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- Poesía Puzle de Enrico Diaz Bernuy | Un poema con una propuesta lingüística inédita, que explora desamor, transformación y sombras del alma, invitando a una profunda reflexión sobre la desconexión humana.
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miércoles, 30 de agosto de 2023
lunes, 28 de agosto de 2023
Escribe: David Lorenzo ------- El sentido de la vida !!! ( una semblanza a la vida a Tolstoi )
¿Quién fue León Tolstói? Cuando Stefan Zweig viajó en 1928 a la
Unión Soviética para asistir a los actos conmemorativos del centenario del
nacimiento del genio ruso, el vienés quedó impresionado por la sencillez de su
tumba en la finca de la familia Tolstói, en Yásnaia Poliana, cerca de Moscú.
Aquel edificio de blancos muros y tejado verde que parece perdido en medio de
la espesura del boscaje fue peculiar objeto de pugna entre soviéticos y
alemanes trece años después. Viendo perdida la propiedad ante el avance del 2º
Cuerpo Mecanizado Panzer, los rusos pusieron dinamita tanto en la finca como en
la propia tumba del célebre escritor, no sin antes llevarse de ella todo objeto
considerado de valor. Nadie se atrevió a dinamitar aquel lugar. Heinz Wilhelm
Guderian, general nazi al mando de la columna blindada, sabiendo cuál era la
tierra que estaba pisando, ordenó retirar las minas enemigas y respetar la
integridad de aquel lugar casi como si fuese un lugar sagrado.
León Tolstói sigue despertando tanta admiración
como desprecio fue capaz de reunir en vida. Extremo, prolífico y vivaz hasta el
último instante de su existencia, su legado ha trascendido con creces el peso
del papel y la impronta de la tinta. Y fue el mismo quien, desde que cumplió el
medio siglo de edad, se hizo, una y otra vez, la misma pregunta. ¿Quién soy
yo? ¿Quién es León Tolstói?
Hijo de nobles rusos y el cuarto de cinco hermanos,
León Tolstói quedó huérfano en su infancia y bajo la tutela de sus tías. En su
juventud, tuvo muy claro que no quería estudiar ni dedicarse a una vida
consagrada a la academia y que prefería, en cambio, ocuparse de la finca de
Yásnaia Poliana. En este transcurso, fue enviado a Kazán a estudiar Derecho en
la Universidad, carrera que cambió por la de Lenguas Orientales, que también
terminó abandonando.
Aceptando este fracaso en los estudios como una
liberación, pasó su juventud en Moscú y
en San Petersburgo, donde se entregó a una vida
ociosa y libertina donde el alcohol animó
las largas noches de juego, borrachera y sexo con
prostitutas, tal y como él mismo reconoció
en sus autobiografías Infancia, Adolescencia y Juventud, como también en Confesión.
En este periodo contrajo deudas y peligrosas
amistades. Mientras tanto, estalló la Guerra de
Crimea entre el Imperio Ruso y el Imperio
Otomano y sus aliados, los imperios británico y
francés, además del Reino de Cerdeña. Su hermano
mayor Nikolái le propuso acompañarle al frente de batalla en el Cáucaso,
petición que aceptó el futuro escritor. Ya en la región, descansó en unos baños
termales, donde se hizo amante de una cosaca.
Tolstói pidió permisos para
regresar a los baños termales donde, aburrido, comienza a dedicarse a la
escritura
A León Tolstói nunca le agradó el
ejército ni su ambiente. Es más, le desilusionó por completo. Sin embargo, Aleksandr
Bariátinski, comandante en jefe, reparó en él y lo reclutó como suboficial en
la misma batería de artillería en la que servía su hermano. Pudo conocer el
terrible sitio aliado a Sebastopol, la violencia de los combates, la
inoperancia del mando ruso, que perdió una guerra que, incluso con la ayuda de
las dos grandes potencias de Europa occidental, creía ganada. Antes de que
terminase el conflicto, Tolstói pidió permisos para regresar a los baños
termales donde, aburrido, comienza a dedicarse a la escritura.
En 1852 terminó el primer libro, el ya
mencionado Infancia. También comenzó a escribir sus diarios. De su relación
con la cosaca, los relatos escuchados y la experiencia vivida escribió novelas
y relatos inspirados en el contexto del Cáucaso y de Crimea, como la
novela Los cosacos o los relatos El sitio de Sebastopol y La tala del bosque, pero el recuerdo de aquellos días
nutrió para siempre su obra posterior en su descripción del ejército, de la
corrupción del Estado, del comportamiento libertino de los jóvenes, en especial
de los soldados, y de la violencia que vertebraba la sociedad rusa de la época.
Una de sus más grandes novelas, Hadjí Murat, escrita
en 1904 ya en su senectud y donde rescata en una demostración de maestría
literaria el final del guerrero checheno, es un buen ejemplo del poder
transformador que tuvo esta etapa en su vida.
Pues, a pesar de que regresó a la vida libertina
terminada la guerra, pronto sintió vacía esta forma de vivir, y decidió asentar
la cabeza definitivamente y dedicarse a la finca. Pero antes, Tolstói cosechó cierta fama tras la publicación de Los
cosacos. Viajó por países como Alemania, Francia y Suiza y llegó
a tener sus más y sus menos con otro maestro de la literatura universal, Iván
Turguénev, a quien retó a duelo en 1861, aunque finalmente se acabaron disculpando. No volvieron a dirigirse la
palabra durante los siguientes diecisiete años.
Sofía Behrs, mucho más que una esposa
Un año después del violento encontronazo con
Turguénev, Tolstói conoció a la joven Sofía Behrs, también
escritora y pionera de la fotografía. Aquella joven de dieciocho años quedó
rendida frente a un hombre hecho y derecho que contaba los treinta y cuatro
años, admiraba como escritor y acumulaba una personalidad tan intensa como sus
vivencias. En 1862 la pareja contrajo matrimonio. Fue el comienzo de una relación colmada de luces y de sombras.
A la escritura de la polémica
novela ‘Sonata a Kreutzer’, Sofía Tolstáia respondió con su propia novela, ‘¿De
quién es la culpa?’
Behrs fue su interlocutora, su copista y su
compañera, además de su mujer. Acompañó a su marido en sus aciertos y en sus
desatinos, que en multitud de ocasiones fueron notorios. León Tolstói, como le
sucedía a la mayoría de los hombres de aquella época, no era precisamente
demasiado igualitario: conforme envejeció, además, se volcó más en sus ideas
con un cierto sesgo totalitario, de manera que, por ejemplo, se negó a usar
preservativos ni a que su mujer usara las técnicas de anticoncepción de la
época. Ambos tuvieron trece hijos en común, abortos naturales al margen. De
ellos, solo ocho sobrevivieron a la infancia.
Ya desde la noche de bodas, Tolstói, una vez
casado, le permitió leer sus diarios a su mujer, quien al leer sus actos
durante la juventud se echó a llorar. Es probable que su admiración
hacia el maestro ruso se quebrase aquel mismo día. Así parece
reflejarse de los Diarios de la autora. No
obstante, hubo tiempos de felicidad conyugal y familiar que nutrieron la
relación de la pareja y la mantuvieron con mayor o menor grado de abnegación y
con ciertos arrebatos de abandono por parte de Sofía. A la escritura de la
polémica novela Sonata a Kreutzer, Sofía Tolstáia
respondió con la suya, ¿De quién es la culpa?
Tolstói llegó a afirmar que no creía en
el amor,
entendido como el amor romántico. El matrimonio ante el que se encontraba Sofía
Tolstáia no se pareció en absoluto a aquel idílico que describió el escritor
en La felicidad conyugal, que publicó lleno de pasión en
1858.
El tropiezo y la iluminación
Uno de los focos de tensión en el matrimonio
Tolstói tuvo que ver con la libertad de cada uno de los cónyuges para dedicarse
a su pasión artística. El cultivo de Sofía de la
literatura y la fotografía había quedado prácticamente desecado bajo el peso
del cuidado de la hacienda, de los hijos y del arrollador
carácter de su marido. Por su parte, Tolstói se sentía a menudo cuestionado por
su mujer y no en pocas ocasiones coartado en su libertad.
El escritor ruso se dedicó a hacer prosperar
Yásnaia Poliana y a desarrollar sus ideales pedagógicos hacia los hijos de los
campesinos, que en aquella época tenían, en muchas ocasiones, una situación más
que precaria: de hecho, podían ser vendidos como parte de la propiedad, aunque
no representen la figura del esclavo azotado y atado a unas cadenas que la
trata africana ha asentado en el imaginario popular. Dedicó esfuerzos
personales y dinero por enseñar e ilustrar a los niños que vivían en su finca,
así como a otros que viniesen de poblaciones cercanas. Fruto de esta
experiencia surgió la novela autobiográfica La mañana de un terrateniente,
donde comenzó a reflejar su decepción con las clases bajas, no siempre
inclinadas hacia el aprendizaje y el refinamiento intelectual.
De este periodo surgieron las dos obras
más leídas, Anna Karénina y Guerra y Paz, además
del grueso de su obra, entre la que destacaron libros como Dos húsares, Iván el tonto, Las memorias de un padre, El prisionero del Cáucaso, Resurrección, El cupón falso, Amo y criado y El padre Sergio,
entre decenas de novelas y relatos. Para sus hijos y luego para sus nietos
escribió multitud de fábulas y cuentos infantiles con moraleja y de gran
belleza.
Pasados sus cincuenta años de edad, Tolstói sufrió
una crisis vital. Nada le satisfacía, todo le resultaba vacío. Comenzó a
cuestionarse sobre quién era él y qué sentido tenía su vida. Buscó la respuesta
en la ciencia, en la fe, en la filosofía, nutriéndose de un poderoso acervo
cultural e intelectual. Como no encontró respuesta se propuso a buscarla él
mismo. Así nació el León Tolstói filósofo, moralista en su expresión más
literaria, y también su fecunda obra ensayística, que tan intensamente sigue
influyendo en personas de toda procedencia y periodo histórico.
Tolstói desencadenado: sus últimos días
En esta defensa de la ética y del conocimiento de
la realidad, Tolstói comenzó a exponer sus conclusiones y
su reflejo sobre la sociedad de su época. Antes, como otros
literatos como Dostoievsky, Gorki o Chernishévski, entre tantos, se había
limitado casi exclusivamente a esbozar este retrato tras la máscara de la
literatura, pero ahora había tomado el camino del propio Chernishévski, de
Herzen y de los filósofos para escribir su obra ensayística.
Nada le satisfacía, todo le
resultaba vacío, por lo que comenzó a cuestionarse sobre quién era él y qué
sentido tenía su vida
Terminó excomulgado por la Iglesia
Ortodoxa Rusa tras su crítica a la religión tal cual está
establecida y su revisión de los Evangelios. Escribió polémicos libelos y
ensayos como El reino de Dios está en vosotros y
Contra aquellos que nos gobiernan, en los que propone la
no violencia, la resistencia pacífica, el vegetarianismo y su crítica tanto al
capitalismo burgués como a los pujantes movimientos emanados del marxismo,
ambos por ser caras de la misma hipocresía que destruye el bienestar y el alma
humana, en opinión del genio ruso. No calló ante las misivas que le llegaban,
unas de apoyo, otras airadas, desde diversos rincones de Europa, y contestó con
fiereza a todas aquellas que consideró pertinente para defender sus ideas y su
posición política.
En 1901, con el nacimiento de los
Premios Nobel, le fue negado el primero, en parte, por su posición anarco
cristiana, causando un gran revuelo entre la intelectualidad del
viejo continente, quien no podían comprender el castigo a uno de los mayores
escritores de su tiempo. Tolstói respondió a este desaire afirmando que, de
haberle concedido el premio, habría donado el dinero a la causa antimilitarista
y a la protección de los insumisos que se negaban a cumplir el servicio militar
obligatorio, que consideraba una barbarie. Ni durante los años que le quedó de
vida ni tras su muerte recibiría jamás este galardón.
Sus últimos años fueron de gran angustia, en parte,
por el aumento de las tensiones con Sofía Behrs, quien se
negaba a que su marido dilapidase la fortuna familiar y la herencia de sus
hijos en sus nobles causas. Como rebelión a la negativa de su esposa a esta
decisión, el escritor abandonó el hogar, falleciendo en la casa del jefe de
estación de Astápovo, a los ochenta y dos años. Cuando su mujer llegó, una vez
avisada, no se le permitió entrar donde el filósofo estaba agonizando. «Amo a
todos», se dice que pronunció, como últimas palabras, para el sufrimiento
definitivo de su esposa.
¿Quién fue León Tolstói? ¿El literato, el filósofo,
el más que cuestionable esposo? ¿Quien, durante unas vacaciones en Crimea,
desilusionó a uno de sus grandes admiradores, Chéjov, al recibirlo con frialdad
y cierta sorna? ¿O la persona que influyó a personalidades como Gandhi? Su obra
y su existencia prevalecen por separado, en todo su esplendor y en toda su
complejidad, para mantener viva esta pregunta, probablemente, hasta la
eternidad.
domingo, 27 de agosto de 2023
sábado, 26 de agosto de 2023
Relatos inéditos: LA NEGRA y su nuevo reino. Autor: Enrico Diaz Bernuy
La negra
y su nuevo reino !!
En el vestido y en los beneficios de sus hondas sobre el carmesí leonado y en cada movimiento de los pasos de la negra sobre las escaleras. Julian se encontraba a su lado contemplándola con una prudencia como para que ella no se dé cuenta de sus verdaderas intenciones, pero ella siempre lo sabía todo.
Julian en sus adentros hacía mediciones sobre los límites de su fuerza y prueba de ello es que él mismo unía la uña de su dedo índice, raspando la uña de su dedo pulgar de su misma mano. Sintiendo así las sutiles texturas, puesto que si se tratara de una sábana y en esas ondulaciones servirían como punto de partida para los dibujos imaginarios y las fuerzas que ocurrirían en la cama. De alguna forma para hacer mediciones acerca de las cosas que le iría hacer a la negra.
No solo se trataba de arrancarle el vestido, se trata de una nueva maña artísticas que era quitarle la ropa de la manera más brusca, pero sin romperle ni un hilo o botón. Se había vuelto un artista en esa técnica.
Ellos se encontraban subiendo al tercer piso puesto que en cada escalón vetusto venía a su mente alguna vocal inspirada en cierto éxtasis que iría a experimentar. A favor de ello, facturaba las imágenes futuras que imaginaba sobre la negra: tendida en la cama que los esperaba.
También recordaba sobre los suspiros que perdía pensando en ella, en las maravillosas cosas que jamás se las diría, las horas que la esperaba para aquellos encuentros que ya se había hecho costumbre y tales misiones sexuales, en el fondo a la leonada negra la veía como una codorniz, indefensa, suave y atenta en hacer de esos encuentros un acto total de entrega.
Aunque la negra no era diminuta y mucho menos tímida, en esas cuatro paredes ambos se transformaban en dos seres distintos a lo que por apariencias se suele mostrar a los demás.
La locura de Julián comenzaba cuando llegaba al ombligo de la negra, o sus senos. La locura se representaba en la precisión de los besos y las lamidas, subsionando y tratando de reconocer algo en lo que se sentía unido a ella. No solamente por esta vida, sino de un tiempo que no lograba precisar.
Julián cuando la desnudaba con esa brusquedad acostumbrada, sin duda era algo que había dominado con tal destreza, que luego provocó en la negra un disfrute que no solo se trata de placeres inmediatos. Con el pasar del tiempo en aquel clima se formó un tono ritualístico; una esencia de la solemnidad era la sumisión de ella, y a Julian eso le encantaba, lo volvía loco, ella lo amaba.
La negra en aquellas primeras ocasiones se sentía cohibida, dubitativa en no saber cuál iría a ser el siguiente paso de Julián o temer por su brusquedad, pero al pasar el tiempo se dio cuenta que en esos momentos ella estaba en buenas manos. Que Julián era un maestro esos que andan ocultos, que prefieren mimetizarse de cualquiera, era un mago. La negra descubrió ese rostro de Julián y así se entregó cada vez más en cada encuentro.
Entonces la primera escena era desnudarla, luego tenderla sobre la cama. La negra parecía un animal herido que se acurrucaba como si deseara ocultar su desnudes con algún manto invisible. Julian era tierno, le daba besos en sus ojitos y ahí ella empezaba a contarle cosas sobre las plantas, y él le hablaba de deidades desnudas que radicaban en un tipo de limbo.
La conversación entre ambos era como un pin pon pero con gran semejanza a versos. Era como si ambos se convirtieran en una sola voz, pero que cada vez se apagaba porque las caricias que ambos se daban dejaba muy poco espacio a la entrega de palabras. Hasta que el silencio tomó entre ellos el reino de unos laberintos inconclusos de su piel teñida por ese enigmático morenaje que Julian aprendió a idolatrar. Especialmente desde los pies de ella que era el lugar donde le gustaba iniciar esos recorridos, (como si mimara a una princesa).
Y eso precisamente le decía: —mi pequeña princesa—, mientras que ella le respondía: —qué me dice usted mi señor, señor pintor. Con una sonrisita llena de picardía.
—Sí, y tú me ayudas a pintar mejor, tus movimientos. Ella sonreía porque sabía que esa clase de cosas eran reales. Eran sonrisas de felicidad.
La negra se emocionaba, le creía todo. Pero un día le dijo; creo que me usas para inspirarte.
—¡Por Dios, no digas eso!, acaso no sabes que la inspiración no tiene nada que ver aquí, yo te busco y espero estos instantes contigo no por algún tipo de búsqueda de inspiración. ¿Tan poco pintor me crees? no pienses eso de mí.
No sé por qué te gusto tanto. —Dijo la negra. Sé que eres un artista completo, ahora que te escucho decir estas cosas veo que no dependes de la inspiración. Lo que pasa es que es una idea que se me vino a la cabeza.
—Y tú no te devalúes, que quede claro que yo no te uso y mucho menos para inspirarme, eres tan valiosa. No sé cómo lo puedes olvidar, cariño mío…
Entonces la primera temporada fue su princesa. Julian se volvió en el mejor tejedor de los pequeños ramilletes con las espirales de sus cabellos. Ella ponía su mirada juguetona como si disfrutara esos momentos previos.
De esos pequeños ramilletes (sus cabellos), pasaba a sus orejitas para perderse en esos besitos donde soltaba una frase como: ¡oh mi consentida! y ella inmediatamente lo abrazaba como si buscara una clase de refugio que jamás había experimentado, o al menos así lo demostraba.
De esa forma su cuerpos estaba más unidos, uno al costado del otro de modo que ambos cuerpos estaban ornados de ilusiones que involucraban al tiempo en algo finito pero mágico. En ese destino estaban ellos, no se trataba únicamente de un deseo sexual, había cierta esperanza en el medio de sus lamidas.
Aunque parezca mentira en la primera temporada él no conoció sus lunares que llevaba por su espala u hombros. Julian navegaba por otro tipo de mares: ¡sus senos!, ¡su ombligo de tenues dulzuras, temperatura que él idolatraba! Saboreaba la acides y la vinculaba con una mixtura de frutas y verduras.
La negra disfrutaba hasta el mínimo detalle de esos actos alrededor de una hora, por lo cual él ya no contenía sus ganas de penetrarla. Así era siempre, parecía un ritual a veces con pequeñas modificaciones como los masajes que le hacía.
Ella se ponía boca abajo y al pasar el tiempo y tras el recorrido de los masajes ella poco a poco abría las piernas y él ya comenzaba hacer los masajes con su lengua. Como si estuviera hechizado y ella ahí gimiendo con engreimiento un poco infantil.
Julian se excitaba cada vez más, la succionaba desde los pies hasta la cabeza. Se quedaba buen rato en su nuca, ahí volcado sobre ella, rosándola mientras que la negra poco a poco abría las piernas, moviéndose lentamente como si quisiera huir.
Lo cierto es que esos mismo movimientos lo hacían entrar a Julian; era la bienvenida anidada de estremecimientos como si el centro de una flor se dilataba con lentitud una tierra húmeda, en suma: un revelador acto de entrega.
En tal acto de penetración al poco rato ella se volteaba porque deseaba mirarlo siempre a los ojos, y aunque él siempre temía esa clase de lenguajes (de las miradas), él también se entregaba a ella.
Luego él abandonó su ternura y comenzó a revelar un bruxismo voluntario (apretar los dientes entre sí) endurecía sus hombros como si fuera un molusco gigante y precionaba sobre ella con un torrente motivado por penetrarla cada vez más.
Julian se perdía en su mirada, ella con sus gemidos revelaba que se quejaba pero al mismo tiempo aceptaba esos movimientos. Favorecido por la circunstancia la forzó para que levante sus piernas y apoyadas sobre los hombros de Julian, mientras que él volteaba el rostro por momentos para besar sus pies, absorber de ellos en esos instantes donde la negra gemía a punto de llegar a su orgasmo.
Julian se reservaba, luego comenzaba nuevamente el mismo juego del lenguaje de las miradas. Después la negra le dijo: —cuando lo vayas hacer mírame a los ojos, —mírame por favor—.
Julian tenía la sensación de que mirarla tanto a los ojos era como ver otro mundo, una parte de él temía y otra sentía tanta familiaridad, tanta cercanía como algo que ya había vivido. Un mundo cercano pero a la vez que no había experimentado.
Al final apagó la luz, la sujetó con rudeza entre esos mismos ramilletes que había tejido entre sus cabellos. Los risos de la negra los había convertido en pequeños ramilletes como si hubieran surgido de una cascada costeña. Pues ahora las manos de Julian estaban adheridas como garras de un ave gigante.
—Ahora ya no eres mi princesa, ahora eres mi reina —dijo Julian con una seguridad que pocas veces había tenido.
Con ambas manos sobre sus cabellos mientras que él estaba sobre ella a punto de llegar a otro orgasmo, empezó a imaginar a la corona que merecía esas enredaderas… Fue la emanación de estas fiebres: que no pudo controlar la rudeza de sus manos y ella tampoco, en tal descontrol se asfixiaron entrando así a una escena cuyo limbo logró ser su nuevo reino.
Enrico Diaz Bernuy
miércoles, 23 de agosto de 2023
martes, 22 de agosto de 2023
Lo que algún día será publicado en físico / Enrico Diaz Bernuy (autor)
Bienaventurado aquel
cuyos vicios
se mueren antes que
él.
Hermes Trismegistro
Entre utopías y retumbos
by Enrico Diaz Bernuy
Era la más joven promesa de la poesía contemporánea y a un talento así, aunque parezca contradictorio en creer, lo peor que puedes hacer es; decírselo. Hay cosas que no las puedes decir. Es un daño tan grave como si a un deportista olímpico lo lleves a las discotecas todos los viernes. Así de dañino es el tema. Trasnochar y beber hasta perder la conciencia le mermará enormemente su rendimiento físico.
El enfoque egoico es terriblemente perjudicial en la creación de todas las disciplinas artísticas. Simplemente porque el individuo “deja de esforzarse” se empieza a creer una celebridad, y aunque tenga un pequeño círculo de aduladores, los efectos simplemente son devastadores a nivel de sensibilidad. Y la sensibilidad normalmente es lo que más se espera de la creación humana, especialmente en una obra de arte o una obra literaria.
Desde ahí el sujeto empezó a revelar cierta frialdad. Una carencia total de empatías con un mimetismo por la erudición pedantesca pero, cuyo enfoque era a lo superfluo, o la burla. Mientras que medio país se desangraba o el índice de feminicidio va a cifras elevadísimas, él escribía sobre borracheras o sándwiches.
Pero ahí no comenzó su decadencia. La decadencia comenzó cuando fue invitado con honores a un país africano bajo el título: “invitación a joven poeta”. Sabe Dios qué influencias habrá tenido para tal logro. Entonces el joven invitado se preparó para dar ponencias sobre biografías de autores, citas literarias y por su puesto, leer sus poemas.
Ese fue su final. Ahí su mirada le cambió a un tono mórbido, y a pesar de ello, reflejaba como si él estuviera viendo el origen de algún universo. Además a esa misma mirada una dosis de risa. Si, una mirada que se ríe, jamás entendí de qué, pero una inusitada ubicación en la que da por hecho estar a otro nivel pero con cinismo. Expresando así, una leve imitación a un daimon desde el punto de vista platónico. La verdad que hablar esta clase de impresiones es bastante común.
Solo hay que darle un pequeño vistazo a las redes sociales, o ese culto al empoderamiento. Asumiendo así que el papel aguanta todo lo que su ego pueda eyacular incluso; tomarse el lujo de publicar obras de más 500 páginas. ¿Te imaginas un libro de poesía de 500 páginas? que en sí lo único que hace es revelar una seguridad tremenda. Cualquier persona con un iq normal dudaría sobre la calidad literaria sobre tamaña obra.
Por otro lado, el arte es igual a “vida”, y vida es tener “experiencia”, “tener cargas”. Eso ayer mismo estuve conversando en un chat con un sujeto; lo que pasa es que no tiene “horas de vuelo”, —le dije— y sin eso, es prácticamente imposible lograr algo en literatura.
Es como si la vida no te desafiara, entonces, qué descubrimiento puedes mostrar y poco probable que alguien con la vida resuelta desee esforzarse.
Confunden rápidamente su buen karma financiero con el desarrollo espiritual y, sin madurez espiritual, entonces de qué obra estamos hablando.
Como aquel viejo ejemplo de la mano que riega su sombra sobre la pared y el individuo no es la mano sobre la pared, pero si quieres que la sombra que ves en la pared sostenga una llave; entonces, el que tienen que sujetar la llave es la mano “y no la sombra”.
Una manera de ver esta existencia es que “solo somos sombras”, proyección de algo del que no todos tenemos acceso, salvo que actuemos en otros niveles espirituales. El punto es que los niveles espirituales nos toman una vida o varias vidas. Y para mencionar un par de formas y así dejar un ejemplo, es de lo que en termino sánscrito es Raksa’sas (adoradores de fantasmas) o bhak akti (modo de alcanzar la liberación). Ya cada uno elije de acuerdo a su frecuencia de conciencia o a su karma.
En fin, para bien o para mal todos anhelan la liberación, el orgasmo mismo es eso, incluso hasta el suicida busca lo mismo. Porque la persona que desea acabar con todo, en el fondo desea trascender, ahora que no tuvo acceso a entender de que estaba cometiendo un grave error, eso es otro tema.
Debido a que si se mata comete grave falta, en donde a lo único que lo conducirá es a quedarse como fantasma o a volver a reencarnar con alguna deformidad. Lamentablemente lo que en sanscrito se conoce como avidya (ignorancia). Quizas algún día la superará.
Entonces el trasfondo de todo, incluso hasta de los eruditos materialistas, esos que se rebanan el cerebro con incontables páginas de páginas, para intentar así, enseñar algo en la universidad; su búsqueda en sí, es la trascendencia, y en todos los lenguajes te dicen que no creen en el más allá, pues esos tampoco se escapan de su verdadera búsqueda: “la trascendencia es el destino”.
Cuando veo a mis colegas que se hacen crestas
en la cabeza y se pintan el rostro de blanco tal como un licnobio o se
ponen botas como si estuvieran a punto de un conflicto armado. Ellos desean trascender
también. Están artos de todo y son conscientes que las cosas en esta vida no
van bien.
¿Acaso parecerse a la enfermedad de este mundo; es una manera de enfrentar a es esa misma enfermedad? No lo sé, pero al menos es una manera de hacerla pública y ese es el intento de algunos. Eso debe respetarse.
En fin, volviendo al tema inicial sobre “el joven entusiasta”… todos sabemos que la caída luego es dura. Así lo conocí y así inmediatamente me alejé porque a veces esas cosas son contagiosas, y no es asunto baladí.
Yo respeto la voz de los críticos cuando elogiaban su trabajo literario pero, muchas veces existen intereses o favores de por medio… Entonces no existen motivos para quitar las dudas sobre el nivel poético de su obra. Como un colega una vez dijo: la historia lo dirá, la historia lo dirá.
Lo que también es muy real es que nadie triunfa en la vida tratando de desengañar al prójimo, la gente quiere idealistas, aunque este de camino al despeñadero o ahí, al costado del río donde es tierra de nadie. Ahí surgen los verdaderos emblemas; las verdaderas castas, las ideologías, dogmas, donde los prejuicios o resentimientos o complejos no se combaten sino “se aprovechan”.
Yo vi a un escritor con el cabello hasta la cintura, pinta de peace and love, con camiseta desteñida, como si no les importara nada…. Al final ellos son los más interesados en hacer curriculum. De todas formas, el idealismo vende, siempre lo hizo y siempre, siempre lo hará.
Usted me dirá; hablaste tanto del joven poeta y de otros, —¿y tú dónde te ubicas?—
—Alguien que parece pianista de jazz, o los que se visten normal y al costado lleva una cadena, porsiacaso. Porque lo cierto es que uno termina en ser un apátrida, el raro, alguien que corre riesgo por "no ser cordero de nadie", riesgo por tomar su camino, riesgo por pensar…
Un sujeto extraño, que intelectualmente
recorrió "algunos senderos" y quedó decepcionado, traicionado pero
principalmente: desencantado. De lo cual se me viene a la memoria una frase
de Kafka casualmente ante este relato kafkiano que dice: "Me avergoncé de mí mismo cuando entendí que la vida era
una fiesta de disfraces y yo asistía con mi rostro real”.
lunes, 21 de agosto de 2023
sábado, 19 de agosto de 2023
miércoles, 16 de agosto de 2023
Escribe: Bel Fernandez
HISTORIA DE AMOR QUE NACIÓ EN WOODSTOCK 1969.
Tres relatos inéditos de Enrico Diaz Bernuy. — TRIMURTI DE PROHIBICIONES —
TRIMURTI DE PROHIBICIONES
"La plenitud del silencio", "El lengua de yeso" y "la negra"
tres relatos inéditos de Enrico Diaz Bernuy
La plenitud del silencio
El movimiento de las cosas deviene con el movimiento de la persona misma, el movimiento de la persona misma viene con sus cosas y los ladridos que acometen el mandato de la epopeya o brillo de orión, a la calamidad de sus propias cosas, en realidad esas cosas mismas son esculpidas desde su propio interior. La resurrección de los límites de estos límites reales, aparentemente suelen trasgredir la fundición al propio ser en tecnologías a la del oro.
El movimiento de las cosas son la sustancialidad disfrazada de algo real; algo vivo. Vivo porque uno le puso alma como en breves historias lingüísticas.
Y en
el medio de mis rarezas, a tal
sabiduría de los acometimientos, vino a mis recuerdos la multiplicación donde
recae las infinitas posibilidades de…, para
tener en cuenta: el dudoso brillo de tus
ojos que me besaron, el alma de mis intenciones, o la hechizada blancura de tus mejillas y
tus lacios cabellos de estoicas espigas oscuras.
A estos recuerdos le debo los engaños del internet como elevados sembríos de "impertir espejismos" ¡qué engañoso este abismo! ¡Estas que son tus fotos te hacen más hermosa, que como te tenía en el pasado délfico! (Acometimientos en los estambres de una despedida), —emanaciones que descansan así en alguna parte de estas palabras. Las ilusiones que te puse; recuerdo tu soberbia y aun así, tú eras un encanto.
A
este recuerdo donde las cosas no tienen un plan, tengo
una tendencia tremenda a imaginarme los
versos de que quizás pudimos tener una historia.
Ahora
estas tú en mi desvarío entre los sueños henchidos en el que jamás me acercaré
a tus brazos hermosos , tu cuello de errantes paraísos. Pero jamás conocerás las
palabras que podría darte en el lugar donde reinan mis besos a tus
caricias… en aquella época que me
rompiste el corazón y yo, aun ni nacía…. Yo no creo que te acuerdes de mis
besos, pero igual lo digo.
El tiempo pasó con su forja, no sabes cuantas veces te busqué. Yo quería nacer a tu lado, al final nací solo y elevé así mis pinceles, a las palabras desconocidas “y en esta clase de orfebrería” (las palabras) recayó todo.
Después de tantos
años apareciste con tu misma mirada, yo ya no soy el del ayer, hoy se tiñe
sobre mi destino; pronunciar la
oración perfecta que está en los pasos
de mi silencio, la oración no la escucharas de mis labios, y aunque una vez te
besaron, sé que algún día encontraras el destino del verdadero verbo con lo
hermoso que fue tu nacimiento y las plantas…
Puesto 26 era el lugar de su escritorio, su vehículo era una bicicleta cuya marca no recuerdo pero sí se me viene a la memoria que era un modelo de colección. Cada vez que Gabriel le entregaba más informes para que haga los respectivos resúmenes mostraba un inusitado semblante de satisfacción, era algo extraño, no por esa respuesta, sino porque solía conversar con todo el mundo. Se suponía que debía tener una vida muy solitaria, su trabajo era solitario, vivía en una zona solitaria y la ubicación de su oficina estaba la más alejada de todos. Un herbazal de papelería los separaba...
La función de todo el personal demanda muchísima concentración, pero él era un caso algo extraño. En aquellos primeros quince días de su asistencia al puesto laboral, aparentemente no había nada extraño, pero Gabriel con su experiencia sentía que algo guardaba entre manos. No solo se trataba de su excesiva tendencia en acercarse a los demás, sino sentí prontamente que había en él un misterio que en esos momentos no lo podía definir.
Luego apareció la negra, sí, aunque cueste de creer ese era su apellido. Su nombre completo era Valdemira La Negra Samaniego, pinta de promiscua y con un lenguaje que reflejaba provenir de las zonas aledañas al centro de Lima. No usaba maquillaje por lo que entendí luego de ella que en cierta forma había un poco de más sinceridad en ese sentido, que en cierta forma se puede tomar como un punto a su favor. Pero a pesar de ello, con esas características poco probable que alguien la tome en serio, además tenía fama de rompecorazones, así que si deseas que te hagan mierda, podías buscarla.
Ese es un tema bien interesante porque el estándar de la población era tener una autoestima por los suelos, así que imagino que “marido de turno” no le faltaría.
Por otro lado, trata en hacerle entender esa gran verdad, pero eso jamás ella lo creería simplemente porque las personas tienen a descubrir lo que buscan y sus ideas preestablecidas siempre se imponen y ella no buscaba saber sobre su apariencia u otredad.
Pero después, anda a ver como a solas se quejaba en que nadie la tomaba en serio. Tan contradictorio como la vida misma, así que ante este referente jamás le digas a alguien algo que jamás te pregunte, y esa clase de preguntas jamás ella te las haría.
Además, Gabriel ya había perdido el interés en tener más confianza con ella. Tampoco era bien para su carrera, eran colegas y vínculos íntimos en el trabajo casi nunca favorecen a ninguna de las partes.
En resumen, ellos estaban a cargo de Gabriel, y tenían que sacar los contratos más jugosos para que así logre su ascenso. Ya le había costado demasiado esfuerzo llegar a donde estaba. Las amanecidas, las investigaciones de mercado, los algoritmos, contratar por cuenta propia a un estadista para que supervise sus resultados hasta en la más mínima fracción o dividendo siempre era importante.
Gabriel (jefe de piso) si quería destacarse debía de contratar a gente que le ayude, gente que sea más eficiente que él. Sin embargo, aquel trabajo él tenía que hacerlo solo, pero gracias a que tuvo el apoyo de su padre pudo solventar a esos profesionales, al final, los laureles se los llevó y bueno ya saben a dónde llegó, nada más y nada menos que a la subgerencia del departamento textil.
Un puesto bastante envidiado, pero con una carga de responsabilidades enormes.
Tenían que ser un buen equipo, pero ahora que escribo estas palabras veo que perdió el pragmatismo en aquel momento, en involucrarse en sus vidas personales, en cómo ambos le robaron el corazón, luego lo traicionaron y él siguió su mismo plan y se volvió peor que ellos.
Ahora no hago mejor cosa que arrastrar los cuadros estadísticos sobre la pared de yeso, o contemplar sobre sus portarretratos; márgenes en yeso que quizás como sus ideas que aspiraran a cierta búsqueda tan blanca como el yeso, pero cuya fragilidad es también la misma a la del yeso.
Seguramente el área de Gabriel en la empresa quebró por inmiscuirse en sus vidas y dejar que ellos entren en la suya.
El cliente de la empresa Marks,s insumos, no estaba satisfecho con la propuesta creativa y eso significó más desafíos y debido a la falta de conceso con mi equipo me hacía tomar decisiones arbitrarias, por lo cual, después generó ciertas tensiones especialmente con la negra, dado a que era ella era la más impulsiva.
A pesar que ella era la subalterna del equipo, la procacidad en su perspectiva y su empuje por imponer que la campaña debía de aprovechar el verano y no las fiestas de fin de año generó inmediatamente bastantes dudas. Sin su firma de la arquitecta y jefa de producción que era ella; iría a tener bastantes dificultades con los gerentes del cuarto piso.
Cualquiera puede entender que los gerentes irían a observar esos detalles. Entonces eso sirvió para que el jefe del piso se acerque más a Adel, él era el de la bicicleta clásica, el creativo estrella, el hombre cuyo nombre es de origen Libanés puesto que uno de los significados más importantes es sobre la equidad y justicia.
Entonces esta era la hora de poner a prueba sus niveles de justicia en actuar “a favor” del jefe de piso y que interceda en hacerla cambiar de idea a la negra. En cuanto a su fama de amiguero siempre era un tema cuestionable, porque el que es amigos de todos, casi siempre, es amigo de nadie.
Así que por esa razón el jefe de piso no tenía la total de sus esperanzas puestas en Adel, pero, al menos, debía intentarlo.
Por consiguiente, el jefe de piso no encontró mejor manera de romper el hielo con Adel, invitandolo a tomar algo caliente, un buen café pasado, gota a gota, con un chorro de ron y un poco de miel. En realidad, ya tenía experiencia en esa clase de invitaciones, la recursividad en el campo de las relaciones públicas es indispensable en gerencia de piso. Y conocer esa clase de establecimientos para buenos proyectos o negociaciones era determinante.
El propio jefe de piso se acercó a la oficina de Adel, y sin tanto preámbulo después de un lacónico saludo pero con perceptible respeto le propuso que quería invitarlo a un restobar para conversar unos temas de gerencia.
Adel, inmediatamente aceptó.
Pasaron las horas y la noche avanzaba lentamente mientras compartían historias, risas. Adel demostró ser un conversador encantador y amigable, sus palabras fluyeron con facilidad mientras compartían anécdotas, reían de las anécdotas que había tenido en su vida y que parecían interminables. Y en toda esta dinámica el jefe de piso aun no encontraba la manera de traer “el tema de la negra”, su propósito era que él interceda con la negra por el motivo referente a la gestión de fin de año.
Pues en medio de la charla lo ojos de Adel, que antes irradiaban calidez, comenzaron a oscurecerse, como si una sombra invisible se posara sobre él. Además en el medio de esa oscuridad sus ojos se clavaron en los ojos del jefe de piso, proporcionado así un “hielo invisible” que lo cubría por completo incluso, hasta los huesos. Subyacente así de relámpagos internos...
Su voz, que antes había sido suave y melódica, ahora era un murmullo siniestro que parecía provenir de lo más profundo de la oscuridad.
—¡Sabes...! "a veces las personas esconden secretos tan oscuros como el abismo".
El corazón del jefe de piso comenzó a latir desbocado, y un escalofrío recorrió su espina dorsal. Trató de ignorar esa experiencia, pensar que se estaba imaginando esas palabras, pero la atmósfera había cambiado drásticamente, como si algo maligno se hubiera apoderado del lugar.
También pensó en esos momentos en que quizás estaba jugando una pequeña obra de teatro, pero era tan convincente todo… que los ojos del jefe de piso se desviaron hacia la ventana como si buscara ayuda. Pudo ver los efectos del viento cómo creaba sobre la vegetación cierta cadencia macabra como si todo en esos momentos se vuelva en su contra.
Con voz entrecortada, le preguntó qué quería decir con eso.
Su sonrisa se ensanchó, revelando dientes que parecían haber perdido su brillo natural... "El lenguaje de los favores es antiguo, un idioma olvidado que surca en las sombras", —susurró—. —"Puede revelar secretos inimaginables y despertar horrores que yacen dormidos en lo más profundo de la mente humana".
—Cómo, no entiendo, cómo sabes que te quiero pedir, cómo sabes de algún favor, que vaya a solicitarte, yo, cómo? La tensión en la que se encontraba no permitía coordinar las palabras para hacerle la pregunta más simple.
—Hablas como un lengua de yeso!! Jajajajajaja —Respondió—
Fue ahí donde me puse a pensar que el hombre más sociable del mundo debía tener sin duda, cierta habilidad para burlarse de la gente. No es que sea dramático pero, burlarte de tu propia especie… no sabría especificar en qué nivel de la evolución te encuentras, pero en la cúspide, no estas.
La negra
y su nuevo reino
En el vestido y en los beneficios de sus hondas sobre el carmesí leonado y en cada movimiento de los pasos de la negra sobre las escaleras. Julian se encontraba a su lado contemplándola con una prudencia como para que ella no se dé cuenta de sus verdaderas intenciones, pero ella siempre lo sabía todo.
Julian en sus adentros hacía mediciones sobre los límites de su fuerza y prueba de ello es que él mismo unía la uña de su dedo índice, raspando la uña de su dedo pulgar de su misma mano. Sintiendo así las sutiles texturas, puesto que si se tratara de una sábana y en esas ondulaciones servirían como punto de partida para los dibujos imaginarios y las fuerzas que ocurrirían en la cama. De alguna forma para hacer mediciones acerca de las cosas que le iría hacer a la negra.
No solo se trataba de arrancarle el vestido, se trata de una nueva maña artísticas que era quitarle la ropa de la manera más brusca, pero sin romperle ni un hilo o botón. Se había vuelto un artista en esa técnica.
Ellos se encontraban subiendo al tercer piso puesto que en cada escalón vetusto venía a su mente alguna vocal inspirada en cierto éxtasis que iría a experimentar. A favor de ello, facturaba las imágenes futuras que imaginaba sobre la negra: tendida en la cama que los esperaba.
También recordaba sobre los suspiros que perdía pensando en ella, en las maravillosas cosas que jamás se las diría, las horas que la esperaba para aquellos encuentros que ya se había hecho costumbre y tales misiones sexuales, en el fondo a la leonada negra la veía como una codorniz, indefensa, suave y atenta en hacer de esos encuentros un acto total de entrega.
Aunque la negra no
era diminuta y mucho menos tímida, en esas cuatro paredes ambos se
transformaban en dos seres distintos a lo que por apariencias se suele mostrar
a los demás.
La locura de Julián
comenzaba cuando llegaba al ombligo de la negra, o sus senos. La locura se
representaba en la precisión de los besos y las lamidas, subsionando y tratando
de reconocer algo en lo que se sentía unido a ella. No solamente por esta vida,
sino de un tiempo que no lograba precisar.
Julián cuando la desnudaba con esa brusquedad acostumbrada, sin duda era algo que había dominado con tal destreza, que luego provocó en la negra un disfrute que no solo se trata de placeres inmediatos. Con el pasar del tiempo en aquel clima se formó un tono ritualístico; una esencia de la solemnidad era la sumisión de ella, y a Julian eso le encantaba, lo volvía loco, ella lo amaba.
La negra en aquellas primeras ocasiones se sentía cohibida, dubitativa en no saber cuál iría a ser el siguiente paso de Julián o temer por su brusquedad, pero al pasar el tiempo se dio cuenta que en esos momentos ella estaba en buenas manos. Que Julián era un maestro esos que andan ocultos, que prefieren mimetizarse de cualquiera, era un mago. La negra descubrió ese rostro de Julián y así se entregó cada vez más en cada encuentro.
Entonces la primera escena era desnudarla, luego tenderla sobre la cama. La negra parecía un animal herido que se acurrucaba como si deseara ocultar su desnudes con algún manto invisible. Julian era tierno, le daba besos en sus ojitos y ahí ella empezaba a contarle cosas sobre las plantas, y él le hablaba de deidades desnudas que radicaban en un tipo de limbo.
La conversación entre ambos era como un pin pon pero con gran semejanza a versos. Era como si ambos se convirtieran en una sola voz, pero que cada vez se apagaba porque las caricias que ambos se daban dejaba muy poco espacio a la entrega de palabras. Hasta que el silencio tomó entre ellos el reino de unos laberintos inconclusos de su piel teñida por ese enigmático morenaje que Julian aprendió a idolatrar. Especialmente desde los pies de ella que era el lugar donde le gustaba iniciar esos recorridos, (como si mimara a una princesa).
Y eso precisamente le decía: —mi pequeña princesa—, mientras que ella le respondía: —qué me dice usted mi señor, señor pintor. Con una sonrisita llena de picardía.
—Sí, y tú me ayudas a pintar mejor, tus movimientos. Ella sonreía porque sabía que esa clase de cosas eran reales. Eran sonrisas de felicidad.
La negra se
emocionaba, le creía todo. Pero un día le dijo; creo que me usas para
inspirarte.
—¡Por Dios, no digas eso!, acaso no sabes que
la inspiración no tiene nada que ver aquí, yo te busco y espero estos instantes
contigo no por algún tipo de búsqueda de inspiración. ¿Tan poco pintor me
crees? no pienses eso de mí.
No sé por qué te gusto tanto. —Dijo la negra. Sé que eres un artista completo, ahora que te escucho decir estas cosas veo que no dependes de la inspiración. Lo que pasa es que es una idea que se me vino a la cabeza.
—Y tú no te devalúes, que quede claro que yo no te uso y mucho menos para inspirarme, eres tan valiosa. No sé cómo lo puedes olvidar, cariño mío…
Entonces la primera temporada fue su princesa. Julian se volvió en el mejor tejedor de los pequeños ramilletes con las espirales de sus cabellos. Ella ponía su mirada juguetona como si disfrutara esos momentos previos.
De esos pequeños ramilletes (sus cabellos), pasaba a sus orejitas para perderse en esos besitos donde soltaba una frase como: ¡oh mi consentida! y ella inmediatamente lo abrazaba como si buscara una clase de refugio que jamás había experimentado, o al menos así lo demostraba.
De esa forma su cuerpos estaba más unidos, uno al costado del otro de modo que ambos cuerpos estaban ornados de ilusiones que involucraban al tiempo en algo finito pero mágico. En ese destino estaban ellos, no se trataba únicamente de un deseo sexual, había cierta esperanza en el medio de sus lamidas.
Aunque parezca
mentira en la primera temporada él no conoció sus lunares que llevaba por su
espala u hombros. Julian navegaba por otro tipo de mares: ¡sus senos!, ¡su ombligo de tenues dulzuras, temperatura que él idolatraba! Saboreaba la
acides y la vinculaba con una mixtura de frutas y verduras.
La negra disfrutaba
hasta el mínimo detalle de esos actos
alrededor de una hora, por lo cual él ya no contenía sus ganas de penetrarla.
Así era siempre, parecía un ritual a veces con pequeñas modificaciones como los
masajes que le hacía.
Ella se ponía boca
abajo y al pasar el tiempo y tras el recorrido de los masajes ella poco a poco
abría las piernas y él ya comenzaba hacer los masajes con su lengua. Como si
estuviera hechizado y ella ahí gimiendo con engreimiento un poco infantil.
Julian se excitaba
cada vez más, la succionaba desde los pies hasta la cabeza. Se quedaba buen
rato en su nuca, ahí volcado sobre ella, rosándola mientras que la negra poco a
poco abría las piernas, moviéndose lentamente como si quisiera huir.
Lo cierto es que
esos mismo movimientos lo hacían entrar a Julian; era la bienvenida anidada de
estremecimientos como si el centro de una flor se dilataba con lentitud una
tierra húmeda, en suma: un revelador acto de entrega.
En tal acto de penetración
al poco rato ella se volteaba porque deseaba mirarlo siempre a los ojos, y
aunque él siempre temía esa clase de lenguajes (de las miradas), él también se
entregaba a ella.
Luego él abandonó su ternura y comenzó a revelar un bruxismo
voluntario (apretar los dientes entre sí) endurecía sus hombros como si fuera
un molusco gigante y presionaba sobre ella con un torrente motivado por
penetrarla cada vez más.
Julian se perdía en su mirada, ella con sus gemidos revelaba que se quejaba pero al mismo tiempo aceptaba esos movimientos. Favorecido por la circunstancia la forzó para que levante sus piernas y apoyadas sobre los hombros de Julian, mientras que él volteaba el rostro por momentos para besar sus pies, absorber de ellos en esos instantes donde la negra gemía a punto de llegar a su orgasmo.
Julian se reservaba, luego comenzaba nuevamente el mismo juego del lenguaje de las miradas. Después la negra le dijo: —cuando lo vayas hacer mírame a los ojos, —mírame por favor—.
Julian tenía la sensación de que mirarla tanto a los ojos era como ver otro mundo, una parte de él temía y otra sentía tanta familiaridad, tanta cercanía como algo que ya había vivido. Un mundo cercano pero a la vez que no había experimentado.
Al final apagó la
luz, la sujetó con rudeza entre esos mismos ramilletes que había tejido entre
sus cabellos. Los risos de la negra los
había convertido en pequeños ramilletes como si hubieran surgido de una cascada
costeña. Pues ahora las manos de Julian estaban adheridas como garras de un ave
gigante.
—Ahora ya no eres mi princesa, ahora eres mi reina —dijo Julian con una seguridad que pocas veces había tenido.
Con ambas manos sobre sus cabellos mientras que él estaba sobre ella a punto de llegar a otro orgasmo, empezó a imaginar a la corona que merecía esas enredaderas… Fue la emanación de estas fiebres: que no pudo controlar la rudeza de sus manos y ella tampoco, en tal descontrol se asfixiaron entrando así a una escena cuyo limbo logró ser su nuevo reino.
Enrico Diaz Bernuy