Artículo
Enrico Díaz Bernuy —
septiembre de 2026
En psicología básica, desde el primer año entiendes
algo muy esencial: los hijos son, en buena medida, un claro ejemplo de sus
padres, y si hay ausentismo, peor aún. La disfuncionalidad de la familia toma
un papel determinante en la mayoría de los casos, salvo muy pocas excepciones.
Ahora, sumemos a ello la falta de autoridad en un
colegio, sin importar que se trate de una institución particular, nacional o
incluso militar. Esto puede convertirse en un detonante para que ocurra
cualquier tipo de abuso entre los alumnos.
Pero ¿qué ocurre cuando un colegio está a cargo de
una fuerza armada, como la Marina de Guerra del Perú? Una institución encargada
de dirigir un colegio donde la disciplina, el respeto y el orden deberían
primar. Muchos dan por entendido que, precisamente por encontrarse bajo la
conducción de una institución militar, ciertas cosas no podrían ocurrir. Pero
es precisamente lo contrario.
Salvo las personas que hemos pasado por un colegio
militar. Dicho esto, es donde quiero dejar mi descargo, mejor dicho, mi
experiencia.
Muchas veces puede haber supervisión y autoridad,
como es la que ocurre en una institución militar, donde ese es el pilar
fundamental; pero las cosas no pueden ser así las veinticuatro horas. Siempre
hay momentos en los que los alumnos “hacen de las suyas”, y es ahí donde el
papel familiar se hace presente.
El problema es que el 90 % de los alumnos de un
internado militar está allí debido a un método de castigo; o sea, en resumidas
cuentas, estás ahí porque algo hiciste mal, te portaste mal o tienes problemas
de conducta, como fue en mi caso. (Mi apreciación personal).
Yo anteriormente había sacado las peores calificaciones y había tenido varias peleas en el colegio en el que me encontraba. En esa época, todo se solucionaba a las manos, como me hicieron bullyng, tenía que solucionarlo así. no había otra opción. La incapacidad de expresar mis sentimientos frente a mis padres y la incomodidad que me generaba, tejían así, emociones que jamás había vivido en casa o en mi barrio, indecibles para un niño.
Llegar a casa con el
ojo morado porque le había pegado a alguien o porque alguien me había pegado
casi se estaba normalizando. Sumado a las malas calificaciones, era suficiente
para que, de una vez, se les agotara la paciencia a mis padres y, motivados por
mi hermana mayor, decidieran mandarme al internado militar.
Ahí fui más calmado, porque mis compañeros parecían
peleadores de la UFC. Así que, de lejos nomás. En un par de ocasiones cometí el
error de atentar contra la integridad de un compañero. Era de nuestra aula y,
de alguna manera, se había ganado la rivalidad de alguno de nosotros, los del
grupo.
Hablo del alumno que tenía las mejores
calificaciones y había obtenido el liderazgo del aula. Eran doce secciones o
aulas y en cada aula vivíamos juntos, y de lo que hablo se refiere únicamente a
mi aula. En cada aula tenían a su líder y todos eran elegidos por las mejores
calificaciones.
En mi aula, algunos lo conocían con un apelativo
que por tema del caso “lo mantengo en reserva”, y las bromas que en un par de
veces le hice consistían en que, cuando estaba durmiendo, le ponía desodorante
en el cubrecama —debido a que era inflamable— y le prendía fuego. Era un fuego
que duraba unos segundos. Después de encenderlo, dejaba el fuego al pie de él,
es decir, sobre su cubrecama. Obviamente, lo despertábamos y, gritando, él
respondía lleno de horror. En mi visión llena de inmadurez y sin contemplar el
riesgo.
No sabes cómo me arrepentí. Ese muchacho era una
eminencia, demasiado estudioso y con grandes habilidades para memorizar.
En mi poca experiencia de vida y siendo absolutamente
primitivos, como son muchos jóvenes, lo único que nos inspiraba era “envidia o
rivalidad” debido a su habilidad para sacar las mejores calificaciones. Sacaba
solo 19 o 20 en todas las asignaturas.
Parecía un androide, un prodigio, pero con pocas habilidades
sociales. No parecía de nuestra edad; hablamos de jóvenes de catorce o quince
años de edad.
Lamentablemente, nunca pude disculparme con él. Le
perdí el rastro. Nunca recordé su segundo apellido, ni siquiera su nombre; solo
nos conocíamos por el primer apellido, salvo que alguien se volviera amigo de
alguien, pero ese no fue mi caso.
Pasaron muchos años y me encontré con unos
compañeros de aquellas épocas por las redes sociales.
Y, por supuesto, pregunté por él, diciendo que lo
recordaba y que quería saber qué había sido de su vida. Lo único que recordaba
de él era que quería ser marino, que quería ser de la Marina de Guerra. Ellos
me respondieron:
—No pudo ingresar. Postuló tres veces.
—¡Qué raro! —respondí—. Ese pata era un cráneo
—sostuve, absolutamente convencido.
—Lo que pasa es que el racismo es un tema imperante
en ese lugar; sí, es que ahí son los más racistas que hay —me respondió un
interlocutor.
—Pobre huancaíno —dijeron entre risas los demás del
chat.
Yo no me reí.
Pues, si él leyera estas palabras, lo cual es casi
imposible, quiero decirle que todos tenemos derecho a cambiar de opinión y que,
a veces, hay personas que nos hacen ver lo que uno no pudo hacer en esos
momentos. Soy consciente de que es casi imposible que él lea estas palabras,
pero, como dicen, uno nunca sabe…
Lamento aquellas bromas. Quizás él ya ni se
acuerde, pero, en fin, lo siento mucho. Y cuento esta experiencia con cierta
vergüenza, todo con el ánimo de relatar esa realidad que se vive y que, si no
hacemos autocrítica, no hay nada.
Yo no conozco a alguien que no haya sido testigo o
haya experimentado, de alguna manera, el abuso escolar, hoy llamado bullying,
término anglosajón que probablemente se ha impuesto con el avance tecnológico
(gracias a la globalización).
Antes tenía otros nombres: “lo agarraron de punto”, “es el lorna”, “es el gil”. Y al agresor o a los agresores se les llamaba “los vivos”, “los pendejos”, “el criollo”, siempre con sus camaradas, chalequeados, en banda.
Generalmente, el agresor suele poseer alguna
ventaja que le permite imponerse sobre los demás: puede ser físicamente grande,
alto o fornido, hábil para las confrontaciones o poseer suficientes habilidades
de lenguaje para formar un pequeño grupo, una pandilla, un grupúsculo o unos
seguidores o, como se diría hoy, un team.
Quizá porque solo no puede hacerlo. Quizá porque,
detrás de esa aparente superioridad, exista también una forma de cobardía.
De lo cual considero que no hablar de aquello
—hostigamiento social o bullying—, en guardar silencio, es de alguna
manera volverlo permisible. No necesariamente porque uno lo normalice, sino
porque el silencio puede contribuir a que el fenómeno permanezca oculto.
Y de eso se trata, precisamente, la tragedia:
cuando al mal se lo minimiza, se lo vuelve tolerable. Es como si uno se
encontrara frente al mismo demonio y este le dijera:
“Lo que ocurre es que no soy tan malo; simplemente
tengo millones de años de mala reputación”.
Y uno terminara creyéndole.
O un sujeto que, con sonrisa en los labios,
sostenga “es solo un juego de niños”, escupiendo a un camarógrafo, dejando en
claro su inmunidad socioeconómica, en donde eso ya no es la doble moral, sino
que estamos frente a una enfermedad social; mejor dicho, frente a una sociedad
profundamente enferma.
Es allí donde la neurología comienza a adquirir un
papel importante. Porque detrás de estas experiencias no existe únicamente una
dimensión moral o social: también existe un cerebro que se encuentra en pleno
desarrollo constante. según la neuroplasticidad, particularmente durante la
infancia y la adolescencia. El miedo persistente, el estrés, la humillación, la
exclusión y la violencia pueden afectar procesos relacionados con la regulación
emocional, la atención, la memoria y el aprendizaje y, en el peor de los casos,
pueden contribuir a situaciones de riesgo, incluido el suicidio.
Ese fracaso de uno mismo es como un caldo de
cultivo para que se dé el desenlace en el momento o en el futuro; es decir,
siendo ya adulto, pueden aparecer ciertas tendencias a mantener relaciones
tóxicas y, en el peor de los casos, comportamientos relacionados con el
suicidio.
Así que ese es un tema bastante complejo, y mucho
menos “no es un juego de niños”, como algunos lo han querido minimizar. Hablar
así es revelar, una vez más, que la estupidez del individuo es infinita, casi
como su ignorancia, o simplemente una muestra infinita de maldad pura.
La degradación del entorno termina, de esta manera,
convirtiéndose también en una cuestión de desarrollo humano.
Cuando una institución no consigue proteger
adecuadamente a quien está formando, el problema deja de ser solamente
disciplinario: comienza a comprometer la arquitectura psicológica y a afectar
potencialmente el desarrollo neurológico de quienes viven esa experiencia.
Por eso, hablar del abuso escolar no debería
reducirse a decir que “son cosas de niños” o “juegos”.
Detrás de esa frase aparentemente inocente, que no
es inocente, se apela a solapar o minimizar la situación y así puede esconderse
una de las formas más peligrosas del asunto: buscar normalizarlo o, mejor
dicho, otorgarle impunidad al agresor; aquella que convierte el sufrimiento de
alguien en una anécdota y al agresor en alguien simplemente conocido como el
“vivo”, “el criollo”, etc.
Entonces, si conoces a alguien que haya sido
víctima de estas situaciones, lo primero que tienes que hacer es aceptar una
realidad: el control y la supervisión
de las autoridades del centro educativo han fracasado, al menos en ese
caso concreto, y continuar presentando quejas sin obtener una solución efectiva
no necesariamente va a resolver el problema.
Frente a esa realidad, existen varias alternativas
que los padres deberíamos considerar:
1. Sacar al menor de la
situación de riesgo, (en el acto).
Si el centro educativo no consigue garantizar su
seguridad, debe evaluarse un traslado inmediato a otro colegio, un cambio de
horario escolar o, cuando sea posible, recurrir temporalmente a la educación
remota hasta que termine el año académico, para posteriormente trasladarlo a
otra institución.
La prioridad debe ser retirar al niño o adolescente
de un entorno que pueda continuar afectándolo física o psicológicamente. No se
trata de enseñarle a soportar el abuso —cero tolerancia—, sino de protegerlo
mientras se encuentra una solución adecuada.
2. Enseñarle a no
permanecer aislado ni incomunicado, especialmente en la comunicación con sus
padres.
Por otro lado, los padres requerimos siempre
asesoría profesional.
Es importante enseñar al niño o adolescente que,
ante situaciones de hostigamiento, no debe buscar deliberadamente el
aislamiento. Debe procurar mantenerse acompañado, desarrollar vínculos
saludables y formar parte de un grupo de compañeros en el que exista respeto y
solidaridad. (Andar siempre chalequeado). Repito: se le debe educar al niño
para que en esos ambientes haga grupo. Preocúpate si tu hijo o hija no
interactúa en un grupo, porque podrá ser presa de esos acosadores sociales.
Entre ellos puede establecerse una especie de pacto tácito de protección mutua: no
abandonar al compañero que se encuentra en dificultades, no participar en
burlas, no encubrir agresiones y pedir ayuda cuando sea necesario.
Esto no significa formar una pandilla para
enfrentarse violentamente a otros, sino desarrollar una red de apoyo que
disminuya la vulnerabilidad que puede producir el aislamiento.
3. Trabajar desde casa la
autoestima y la seguridad personal.
La formación emocional no debería comenzar cuando
aparece el problema. Debe construirse desde la infancia.
Los padres deberían trabajar progresivamente
aspectos como la autoestima, la autonomía, la capacidad para establecer
límites, la comunicación y la confianza para pedir ayuda. Si existen señales de
inseguridad, aislamiento, ansiedad o cambios importantes en el comportamiento,
es recomendable recurrir a un psicólogo infantil o adolescente.
A partir de los diez años puede ser especialmente
útil realizar una evaluación psicológica preventiva, (en forma periódica anual),
no porque el niño necesariamente tenga un problema, sino para conocer cómo está
desarrollándose emocionalmente y detectar oportunamente posibles dificultades
antes de que llegue a una adolescencia que puede resultar más compleja. Prepararlo
para la adolescencia a él y como sus padres deberán conducirlo.
4. Iniciar una disciplina
marcial.
A partir de los ocho años, iniciar una carrera
profesional en una disciplina marcial, porque iniciarse en un deporte es una
carrera profesional. Sé que para algunos es difícil entender que un deporte
puede ser una carrera profesional y, más aún, que alguien pueda iniciar esa
carrera desde los ocho años de edad.
Con eso también se logra enseñarle disciplina, autocontrol, coordinación,
desfogue de energía corporal, enfoque, respeto, perseverancia y seguridad
corporal. Las artes marciales pueden ofrecer una estructura
particularmente útil para niños que necesitan aprender a controlar su
impulsividad; del mismo modo, un niño excesivamente retraído puede encontrar en
ellas una actividad que favorezca su confianza y participación.
Pero, siendo honesto, con las bases de una
disciplina marcial, a la primera muestra de bullying, el niño debe
derribar a su agresor. (En caso de que el verbo no funcione, y para esos casos
casi nunca funciona).
Sé que a algunos no les gusta esa idea, pero la
realidad es esa y el mundo funciona así.
Así comienzan las cosas, aunque a algunos no les
agrade. Pero la realidad es que tienes que derribar al agresor; otra vez lo
diré: “cero tolerancia”.
Si bien es cierto que la disciplina marcial no es
exactamente para enseñarle a pelear, sí le servirá en el momento adecuado para
dejar en el suelo al que intentó agredirlo verbal o físicamente.
En otras palabras, una buena disciplina marcial no
debería convertir al niño en alguien agresivo, sino ayudarlo a comprender que la verdadera fuerza comienza por el dominio
de uno mismo. En resumidas cuentas, si el niño anda en el bajón, “lo
levanta”; si es muy alzado, “lo baja”; en resumen, la disciplina marcial “lo
estabiliza”.
Lo cierto es que así aprenderá a defenderse, pero,
en lo referente al agresor, al igual que los delincuentes, coinciden en cierta
particularidad: la cobardía.
Muy pocos agresores querrán hostigar a alguien que
responde.
No se trata de que ganes todas las peleas;
simplemente se trata de que el mundo se dé cuenta de que eres una persona, un
niño o una niña, que sabe enfrentar sus dificultades o alejarse para siempre.
De lo contrario, desarrollarás cierta tolerancia hacia diversas situaciones de
toxicidad…
La combinación de una familia atenta, una educación
emocional adecuada, vínculos sociales saludables, actividad física y una
institución educativa responsable puede constituir una protección mucho más
sólida que simplemente decirle a un niño que “aprenda a defenderse”. Y como no
vas a tener todos los factores a tu favor en la mayoría de los casos, lo
fundamental es aprender a defenderse.
Porque el objetivo no debería ser criar niños
preparados para sobrevivir al abuso, sino niños suficientemente seguros para reconocerlo, pero, sobre todo,
responder de inmediato, rechazarlo y pedir ayuda en caso de que no puedan darle
una solución.
Para finalizar, solo decir que no hay palabras para
condenar lo ocurrido en el caso del colegio Liceo Naval, probablemente el
inicio de su desprestigio, no lo sé, pero lo que sí queda claro es que ni en la
peor de las pesadillas, en los muchachos de mi época, se nos hubiera ocurrido
actuar de esa manera. Pero la tragedia no queda ahí, porque ahora esa aberrante
idea ya queda en el consciente colectivo; o sea, eso ya lo tomarán en cuenta
cualquier otro potencial agresor.
Esto no es un juego y el agresor, como el agredido,
a mi modo de ver, requieren asistencia psiquiátrica, psicológica y neurológica.
Enrico Díaz Bernuy
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