Se había recostado con un abatimiento que excedía el cansancio. Era una fatiga más antigua, más profunda, como si proviniera de un lugar donde el cuerpo ya no alcanzaba a nombrar el dolor. Al fin, el agotamiento logró cerrar aquellos párpados endurecidos que tanto esfuerzo le costaba mantener abiertos. Ardían como si hubieran permanecido demasiado tiempo contemplando una ausencia. Cuando por fin los cerró, no encontró la oscuridad que esperaba. Frente a él se desplegó un gris luminoso, una claridad velada, semejante a la antesala de otra dimensión. Una neblina suspendida parecía darle la bienvenida, flotando inmóvil detrás de sus ojos cerrados. Como dos puertas diseñadas para jamás abrirse, similar a su misma dificultad a hacer amigos, incluso hasta con sus propios colegas y quien tenga dificultad en hacer amigos hasta de sus propios colegas es porque sin duda está en un sendero diferente, no solo era la soledad del artista, era un peldaño difícil de clasificar...
Aun envuelto en aquella
sensación incierta comprendió que no dormía. Poco a poco comenzó a distinguir
un paisaje que emergía lentamente de aquella bruma, como una pintura que
alguien revelara con infinita paciencia.
En lo más íntimo de sí
recordaba a su princesa. La extrañaba. La amaba. Y aunque sabía que no debía
entregarse a semejante sentimiento, había momentos en que el miedo nacía
precisamente de extrañarla demasiado. Lo desconcertaba descubrir que una
persona conocida hacía tan poco tiempo pudiera despertar emociones propias de
toda una una vida vivida, una existencia compartida.
Era como si ambos hubieran
vivido una vida anterior, una memoria imposible cuya huella permanecía intacta
en el alma. Tal vez una existencia pasada. Tal vez una ilusión. Tal vez un
deseo inconsciente buscando un rostro donde habitar.
Pensaba, incluso, que esa clase
de confesiones jamás debería decirle a ella, en realidad esas clase de teorías jamás
deberían decirse a una mujer. No porque
fueran falsas, sino porque el exceso de idealización puede inflamar el ego
hasta convertir el encuentro en distancia, y la distancia, cuando no sabe
dialogar con el silencio, termina levantando fuerzas dinámicas sobre el aire
como entre dos personas destinadas
únicamente a desentenderse como dos partidos políticos opuestos sumidos en un vórtice,
remolino de egos.
Pero él seguía caminando
dentro de aquella neblina, y avanzaba con la elegancia de un vampiro y el silencio de un poeta. Sus
lentes azules de estilo victoriana reflejaban una luz que no pertenecía a
ningún sol conocido. En su andar había una distancia deliberada, elegante, casi
como un voto de renuncia. No era
abandono de sí mismo; ―era disciplina―. Se había impuesto una sola meta:
escribir un poema digno de sobrevivir a lo superfluo.
Las palabras comenzaban a
reunirse dentro de él como aves que regresan al mismo árbol al caer la tarde. A
veces sentía que estaba lleno de ellas. La meditación lo liberaba. El mantra
aquietaba el ruido del mundo. Pero ese árbol estaba lleno de durezas y esas
aves era como sonrisas de levedades en búsqueda de un puerto…
Pero entonces ella aparecía. Siempre
en el instante menos esperado. No caminaba: flotaba. Era lo más parecido a una
princesa que había conocido jamás. Sus ojos ardían con una intensidad imposible
y, cuando sonreía, su rostro parecía haber olvidado toda tristeza. Sin embargo,
detrás de aquella sonrisa también habitaba una duda silenciosa, una pregunta
que él jamás alcanzaría a escuchar:
—¿Me querrá?
Él ignoraba que esa pregunta
existía. Solo sabía suspirar. Un suspiro profundo, sin explicación ni origen,
que nacía de alguna región del alma donde las razones dejan de tener
importancia. Ese suspiro era suficiente para confundirla.
Los días se convertían en
semanas. Las semanas en meses. El sentimiento permanecía intacto y, en
ocasiones, crecía con una fuerza que empezaba a inquietarlo. No temía
confesarle aquello; jamás lo haría. Lo que verdaderamente le aterraba era no
comprenderse a sí mismo.
—Las musas hacen esto —se
repetía. Después dudaba.
—¿Será el amor?
Pero el amor, pensaba, no
podía ser únicamente desconcierto. El amor también era una lámpara encendida en
medio de la noche, una claridad que guía incluso cuando nadie la sostiene.
Sin embargo, sus propios ojos
ya no reflejaban esa luz. Permanecían secos, inmóviles, sin lágrimas, como si
la neblina del principio hubiese decidido instalarse para siempre dentro de
ellos. Entonces comprendió que el origen de todo había sido el dolor de
extrañarla. Finalmente creyó encontrar la salida de aquel laberinto gris. Intentó
levantar la mirada hacia el techo blanco de su dormitorio. Reunió fuerzas para
incorporarse, pero cuando consiguió ponerse de pie descubrió, con un
estremecimiento imposible de describir, que su cuerpo seguía tendido sobre la
cama, más pálido que nunca. No gritó.
Simplemente comenzó a
deslizarse lejos de aquella habitación, impulsado por una fuerza ajena a su
voluntad. Una corriente invisible lo arrastraba hacia una distancia sin nombre.
Y mientras se alejaba comprendió que aquella fuerza solo perseguía un
propósito: hacer que lo olvidara todo, ese era su verdadero sueño o su
verdadera liberación.

No hay comentarios:
Publicar un comentario