La
inteligencia artificial como juez de la inteligencia humana....
Una noticia
reciente puso sobre la mesa una paradoja inquietante: una novela galardonada
habría sido elaborada, casi en su totalidad, mediante inteligencia artificial.
Lo curioso es que, para descubrirlo, fue necesario recurrir a otra inteligencia
artificial, pues ni los lectores ni el jurado detectaron algo que,
supuestamente, resultaba evidente para un programa. La obra incluso había
recibido un premio.
Pero la
contradicción no termina ahí. Al someter algunos de mis poemas o cuentos a
estos detectores, obtuve resultados que atribuían a la inteligencia
artificial un 10 a 23 % parte de su elaboración, pese a que los escribí
sin recurrir a ella, puedo dar mi palabra.
Desde una
perspectiva científica, estos sistemas no pueden determinar con certeza la
autoría de un texto: sus resultados son estimaciones sujetas a errores y falsos
positivos. Sin embargo, socialmente, comenzamos a concederles una autoridad que
puede afectar el prestigio, la credibilidad y el reconocimiento sobre todo el honor de un escritor.
Aquí surge
el dilema ético: ¿puede una tecnología convertirse simultáneamente en creadora,
examinadora y juez de la creación humana? ¿Quién certifica la autenticidad
cuando el propio instrumento de evaluación puede equivocarse?
Tal vez la
paradoja de nuestra época no sea que las máquinas aprendan a escribir, sino que
los seres humanos empecemos a desconfiar de nuestra propia capacidad para
reconocer aquello que consideramos auténtico...
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La inteligencia
artificial avanza a una velocidad que las leyes apenas consiguen seguir. (eso
quedo claro hace mucho). Mientras discutimos sus límites, ya está escribiendo
novelas, creando imágenes y poniendo en aprietos a quienes todavía creen tener
claro dónde termina el talento humano y dónde empieza el de una máquina.
Pensemos en la fotografía.
Hoy, alguien puede obtener una imagen de apariencia profesional sin haber
manejado jamás una cámara, siempre que sepa formular las instrucciones
adecuadas. Pero aquí hay un detalle importante: dominar los prompts no
consiste únicamente en escribir unas cuantas palabras. Un fotógrafo
profesional, un diseñador gráfico o cualquier especialista con conocimientos de
composición, iluminación, perspectiva y lenguaje visual cuenta con una base que
puede permitirle dirigir la inteligencia artificial con mayor criterio y
precisión. La experiencia no desaparece; se transforma en otra herramienta de
creación.
Y si esto ocurre con la
fotografía, ¿por qué no habría de suceder lo mismo con un escritor? ¿Merece
idéntica condena quien utiliza inteligencia artificial para construir una
novela? ¿Estamos ante una falta de mérito o ante una nueva forma de creación
que todavía nos cuesta comprender?
El problema aparece
cuando juzgamos sin distinguir entre “asistencia o sustitución” del trabajo
propio, o cuando se oculta el uso de estas herramientas pese a las reglas de un
concurso.
quizás el verdadero desafío es adaptarnos sin
confundir el mérito con el prejuicio, ni la honestidad con una condena
automática.
Porque quizá el verdadero
vacío no sea solamente legal: también está en nuestros criterios para decidir
qué merece ser reconocido como creación.
Recuerdo hace muchos
años cuando apareció la idea del e book i mis colegas se rasgaban las vestiduras otros se
burlaban, luego esos mismo no podían evitar el afán por esas plataformas, es un
tema de tiempo, como muchas cosas….
