Y quizá allí radique su verdadera
pobreza: no en la falta de conocimiento, sino en la incapacidad de entregarse.
El poema sabe mucho, pero parece querer sentir poco. Cada palabra conserva
algo, retiene algo, se niega a ofrecerse por completo. Hasta su sonrisa resulta
mezquina: breve, calculada, casi como una geometría literaria, (calculo)...
Así, aquello que debería acercar
al uno con el otro termina levantando otra pared, más sofisticada, pero no
menos fría, entre dos soledades.
No se trata solamente del
hermetismo de antaño, de aquella voluntad de ocultar el sentido detrás de
símbolos, asociaciones y arquitecturas intelectuales. Aquí parece haber algo
más egocidad y, precisamente por eso, más inquietante: cierta mezquindad que se
filtra en cada palabra, en cada elección, en cada pequeño gesto del poema. Una
poesía que parece conceder poco, como si incluso la emoción tuviera que pasar
por un filtro antes de ser entregada. Y esa impresión encuentra, curiosamente,
un eco fuera del texto: en una sonrisa poco franca, poco natural, carente de
espontaneidad y de esa generosidad que hace que una obra pueda abrirse hacia
los demás.
No es que el poeta deba mostrarse
efusivo ni convertir su vida en espectáculo; es otra cosa. Es la sensación de
que existe una correspondencia entre la estrechez del gesto y la estrechez del
verso, entre aquello que la persona retiene y aquello que el poema se resiste a
entregar. La poesía, entonces, no solo revela lo que se escribe: también puede
revelar aquello que se niega a ofrecer, como lo que refleja la propia sonrisa
de la poetisa en compás con su trabajo literario.
Pero si vamos mas profundo estos poemas parecen el reflejo del "distanciamiento de nuestro tiempo": una humanidad que se mira sin encontrarse, que habla mucho pero "concede poco", (mucho chat) ... sustituyendo la calidez por una cortesía fría y la profundidad por una superficialidad que va más allá de lo vano.
Hay en ellos una frialdad que
parece haberse instalado también en el lenguaje, como si la distancia entre el
uno y el otro hubiera terminado por convertirse en estética, y eso lo elogian,
(algunos).
Enrico Díaz Bernuy




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