Orígenes

Estimados lectores con placer y profundo aprecio a la literatura los invito a descubrir mi blog Café y escrituras con humo, un espacio donde la literatura respira con una libertad genuina, y donde cada cuento, relato o poema está tejido con esmero, ofreciendo mundos y personajes que buscan resonar en el alma. Es un rincón de lucidez y libertad de expresión, donde no existe censura ni rechazo, (ni de editoriales ni de fanzines) sino un llamado sincero a explorar juntos las profundidades de la imaginación y del pensamiento. Los textos son gratuitos y siempre bienvenidos a nuevos ojos, con la esperanza de que encuentren en ellos una chispa de inspiración o reflexión. ¡Los invito a tomar una pausa, servirse una buena taza de café, y sumergirse en la esencia de cada relato! , poema o artículos de mi autoría o de los escritores invitados. A continuación, dejo el índice del contenido:
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domingo, 30 de agosto de 2026

un cuento de Enrico Díaz Bernuy / La ciudad de los cables desnudos y el rata

 

LA CIUDAD DE LOS

CABLES DESNUDOS

Y El Rata

 

Un cuento inspirado

 en la esclerosis múltiple

 

 En un lugar muy lejano existía una enorme ciudad llamada Ceretbria. Era una ciudad extraordinaria: tenía millones de calles, puentes, estaciones y edificios, pero nada funcionaba por casualidad, (como la vida misma)… En el centro de todo se encontraba una gran central eléctrica, desde donde partían miles de cables hacia cada rincón de la ciudad.

Aquellos cables eran especiales. No solamente transportaban electricidad; llevaban las órdenes necesarias para que todo funcionara.

Algunos controlaban las luces de las casas, otros abrían las puertas de los edificios, algunos regulaban el movimiento de los trenes y otros comunicaban las estaciones entre sí.

Cada cable estaba protegido por una gruesa cubierta aislante llamada mielina. Gracias a ella, las señales podían viajar rápidamente y con eficiencia, llevando las órdenes de un lugar a otro. Durante muchos años, la ciudad funcionó perfectamente. Pero un día comenzaron a aparecer pequeños daños en algunas cubiertas. En determinados lugares, la protección de los cables empezó a desgastarse y dejó partes del conductor expuestas. Como consecuencia, las señales comenzaron a viajar con dificultad, a hacerse más lentas o incluso a interrumpirse.

Al principio nadie comprendió lo que ocurría. Un tren se detuvo inesperadamente.

—Debe ser una falla pasajera —dijeron los ingenieros.

Después, algunas luces comenzaron a apagarse. En otra zona, una puerta automática dejó de responder. Más tarde, un grupo de semáforos empezó a funcionar de manera irregular.

Los ingenieros descubrieron entonces algo preocupante: los cables estaban perdiendo su aislamiento,  (como lo que ocurre a veces con las neuronas), pero había algo todavía más extraño.

No todos los problemas aparecían en el mismo lugar ni producían las mismas consecuencias.

Cuando se dañaba un cable que llegaba a la estación encargada de los movimientos, los trenes tenían dificultades para desplazarse. Si el daño estaba relacionado con la estación de la visión, las señales luminosas podían volverse confusas. O si afectaba a las líneas que comunicaban con las zonas encargadas del equilibrio, algunos vehículos podían perder estabilidad.

La gran central eléctrica seguía enviando órdenes, pero algunas de ellas ya no podían llegar correctamente a su destino. Entonces Ceretbria comprendió una importante verdad: una ciudad no depende solamente de su central, sino también de las conexiones que llevan sus mensajes hacia cada rincón.

Aquella ciudad era una representación del cuerpo humano. El cerebro envía continuamente instrucciones a través de las fibras nerviosas, pero cuando la mielina que las protege se deteriora, la comunicación puede hacerse más lenta, interrumpirse o alterarse. Y dependiendo de las fibras afectadas, distintas funciones del organismo pueden verse comprometidas.

Los habitantes de Ceretbria dejaron de llamar a aquello simplemente una avería.

Lo llamaron esclerosis múltiple. La esclerosis múltiple es una enfermedad en la que el sistema inmunitario ataca por error la mielina, sustancia que recubre y protege las fibras nerviosas.

Cuando esta protección se deteriora, la comunicación entre el cerebro y el resto del cuerpo puede verse afectada.

Pero Ceretbria también descubrió algo importante: aunque algunos cables estuvieran dañados, la ciudad no tenía por qué rendirse.

La enfermedad no tenía una cura definitiva, pero podía ser controlada y sus síntomas podían tratarse. La fisioterapia y la rehabilitación podían ayudar a conservar la movilidad, la fuerza, el equilibrio y la independencia, mientras los médicos utilizaban otros tratamientos para controlar la enfermedad. (controlarla no curarla).

Los ingenieros de Ceretbria aprendieron entonces a proteger los cables que todavía funcionaban, a reparar lo que fuera posible y, sobre todo, a buscar nuevas rutas para mantener la comunicación.

Porque una conexión dañada no significaba necesariamente que toda comunicación hubiera terminado.

Y así comprendieron otra verdad: Ceretbria intentaba mantener comunicados sus barrios aunque algunas conexiones fallaran. Mientras los ingenieros trabajaban día y noche en aquella enorme ciudad, muy lejos de la central eléctrica vivía un hombre que parecía pertenecer a otro mundo.

Se llamaba Juan Carlos. Pero todos lo conocían por un extraño apodo: El Rata. Era uno de esos personajes que parecían haber salido de una novela. A primera vista, daba la impresión de ser un hombre marginal, despreocupado y acostumbrado a moverse entre personajes de dudosa reputación. Sin embargo, aquella apariencia escondía una vida completamente diferente.

El Rata vivía a lo grande. Viajaba por Europa, recorría ciudades de Estados Unidos y había conocido distintos lugares de Asia. Podía aparecer un día en   Bogotá  o Lima y, semanas después, contar historias de algún país lejano como si viajar por el mundo fuera para él algo completamente cotidiano.

Lo extraño era que nadie conocía un trabajo que explicara aquella vida.

—¿Y este hombre de qué vive? —se preguntaban unos. —¿Cómo consigue tanto dinero? —comentaban otros.

Las conversaciones se multiplicaban, pero la respuesta nunca aparecía.

Algunos pensaban que había recibido una herencia de su madre fallecida. Otros suponían que había heredado una pensión. Otros inventaban explicaciones todavía más extravagantes. Pero nadie parecía conocer la verdad. Y por ahí se tejían leyendas.

El Rata tampoco parecía preocupado por aclarar nada. Vivía despreocupadamente, viajaba, gastaba y disfrutaba de la vida sin mostrar preocupación alguna por aquello que tanto intrigaba a los demás.

Lo más curioso era la contradicción entre su apariencia y su realidad.

Se presentaba como un  marginal y frecuentaba personas de ambientes oscuros. Había sido amigo de asaltantes, de un extorsionador mexicano que había radicado en Lima, de personas vinculadas a las drogas e incluso de un hombre que había cometido asesinatos en Venezuela.

Sin embargo, el Rata poseía un código de amistad que, para él, era sagrado. Podía comprender muchos errores. Podía tolerar que sus amigos hubieran caído en los caminos más oscuros. Podía permanecer al lado de personas que la sociedad había condenado. Pero existía una frontera que jamás estaba dispuesto a cruzar: abandonar a los propios hijos.

Para Juan Carlos, aquello era una traición que ninguna amistad podía justificar.

—Uno puede equivocarse en la vida —decía—. Puede caer, puede perderse y hasta puede volver a empezar. Pero un hijo no tiene la culpa de los errores de su padre o de su madre. Aquella era su extraña filosofía. Y quizá por eso resultaba tan difícil comprenderlo.

¿Cómo podía alguien relacionarse con personas tan cuestionables y, al mismo tiempo, defender con tanta firmeza una idea de responsabilidad familiar?

El Rata no daba explicaciones. Simplemente seguía viviendo, sonreía, se burlaba y hacía muecas como si la juventud fuera a durar eternamente. Pero detrás de aquella manera despreocupada de vivir había algo que pocos comprendían. El Rata también sabía lo que significaba vivir entre conexiones rotas. Había personas que se habían alejado de él. Amistades que habían terminado. Relaciones que se habían perdido.

Caminos que ya no conducían al mismo lugar. Sin embargo, siempre intentaba conservar algún vínculo. Con algunos amigos mantenía una llamada. Con otros, una visita. Con otros, simplemente la memoria. Y con sus hijos existía una conexión que consideraba imposible de abandonar.

Porque, para él, una relación podía deteriorarse, una persona podía equivocarse y hasta una vida podía tomar caminos inesperados.

Pero eso no significaba que todas las conexiones debieran desaparecer.

Mientras tanto, en Ceretbria, los ingenieros continuaban observando los cables desnudos. Cada zona dañada producía un problema diferente. Y entonces comenzaron a comprender que la enfermedad no solamente afectaba a los cables. También podía cambiar la vida de quienes dependían de ellos.

Porque cuando una conexión entre el cerebro y el cuerpo se interrumpe, no solamente falla una señal.

Puede detenerse un movimiento o alterarse el equilibrio, o confundirse la visión.

Incluso  aparecer cansancio. Puede cambiar la manera en que una persona camina, siente o realiza actividades que antes hacía con absoluta naturalidad.

Los habitantes de Ceretbria comprendieron finalmente que su mayor desafío no consistía solamente en reparar los cables. Consistía en aprender a vivir cuando algunos cables ya no podían funcionar como antes. Entonces ocurrió algo curioso. Los ingenieros comenzaron a observar que la ciudad hacía algo parecido a lo que hacía El Rata.

Cuando un barrio quedaba incomunicado, buscaban otra ruta. Cuando una estación dejaba de responder, intentaban establecer una nueva conexión.

Cuando un cable fallaba, no abandonaban inmediatamente todo el sistema.

Buscaban la manera de mantener la ciudad comunicada.

Y El Rata hacía exactamente lo mismo con las personas.

Ceretbria intentaba mantener unidos sus barrios aunque algunas conexiones fallaran. El Rata intentaba mantener unidos a sus amigos y a sus hijos aunque su propia vida estuviera llena de conexiones rotas.

Quizá aquella era la razón por la que ambos se parecían más de lo que nadie habría imaginado.

La ciudad tenía cables desnudos. El Rata tenía heridas invisibles.

Pero ninguno de los dos había decidido apagar las luces. Los habitantes de Ceretbria comprendieron entonces que convivir con una enfermedad no significaba simplemente esperar a que todo volviera a ser como antes.

A veces significaba aprender nuevos caminos. Aprender nuevos movimientos. Aceptar determinadas limitaciones. Buscar ayuda. Recibir tratamiento. Hacer fisioterapia. Rehabilitarse. Y, sobre todo, conservar aquellas conexiones que todavía podían mantener la vida en movimiento. Porque la esclerosis múltiple podía cambiar el camino, pero no necesariamente tenía que apagar el viaje.

El Rata parecía haber comprendido aquella verdad mucho antes que los ingenieros.

Él también había aprendido que no siempre se puede reparar una conexión rota. Algunas personas se marchan. Algunas amistades desaparecen.

Algunos caminos se cierran. Pero siempre queda la posibilidad de construir otro puente.

De tender otro cable. De llamar nuevamente. De acercarse. De permanecer.

Y quizá esa era la verdadera enseñanza de aquella ciudad: no siempre podemos elegir qué parte del camino se rompe. Pero podemos decidir cómo continuar el viaje cuando el camino cambia…

Mientras la gran central eléctrica seguía enviando sus señales hacia todos los rincones de Ceretbria, el Rata continuaba recorriendo el mundo, llevando consigo sus secretos, sus contradicciones y aquel extraño código de lealtad que nadie terminaba de comprender.

Una lealtad que a veces parecía confundirse entre ser amigo de todos y ser amigo de nadie. Pero quizá, en el fondo, el Rata solamente había aprendido una cosa:

que incluso las personas más contradictorias necesitan alguna conexión que las mantenga unidas al mundo. Y Ceretbria también lo sabía.

Por eso, cuando una señal desaparecía, los ingenieros no apagaban la central. Buscaban otro camino. Cuando un barrio quedaba aislado, tendían nuevos cables.

Cuando una ruta se perdía, construían otra. Porque una ciudad no deja de ser una ciudad porque algunos de sus caminos estén dañados.

Y una persona tampoco deja de ser ella misma porque algunas de sus capacidades hayan cambiado. Así, entre cables desnudos, señales interrumpidas y vidas llenas de contradicciones, Ceretbria continuó funcionando. Sus luces no brillaban todas con la misma intensidad.

Algunas parpadeaban. Otras se apagaban durante un tiempo. Pero muchas seguían encendidas. Y mientras existiera una señal capaz de encontrar un camino, siempre habría comunicación. Porque incluso una ciudad herida puede seguir teniendo luces.

Y quizá eso también sea vivir: aprender a encontrar nuevos caminos cuando los antiguos ya no pueden llevarnos a casa.


Enrico Díaz Bernuy


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