Orígenes

Estimados lectores con placer y profundo aprecio a la literatura los invito a descubrir mi blog Café y escrituras con humo, un espacio donde la literatura respira con una libertad genuina, y donde cada cuento, relato o poema está tejido con esmero, ofreciendo mundos y personajes que buscan resonar en el alma. Es un rincón de lucidez y libertad de expresión, donde no existe censura ni rechazo, (ni de editoriales ni de fanzines) sino un llamado sincero a explorar juntos las profundidades de la imaginación y del pensamiento. Los textos son gratuitos y siempre bienvenidos a nuevos ojos, con la esperanza de que encuentren en ellos una chispa de inspiración o reflexión. ¡Los invito a tomar una pausa, servirse una buena taza de café, y sumergirse en la esencia de cada relato! , poema o artículos de mi autoría o de los escritores invitados. A continuación, dejo el índice del contenido:
Powered By Blogger

lunes, 20 de julio de 2026

No tiene título. Autor Enrico Diaz Bernuy / Relato breve ( ficciones 2026 ) / 20 de julio 2026

Se había recostado con un abatimiento que excedía el cansancio. Era una fatiga más antigua, más profunda, como si proviniera de un lugar donde el cuerpo ya no alcanzaba a nombrar el dolor.  Al fin, el agotamiento logró cerrar aquellos párpados endurecidos que tanto esfuerzo le costaba mantener abiertos. Ardían como si hubieran permanecido demasiado tiempo contemplando una ausencia. Cuando por fin los cerró, no encontró la oscuridad que esperaba. Frente a él se desplegó un gris luminoso, una claridad velada, semejante a la antesala de otra dimensión. Una neblina suspendida parecía darle la bienvenida, flotando inmóvil detrás de sus ojos cerrados. Como dos puertas diseñadas para jamás abrirse, similar a su misma dificultad a hacer amigos, incluso hasta con sus propios colegas y quien tenga dificultad en hacer amigos hasta de sus propios colegas es porque sin duda está en un sendero diferente, no solo era la soledad del artista, era un peldaño difícil de clasificar... 

Aun envuelto en aquella sensación incierta comprendió que no dormía. Poco a poco comenzó a distinguir un paisaje que emergía lentamente de aquella bruma, como una pintura que alguien revelara con infinita paciencia.

En lo más íntimo de sí recordaba a su princesa. La extrañaba. La amaba. Y aunque sabía que no debía entregarse a semejante sentimiento, había momentos en que el miedo nacía precisamente de extrañarla demasiado. Lo desconcertaba descubrir que una persona conocida hacía tan poco tiempo pudiera despertar emociones propias de toda una una vida vivida, una existencia compartida.

Era como si ambos hubieran vivido una vida anterior, una memoria imposible cuya huella permanecía intacta en el alma. Tal vez una existencia pasada. Tal vez una ilusión. Tal vez un deseo inconsciente buscando un rostro donde habitar.

Pensaba, incluso, que esa clase de confesiones jamás debería decirle a ella, en realidad esas clase de teorías jamás deberían decirse  a una mujer. No porque fueran falsas, sino porque el exceso de idealización puede inflamar el ego hasta convertir el encuentro en distancia, y la distancia, cuando no sabe dialogar con el silencio, termina levantando fuerzas dinámicas sobre el aire como  entre dos personas destinadas únicamente a desentenderse como dos partidos políticos opuestos sumidos en un vórtice, remolino de egos.

Pero él seguía caminando dentro de aquella neblina, y avanzaba con la elegancia  de un vampiro y el silencio de un poeta. Sus lentes azules de estilo victoriana reflejaban una luz que no pertenecía a ningún sol conocido. En su andar había una distancia deliberada, elegante, casi como  un voto de renuncia. No era abandono de sí mismo; ―era disciplina―. Se había impuesto una sola meta: escribir un poema digno de sobrevivir a lo superfluo.

Las palabras comenzaban a reunirse dentro de él como aves que regresan al mismo árbol al caer la tarde. A veces sentía que estaba lleno de ellas. La meditación lo liberaba. El mantra aquietaba el ruido del mundo. Pero ese árbol estaba lleno de durezas y esas aves era como sonrisas de levedades en búsqueda de un puerto…

Pero entonces ella aparecía. Siempre en el instante menos esperado. No caminaba: flotaba. Era lo más parecido a una princesa que había conocido jamás. Sus ojos ardían con una intensidad imposible y, cuando sonreía, su rostro parecía haber olvidado toda tristeza. Sin embargo, detrás de aquella sonrisa también habitaba una duda silenciosa, una pregunta que él jamás alcanzaría a escuchar:

—¿Me querrá?

Él ignoraba que esa pregunta existía. Solo sabía suspirar. Un suspiro profundo, sin explicación ni origen, que nacía de alguna región del alma donde las razones dejan de tener importancia. Ese suspiro era suficiente para confundirla.

Los días se convertían en semanas. Las semanas en meses. El sentimiento permanecía intacto y, en ocasiones, crecía con una fuerza que empezaba a inquietarlo. No temía confesarle aquello; jamás lo haría. Lo que verdaderamente le aterraba era no comprenderse a sí mismo.

—Las musas hacen esto —se repetía. Después dudaba.

—¿Será el amor?

Pero el amor, pensaba, no podía ser únicamente desconcierto. El amor también era una lámpara encendida en medio de la noche, una claridad que guía incluso cuando nadie la sostiene.

Sin embargo, sus propios ojos ya no reflejaban esa luz. Permanecían secos, inmóviles, sin lágrimas, como si la neblina del principio hubiese decidido instalarse para siempre dentro de ellos. Entonces comprendió que el origen de todo había sido el dolor de extrañarla. Finalmente creyó encontrar la salida de aquel laberinto gris. Intentó levantar la mirada hacia el techo blanco de su dormitorio. Reunió fuerzas para incorporarse, pero cuando consiguió ponerse de pie descubrió, con un estremecimiento imposible de describir, que su cuerpo seguía tendido sobre la cama, más pálido que nunca. No gritó.

Simplemente comenzó a deslizarse lejos de aquella habitación, impulsado por una fuerza ajena a su voluntad. Una corriente invisible lo arrastraba hacia una distancia sin nombre. Y mientras se alejaba comprendió que aquella fuerza solo perseguía un propósito: hacer que lo olvidara todo, ese era su verdadero sueño o su verdadera liberación.

 Enrico Diaz Bernuy

No hay comentarios:

Publicar un comentario