Es un lujo contar con tu presencia, más aún, ser testigo de tu evolución, de la senda que vienes labrando con paciencia y determinación.
He sido testigo de tus incursiones en distintas disciplinas; algunas veces desde la distancia, pero siempre vigilante de tus pasos, como un águila que jamás aparta la mirada. Otras veces hemos estado hombro con hombro, celebrando tus logros, acompañando tus caídas o curando las heridas que inevitablemente dejan los entrenamientos de la vida.
He procurado estar ahí, a tu
lado: unas veces como consejero; otras, como médico brujo que intenta aliviar
dolores invisibles; como asesor espiritual, como maestro de combate y, por
encima de todo, como papá.
A veces consigo robarte una
sonrisa; otras, termino por estresarte. Pero casi todos los días intento
estrecharte entre mis brazos para recordarte algo que nunca debes olvidar: sé
que te estás haciendo fuerte y también sabio. La paciencia, hijo mío, es otra
forma del coraje.
Beso tu frente, tu cabeza, y
te digo que te quiero. Te repito que todo llega cuando debe llegar, porque la
vida tiene un ritmo que ninguna impaciencia puede acelerar.
Recuerdo el día en que me hablaste de una disciplina más: el kendo. Casi por instinto la rechacé. Había varias razones. Una de ellas era que ya te había visto pasar por otras disciplinas y deseaba que profundizaras en alguna antes de abrir una puerta nueva. Pero luego recordé que cada uno tiene distintas evoluciones y distintas cosas que uno requiere experimentar. Sin embargo, hubo otra razón mucho más íntima. En ese instante recordé una parte de mí mismo.
"Kendo...", me dije
en silencio.
Cuánto me habría gustado recorrer ese camino cuando tenía su edad. Pero eran otras circunstancias; otros tiempos. La vida ofrece oportunidades distintas a cada generación. Durante una fracción de segundo me vi reflejado en ti. Tú sabes que la esgrima siempre ha sido para mí uno de esos artes casi inalcanzables que uno contempla con admiración, como quien mira una montaña sagrada y distante.
Hoy mis pasos van por otro
sendero. He elegido la arquería como disciplina deportiva, (como ya lo has
visto) siendo esto un espacio para respirar de otra manera, para aquietar el
espíritu y sobre todo desarrollar más el enfoque.
Mi vida social nunca ha sido
abundante, ni tampoco he esmerado por cambiar eso. Encontré en el arco una
antigua fascinación que llevaba dormida dentro de mí desde hacía muchos años.
Pero la vida tiene esas
coincidencias que, en realidad, rara vez son coincidencias. Son fuerzas
silenciosas que parecen conducirnos hacia el lugar donde debemos estar.
Un día apareció en una de mis redes sociales un anuncio sobre el kendo: el Camino de la Espada. Sonreí. Recordé inmediatamente que me habías mencionado ese tema, también recordé que escribí un libro de poemas titulado Esgrima Luminosa. ¿Comprendes ahora por qué esa disciplina tiene para mí un significado tan profundo? No es únicamente el combate; es el símbolo. Es la búsqueda de la precisión, del dominio de uno mismo, de la elegancia frente al caos.
Quizá algún día podamos
conversar largamente sobre ello. Conociéndome como me conoces, podrás descubrir
de dónde provienen muchas de mis ideas, de mis silencios y también de mis
obsesiones.
Y en ese camino no puedo dejar
de hablarte de la gran madre que tienes. Una mujer cuya entrega hacia ti ha
sido absoluta. Sin ella, muchas de las cosas que hoy disfrutas simplemente no
habrían sido posibles. Tus caminos apenas comienzan, pero ya llevas contigo la
fortuna de haber nacido junto a una madre que ama con una intensidad poco
común.
No necesito compararla; tú
posees la sensibilidad suficiente para reconocer la nobleza de su corazón, su
entrega absoluta por ti, y la profundidad de cada uno de sus actos.
Me emociona profundamente
pensar que ya tienes diecisiete años. El tiempo ha corrido con una velocidad
que a veces me asusta. Tal vez debí escribirte estas palabras el día de tu
cumpleaños, que fue hace muy poco. Pero conoces el tren de vida que llevo: mis
estudios, el trabajo, la restauración, las artes plásticas. Quizas para algunos vivo como
un hombre que persigue demasiados sueños al mismo tiempo. Pero esto, todo en global ya es un sueño para mi y tú estas presente.
Y, sin embargo, entre todo ese
vértigo, nunca dejo de sentir el privilegio de caminar a tu lado. Aquí estoy,
intentando ofrecerte siempre mi mejor versión, aunque sé que muchas veces mi manera de hablarte sea a veces áspera pero frontal. No aspires a parecerte completamente a mí, jamás. Toma solamente
aquello que encuentres bueno. Rescata siempre lo mejor de las personas; incluso
de aquellas que no volverás a ver más… Mi experiencia habla.
No permitas que el resentimiento, la mentira o la superficialidad gobiernen tu espíritu. Vivimos tiempos difíciles, una época de la que ambos conocemos como la era de Kali, donde el engaño parece haberse convertido en moneda corriente. Precisamente por eso necesitas cultivar la verdad, la disciplina (sobre todo) y el discernimiento.
El kendo, conocido como el Camino de la Espada, es mucho más que un deporte de combate. Es una escuela para el cuerpo, la mente y el espíritu. A través del entrenamiento constante comprenderás que el verdadero adversario no siempre está frente a ti, sino dentro de ti: en tus miedos, en tus impulsos, en tus dudas y en tus propias limitaciones.
También puede convertirse en una forma de terapia. Ayuda a disminuir el estrés, fortalece la concentración (el enfoque) y enseña a transformar la ira, la ansiedad y la frustración en energía consciente. La repetición paciente de cada movimiento, el control de la respiración y el respeto por el adversario terminan construyendo un ser humano más equilibrado.
Pero quizá su mayor enseñanza sea la forja del carácter. Se que muchas de estas cosas las sabes, pero es bueno que las recuerdes.
Cada entrenamiento exige perseverancia, humildad y dominio de uno mismo. Aprenderás que el progreso nunca depende únicamente del talento, sino de la constancia. Las derrotas dejarán de ser fracasos para convertirse en maestros silenciosos; las victorias dejarán de alimentar el orgullo y pasarán a recordarte la responsabilidad de seguir creciendo.
No conozco un solo logro verdaderamente grande que haya nacido sin disciplina (obsesión). El talento deslumbra durante un instante; la disciplina ilumina toda una vida. Recuerdalo.
Ojalá, cuando seas un hombre y vuelvas a leer estas líneas, descubras que más allá de cada consejo, de cada abrazo y de cada silencio mío, todo lo que hice nació del mismo lugar: del inmenso amor que siento por ti, besando tu frente o tu cabeza casi todos los días.
Enrico Diaz Bernuy
