Orígenes

Estimados lectores con placer y profundo aprecio a la literatura los invito a descubrir mi blog Café y escrituras con humo, un espacio donde la literatura respira con una libertad genuina, y donde cada cuento, relato o poema está tejido con esmero, ofreciendo mundos y personajes que buscan resonar en el alma. Es un rincón de lucidez y libertad de expresión, donde no existe censura ni rechazo, (ni de editoriales ni de fanzines) sino un llamado sincero a explorar juntos las profundidades de la imaginación y del pensamiento. Los textos son gratuitos y siempre bienvenidos a nuevos ojos, con la esperanza de que encuentren en ellos una chispa de inspiración o reflexión. ¡Los invito a tomar una pausa, servirse una buena taza de café, y sumergirse en la esencia de cada relato! , poema o artículos de mi autoría o de los escritores invitados. A continuación, dejo el índice del contenido:
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domingo, 8 de marzo de 2026

Escribe: Jesus Mesa. Articulo---------- El profesor que predijo el regreso de Trump y la guerra con Irán

 

El profesor que predijo el regreso de Trump y la guerra con Irán

Profesor
El historiador Jiang Xueqin imparte una conferencia sobre la política exterior estadounidense y los riesgos estratégicos de una posible guerra con Irán durante una sesión teórica de 2024 que ha s... | Historia Predictiva vía YouTube/Historia Predictiva vía YouTube
Jesús Mesa
Por 

Reportero de Política

Una conferencia de hace un año del historiador afincado en Pekín Jiang Xueqin está ganando renovada atención en línea a medida que aumentan las tensiones entre Estados Unidos e Irán, reflejando las predicciones que hizo sobre una futura guerra bajo una segunda presidencia de Trump.

La conferencia de Jiang de mayo de 2024, parte de su serie "Historia Predictiva" en YouTube, argumentó que una nueva administración Trump se vería empujada hacia la guerra con Irán debido a la presión política de un poderoso lobby israelí, los intereses saudíes y la dependencia de Estados Unidos de la hegemonía global para obtener beneficios económicos.

La conferencia, originalmente destinada a la enseñanza académica, se ha hecho viral en las redes sociales a medida que los combates entre Irán e Israel se intensifican y las tropas estadounidenses se ven cada vez más involucradas en el conflicto regional.

Por qué importa

Las tensiones entre Estados Unidos e Irán se han intensificado drásticamente tras una serie de acciones militares relacionadas con infraestructuras nucleares y represalias regionales. El domingo, Estados Unidos lanzó la "Operación Martillo de Medianoche", una ofensiva sorpresa dirigida a tres importantes sitios nucleares iraníes: Fordow, Natanz e Isfahán.

En medio de crecientes temores a un conflicto regional más amplio, Trump anunció el lunes que se había negociado un alto el fuego tentativo entre Irán e Israel mediante la mediación catarí. Sin embargo, la tregua pareció flaquear poco después, ya que ambos países continuaron intercambiando fuego. Trump reprendió públicamente a ambas naciones por socavar el acuerdo que él había conseguido.

Qué saber

En una conferencia del 29 de mayo de 2024—cuando Joe Biden aún era presidente y antes de que Trump sobreviviera a dos intentos de asesinato—el historiador afincado en Pekín Jiang Xueqin esbozó un escenario impactante para una futura guerra entre Estados Unidos y Irán. La conferencia, y la página de YouTube del historiador, pasaron prácticamente desapercibidas durante un año, generando solo unas pocas visualizaciones. Ahora, mientras la realidad alcanza su predicción, la conferencia se está volviendo viral. Su página ha acumulado más de 100.000 suscriptores en tres días.

Jiang outlined a scenario he called "Operation Iranian Freedom"—a joint invasion by the U.S., Israel, Saudi Arabia, and allies including the UK and UAE. He suggested Trump would justify the war by pointing to Iran's nuclear program, proxy attacks, threats to allies, and a call to spread democracy.

These themes were reflected in Trump's recent speeches and posts, which invoked terrorism, nuclear threats, and support for Israel as grounds for military involvement.

Professor
Historian Jiang Xueqin lectures on U.S. foreign policy and the strategic risks of a potential war with Iran during a 2024 classroom session that has s... | Predictive History via YouTube/Predictive History via YouTube

"Israel becomes the top dog in the Middle East," he said. "If Iran and the U.S. are both weakened, there is no counterbalance."

Jiang's core warning was about "boots on the ground" military action: that U.S. troops, once deployed into Iran's mountainous terrain, would be "hostages, not soldiers," unable to mass forces, protect supply lines or escape. He estimated that conquering Iran would require "at least 3 to 4 million soldiers," far beyond the U.S. military's capacity, especially given its reliance on outsourced manufacturing and low recruitment.

The transcript of the class details how Jiang led students through a game-theory breakdown of key players—Trump, Iran's Revolutionary Guard, Israel and Saudi Arabia—and their incentives. He concluded that all actors had reasons to provoke conflict, but with radically different endgames.

Jiang compared the potential outcome to the Athenian invasion of Sicily in 415 BCE and the U.S. involvement in Vietnam and Ukraine. In each case, he said, overconfidence, poor supply logistics and a lack of domestic or local support led to failure. "They thought they were gods," he said of U.S. military planners. "But you're not God—and if you think you are, you get into a lot of trouble."

The lecturer also emphasized that a nuclear threat would be Trump's fallback if U.S. troops became trapped. Jiang imagined Trump threatening Tehran with annihilation if American forces were not allowed to leave safely. To prevent this, Jiang argued, Russia would likely declare a nuclear red line—promising to retaliate against any nation, including the U.S., that deployed nuclear weapons in the region.

"If Putin says that, he's a hero," Jiang told students. "He saved humanity. But because he says this, the United States is now trapped."

Yet the viral spread of Jiang's video has not gone unchallenged. On Reddit's r/Military forum, some commenters have criticized both his methods and past remarks. "Even a broken watch is right twice a day," one user wrote, pointing out that given the number of self-proclaimed geopolitical forecasters online, one of them was bound to get a scenario partially correct.

Another commenter, referencing Jiang's citation of game theory, said, "He makes some interesting predictions, but it's based on a lot of assumptions, historical examples that are out of context, and 'game theory' that he often cites but never demonstrates."

What People Are Saying

Trump said in a post on Truth Social on Tuesday: "ISRAEL is not going to attack Iran. All planes will turn around and head home, while doing a friendly "Plane Wave" to Iran. Nobody will be hurt, the Ceasefire is in effect!"

El vicepresidente J.D. Vance publicó en X, anteriormente Twitter: "Gracias al audaz liderazgo del presidente Trump, el programa nuclear iraní ha sido aniquilado y la Guerra de los Doce Días ha terminado. Este es un momento histórico y un paso enorme hacia una paz duradera en Oriente Medio."

¿Qué pasa después

Sin confirmación oficial ni de Irán ni de Israel, y con hostilidades continuas reportadas a pesar del alto el fuego anunciado, la paz sigue lejos de estar garantizada.

Añade Newsweek como fuente preferida en Google para ver más de nuestra cobertura de confianza al buscar en tu casa.

viernes, 6 de marzo de 2026

Artículo de Enrico Diaz Bernuy: ---------------------------------Marzo y el caballo de fuego...

 Kurushetra tan presente en estos tiempos... 


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“Cuando un gobernante siente que su pueblo puede

 rebelarse, declara una guerra contra otro país.” 

Napoleon Bonaparte


A mí me queda claro algo: viajar a un país próspero, donde se encuentran algunos de los mejores museos del mundo, galerías de renombre y ciudades de vanguardia atravesadas por puentes precisos que son casi obras de arte ha dejado de entusiasmarme como antes. Durante mucho tiempo imaginé esos lugares como templos de la cultura, espacios donde el arte parecía un intento por elevar la conciencia, crecer, conocerse y evolucionar… Hoy esa ilusión se ha vuelto frágil,  difuso e incierto... Yo no conozco a un artista que no haya deseado  visitar el metropolitan museum of art de New York o el sin fin de galerías que existen y oportunidades al  arte, o sus museos de arte contemporáneo.

Porque cuando uno observa el mapa político con detenimiento comprende que la prosperidad no siempre significa tranquilidad. Un país puede levantar museos magníficos, restaurar monumentos milenarios y exhibir una vida cultural intensa, pero aun así vivir bajo la permanente tensión de que en cualquier momento tomarán venganza..

La región donde se encuentra Irán es uno de esos territorios donde la historia pesa tanto como el presente. Allí la guerra no aparece solo como una posibilidad política, (dinero de por medio) sino como una memoria antigua. Desde los tiempos de la antigua Persia, (que fue un imperio, ojo), el combate formó parte de la identidad cultural. En relatos, epopeyas y tradiciones, el guerrero no solo enfrenta la muerte: la acepta como parte del destino, (la parte sagrada) un tema muy védico también.

Esa mentalidad cambia la forma de comprender los conflictos. Luchar contra una civilización con memoria militar milenaria no es simplemente enfrentar un ejército; es enfrentarse a una tradición donde el sacrificio puede ser visto como honor. El miedo —ese instrumento invisible de la guerra— pierde parte de su eficacia cuando el adversario no teme desaparecer.


Por eso, cuando pienso en visitar esos lugares admirados por viajeros y amantes del arte, ya no los imagino únicamente como vitrinas de civilización. También los veo como territorios donde la estabilidad puede romperse en cualquier momento.

Y entonces surge una inquietud inevitable: incluso bajo los puentes más hermosos y en los museos más silenciosos, la historia sigue respirando.

Por ello, en los conflictos entre pueblos, no solo se enfrentan ejércitos: también se enfrentan memorias. Luchar contra una civilización con tradición militar milenaria implica algo más complejo que medir fuerzas o tecnología. Significa confrontar una cultura donde la guerra forma parte de la identidad histórica.

La antigua Persia, cuyo poder se expresó tempranamente en el Imperio aqueménida, desarrolló una concepción del honor profundamente ligada al combate. Desde los relatos épicos hasta las crónicas imperiales, el guerrero persa aparece como alguien que no solo enfrenta la muerte, sino que la acepta como parte natural del destino. No se trata de una simple disposición a morir, sino de una visión cultural en la que el sacrificio en batalla puede convertirse en una forma de permanencia simbólica.

Para un adversario, esta mentalidad representa un desafío psicológico. La estrategia militar moderna suele apoyarse en el cálculo racional: pérdidas, logística, desgaste. Pero cuando el oponente posee una tradición donde la muerte no es únicamente temida sino también dignificada, el equilibrio cambia. El miedo —uno de los instrumentos invisibles de la guerra— pierde parte de su eficacia.

La historia muestra que los pueblos con memoria guerrera suelen concebir el combate no solo como continuidad de su pasado, sino es un tema espiritual, religioso, santo, (más allá del honor).  Las batallas no son solo episodios militares, sino capítulos de una narrativa colectiva que atraviesa generaciones. De ese modo, cada soldado siente que lucha acompañado por la sombra de sus antepasados, (puro Love).

En ese escenario, la victoria ya no depende únicamente de armas o números. También depende de comprender la dimensión cultural del enemigo. Porque cuando la guerra se convierte en tradición, cada combate deja de ser solo presente: se transforma en la prolongación de una historia que comenzó siglos atrás.

Por otro lado, jamás imaginé ver a un hombre de más de ochenta años, ultramillonario, probablemente ya usando pañales, enredado todavía en las tensiones del poder. Uno pensaría que, a esa edad, la vida debería conducirte hacia otro paisaje: un lugar de sosiego, cerca de los nietos, tal vez escribiendo memorias, o cosas interesantes, reflexiones  o las cosas que aportaste o simplemente observando con serenidad el mundo que ayudaste a construir.

Pero no. Ahí está: probablemente poseído,  o parasitado, distorsionado o extorsionado  por una maquinaria de ambición que parece no soltarlo jamás. Resulta extraño —casi grotesco— imaginar a un hombre de más de ochenta años, un ultramillonario, todavía atrapado en la lógica feroz del poder y del dinero, cuando el cuerpo ya reclama otras cosas: silencio, descanso, humanidad.

Uno se pregunta entonces si la riqueza extrema no termina funcionando como una especie de prisión espiritual. ¿siempre será asi?  Porque, ¿cómo acaba así un hombre que ya lo tiene todo? Un hombre que, en cualquier cálculo razonable de la vida, debería estar retirado del ruido del mundo, reconciliado con el tiempo, aceptando con dignidad la última curva del camino.

Y sin embargo, continúa allí, como si la ambición fuera un parásito que no envejece, que no se cansa. Pero te voy a decir algo para terminar, el hombre de cara anaranjada ya empezó a bajar de peso…


Enrico Diaz Bernuy

 




Abandoné una vez mas ser políticamente correcto, hecho que mis colegas no concuerdan conmigo,  veo que en sus muros prefieren contar chistes o quizás tengan doble nacionalidad, no lo sé, tampoco me interesa, al fin y al cabo, los colegas son los colegas.

lunes, 2 de marzo de 2026

Celebraron la interconexión mundial… hasta que todo empezó a conectarse. ---- por Enrico Diaz Bernuy ----

Cuando la guerra estalla en un punto del planeta, no lo hace en un lugar: lo hace en el tiempo. Su onda expansiva no respeta geografías ni neutralidades; avanza, pulula, merodea… como un dogma físico y metafísico, atravesando océanos, ideologías y mercados. Pensar que los territorios remotos —como los de Sudamérica frente a un conflicto centrado en el Medio Oriente— quedarían a salvo es un consuelo geográfico no una conclusión estratégica. La distancia protege del estruendo, pero no, del eco.

Desde la teoría de sistemas complejos formulada por pensadores como Ludwig von Bertalanffy, sabemos que el mundo contemporáneo funciona como una red interdependiente donde cada nodo altera al conjunto y el pixel se modifica hasta la médula.

Las guerras modernas especialmente las de escala mundial, no son eventos locales sino perturbaciones sistémicas. La economía global, la atmósfera, los océanos y las cadenas de suministro constituyen vasos comunicantes invisibles: basta que uno se fracture para que el líquido histórico cambie de nivel en todos los recipientes.

La hipótesis de un conflicto nuclear ilustra con crudeza esta interdependencia. Los precedentes históricos de Hiroshima y Chernóbil demuestran que la radiación no reconoce fronteras políticas. Las partículas liberadas pueden viajar miles de kilómetros impulsadas por corrientes atmosféricas, depositándose en suelos agrícolas, ríos o reservorios.

La teoría climatológica del “invierno nuclear”, desarrollada por científicos como Carl Sagan y Richard Turco, sostiene que múltiples detonaciones atómicas podrían lanzar tanto hollín a la estratósfera que la luz solar disminuiría globalmente durante años. No sería una guerra regional: sería un eclipse planetario.


En ese escenario, los países sudamericanos —aunque no participaran militarmente— experimentarían consecuencias tangibles. El primero de estos efectos sería energético.

Gran parte del continente depende de la hidroelectricidad; represas monumentales como Itaipú simbolizan esa confianza en el agua como músculo eléctrico. Sin embargo, la energía hidroeléctrica depende de ciclos climáticos estables: lluvias previsibles, deshielos regulares, cuencas limpias. Una alteración atmosférica global podría modificar los patrones de precipitación en la cuenca del Amazonas o reducir el deshielo en la cordillera de los Andes. La electricidad, entonces, no se perdería por un bombardeo directo  sino por una sutil desarmonía planetaria.

Aquí emerge el principio del efecto dominó económico. O el karma colectivo (que también es real). La electricidad no es solo luz: es industria, refrigeración, telecomunicaciones, transporte, banca. Si falla, todo lo demás titubea. Un descenso prolongado en la producción energética encarecería bienes básicos, afectaría exportaciones y provocaría inflación. La teoría macroeconómica keynesiana explica que los shocks de oferta —como una caída abrupta de energía— generan espirales de precios y desempleo. El resultado sería paradójico: naciones lejanas al campo de batalla sufrirían crisis internas originadas en detonaciones que jamás oyeron.

El agua, inseparable de la electricidad en este contexto, constituiría el segundo eje de vulnerabilidad. La radiación atmosférica puede contaminar precipitaciones y suelos, afectando acuíferos y ríos.

Estudios posteriores a accidentes nucleares han mostrado que isótopos radiactivos pueden incorporarse a cadenas alimentarias durante décadas. No se trata de imaginar ríos brillando en la oscuridad, sino de comprender un fenómeno más silencioso: la acumulación lenta de toxinas invisibles. La guerra moderna no solo mata; también siembra.

A nivel geopolítico, los países no beligerantes enfrentarían presiones diplomáticas y comerciales. Organismos como la Organización de las Naciones Unidas suelen coordinar sanciones, bloqueos o reasignaciones de recursos durante conflictos globales. Incluso sin participar militarmente, una nación puede verse obligada a elegir bandos económicos. La neutralidad, en tiempos de guerra mundial, es una ficción frágil: los mercados castigan la ambigüedad.

Otro factor decisivo es el comercio marítimo. Gran parte del intercambio internacional depende de rutas oceánicas que podrían militarizarse o cerrarse. La teoría de la interdependencia comercial, desarrollada por Robert Keohane y Joseph Nye, sostiene que los Estados modernos dependen tanto de las redes económicas globales que la interrupción de una sola arteria puede paralizar sectores enteros. Para países exportadores de materias primas —como muchos sudamericanos— el cierre de rutas implicaría excedentes sin comprador y divisas en retroceso. El resultado sería una recesión importada.

Pero hay una dimensión menos cuantificable y quizá más profunda: la psicológica. Las guerras mundiales transforman la conciencia colectiva aun en territorios distantes. Durante la Segunda Guerra Mundial, naciones alejadas del frente experimentaron racionamientos, propaganda y ansiedad social. El filósofo Paul Virilio afirmaba que toda tecnología de guerra es también una tecnología de percepción: modifica la forma en que la humanidad mira el tiempo y el espacio. En la era digital, esa modificación sería instantánea y determinante para el lazo psíquico que la mayoría depende de las pantallas de sus teléfonos móviles.  Las imágenes de ciudades arrasadas circularían en tiempo real, generando pánico financiero, migraciones preventivas y cambios políticos internos.

La pregunta central no es si Sudamérica sería bombardeada, sino si podría permanecer intacta. Desde la teoría ecológica global, la respuesta tiende a ser negativa. El planeta funciona como un único sistema biosférico: alterar una región altera el todo. Incluso los océanos —aparentes murallas naturales— son corredores de transferencia térmica y química (biología pura).  

Una guerra nuclear en cualquier latitud modificaría temperaturas marinas, corrientes y ciclos biológicos. La pesca, fuente esencial de alimento y empleo en muchos países costeros, podría disminuir drásticamente.

Existe además el riesgo tecnológico indirecto. Las detonaciones nucleares de gran altitud pueden generar pulsos electromagnéticos capaces de inutilizar satélites y redes eléctricas a miles de kilómetros. Un solo pulso masivo podría afectar infraestructuras digitales continentales. En un mundo donde la economía depende de datos, perder conectividad equivaldría a una ceguera súbita.

Sin embargo, la historia también enseña que las crisis globales producen reconfiguraciones. Tras las guerras mundiales del siglo XX surgieron nuevas instituciones, alianzas y paradigmas económicos. Algunos países alejados del frente se industrializaron precisamente porque la guerra interrumpió importaciones y los obligó a producir localmente. Así, la catástrofe puede ser también catalizador. La teoría schumpeteriana de la “destrucción creativa” sugiere que los colapsos abren espacios para innovaciones estructurales. No hay garantía de prosperidad, pero sí posibilidad de transformación.

El destino de las naciones periféricas en una guerra mundial dependería, en última instancia, de su resiliencia interna: diversificación energética, reservas alimentarias, autonomía tecnológica y cohesión social. La distancia geográfica ya no basta; en la era global, la verdadera frontera es la capacidad de adaptación.

Quizá la imagen más exacta sea la de un lago inmenso. Una piedra cae en un extremo —una explosión, un misil, una decisión política— y las ondas se expanden hasta tocar la orilla opuesta. Los países que creen estar lejos del impacto observan el agua tranquila y se persuaden de su seguridad. Pero la física no olvida: la onda llegará, aunque llegue convertida en apenas un temblor.

La guerra mundial, entonces, no sería un incendio lejano sino un clima. Y ningún país, por remoto que se crea, puede vivir fuera del clima del mundo.

En la conciencia tecnológica del siglo XXI, donde cada gesto humano depende de un interruptor invisible, la fragilidad energética se ha convertido en la paradoja central del progreso, (en teoría).

Una guerra mundial —aunque estalle lejos, incluso si su epicentro fuera el Medio Oriente— podría alterar el delicado equilibrio climático que alimenta las represas y cuencas de Sudamérica. No haría falta una bomba cayendo sobre nuestros ríos: bastaría una modificación global de lluvias, corrientes atmosféricas o temperaturas para reducir caudales y vaciar embalses. Las hidroeléctricas no funcionan con patriotismo ni tratados diplomáticos; funcionan con agua. Y el agua depende del clima. Y el clima, en un escenario bélico nuclear o industrial masivo, depende del humo, del polvo, de la radiación suspendida en el cielo común del planeta. 


Si la producción hidroeléctrica colapsa, no solo se apagan las ciudades: se detiene la respiración mecánica de la civilización. Sin electricidad no hay hospitales operativos, ni comunicaciones, ni transporte coordinado, ni mercados digitales. Sin agua —porque el bombeo y tratamiento también dependen de energía— la crisis deja de ser económica y se vuelve biológica. La teoría de infraestructura crítica señala que electricidad y agua constituyen sistemas madre: cuando fallan, arrastran consigo todos los demás sistemas. Son la raíz oculta del árbol moderno.

Entonces el siglo XXI, tan orgulloso de su robótica e inteligencia artificial y  satélites, podría descubrir que su verdadera columna vertebral era un río. Y si ese río se debilita, la historia retrocede. No necesariamente volveríamos literalmente a la era victoriana, pero sí a una condición pre eléctrica donde la noche vuelve a ser noche, el silencio vuelve a ser norma y la supervivencia deja de depender de algoritmos para depender otra vez del fuego, del ingenio y del pulso humano. Porque cuando la luz se extingue, el futuro también parpadea.


Articulo por Enrico Diaz Bernuy

Recientemente, una noticia conmocionó a la ciudad de Lima: un joven, aparentemente desorientado o impulsado por una razón aún desconocida, atropelló a una señorita y luego se dio a la fuga. Podría decirse que hechos similares ocurren todos los días y que, por desgracia, la violencia vial no es un fenómeno excepcional. Sin embargo, lo que intensificó el impacto social no fue solo el acto en sí, sino el perfil de los involucrados: ambos provenían de familias acomodadas y el hecho quedó registrado en video. En una época dominada por la imagen, aquello que se ve adquiere un peso simbólico mayor que aquello que simplemente sucede.


Tras la difusión de la noticia y la entrega del responsable a la justicia, el saldo es devastador: una persona fallecida, una familia destruida por la pérdida y otra familia quebrada por la culpa y la vergüenza. Pero más allá del suceso puntual, surge una pregunta inquietante: ¿por qué la cobertura mediática insiste en actualizaciones constantes, como si todo el país girara alrededor de la tragedia de esas dos familias? La respuesta posible reside en un fenómeno psicológico y social profundo: el morbo colectivo.

El morbo no es solo curiosidad malsana; es también un indicador cultural y sobre todo un indicador del estado de salud mental de una sociedad… (esa es mi apreciación). Pero si nos dirigimos por el camino de la ciencia; el psicoanálisis ya advertía que el ser humano posee impulsos contradictorios entre eros y destrucción.

Sigmund Freud sostenía que la pulsión de muerte convive con la pulsión de vida, y que ambas se expresan simbólicamente en la fascinación por la tragedia. Desde esta perspectiva, el interés obsesivo por noticias violentas no sería una anomalía, sino una manifestación de tensiones internas que la sociedad comparte.

A nivel sociológico, el espectáculo mediático transforma los hechos en productos de consumo. Guy Debord describió la modernidad como una “sociedad del espectáculo”, donde la realidad se sustituye por representaciones que se consumen pasivamente.

El accidente deja de ser solo un evento trágico para convertirse en un relato reiterado, analizado y comentado hasta el agotamiento. Cada repetición no informa: seduce, fija la atención y convierte el dolor ajeno en objeto de contemplación.

También es pertinente recordar la advertencia de Marshall McLuhan: “el medio es el mensaje”. La forma en que se transmite la noticia influye más que el contenido mismo.

“El video”, la repetición en bucle, los titulares alarmistas (era una deportista calificada, eso ¿la hace más?) y la inmediatez digital amplifican la emoción colectiva. Así, el acontecimiento deja de pertenecer a sus protagonistas y pasa a formar parte de una narrativa pública que se alimenta del impacto visual y la reacción instantánea, el morbo…

Desde una perspectiva filosófica, esta dinámica puede relacionarse con la banalización del mal descrita por Hannah Arendt. Cuando la tragedia se vuelve cotidiana en la pantalla, el espectador corre el riesgo de normalizarla. No porque la apruebe, sino porque la repetición reduce su capacidad de asombro y de reflexión ética. El peligro no es solo la violencia del acto inicial, sino la insensibilización progresiva de quienes lo observan.

Por ello, más que centrarnos únicamente en el culpable o en los detalles del suceso, conviene examinar nuestra propia reacción como sociedad. Una alarmante carencia de respeto y privacidad por la tragedia ajena.

 El interés desmedido por estas historias revela algo sobre nuestra sensibilidad colectiva, sobre aquello que nos atrae, nos inquieta y nos mantiene atentos. El morbo, en este sentido, funciona como termómetro moral: no mide la gravedad del hecho, sino la intensidad con que lo consumimos.

La tragedia es real (dos familias destruidas y una srta fallecida), y el dolor es irreparable, pero el modo en que la sociedad la mira, la comenta y la reproduce también forma parte del fenómeno. Comprender esa mirada —sus impulsos psicológicos, sus mecanismos mediáticos y sus implicaciones éticas— quizá sea el primer paso para transformar no el pasado, que ya no puede cambiarse, sino la conciencia con que enfrentamos el presente.

Quería precisar que, por una cuestión de ética y respeto, no mencionaré los nombres de los afectados. Mucho menos me permitiría enviar saludos ni expresar condolencias impostadas, como si existiera un vínculo personal con esas familias. El dolor ajeno no es un escenario para el protagonismo ni un espacio para aparentar cercanía, no aparentar... Al fin y al cabo, la población en mi distrito siempre se ha caracterizado por que aquí nadie se mete con el vecino, la gente es muy distante, fría,  pero educada. 

 

 

jueves, 19 de febrero de 2026

La calamidad de Beto Ortiz ( el culto a lo superficial )

 ‹‹Dijo que se llevaría todo lo que sería suyo››, y con esa promesa grandilocuente abre un poema (según el autor), lamentablemente, se agota en su propio ademán. Luego de esa línea inicial no vale la pena reproducir más, pues el texto se disuelve en una sucesión de frases sin espesor estético ni riesgo verbal, y mucho menos de algún tipo de profundidad existencial.

Predomina lo superficial, lo efectista, lo pensado más para sostener una imagen pública que para construir una experiencia poética. 

El autor parece apoyarse más en su notoriedad como figura mediática que en recursos literarios reales, y convierte su identidad sexual  pública —expuesta con fines promocionales— (sabe vender…) en una estrategia de visibilidad que sustituye a la profundidad artística. 

El resultado es un "texto" sin trascendencia literaria, carente de densidad simbólica y de resonancia emocional, destinado a la fugacidad antes que a la memoria. Y prueba de lo superficial de lo leído, el autor termina con una sonrisita como si en verdad se burla, se burla del espectador…


Enrico Diaz Bernuy

lunes, 16 de febrero de 2026


 Si Facebook censuró   (silenciando espacios) mi video sobre el amor y la guerra, quizá no sea un obstáculo, sino una señal de que estoy tocando fibras que vale la pena cuestionar. Y el video llegó a donde debía llegar...

domingo, 15 de febrero de 2026

Artículo: La Guerra y el Amor ------------ Por Enrico Diaz Bernuy

 

por Enrico Diaz Bernuy

LA GUERRA Y EL AMOR

 

En la sensibilidad moderna occidental, la guerra suele entenderse como el símbolo máximo de la barbarie humana: destrucción, odio, muerte y fracaso moral. Esta interpretación, nacida en gran parte de las experiencias traumáticas de los conflictos mundiales y de la ética humanista

contemporánea, considera la violencia como intrínsecamente negativa. Sin embargo, dentro de la tradición filosófica de la India, el campo de batalla puede adquirir un significado radicalmente distinto: no como exaltación de la violencia, sino como escenario simbólico de la conciencia, el deber y la liberación espiritual.

Liberación espiritual, es para que cuando abandones este cuerpo no te quedes pululando como fantasma por el apego o tu auto identificación con las cosas que has logrado , el ancla…

En el Bhagavad Gita, la guerra no es glorificada como violencia, sino reinterpretada como un acto de responsabilidad metafísica cuando se ejecuta desde el conocimiento y sin apego.

El diálogo entre Krishna y Arjuna ocurre en el instante previo a una batalla real. Arjuna, guerrero virtuoso, se paraliza al ver que deberá luchar contra sus propios familiares y maestros. Su crisis no es cobardía, sino compasión. “Al ver a mis propios parientes, mi cuerpo tiembla… mi arco se desliza de la mano” (1.28–30). Este momento es crucial: el Gita no presenta a un héroe sediento de sangre, sino a un hombre moralmente sensible que cuestiona el sentido de la guerra. La respuesta de Krishna no es una incitación al odio, sino una enseñanza ontológica.

Krishna le revela que su error no es sentir compasión, sino confundir el plano eterno con el temporal. “Nunca hubo un tiempo en que yo no existiera, ni tú, ni estos reyes; ni en el futuro dejaremos de existir” (2.12). Con esta afirmación introduce la doctrina del alma inmortal. La muerte, desde esta perspectiva, no destruye la esencia del ser; solo transforma su estado. Más adelante afirma: “Así como el alma pasa en este cuerpo de la infancia a la juventud y a la vejez, también pasa a otro cuerpo; el sabio no se confunde por esto” (2.13). La guerra, entonces, deja de ser vista únicamente como eliminación física y se sitúa en un marco metafísico donde la vida no se extingue con el cuerpo.

Esta idea conduce a una de las declaraciones más radicales del texto: “Quien piensa que mata y quien piensa que muere, ambos ignoran; el alma no mata ni muere” (2.19). Aquí el Gita rompe con la visión materialista del ser humano. El acto físico de matar no define la realidad última; lo que define el valor moral es la conciencia desde la cual se actúa. No se trata de justificar la violencia indiscriminada, sino de distinguir entre acción egoísta y acción conforme al deber universal. Krishna insiste: “Considera tu deber; no debes vacilar. Para un guerrero no hay bien más alto que una guerra justa” (2.31).

La clave está en la expresión “guerra justa”. No es una guerra motivada por ambición, odio o deseo personal, sino una acción alineada con el dharma, el orden cósmico. El problema no es la acción en sí, sino el apego al resultado. Por eso Krishna enseña el principio central del karma yoga: “Tienes derecho a la acción, pero no a sus frutos. No te motives por los resultados ni caigas en la inacción” (2.47). Este verso redefine completamente la ética. El bien no depende del éxito externo, sino de la pureza interior. Actuar correctamente, incluso en circunstancias violentas, puede ser un acto de conciencia si se hace sin egoísmo.

Desde esta perspectiva, el campo de batalla se convierte en símbolo del conflicto interior humano. Cada persona enfrenta luchas internas entre deseo y sabiduría, miedo y verdad, apego y libertad. Arjuna representa la mente confundida; Krishna, la conciencia divina que orienta. Así, la guerra externa refleja la guerra interna. El verdadero enemigo no son los otros, sino la ignorancia. Krishna afirma: “El conocimiento es el fuego que reduce a cenizas todas las acciones” (4.37). La iluminación disuelve el karma, del mismo modo que el fuego consume la leña.

Aquí aparece el tema del amor, pero no el amor sentimental ni posesivo. El Gita propone un amor desapegado, un amor que no depende de la reciprocidad ni del contacto físico. No es el amor que se expresa solo con abrazos o palabras dulces; es el amor que puede sacrificarse por la verdad. Krishna declara: “El que actúa para Mí, que me tiene como meta, libre de apego y sin odio hacia ningún ser, ese viene a Mí” (11.55). Este amor no es emoción pasajera; es orientación ontológica hacia lo absoluto.

Absoluto: aquello que existe por sí mismo, independiente de todo, eterno e incondicionado; la realidad última.

El amor ordinario suele basarse en el deseo de poseer. Se ama aquello que produce placer o seguridad. Se ama lo que se posee y se disfruta. El amor espiritual, en cambio, no busca poseer nada, ni siquiera la vida misma. Por eso el guerrero espiritual puede entregar su existencia sin temor si su acción está alineada con el dharma. En este sentido, morir por la verdad no es tragedia, sino culminación. Krishna afirma: “Quien abandona el cuerpo recordándome a Mí alcanza Mi estado; de esto no hay duda” (8.5). La muerte se transforma en tránsito consciente, no en derrota.

Este concepto redefine el sacrificio. En la visión común, sacrificar la vida es pérdida; en la visión del Gita, puede ser realización. El amor más alto no es el que retiene, sino el que libera. Por eso Krishna enseña el desapego como condición del amor verdadero: “Quien está libre de apego, de miedo y de ira, absorto en Mí, purificado por el conocimiento, muchos han llegado a Mi ser” (4.10). El desapego no significa indiferencia emocional; significa libertad interior. Es amar sin convertir al otro en objeto.

Esta forma de amor tiene implicaciones éticas profundas. Si el alma es inmortal, entonces el odio pierde sentido. Nadie puede destruir la esencia de otro. El verdadero daño es la ignorancia. Por eso Krishna describe al sabio como alguien que ve igualdad en todos: “El sabio ve con visión ecuánime a un brahmán erudito, a una vaca, a un elefante, a un perro y a quien come perros” (5.18).

La ecuanimidad es la expresión del amor universal. No depende de la apariencia externa ni de la condición social; surge del reconocimiento de la misma esencia divina en todos los seres.

La guerra del Gita, por tanto, no es apología de la violencia, sino pedagogía espiritual. Enseña que el conflicto es inevitable en la existencia manifestada. Incluso quien desea evitar toda confrontación lucha internamente contra sus propios impulsos. La verdadera cuestión no es cómo eliminar la guerra, sino cómo transformarla en camino de conciencia, camino de desapego y conciencia en que si algo se mata, solo eso es el cuerpo y el ser, no es el cuerpo.

Cuando la acción se realiza desde el ego, produce sufrimiento; cuando se realiza desde el conocimiento, conduce a la liberación.

Krishna resume esta enseñanza en uno de los versos más citados: “Entrégame todas tus acciones, con la mente centrada en el Ser, libre de deseo y egoísmo, y lucha sin agitación” (3.30). La instrucción no es “mata”, sino “actúa sin ego”. El énfasis está en la conciencia, no en la violencia. La batalla se vuelve metáfora del compromiso con la verdad, incluso cuando ese compromiso exige decisiones difíciles.

Desde esta óptica, el amor supremo no es romántico ni posesivo, sino trascendental. Es el amor por la unión con lo absoluto, por la liberación del ciclo de nacimiento y muerte. Krishna lo expresa claramente: “Quienes meditan en Mí con devoción exclusiva, yo les concedo lo que les falta y preservo lo que tienen” (9.22). La devoción no es dependencia emocional; es alineación ontológica con la realidad última.

 

Así, el mensaje del Gita desafía las categorías morales simplistas. No divide el mundo en acciones buenas o malas según su apariencia externa, sino según la conciencia que las motiva. Una acción aparentemente pacífica puede nacer del ego; una acción aparentemente violenta puede nacer del deber. La clave es la intención interior y el conocimiento de la naturaleza eterna del ser.

En última instancia, la enseñanza de Krishna invita a trascender el miedo a la muerte y el apego a los resultados. Cuando el individuo comprende que su esencia es inmortal, la angustia se disuelve. Entonces puede actuar con valentía, no por orgullo, sino por claridad. Ese estado es la verdadera libertad. Como declara el texto: “Quien abandona todos los deseos y actúa sin anhelo, sin sentido de posesión ni ego, alcanza la paz” (2.71).

La guerra del Bhagavad Gita, leída simbólicamente, es la batalla del alma por despertar. El campo de Kurukshetra es la mente humana; los ejércitos son las fuerzas internas; Krishna es la voz de la sabiduría. Vencer no significa destruir al otro, sino disolver la ignorancia. Y el amor más alto no es el que protege el cuerpo, sino el que libera el espíritu.

Desde esta visión, la aparente paradoja se resuelve: la guerra puede ser camino de paz, la renuncia puede ser plenitud, y la muerte puede ser tránsito luminoso. El amor verdadero no siempre abraza; a veces exige luchar. Pero cuando la lucha nace de la conciencia y no del odio, deja de ser violencia y se convierte en acto sagrado. Ese es el núcleo de la enseñanza: actuar, amar y vivir sin apego, con la mirada fija en la liberación.

 

La historia humana demuestra que el amor, lejos de ser siempre una fuerza luminosa, ha sido muchas veces motor de ruina. Imperios se han debilitado, coronas se han abandonado y vidas se han quitado en su nombre. El general romano Marco Antonio, cegado por su pasión por Cleopatra, descuidó su estrategia política y militar, contribuyendo al colapso de su poder y al ascenso definitivo de Octavio. Siglos después, el rey Eduardo VIII renunció al trono por amor a Wallis Simpson, sacrificando no solo una corona, sino la estabilidad simbólica de toda una monarquía. Incluso gestos aparentemente sublimes, como el mausoleo construido por Shah Jahan para su esposa —el Taj Mahal— revelan cómo el amor puede absorber recursos de un imperio entero para honrar una emoción personal.

La literatura también ha advertido sobre este amor posesivo. Otelo, creado por William Shakespeare, asesina a Desdémona convencido de que ama; y Romeo y Julieta convierten su pasión en un pacto con la muerte. En estos relatos el amor no libera: consume, exige, devora. No es trascendencia, sino posesión. No es claridad, sino fiebre.

Este tipo de amor —centrado en la complacencia emocional, en la necesidad del otro para sentirse completo— ha sido exaltado repetidamente en gran parte de la tradición cultural occidental. Se presenta como ideal supremo una emoción que, en realidad, suele estar teñida de apego, miedo a la pérdida y deseo de posesión. Se confunde intensidad con verdad, sacrificio impulsivo con virtud, dependencia con devoción. Sin embargo, desde la óptica espiritual de la tradición hindú, ese amor sería todavía una forma refinada de ignorancia, porque nace del ego y no del conocimiento del Ser.

El amor que enseña Krishna no destruye reinos ni voluntades: destruye el apego. No exige que el mundo se doblegue al deseo personal, sino que el individuo se alinee con la ley eterna. Por eso el amor supremo no se dirige primero a otro ser humano, sino a la realidad absoluta. Solo quien ama lo eterno puede amar lo temporal sin esclavizarlo. Allí donde el amor ordinario dice “te necesito”, el amor trascendental dice “te libero”.  Y no hay mayor liberación de aquel que te hace crecer, te hace desarrollar y eso es marte. El amor sin posesión te hace que te quieras mas en ese sentido, te hace sentirte mejor, saca tu mejor versión y te acerca a tu dharma.

Es actuar conforme a tu verdadera naturaleza; es el camino. Es similar a la vocación, así como muchas personas viven vidas automáticas haciendo cosas fuera de ella. El dharma sería vivir en el camino de la propia vocación, pero en términos espirituales.

Y en esa diferencia se separan dos visiones del mundo: una que ama para poseer, y otra que ama para despertar es la evolución y esa evolución a veces uno puede estar acompañado o solo.