Orígenes

Estimados lectores con placer y profundo aprecio a la literatura los invito a descubrir mi blog Café y escrituras con humo, un espacio donde la literatura respira con una libertad genuina, y donde cada cuento, relato o poema está tejido con esmero, ofreciendo mundos y personajes que buscan resonar en el alma. Es un rincón de lucidez y libertad de expresión, donde no existe censura ni rechazo, (ni de editoriales ni de fanzines) sino un llamado sincero a explorar juntos las profundidades de la imaginación y del pensamiento. Los textos son gratuitos y siempre bienvenidos a nuevos ojos, con la esperanza de que encuentren en ellos una chispa de inspiración o reflexión. ¡Los invito a tomar una pausa, servirse una buena taza de café, y sumergirse en la esencia de cada relato! , poema o artículos de mi autoría o de los escritores invitados. A continuación, dejo el índice del contenido:
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miércoles, 9 de septiembre de 2026

artículo de Enrico Díaz Bernuy ////// LO QUE OCULTAMOS Gūḍha Svarūpam — Lo oculto del ser

 

LO QUE OCULTAMOS
Gūḍha Svarūpam — Lo oculto del ser

 

 

 

 

 

 

 

 

“Hay una conversación de 1975 donde le preguntan directamente

a Srila Prabhupada:

“¿Puede una persona ser en parte demonio y en parte devoto?”

Prabhupada hace una distinción muy fina. Dice que si es realmente

devoto no debe identificárselo como demonio, pero puede conservar

cualidades demoníacas, y añade que, si continúa sinceramente

 en el proceso devocional, esas cualidades irán desapareciendo.

 Para explicarlo usa la imagen de un ventilador:

desconectas la corriente pero las aspas continúan

girando durante un tiempo.

No preguntemos solamente qué es alguien ahora, observemos

hacia dónde está dirigiendo su conciencia.”…

 

 

 

 

Cuando hablamos de demonios, casi siempre imaginamos seres malignos, enemigos de Dios y del hombre. Pero ¿es realmente esa la única manera de comprenderlos? ¿Y si detrás de esa palabra existieran conceptos mucho más antiguos y complejos? Al estudiar distintas tradiciones, descubrimos que aquello que llamamos «demonio» no siempre representa el mal absoluto. A veces puede señalar una naturaleza, una conducta, una fuerza o incluso un estado de conciencia. Tal vez, antes de buscar al demonio fuera de nosotros, deberíamos preguntarnos si algunas de sus formas también pueden habitar en nuestro interior.

 

Cito:

"La lucidez es un don, y es un castigo. Está todo en la palabra. “Lúcido” viene de Lucifer: el arcángel rebelde, el demonio. Pero también se llama Lucifer al lucero del alba, la primera estrella, la más brillante, la última en apagarse.

Lúcido viene de Lucifer, y Lucifer viene de luz, y de Fergus, que quiere decir “el que tiene luz”, “el que genera luz”, “el que trae la luz que permite la visión interior”: el bien y el mal, todo junto, el placer y el dolor.

La lucidez es dolor, y el único placer que uno puede conocer. Lo único que se parecerá remotamente a la alegría será el placer de ser consciente de la propia lucidez.

El silencio de la comprensión. El silencio del mero estar.

En esto se van los años. En esto se fue la bella alegría animal..."

— Alejandra Pizarnik

 

La reflexión de Pizarnik sobre la lucidez resulta poéticamente poderosa y vendible, (sobre todo, vendible) pero,  etimológicamente presenta una visión limitada. Vincular directamente «lúcido» con «Lucifer» y, posteriormente, con «demonio», supone reducir la historia de las palabras a una interpretación simbólica propia de la tradición occidental cristiana. «Lúcido» proviene del latín lucidus, relacionado con lux, «luz», y no de Lucifer. Además, identificar a Lucifer exclusivamente con el demonio reproduce una lectura cultural particular, ignorando la complejidad histórica y teológica  del término. La poesía puede establecer estas asociaciones, pero convertirlas en genealogía lingüística confunde metáfora, etimología y tradición cultural. Y la confusión siempre da el mismo efecto, vacuidad i limitaciones de la existencia, de pensamiento.


Sin embargo en caminos más profundos, o mejor dicho, mucho más antiguos el término:   “demonio” respecto a la tradición védica conocido como ashuras , daitya, danava y rakshasa simplemente como “demonio”, se puede cometer un error de concepto. rindieron servicio al Supremo, porque más o menos se   trata de eso, la bipolaridad que a muchos no les gusta, pero que si poseen ciertas habilidades para el disfrute…   


Demonio(a),  es una palabra que llega hasta nosotros cargada de una pesada herencia conceptual occidental: la imagen de una entidad esencialmente malvada, perteneciente a las fuerzas de Satanás y enfrentada, por naturaleza, a todo aquello que consideramos divino. Quizá sea precisamente esta concepción la que dificulta comprender afirmaciones provenientes de la tradición india, como aquella según la cual el dios del Sol  o planeta sol  mencionado en la pag, 212 texto 4 del capítulo 4, (bhagavad gita)    pudo transmitir el conocimiento de la astronomía a un asura como Maya.


En el texto 3 del capítulo 4 del baghagad gita  sostiene que solo existen devotos o demonios

Pero aquí comienza la diferencia fundamental. La palabra «demonio» no siempre puede utilizarse como una traducción exacta de las categorías que aparecen en los textos puránicos. En los Purāṇas encontramos una clasificación mucho más compleja.


Un Daitya es, fundamentalmente, un descendiente de Diti.

Un Dānava, como Maya, es descendiente de Danu.

Un Rakshasa pertenece a otra categoría de seres, caracterizados por determinadas facultades, comportamientos y tendencias.

Y Asura, dependiendo del texto, del período y del contexto, puede funcionar como una categoría genealógica, cosmológica o moral.

Por ello, traducir todas estas palabras simplemente como «demonio» puede ser cómodo, pero también puede resultar intelectualmente empobrecedor. Es como intentar encerrar en una sola palabra una constelación entera.

Bhagavad Gītā, especialmente en su capítulo XVI, introduce además otra dimensión. Krishna no se limita a hablar de especies sobrenaturales: describe dos grandes disposiciones de la conciencia humana. Por un lado, la naturaleza divina, daivī, asociada con la verdad, la compasión, el autocontrol, la humildad y el conocimiento. Por otro, la naturaleza demoníaca, āsurī, caracterizada por el orgullo, el egoísmo, la ira, la violencia, el engaño, la codicia y la ausencia de discernimiento.

Desde esta perspectiva, el «demonio» del Gītā no es necesariamente un monstruo que habita en algún territorio remoto del cosmos. Puede ser también una forma de conciencia dominada por el ego, el deseo y la ignorancia, (sobre todo ignorancia). Es aquello que termina esclavizando al individuo y alejándolo de su verdadero propósito.

Quizá aquí encontremos una de las ideas más profundas del texto: el verdadero demonio no siempre está frente a nosotros; a veces se encuentra dentro de nosotros. Es aquello que nos aparta de la verdad, que oscurece el conocimiento del Ātman y que nos hace olvidar quiénes somos. En este punto resulta interesante la interpretación que el teólogo y filósofo Mario Saban propone desde determinados estudios lingüísticos del hebreo, no como etimología hebrea demostrada, sino como su cosecha personal (su visión personal). Saban relaciona el término «Satan» con «sataque» y vincula esta expresión con la idea de desviación, de aquello que se aparta del camino o que desvía al ser humano de su rumbo. Tomada como interpretación simbólica, la imagen resulta sugerente: Satan sería aquello que se interpone en el camino, aquello que introduce una fuerza de oposición y termina apartando al individuo de su propósito.

Y, en ese sentido simbólico, la idea guarda una sorprendente resonancia con la enseñanza del Gītā: aquello que domina al ser humano mediante el ego, el deseo, la ira, y sobre todo la ignorancia o la codicia puede convertirse precisamente en aquello que lo aleja de su dharma y lo encadena a una existencia gobernada por sus propias pasiones.

Por supuesto, existen seres descritos como āsuricos, violentos y hostiles al dharma. Pero su nacimiento o procedencia no constituye necesariamente una condena espiritual eterna. Y aquí aparece, a mi juicio, uno de los principios más profundos de la espiritualidad devocional: la forma exterior no determina, en última instancia, la relación del alma —jīva— con Śrī Krishna.

Un deva puede ser orgulloso y olvidar a Vishnu.

Un brāhmaṇa puede carecer de bhakti.

Un asura puede ser un mahā-bhāgavata, un gran devoto.

Un rakshasa puede morir cumpliendo una misión vinculada al propósito de Krishna.

Un Dānava puede poner sus extraordinarias capacidades al servicio de una obra destinada a los devotos.

Y un enemigo monstruoso de Bhagavān puede, en circunstancias excepcionales como las de Jaya y Vijaya, ocultar detrás de esa apariencia terrible la identidad de uno de los servidores eternos del Señor.

La tradición está llena de paradojas de esta naturaleza. Y quizá precisamente por eso resulta tan peligrosa la costumbre humana de dividir el mundo entre «los buenos» y «los demonios».

Ghatotkacha: el rakshasa al servicio de una causa divina

Ghatotkacha es presentado como un rakshasa, hijo de Bhīma y Hiḍimbā. Sin embargo, su conducta hacia los Pāṇḍavas está marcada por la lealtad y el servicio. Durante el exilio aparece cuando se le necesita, protege a los Pāṇḍavas y utiliza sus extraordinarios poderes en beneficio de ellos.

Pero en Kurukṣetra ocurre algo todavía más significativo. Krishna sabe que Ghatotkacha puede desempeñar una función decisiva frente a Karṇa. Su participación no es un episodio marginal: forma parte de una cadena de acontecimientos cuyo desenlace será fundamental para la supervivencia de Arjuna.

Karṇa poseía un arma extraordinaria, concedida por Indra, que había reservado para utilizarla contra Arjuna. Sin embargo, Ghatotkacha obliga a Karṇa a emplearla contra él.

Ghatotkacha muere, pero su muerte no es inútil. Su sacrificio consigue que aquella arma desaparezca del campo de batalla y que Arjuna quede liberado de uno de los mayores peligros que pesaban sobre él.

El rakshasa muere, pero su muerte se convierte en servicio. Y aquí la paradoja vuelve a aparecer: aquello que exteriormente pertenece al mundo de los seres demoníacos puede convertirse, interiormente, en instrumento de un propósito superior.

Maya Dānava: el «demonio» que pone su talento al servicio deKrishna

Y llegamos a Maya Dānava, aquel mismo personaje cuya relación con la astronomía puede resultar desconcertante desde una perspectiva occidental.  Después de ser salvado por Arjuna durante el episodio del bosque de Khaṇḍava, Maya desea recompensarlo. Arjuna, sin embargo, no pide una recompensa para sí. Le indica que, si realmente desea corresponder, haga algo para Krishna. Entonces aparece una escena extraordinaria: Maya pone sus capacidades al servicio de una obra destinada a Yudhiṣṭhira y construye la célebre Māyā-sabhā, un salón de asambleas extraordinario, cuya arquitectura combina elementos humanos, divinos y propios de su condición de Dānava.

Aquí encontramos una enseñanza que me parece particularmente poderosa.

Krishna no necesita decirle a Maya: «Primero deja de ser quien eres y después podrás servirme». Su talento no es destruido para que pueda servir. Su conocimiento no es despreciado por su procedencia. Por el contrario: aquello en lo que Maya es excepcional —su arquitectura, ingeniería o arquitectura  casualmente en ese conocimiento mundano, es en cierta forma, su capacidad creadora, y puede así, incorporarse al servicio de una causa superior.

Por eso Maya representa, en este sentido, un magnífico ejemplo de servicio funcional y práctico: la transformación no consiste necesariamente en destruir nuestras capacidades, sino en descubrir hacia dónde deben ser dirigidas.

Vṛtrāsura: el devoto oculto detrás del asura. Y entonces encontramos un caso todavía más desconcertante: Vṛtrāsura. Exteriormente es un enorme asura, un enemigo de Indra, un poderoso adversario de los devas. Pero interiormente aparece como un devoto profundamente entregado al Señor.


En el Bhāgavata Purāṇa 6.11.24 expresa su deseo de volver a ser servidor de los servidores eternos del Señor. Su oración no está dirigida hacia los placeres celestiales, los poderes sobrenaturales ni siquiera hacia la liberación entendida como una existencia separada del servicio. Desea que su mente piense en el Señor, que su voz glorifique al Señor y que su cuerpo permanezca ocupado en Su servicio. Aquí se rompe completamente una equivalencia demasiado sencilla:


asura = materialista = demonio = espiritualmente perdido.


Vṛtrāsura demuestra que no necesariamente es así. Puede existir una identidad exterior y otra interior. Puede existir una genealogía y, al mismo tiempo, una conciencia que trascienda esa genealogía. Alguien puede ser, por nacimiento, un señor de los asuras y, por conciencia, un gran devoto.

Esto también resulta especialmente interesante cuando hablamos de Jyotiṣa. El hecho de que una persona posea planetas, Luna, Sol o Lagna situados en nakṣatras considerados deva no la convierte automáticamente en devota. Del mismo modo, una carta con abundancia de nakṣatras considerados rakshasa no convierte automáticamente a una persona en un demonio.

La astrología puede describir tendencias, disposiciones y determinadas configuraciones simbólicas; pero la identidad espiritual de una persona no puede reducirse mecánicamente a una etiqueta.


Cada ser humano constituye un caso singular.


Y quizá, en la medida en que profundizamos en el autoconocimiento, descubrimos que comprender al otro exige primero haber comenzado a comprendernos a nosotros mismos.

Maya y el conocimiento del Sol. En el Sūrya Siddhānta encontramos otro episodio extraordinario.


El texto no intenta ocultar ni suavizar la condición de Maya. Al contrario, lo presenta como Mayāsuro mahān, el gran asura Maya.


Pero observemos qué hace ese asura.


Desea jñāna, conocimiento.


Realiza tapas, austeridad.


Adora a Vivasvān, el Sol.


El Sol queda satisfecho con su práctica.


Y recibe conocimiento.


Maya continúa preguntando.


Y posteriormente ese conocimiento será transmitido a los sabios.


La imagen es extraordinaria: un ser presentado como asura busca conocimiento sagrado, realiza austeridades, reverencia al Sol, recibe una enseñanza y finalmente se convierte en transmisor de ese conocimiento.


El relato no presenta a Maya como un ser indigno del conocimiento. Más bien sucede exactamente lo contrario. Y existe un detalle todavía más hermoso. En la tradición textual se describe que Maya adora a su maestro con paramayā bhaktyā, con suprema devoción, y posteriormente formula nuevas preguntas acerca de los misterios cosmológicos.

Por supuesto, podemos discutir la interpretación teológica exacta del episodio y la manera precisa en que se produce la transmisión del conocimiento solar. Pero hay algo que permanece evidente: el texto no está construyendo una caricatura de un «demonio maligno» incapaz de acceder a la sabiduría.


Maya es un asura.


Y busca conocimiento.


Maya realiza austeridad.


Maya adora.


Maya pregunta.


Maya recibe.


Maya aprende.


Maya transmite.


Y ahí reside quizá la verdadera enseñanza.


Si alguien sostiene que «por ser demonio, Maya no merecía conocer la astronomía», tendría que enfrentarse con el propio relato que lo presenta precisamente como receptor y transmisor de conocimiento.


¿Y nosotros?


Aquí debemos evitar dos extremos igualmente peligrosos.


No sería correcto decir:


«Todos somos demonios».


Pero tampoco:


«Yo soy devoto; ellos son los demonios».


El capítulo XVI del Bhagavad Gītā es mucho más incómodo y, precisamente por eso, mucho más profundo. Krishna no nos entrega una etiqueta para colocar sobre la frente de los demás; nos ofrece un espejo.

Habla del orgullo, la arrogancia, el engreimiento, la ira, la aspereza y la ignorancia como características de la naturaleza āsurī.

Y si utilizamos esos criterios para examinarnos sinceramente, la cuestión cambia por completo.

Porque podemos practicar bhakti y, al mismo tiempo, descubrir orgullo en nuestro corazón.

Podemos estudiar las escrituras y encontrar orgullo intelectual.

Podemos servir y descubrir que nuestro servicio estaba mezclado con necesidad de reconocimiento.

Podemos predicar y descubrir competencia, vanidad o deseo de imponernos sobre otros. Por eso algunos nos vincularnos con casi nadie.

Podemos renunciar y descubrir que nuestra renuncia estaba contaminada por un sentimiento de superioridad.

Podemos adorar a Dios y, sin embargo, continuar siendo esclavos de nuestros deseos.

Esto no significa que nuestra identidad espiritual sea «demoníaca». Significa que somos almas condicionadas que todavía atraviesan un proceso de purificación.

Los guṇas y la complejidad de la conciencia

Los guṇas permiten comprender esta condición con mayor profundidad.

Nuestra śraddhā, nuestra fe, nuestra manera de creer y de relacionarnos con lo sagrado, también puede estar condicionada por sattva, rajas y tamas.

Por eso alguien puede ser religioso sin haber alcanzado todavía la pureza.

Puede existir bhakti mezclada con deseo de reconocimiento. Estudio de las escrituras mezclado con orgullo intelectual. Servicio mezclado con necesidad de control.

Predicación mezclada con competencia. Renunciación mezclada con superioridad.

Adoración mezclada con rajas y tamas. La espiritualidad no consiste simplemente en adoptar una identidad religiosa. Consiste en observar aquello que todavía necesita ser transformado. Porque existe una pregunta que, llevada hasta sus últimas consecuencias, resulta inevitable: Si solamente pudieran acercarse al conocimiento divino aquellos que ya fueran perfectamente puros, ¿cómo podría comenzar la purificación del impuro?

El conocimiento existe precisamente porque ignoramos. El sādhu-saṅga existe porque necesitamos compañía espiritual. El canto del santo nombre existe porque todavía estamos aprendiendo a recordar. Inclinación al maha mantra. (mantra supremo)

El servicio existe porque nuestro ego necesita transformarse. La austeridad existe porque todavía existen tendencias que deben ser disciplinadas. Y la gracia existe porque la transformación humana nunca depende únicamente de nuestra propia fuerza.


Por eso, la procedencia inicial de una persona no determina necesariamente hasta dónde puede elevarse.


Maya se cualifica.


Hace tapas.


Busca sinceramente el conocimiento.


Adora a Sūrya.


Sūrya acepta su esfuerzo.


Y recibe la enseñanza.


Vṛtrāsura nace bajo la condición de asura, pero su conciencia se orienta hacia Krishna.


Ghatotkacha nace como rakshasa, pero ofrece su vida al servicio de una causa superior.


Y nosotros, que quizá no seamos asuras, daityas, dānavas ni rakshasas, podemos descubrir dentro de nosotros pequeñas formas de orgullo, ira, codicia, envidia o ignorancia.


Entonces la pregunta deja de ser:


«¿Quiénes son los demonios?»


Y comienza a ser mucho más incómoda:


«¿Qué parte de mí todavía se encuentra desviada del camino?»


Quizá ese sea uno de los grandes secretos del “mensaje” (la enseñanza).


El camino espiritual no consiste solamente en reconocer a los demonios que creemos encontrar afuera, sino en descubrir aquello que, dentro de nosotros, todavía nos aparta del dharma.


Porque a veces el mayor obstáculo para llegar a Dios no tiene cuernos, ni colmillos, ni pertenece a un linaje demoníaco. Ni es el vecino que siempre te pone mala cara, o el colega que siembra indirectas…


A veces tiene nuestro propio rostro.


Y quizá la verdadera victoria espiritual no consista en destruirlo, sino en transformarlo.

“Hay una conversación de 1975 donde le preguntan directamente a Srila Prabhupada:

“¿Puede una persona ser en parte demonio y en parte devoto?” Prabhupada hace una distinción muy fina. Dice que si es realmente devoto no debe identificárselo como demonio, pero puede conservar cualidades demoníacas, y añade que, si continúa sinceramente en el proceso devocional, esas cualidades irán desapareciendo. Para explicarlo usa la imagen de un ventilador: desconectas la corriente pero las aspas continúan girando durante un tiempo.


No preguntemos solamente qué es alguien ahora, observemos hacia dónde está dirigiendo su conciencia.”…O aquella antigua historia muy conocida de Milarepa sufrió una profunda injusticia: tras la muerte de su padre, sus parientes usurparon la herencia familiar y redujeron a su madre y a sus hijos a la humillación. Antes de morir, su madre le pidió que vengara aquel agravio. Milarepa obedeció. Aprendió artes mágicas  (magia negra) y llegó a convertirse en un poderoso hechicero, capaz de provocar destrucción y muerte sobre quienes habían causado su desgracia. Pero después de consumar su venganza, comprendió que la sangre no reparaba el pasado. Entonces contempló las leyes del karma y vio que sus actos también tendrían consecuencias. El antiguo vengador quedó horrorizado ante sí mismo. Buscó entonces un maestro, emprendió un camino de penitencia y meditación, y aquel hombre que había sembrado muerte terminó convirtiéndose en uno de los grandes santos y yoguis del Tíbet.

Pasé varios años creyendo que el hombre era el peor enemigo del hombre. Como dice; Es «el hombre es un lobo para el hombre», de la expresión latina homo homini lupus. Sin embargo, con el estudio y la reflexión comprendí que no siempre es así. Existen enemigos mucho más peligrosos que otro ser humano. De esta manera,  comprendí algo más inquietante: el peor enemigo del hombre puede habitar dentro de uno mismo.   No siempre tiene rostro ajeno; a veces tiene nuestra propia voz, nuestros pensamientos y nuestras debilidades. Vencer al otro puede ser una victoria momentánea; vencerse a uno mismo es, quizá, lo no ilusorio… «la verdadera victoria».


«No preguntemos solamente qué es alguien ahora; observemos hacia dónde está dirigiendo su conciencia.»  conciencia..