Orígenes

Con placer y profundo aprecio por la literatura, los invito a descubrir mi blog Café y escrituras con humo, un espacio donde la literatura respira con una libertad genuina y donde cada cuento, relato o poema está tejido con esmero, ofreciendo mundos y personajes que buscan resonar en el alma. Es un rincón de lucidez y libertad de expresión, donde no existe censura ni rechazo —ni de editoriales ni de fanzines—, sino un llamado sincero a explorar juntos las profundidades de la imaginación y del pensamiento. Los textos son gratuitos y siempre bienvenidos a nuevos ojos, con la esperanza de que encuentren en ellos una chispa de inspiración o reflexión. Café y escrituras con humo tiene, además, una particularidad: este blog no constituye una recopilación de mis libros publicados ni pretende sustituirlos. Las obras que ya han sido editadas y publicadas permanecen como libros independientes, mientras que este espacio posee la exclusividad de exponer textos inéditos, obras aún no publicadas y creaciones de mi autoría que no forman parte de mis libros publicados, además de abrir sus páginas, ocasionalmente, a escritores invitados. De esta manera, el blog se convierte en una especie de archivo vivo de lo que todavía no ha encontrado las páginas de un libro, un territorio donde la palabra puede aparecer antes de convertirse en edición, mientras conserva su libertad de creación. Entre mis obras publicadas y libros escritos se encuentran: — 13 HERALDOS. Cuentos y relatos. CreateSpace, Amazon.com, 2011. ISBN-10: 1466463392. — LA REALIDAD DE AMAZON.COM. Ensayo. ISBN-10: 149288538X. — PELUQUERÍA DEL MAL. Novela. Ediciones EVAROZ, 2013. ISBN-13: 978-1482056006. — EL CRIMEN NEFANDO DE EVA. Novela. CreateSpace, Amazon.es, 2013. ASIN: B00BVLUSFY. — EL ESCULTOR Y LA VIRGEN. Cuentos. Formato e-book, Amazon. ASIN: B0099CPH2Q. — ESGRIMA LUMINOSA. Poesía. — POESÍA PUZLE O EVIDENCIA DE LA INCERTIDUMBRE. 2016. — CUENTOS Y RELATOS PARA LA NOCHE. — LA CELDA MENTAL. Novela breve, 2018. — A MIXTA OSCURIDAD. Narraciones y poéticas, 2018. Cada libro pertenece a su propio universo; Café y escrituras con humo pertenece a otro territorio: el de la obra que continúa naciendo. ¡Los invito a tomar una pausa, servirse una buena taza de café y sumergirse en la esencia de cada relato, poema o artículo de mi autoría, así como en las obras de los escritores invitados! Porque algunas historias ya fueron publicadas; otras todavía esperan ser descubiertas entre el humo del café.
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miércoles, 23 de septiembre de 2026

Artículo / Enrico Díaz Bernuy

 

Artículo 

Enrico Díaz Bernuy — septiembre de 2026

En psicología básica, desde el primer año entiendes algo muy esencial: los hijos son, en buena medida, un claro ejemplo de sus padres, y si hay ausentismo, peor aún. La disfuncionalidad de la familia toma un papel determinante en la mayoría de los casos, salvo muy pocas excepciones.

Ahora, sumemos a ello la falta de autoridad en un colegio, sin importar que se trate de una institución particular, nacional o incluso militar. Esto puede convertirse en un detonante para que ocurra cualquier tipo de abuso entre los alumnos.

Pero ¿qué ocurre cuando un colegio está a cargo de una fuerza armada, como la Marina de Guerra del Perú? Una institución encargada de dirigir un colegio donde la disciplina, el respeto y el orden deberían primar. Muchos dan por entendido que, precisamente por encontrarse bajo la conducción de una institución militar, ciertas cosas no podrían ocurrir. Pero es precisamente lo contrario.

Salvo las personas que hemos pasado por un colegio militar. Dicho esto, es donde quiero dejar mi descargo, mejor dicho, mi experiencia.

Muchas veces puede haber supervisión y autoridad, como es la que ocurre en una institución militar, donde ese es el pilar fundamental; pero las cosas no pueden ser así las veinticuatro horas. Siempre hay momentos en los que los alumnos “hacen de las suyas”, y es ahí donde el papel familiar se hace presente.

El problema es que el 90 % de los alumnos de un internado militar está allí debido a un método de castigo; o sea, en resumidas cuentas, estás ahí porque algo hiciste mal, te portaste mal o tienes problemas de conducta, como fue en mi caso. (Mi apreciación personal).

Yo anteriormente había sacado las peores calificaciones y había tenido varias peleas en el colegio en el que me encontraba. En esa época, todo se solucionaba a las manos. Llegar a casa con el ojo morado porque le había pegado a alguien o porque alguien me había pegado casi se estaba normalizando. Sumado a las malas calificaciones, era suficiente para que, de una vez, se les agotara la paciencia a mis padres y, motivados por mi hermana mayor, decidieran mandarme al internado militar.

Ahí fui más calmado, porque mis compañeros parecían peleadores de la UFC. Así que, de lejos nomás. En un par de ocasiones cometí el error de atentar contra la integridad de un compañero. Era de nuestra aula y, de alguna manera, se había ganado la rivalidad de alguno de nosotros, los del grupo.

Hablo del alumno que tenía las mejores calificaciones y había obtenido el liderazgo del aula. Eran doce secciones o aulas y en cada aula vivíamos juntos, y de lo que hablo se refiere únicamente a mi aula. En cada aula tenían a su líder y todos eran elegidos por las mejores calificaciones.

En mi aula, algunos lo conocían con un apelativo que por tema del caso “lo mantengo en reserva”, y las bromas que en un par de veces le hice consistían en que, cuando estaba durmiendo, le ponía desodorante en el cubrecama —debido a que era inflamable— y le prendía fuego. Era un fuego que duraba unos segundos. Después de encenderlo, dejaba el fuego al pie de él, es decir, sobre su cubrecama. Obviamente, lo despertábamos y, gritando, él respondía lleno de horror. En mi visión llena de inmadurez y sin contemplar el riesgo.

No sabes cómo me arrepentí. Ese muchacho era una eminencia, demasiado estudioso y con grandes habilidades para memorizar.

En mi poca experiencia de vida y siendo absolutamente primitivos, como son muchos jóvenes, lo único que nos inspiraba era “envidia o rivalidad” debido a su habilidad para sacar las mejores calificaciones. Sacaba solo 19 o 20 en todas las asignaturas.

Parecía un androide, un prodigio, pero con pocas habilidades sociales. No parecía de nuestra edad; hablamos de jóvenes de catorce o quince años de edad.

Lamentablemente, nunca pude disculparme con él. Le perdí el rastro. Nunca recordé su segundo apellido, ni siquiera su nombre; solo nos conocíamos por el primer apellido, salvo que alguien se volviera amigo de alguien, pero ese no fue mi caso.

Pasaron muchos años y me encontré con unos compañeros de aquellas épocas por las redes sociales.

Y, por supuesto, pregunté por él, diciendo que lo recordaba y que quería saber qué había sido de su vida. Lo único que recordaba de él era que quería ser marino, que quería ser de la Marina de Guerra. Ellos me respondieron:

—No pudo ingresar. Postuló tres veces.

—¡Qué raro! —respondí—. Ese pata era un cráneo —sostuve, absolutamente convencido.

—Lo que pasa es que el racismo es un tema imperante en ese lugar; sí, es que ahí son los más racistas que hay —me respondió un interlocutor.

—Pobre huancaíno —dijeron entre risas los demás del chat.

Yo no me reí.

Pues, si él leyera estas palabras, lo cual es casi imposible, quiero decirle que todos tenemos derecho a cambiar de opinión y que, a veces, hay personas que nos hacen ver lo que uno no pudo hacer en esos momentos. Soy consciente de que es casi imposible que él lea estas palabras, pero, como dicen, uno nunca sabe…

Lamento aquellas bromas. Quizás él ya ni se acuerde, pero, en fin, lo siento mucho. Y cuento esta experiencia con cierta vergüenza, todo con el ánimo de relatar esa realidad que se vive y que, si no hacemos autocrítica, no hay nada.

Yo no conozco a alguien que no haya sido testigo o haya experimentado, de alguna manera, el abuso escolar, hoy llamado bullying, término anglosajón que probablemente se ha impuesto con el avance tecnológico (gracias a la globalización).

Antes tenía otros nombres: “lo agarraron de punto”, “es el lorna”, “es el gil”. Y al agresor o a los agresores se les llamaba “los vivos”, “los pendejos”, “el criollo”, siempre con sus camaradas, chalequeados, en banda. 


Generalmente, el agresor suele poseer alguna ventaja que le permite imponerse sobre los demás: puede ser físicamente grande, alto o fornido, hábil para las confrontaciones o poseer suficientes habilidades de lenguaje para formar un pequeño grupo, una pandilla, un grupúsculo o unos seguidores o, como se diría hoy, un team.

Quizá porque solo no puede hacerlo. Quizá porque, detrás de esa aparente superioridad, exista también una forma de cobardía.

De lo cual considero que no hablar de aquello —hostigamiento social o bullying—, en guardar silencio, es de alguna manera volverlo permisible. No necesariamente porque uno lo normalice, sino porque el silencio puede contribuir a que el fenómeno permanezca oculto.

Y de eso se trata, precisamente, la tragedia: cuando al mal se lo minimiza, se lo vuelve tolerable. Es como si uno se encontrara frente al mismo demonio y este le dijera:

“Lo que ocurre es que no soy tan malo; simplemente tengo millones de años de mala reputación”.

Y uno terminara creyéndole.

O un sujeto que, con sonrisa en los labios, sostenga “es solo un juego de niños”, escupiendo a un camarógrafo, dejando en claro su inmunidad socioeconómica, en donde eso ya no es la doble moral, sino que estamos frente a una enfermedad social; mejor dicho, frente a una sociedad profundamente enferma.

Es allí donde la neurología comienza a adquirir un papel importante. Porque detrás de estas experiencias no existe únicamente una dimensión moral o social: también existe un cerebro que se encuentra en pleno desarrollo constante. según la neuroplasticidad, particularmente durante la infancia y la adolescencia. El miedo persistente, el estrés, la humillación, la exclusión y la violencia pueden afectar procesos relacionados con la regulación emocional, la atención, la memoria y el aprendizaje y, en el peor de los casos, pueden contribuir a situaciones de riesgo, incluido el suicidio.

Ese fracaso de uno mismo es como un caldo de cultivo para que se dé el desenlace en el momento o en el futuro; es decir, siendo ya adulto, pueden aparecer ciertas tendencias a mantener relaciones tóxicas y, en el peor de los casos, comportamientos relacionados con el suicidio.

Así que ese es un tema bastante complejo, y mucho menos “no es un juego de niños”, como algunos lo han querido minimizar. Hablar así es revelar, una vez más, que la estupidez del individuo es infinita, casi como su ignorancia, o simplemente una muestra infinita de maldad pura.

La degradación del entorno termina, de esta manera, convirtiéndose también en una cuestión de desarrollo humano.

Cuando una institución no consigue proteger adecuadamente a quien está formando, el problema deja de ser solamente disciplinario: comienza a comprometer la arquitectura psicológica y a afectar potencialmente el desarrollo neurológico de quienes viven esa experiencia.

Por eso, hablar del abuso escolar no debería reducirse a decir que “son cosas de niños” o “juegos”.

Detrás de esa frase aparentemente inocente, que no es inocente, se apela a solapar o minimizar la situación y así puede esconderse una de las formas más peligrosas del asunto: buscar normalizarlo o, mejor dicho, otorgarle impunidad al agresor; aquella que convierte el sufrimiento de alguien en una anécdota y al agresor en alguien simplemente conocido como el “vivo”, “el criollo”, etc.

Entonces, si conoces a alguien que haya sido víctima de estas situaciones, lo primero que tienes que hacer es aceptar una realidad: el control y la supervisión de las autoridades del centro educativo han fracasado, al menos en ese caso concreto, y continuar presentando quejas sin obtener una solución efectiva no necesariamente va a resolver el problema.

Frente a esa realidad, existen varias alternativas que los padres deberíamos considerar:

1. Sacar al menor de la situación de riesgo, (en el acto).

Si el centro educativo no consigue garantizar su seguridad, debe evaluarse un traslado inmediato a otro colegio, un cambio de horario escolar o, cuando sea posible, recurrir temporalmente a la educación remota hasta que termine el año académico, para posteriormente trasladarlo a otra institución.

La prioridad debe ser retirar al niño o adolescente de un entorno que pueda continuar afectándolo física o psicológicamente. No se trata de enseñarle a soportar el abuso —cero tolerancia—, sino de protegerlo mientras se encuentra una solución adecuada.

2. Enseñarle a no permanecer aislado ni incomunicado, especialmente en la comunicación con sus padres.

Por otro lado, los padres requerimos siempre asesoría profesional.

Es importante enseñar al niño o adolescente que, ante situaciones de hostigamiento, no debe buscar deliberadamente el aislamiento. Debe procurar mantenerse acompañado, desarrollar vínculos saludables y formar parte de un grupo de compañeros en el que exista respeto y solidaridad. (Andar siempre chalequeado). Repito: se le debe educar al niño para que en esos ambientes haga grupo. Preocúpate si tu hijo o hija no interactúa en un grupo, porque podrá ser presa de esos acosadores sociales.

Entre ellos puede establecerse una especie de pacto tácito de protección mutua: no abandonar al compañero que se encuentra en dificultades, no participar en burlas, no encubrir agresiones y pedir ayuda cuando sea necesario.

Esto no significa formar una pandilla para enfrentarse violentamente a otros, sino desarrollar una red de apoyo que disminuya la vulnerabilidad que puede producir el aislamiento.

3. Trabajar desde casa la autoestima y la seguridad personal.

La formación emocional no debería comenzar cuando aparece el problema. Debe construirse desde la infancia.

Los padres deberían trabajar progresivamente aspectos como la autoestima, la autonomía, la capacidad para establecer límites, la comunicación y la confianza para pedir ayuda. Si existen señales de inseguridad, aislamiento, ansiedad o cambios importantes en el comportamiento, es recomendable recurrir a un psicólogo infantil o adolescente.

A partir de los diez años puede ser especialmente útil realizar una evaluación psicológica preventiva, (en forma periódica anual), no porque el niño necesariamente tenga un problema, sino para conocer cómo está desarrollándose emocionalmente y detectar oportunamente posibles dificultades antes de que llegue a una adolescencia que puede resultar más compleja. Prepararlo para la adolescencia a él y como sus padres deberán conducirlo.

4. Iniciar una disciplina marcial.

A partir de los ocho años, iniciar una carrera profesional en una disciplina marcial, porque iniciarse en un deporte es una carrera profesional. Sé que para algunos es difícil entender que un deporte puede ser una carrera profesional y, más aún, que alguien pueda iniciar esa carrera desde los ocho años de edad.

Con eso también se logra enseñarle disciplina, autocontrol, coordinación, desfogue de energía corporal, enfoque, respeto, perseverancia y seguridad corporal. Las artes marciales pueden ofrecer una estructura particularmente útil para niños que necesitan aprender a controlar su impulsividad; del mismo modo, un niño excesivamente retraído puede encontrar en ellas una actividad que favorezca su confianza y participación.

Pero, siendo honesto, con las bases de una disciplina marcial, a la primera muestra de bullying, el niño debe derribar a su agresor. (En caso de que el verbo no funcione, y para esos casos casi nunca funciona).

Sé que a algunos no les gusta esa idea, pero la realidad es esa y el mundo funciona así.

Así comienzan las cosas, aunque a algunos no les agrade. Pero la realidad es que tienes que derribar al agresor; otra vez lo diré: “cero tolerancia”.

Si bien es cierto que la disciplina marcial no es exactamente para enseñarle a pelear, sí le servirá en el momento adecuado para dejar en el suelo al que intentó agredirlo verbal o físicamente.

En otras palabras, una buena disciplina marcial no debería convertir al niño en alguien agresivo, sino ayudarlo a comprender que la verdadera fuerza comienza por el dominio de uno mismo. En resumidas cuentas, si el niño anda en el bajón, “lo levanta”; si es muy alzado, “lo baja”; en resumen, la disciplina marcial “lo estabiliza”.

Lo cierto es que así aprenderá a defenderse, pero, en lo referente al agresor, al igual que los delincuentes, coinciden en cierta particularidad: la cobardía.

Muy pocos agresores querrán hostigar a alguien que responde.

No se trata de que ganes todas las peleas; simplemente se trata de que el mundo se dé cuenta de que eres una persona, un niño o una niña, que sabe enfrentar sus dificultades o alejarse para siempre. De lo contrario, desarrollarás cierta tolerancia hacia diversas situaciones de toxicidad…

La combinación de una familia atenta, una educación emocional adecuada, vínculos sociales saludables, actividad física y una institución educativa responsable puede constituir una protección mucho más sólida que simplemente decirle a un niño que “aprenda a defenderse”. Y como no vas a tener todos los factores a tu favor en la mayoría de los casos, lo fundamental es aprender a defenderse.

Porque el objetivo no debería ser criar niños preparados para sobrevivir al abuso, sino niños suficientemente seguros para reconocerlo, pero, sobre todo, responder de inmediato, rechazarlo y pedir ayuda en caso de que no puedan darle una solución.

Para finalizar, solo decir que no hay palabras para condenar lo ocurrido en el caso del colegio Liceo Naval, probablemente el inicio de su desprestigio, no lo sé, pero lo que sí queda claro es que ni en la peor de las pesadillas, en los muchachos de mi época, se nos hubiera ocurrido actuar de esa manera. Pero la tragedia no queda ahí, porque ahora esa aberrante idea ya queda en el consciente colectivo; o sea, eso ya lo tomarán en cuenta cualquier otro potencial agresor.

Esto no es un juego y el agresor, como el agredido, a mi modo de ver, requieren asistencia psiquiátrica, psicológica y neurológica.


 Enrico Díaz Bernuy

 

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