En lo alto hay un pino torcido
alerta el abismo
escucha con su tallo de ballesta
Salvatore Quasimodo
ayer estuve llorando en medio de la calle
o en medio de los límpidos nenúfares interiores
¿adónde quedó mi
espiritualidad? ¿adónde quedó
el ave y la promesa en la recaída de ese dolor?
no son palabras que pueda decirle a un amigo
o a una amiga; ya nadie llega a esas fuentes de los
espíritus en mi baldío.
quizás lo único que me salva ahora es recordar
lo mucho que quise a algunas personas.
me recuerdo pintando, ―me recuerdo―,
extrañando a alguien,
me recuerdo en la distancia de mis conocimientos,
en las zarpadas del tiempo, el viento o los labios
de un mal presagio. me recuerdo sintiendo en mi rostro
la caricia de una
mano femenina,
ya no quiero presentir cosas.
esas revelaciones me hacían público.
me recuerdo en el peor de los momentos,
pero veo el presente y reanimo ―o reconsidero―
el perfume del pasado, como la canción
de un príncipe o las audiencias del deseo,
o las muletas de
mis sentidos.
¿Cómo nombraré con presunción?
¿cómo saber que uno puede parecer
un paria por los
suyos? y así fue el camino
de la burla, la
risa. Antes sentía conmiseración
ante las burlas, o ante la mirada inmadura de
ella cuando se
burlaba de alguien, o ante el
abrazo poco franco
de un amigo.
es harina y moscas para pintar en los fervores de esa
soledad,
y mis lágrimas
sinceras consumieron mi única verdad
al más profundo silencio con sus favores…
que me debo al náufrago que me salvó de las orillas
y del vientre perezoso en los sepulcros de esas
distancias, o de las sílabas de ese acordeón
que se volvió cada día, como cada pestañeo
que desciendo a mis calles, a mis aires,
a las aves que libran y que siempre quise merecer
para no llorar ―y
el acrecentamiento―,
mañana saldré a correr para acercarme, a mi.

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