelio
lo repetía a veces, aunque prefería expresarlo de otro modo: «Si todos los
árboles de un jardín crecen torcidos hacia la misma dirección, quizá nadie sepa
dónde está el viento».
En algún momento, ambos
discutieron. El principal argumento de Samuel era que sus plantas no lo
necesitaban realmente: si él muriera, los cactus continuarían viviendo sin su
presencia. En cambio, sostenía que, si Aurelio muriera, sus bonsáis
probablemente morirían poco después, pues dependían de sus cuidados constantes
(poda y abundantes riegos).
—Lo que sucede —respondió
Aurelio— es que yo tengo un instinto paternal. Mis plantas son como hijos para
mí. No puedo concebirlas sin asumir la responsabilidad de cuidarlas. En cambio,
para ti parecen no demandar ningún compromiso.
Samuel lo miró y
respondió:
—¿Estás seguro? Si mañana
comenzara a llover torrencialmente, tendría que atenderlas y alejarlas de los
aguaceros. Si no lo hiciera, podrían enfermar o morir. ¿Acaso eso no es también
un compromiso?
Aurelio guardó silencio
por un instante para sosiego, y no
alargar esa discusión, él ya no quería imponer sus ideas sobre nadie…
Tal vez la diferencia no
estaba en tener o no tener compromisos, sino en la forma en que cada uno los
entendía. Aurelio había convertido el cuidado en una especie de vínculo
paternal; Samuel, en cambio, asumía su responsabilidad sin necesidad de
transformarla en un lazo afectivo.
Al final, comprendieron
que cada persona establece sus compromisos de acuerdo con la manera en que ha
construido su propia vida. Lo que para uno puede parecer una obligación, para
otro puede ser una elección; lo que uno considera amor, otro puede entenderlo
simplemente como responsabilidad.
Y quizá ahí estaba otra de sus diferencias: no
todos cuidamos de la misma manera, porque tampoco todos necesitamos lo mismo
para sentirnos responsables de aquello que hemos decidido conservar.
Aurelio era precisamente esa clase de sujeto que
podía sentirse cómodo entre personas que no pensaban como él. No confundía la
discrepancia con una ofensa ni la coincidencia con una amistad. Escuchaba
incluso aquello que contrariaba sus convicciones, porque sabía que una idea que
jamás ha sido puesta en peligro termina convirtiéndose en una costumbre.
Consideraba
que la estética o la verdad sobre algo no podían sostenerse necesariamente en
una sola postura. Una verdad universal puede existir en determinados ámbitos,
pero cuando hablamos de cosas materiales, de experiencias humanas o de la
manera en que percibimos el mundo, difícilmente podemos hablar de verdades
absolutas. Existen distintos enfoques, así como distintas experiencias en cada
persona. Mi experiencia es distinta de la tuya, y la tuya es distinta de la
mía.
Si
intervienen el resentimiento, el dolor, la memoria o las circunstancias
personales, entonces tampoco podemos pretender que todos poseamos las mismas
percepciones, mucho menos los mismos complejos. Había comprendido que detrás de
un complejo o de un resentimiento puede existir un pasado, una experiencia que
desconocemos y que quizá explique, aunque no necesariamente justifique,
determinada manera de pensar o de actuar.
Al
final, debemos aprender a respetar aquello sin estar obligados a cambiar
nuestra propia opinión. Comprender al otro no significa darle la razón;
significa ser capaces de mirar por un instante desde el lugar que ocupa,
ponernos en sus zapatos y tratar de entender qué circunstancias lo llevaron
hasta allí.
Esa
capacidad de relacionarnos con quienes piensan distinto nos enriquece. Nos
obliga a cuestionarnos, a comparar, a observar desde otros ángulos y, sobre
todo, a mantener despierto el pensamiento. Porque quizá la manera más eficaz de
embrutecerse sea rodearse únicamente de quienes confirman lo que ya creemos, (embrutecerse
o envejecer)…
El pensamiento
necesita fricción, contraste y diferencia. Un cerebro que nunca encuentra una
idea que lo contradiga termina acomodándose en sus propias certezas, como si
estuviera sedado.
En cambio,
encontrarse con alguien que piensa de manera opuesta puede resultar incómodo,
pero precisamente en esa incomodidad existe una posibilidad de crecimiento. Neurológicamente
tu cerebro funciona diferente (trabaja, no está sedado) No se trata de
abandonar nuestras convicciones, sino de impedir que se conviertan en una
prisión.
Es como si escribieras un libro sobre sexología y quien se encargara de presentarlo fuera un erudito en matemáticas. Creo que esa persona, precisamente por venir de un campo completamente distinto, podría aportar una profundidad inesperada y valiosa a la obra. O por ejemplo, que escribieras un libro sobre anarquía y quien lo presentara fuera un neurólogo. Considero que una mirada proveniente de otra disciplina podría enriquecer considerablemente la visión del libro, porque permitiría observar el mismo tema desde una perspectiva diferente, quizá incluso desde un ángulo que su propio autor no había contemplado. Al fin y al cabo, un adulador rara vez pasa inadvertido; y resulta difícil que alguien pueda desempeñar semejante papel cuando procede de una disciplina ajena.
No necesitaba convencer a nadie. Podía conversar
con un creyente, un ateo, un rebelde o
un hombre completamente opuesto a sus ideas sin sentir que su identidad estaba
amenazada. Le interesaba comprender antes que vencer.
Una tarde, Samuel le regaló un pequeño cactus.
Aurelio lo colocó junto a su bonsái.
—Son especies incompatibles —dijo Samuel.
—Precisamente por eso los
he puesto juntos —respondió Aurelio.
Desde entonces, el bonsái y el cactus
permanecieron separados por apenas unos centímetros. No se parecían, no
necesitaban parecerse y, sin embargo, parecían comprender algo que muchos
hombres olvidan: La amistad no siempre
nace de pensar igual, sino de permitirle al otro ser distinto sin que nuestra
propia identidad se sienta amenazada.
Enrico Díaz Bernuy


No hay comentarios:
Publicar un comentario